Se
han dado cuenta que esperas algo con ansias y no llega, te frustras y maldices
al mundo por conspirar en tu contra; bueno, eso me pasó a mí. Todo el día estuve
esperando una llamada de la empresa de mensajería que perdió mi envío que me
llegaría del extranjero, y tienen que llamar en el mejor momento, bueno al
menos para mí, ese momento en donde estaba siendo sacudida, embestida y follada
por un intenso huracán de pasión llamado Vicente.
La ropa desperdigada por el suelo de la habitación
y nuestros cuerpos fundiéndose en uno con una salvaje dulzura.
Entre Vicente y yo saltaban chispas desde el primer momento en que nos
conocimos, aunque tardamos meses en dejar de intentar silenciar toda esa
escandalosa atracción sexual que sentíamos el uno por el otro. Cuando
finalmente dimos el paso y nos rendimos a nuestros encantos mutuos, fue
apoteósico. Un fin de semana sin salir de casa, recorriendo cada
habitación y descubriendo más y mejores juegos para disfrutar de nuestro tiempo
juntos. Después de poco tiempo nos conocíamos a la perfección y
sabíamos qué teclas tocar y cuándo hacerlo. Habíamos desarrollado un alto grado
de confianza, y ambos compartíamos el gusto por el morbo, por eso no me lo
pensé.
Cabalgando sobre
Vicente como una loca mi móvil empezó a sonar y lo miré con odio
mientras alargaba el brazo. “No lo irás a contestar, ¿no?” –me preguntó.
“Necesito hacerlo, pero tú no pares” –respondí. Al otro lado del teléfono una voz masculina con
menos personalidad que una mesa intentaba convencerme de que el error no era de
su empresa; me costó que me dejara hablar, pero en cuanto comencé me iba
volviendo más y más convincente, sin dejar de mover las caderas
sobre mi huracán de pasión y viendo su cara de incredulidad y picardía. Le
debatí todos los puntos que me exponía, claramente era error suyo, ¿por qué iba
a pagarlo yo? En pleno discurso Vicente me hizo un gesto para que me levantara,
y mientras escuchaba la réplica al otro lado del teléfono, no me
dio tregua y me apretó contra el espejo, provocando un involuntario
gemido al contacto con el frío cristal e imposible de disimular cuando se
vieron aumentados progresivamente con las embestidas enfermizas de mi amante. Con
la idea de que un desconocido pudiera oírnos mientras él estaba dentro de mí,
se excitó más aún. Me daba con tantas fuerzas que casi no podía hablar ya que
mi boca quedó tan pegada al espejo que me imaginaba que había otra chica por
delante la que besaba apasionadamente y sin tregua. Escuchar la voz protocolar
con ese discurso aprendido de memoria me era indiferente por completo, me
interesaba de la manera tan deliciosa en que mi sexo era invadido por el
miembro de ese pervertido
hombre que no me daba respiro.
La
conversación cada vez se hacía más difícil, me limitaba a gemir intentando
modular entre afirmativos y negativos, pero cada vez parecían más sonidos
guturales y mi interlocutor empezaba a verse sobrepasado por la
situación, poniéndome en espera con la excusa de consultar con su
superior. Cosa que Vicente aprovechó para darme más duro que antes; eso me
hacia estar a sus pies, ya que su ímpetu lo hacía varonil, sensual y lejos un
buen amante. Sus manos abarcaban todo cuando querían, y donde no llegaban lo
hacía su boca o su pene. Estaba cubierta por todas partes y me
retorcía de placer con el insufrible hilo musical de fondo.
Me
tomó de las piernas y me levanté en el aire, lo que hizo que me aferrara a él
con todas ,is fuerzas con mis brazos y piernas; me llevó a la cama, dejándome
boca abajo. Paseó sus dedos por mi espalda y mi culo, masajeándolo levemente y
jugando a meter los dedos más allá. El paseo lo continuó su boca, recorriendo
de cuello a nalgas con calma, recreándose con mi sabor y mi respiración
agitada. La música de viejo politono salía por el auricular, y era
la primera vez que no me molestaba que me hubieran puesto en espera.
Vicente seguía con lo suyo, ahora con la lengua entre mis glúteos. Agarró mis
caderas con las manos y las levantó ligeramente para un mejor acceso a mi
profundidad más húmeda; aceleraba el ritmo de su lengua y jugaba con dos dedos
sobre mi clítoris, dejándome al borde del abismo orgásmico en varias ocasiones.
Por
fin la música cesó y una voz me preguntaba si seguía ahí. Contesté
como pude con monosílabos, escuché la resolución de la reclamación por
parte del supervisor de la voz anterior informando que finalmente se harían
cargo cuando Vicente introducía un par de dedos en mi ano. El
orgasmo me estalló entre los labios, vibrando en mi garganta con un intenso
“gracias” prolongado, y dejando a la voz del teléfono en silencio. “¿Ves? Cuando haces las cosas bien, haces
feliz a la gente hasta hacerlas explotar de placer” –le dije. “Estamos a su servicio
y agradecemos su tiempo de espera” –me dieron como respuesta protocolar. “Me
alegra haberlo solucionado” –dijo la voz al otro lado del teléfono. “Espero
pronto noticias de mi envío” –le dije y colgué.
Siempre
me quedará la intriga de qué pasó al otro lado del teléfono, si llegó a
enterarse el supervisor y la primera voz de lo que pasaba, o si provocó alguna
reacción posterior. Me imagino a los tres del call center en medio del café
hablando de la mujer cachonda que reclamaba por su envío y lo bien que lo debió
estar pasando mientras esperaba una respuesta. Sea como sea, Vicente y yo tenemos un nuevo recuerdo que nos
sobreviene cada vez que suena el teléfono.
Pasiones Prohibidas ®

Excelente muy bueno
ResponderBorrarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrarUn relato excelente. Sólo mejorable si fuese una "conferencia"casi erótica ��. Felicidades.
ResponderBorrarExcelente
ResponderBorrarAnsiosa por saber q paso al otro lado del teléfono!!
ResponderBorrarSería bueno conocer la historia del que escuchaba jejeje rico Mr.P
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