35. Gritos en medio del bosque 2



Era una noche fría de invierno, había llovido y el suelo estaba pantanoso por el barro. Una camioneta con vidrios polarizados se habría paso por el camino rural que conducía a una casa en medio de la nada. Su conductor era un hombre de unos cuarenta años, cubría su rostro con una máscara del Doctor de la Peste; a su lado una chica que tenía su rostro cubierto por una capucha oscura. Estaba dormida porque le había obligado a beber algo que poco a poco le hacía cerrar los ojos. La chica estaba esperando el autobús cuando el vehículo se detuvo a su lado de manera abrupta, el conductor se bajó y la golpeó tan fuerte que la hizo caer al piso, en ese momento la tomó del pelo y le dijo: "Guarda silencio y todo estará bien".

Cuando se subió comenzó su tortura, ya que al dormirse aquel hombre abusó de ella con vehemencia, uso su vagina hasta hacerla sangrar y vaciarse en su interior. Ella no se dió cuenta de lo que sucedía, solo desnuda y con su sexo irritado por aquella violación de la que había sido víctima. El hombre continuó su marcha, conduciendo por horas.

El jolgorio de los perros la despertó. El tipo le quitó la capucha. Su primera reacción fue de terror, pues no reconocía donde estaba. Tuvo que mirar a todas partes pero no había nada familiar, sintió que algo aprisionaba su cuello, era un collar de cuero con una argolla de acero. Al ser bajada por aquel hombre sintió el dolor en su vagina que se seguía irritada debido al castigo recibido. "Ahora serás una más de mis animales" –le dijo él con voz de desprecio mientras colocaba una cadena en el collar y era dejada en un oscuro granero con la cadena adosada a un gancho en el piso. Entre llanto y sollozos suplicaba con fuerza hasta quedar agotada, se rindió al sueño y cerró los ojos pensando que era una pesadilla y que a la mañana siguiente despertaría en su cama tranquila.

La noche pasó sin sobresaltos, el canto del gallo se hacía escuchar pornos especie de granja, en eso sus ojos se abrieron y se dió cuenta que todo era real. Aún permanecía ese escozor en su entrepierna; sintió ganas de orinar y al inclinarse sintió como si su sexo se quemara. El desgarrador grito de dolor atrajó inmediatamente al hombre que estaba alimentando a los animales. Lo reconoció por la máscara del Doctor de la Peste que tenía y una fusta que llevaba en una mano, aunque la máscara que llevaba puesta lo decía todo sobre él. En la otra llevaba uno de los mastines que estaba alimentando. Terror invadió cada fibra de su ser, el hombre se veía imponente, intimidante. Su reacción fue tapar su sexo con las manos; de manera endemoniada aquel hombre rió y le preguntó: "¿Crees que tapando tu vagina podrías detenerme?". Sintió el contacto del despiadado cuero acariciando su mejilla. No estaba segura de que el hombre la fuera a marcar su bello rostro, pero el solo hecho de pensar en ello la aterraba. Un levísimo toque a modo de bofetada la recordó que no debía de perder más el tiempo. Terminó apartando sus manos, pero sabía de sobra que no era lo suficientemente cochina o caliente para quien tenía enfrente. Abofeteó otra vez su mejilla, esta vez con fuerza, así entendió quien tenía el control. No tenía ganas de aprender a bofetadas. Debía abrirse de piernas para él, ya lo había hecho antes; pero una cosa era no enterarse de nada y otra muy distinta era verlo.

Cerró los ojos y su cara ardió por otra bofetada. No tenía derecho a ese privilegio. Se tumbó en el suelo con los pies apoyados en él, las rodillas hacía arriba y la vagina completamente expuesta. Una nueva invitación a que la violaran, allí, en ese pajar, en esa maldita pocilga. El hombre se acercó tranquilamente y acarició su sexo. Lo hacía sin delicadeza, a sabiendas de que cada toque era una descarga de dolor y de placer para ella. A sabiendas de que era la primera mano externa que tenía ese privilegio. A pesar del doloroso y torpe manoseo (o quizás debido a eso) empezó a mojarse. La introdujó por pura fuerza bruta dos dedos y un gemido de placer se escapó de sus preciosos labios. Lo hizo tres veces más, las suficientes para tenerlos empapados de jugos vaginales. Los colocó debajo de su nariz, para que pudiera oler bien lo perra que era. También los pasó por sus labios y para su sorpresa, comenzó a chuparlos.

