3. Una llamada casi erotica


Se han dado cuenta que esperas algo con ansias y no llega, te frustras y maldices al mundo por conspirar en tu contra; bueno, eso me pasó a mí. Todo el día estuve esperando una llamada de la empresa de mensajería que perdió mi envío que me llegaría del extranjero, y tienen que llamar en el mejor momento, bueno al menos para mí, ese momento en donde estaba siendo sacudida, embestida y follada por un intenso huracán de pasión llamado Vicente.

La ropa desperdigada por el suelo de la habitación y nuestros cuerpos fundiéndose en uno con una salvaje dulzura. Entre Vicente y yo saltaban chispas desde el primer momento en que nos conocimos, aunque tardamos meses en dejar de intentar silenciar toda esa escandalosa atracción sexual que sentíamos el uno por el otro. Cuando finalmente dimos el paso y nos rendimos a nuestros encantos mutuos, fue apoteósico. Un fin de semana sin salir de casa, recorriendo cada habitación y descubriendo más y mejores juegos para disfrutar de nuestro tiempo juntos. Después de poco tiempo nos conocíamos a la perfección y sabíamos qué teclas tocar y cuándo hacerlo. Habíamos desarrollado un alto grado de confianza, y ambos compartíamos el gusto por el morbo, por eso no me lo pensé.

Cabalgando sobre Vicente como una loca mi móvil empezó a sonar y lo miré con odio mientras alargaba el brazo. “No lo irás a contestar, ¿no?” –me preguntó. “Necesito hacerlo, pero tú no pares” –respondí. Al otro lado del teléfono una voz masculina con menos personalidad que una mesa intentaba convencerme de que el error no era de su empresa; me costó que me dejara hablar, pero en cuanto comencé me iba volviendo más y más convincente, sin dejar de mover las caderas sobre mi huracán de pasión y viendo su cara de incredulidad y picardía. Le debatí todos los puntos que me exponía, claramente era error suyo, ¿por qué iba a pagarlo yo? En pleno discurso Vicente me hizo un gesto para que me levantara, y mientras escuchaba la réplica al otro lado del teléfono, no me dio tregua y me apretó contra el espejo, provocando un involuntario gemido al contacto con el frío cristal e imposible de disimular cuando se vieron aumentados progresivamente con las embestidas enfermizas de mi amante. Con la idea de que un desconocido pudiera oírnos mientras él estaba dentro de mí, se excitó más aún. Me daba con tantas fuerzas que casi no podía hablar ya que mi boca quedó tan pegada al espejo que me imaginaba que había otra chica por delante la que besaba apasionadamente y sin tregua. Escuchar la voz protocolar con ese discurso aprendido de memoria me era indiferente por completo, me interesaba de la manera tan deliciosa en que mi sexo era invadido por el miembro de ese pervertido hombre que no me daba respiro.

La conversación cada vez se hacía más difícil, me limitaba a gemir intentando modular entre afirmativos y negativos, pero cada vez parecían más sonidos guturales y mi interlocutor empezaba a verse sobrepasado por la situación, poniéndome en espera con la excusa de consultar con su superior. Cosa que Vicente aprovechó para darme más duro que antes; eso me hacia estar a sus pies, ya que su ímpetu lo hacía varonil, sensual y lejos un buen amante. Sus manos abarcaban todo cuando querían, y donde no llegaban lo hacía su boca o su pene. Estaba cubierta por todas partes y me retorcía de placer con el insufrible hilo musical de fondo.

Me tomó de las piernas y me levanté en el aire, lo que hizo que me aferrara a él con todas ,is fuerzas con mis brazos y piernas; me llevó a la cama, dejándome boca abajo. Paseó sus dedos por mi espalda y mi culo, masajeándolo levemente y jugando a meter los dedos más allá. El paseo lo continuó su boca, recorriendo de cuello a nalgas con calma, recreándose con mi sabor y mi respiración agitada. La música de viejo politono salía por el auricular, y era la primera vez que no me molestaba que me hubieran puesto en espera. Vicente seguía con lo suyo, ahora con la lengua entre mis glúteos. Agarró mis caderas con las manos y las levantó ligeramente para un mejor acceso a mi profundidad más húmeda; aceleraba el ritmo de su lengua y jugaba con dos dedos sobre mi clítoris, dejándome al borde del abismo orgásmico en varias ocasiones.

Por fin la música cesó y una voz me preguntaba si seguía ahí. Contesté como pude con monosílabos, escuché la resolución de la reclamación por parte del supervisor de la voz anterior informando que finalmente se harían cargo cuando Vicente introducía un par de dedos en mi ano. El orgasmo me estalló entre los labios, vibrando en mi garganta con un intenso “gracias” prolongado, y dejando a la voz del teléfono en silencio. “¿Ves? Cuando haces las cosas bien, haces feliz a la gente hasta hacerlas explotar de placer” –le dije. “Estamos a su servicio y agradecemos su tiempo de espera” –me dieron como respuesta protocolar. “Me alegra haberlo solucionado” –dijo la voz al otro lado del teléfono. “Espero pronto noticias de mi envío” –le dije y colgué.

Siempre me quedará la intriga de qué pasó al otro lado del teléfono, si llegó a enterarse el supervisor y la primera voz de lo que pasaba, o si provocó alguna reacción posterior. Me imagino a los tres del call center en medio del café hablando de la mujer cachonda que reclamaba por su envío y lo bien que lo debió estar pasando mientras esperaba una respuesta. Sea como sea, Vicente y yo tenemos un nuevo recuerdo que nos sobreviene cada vez que suena el teléfono.



Pasiones Prohibidas ®

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