No estaba segura de que estaba haciendo o porque se estaba dejando llevar, pero quería hacerlo. Sabía de sobra donde acaban de estar, de que tan ingenua no era y que estaba saboreando, pero quería hacerlo. Las escasísimas veces que se habia masturbado lo primero que hacía era lavar bien su vagina y secarla, para luego comenzar a disfrutar del roce de sus dedos. Posteriormente limpiarse los fluidos con un papel que siempre se dejaba a mano o bien con estropajo, para luego ir a lavarse otra vez; pero ahora se estaba comportando como una auténtica cochina y le estaba gustando. El hombre se paró y la contempló por completo con una mirada lasciva, por primera vez en su vida se sentía cómoda estando desnuda frente a alguien, no entendía lo que ocurría, era una mezcla de emociones que no sabía explicar, no entendía porque el deseo era más fuerte que la razón. Quería estar desnuda para aquel hombre que poco a poco empezaba a ser el dueño de su placer. Así lo entendió él. Le ordenó que se levantara, lo hizo con prisas, de forma torpe y atropellada, estaba frente a frente a su captor, él seguía recorriendo con su mirada su cuerpo sucio y mal oliente, mientras ella en silencio aguardaba recibir alguna orden o simplemte escuchar el tono autoritario de su voz. "¿Esperas compasión de mi parte?" –preguntó él. Ella respondió: "No sé que esperar, solo sé que no puedo contenerme ante su presencia".

La máscara escondía los gestos del hombre pero su respiración se escuchaba algo agitada. Sabía que la tenía a su merced, el juego estaba a su favor y sacaría ventaja de eso. Hizo que la chica pusiera las manos detrás de su nuca y entrelazara los dedos, quería observar con detenimiento su cuerpo. En la entrepierna de la muchacha se notaba la humedad y en sus ojos se percibía deseo mezclado con algo de temor. Habían cadenas que colgaban del techo, hábilmente tomó la correa que tenía puesta y la uso para atarla a ellas. Reforzó el amarre utilizando el larguísimo pelo de la chica para atar sus manos y ocurrió algo inesperado, el hombre subió la máscara dejando sus labios al descubierto y la besó de manera apasionada. Fue una sensación extraña que la recorrió por completo, sintió como esa lengua se meteía en su boca y ella la succionaba con vehemencia, estaba sumida en un beso largo y profundo, solo se dejó llevar para disfrutar de esa muestra de afecto, hasta que una sensación placentera recorrió su sexo, al mirar lo que sucedía se dió cuenta como el Mastín se abría paso en su sexo con su lengua larga. En ese momento ella se retorció por un extraño placer, el hombre solo contempló la escena y bajó la máscara cubriendo otra vez por completo su rostro. "¿Te gusta?" –preguntó él con tono enérgico. Ella no respondia nada, ya que cada vez que abría su boca gemidos incontrolables salían de su interior. Ya casi sin poder contenerse sus labios musitaron: "¡Bésame como hace un rato!". Él no le dio la mayor importancia a lo que dijo pero para ella si que era muy importante. De un tirón a la correa separó al Mastín de su entrepierna, ella temblaba y jadeaba, su viaje frenético al orgasmo había sido frenado de golpe; aunque el placer seguía apoderándose de su cordura.

El hombre la amordazó con un pañuelo que tenía en uno de sus bolsillos. Encadenó sus pies al suelo quedando completamente inmóvil. Aquel hombre se disponía a algo podía percibirlo, ya que una risa perversa salió de sus labios. Empuñó la fusta y en su entrepierna soltó el primer azote; duro, cruel y brutal. El segundo y el tercero castigaron sus pechos. Luego llegó el turno de su culo, muslos, estómago, su cara. Sus pechos y culo fueron azotados con saña haciendo que alaridos de dolor y placer salieran de esos jóvenes labios. Marcas rojas empezaron a adornar su delicada piel. Era divertido porque cada vez que parecía que la chica se rendía o no podía recibir más, estrellaba la fusta contra su vagina o la cara interna de su muslo y la despertaba como si de una descarga eléctrica se tratara. El castigo duro hasta que se le cansó el brazo. El último azote fue a parar a su vagina hinchada y húmeda.

Comprobó satisfecho que no había ningún daño grave y lo que era aún mejor, que la perra había acabado. No estaba seguro de cuando ni cuantas veces, pero tenía las piernas mojadas y el piso se notaba lleno de fluidos. Salió del granero y la dejó sola. Una llamada al celular hizo que se dibujara una sonrisa en los labios; era el padre de la chica que le advirtió que no soltaría un peso por su rescate y que hiciera con ella lo que quisiera. Eso lo alteró en demasía, por lo que pensó en devolverse al granero para cobrar de su piel el precio de su libertad, total la perra era suya y pensaba disfrutar hasta el cansancio de su presa.

Por un momento al hombre le dio por pensar que todo era un sueño y que su nueva mascota no iba a estar. Se rió de su pensamiento y abrió la puerta donde estaba ella, esperándole. La encontró durmiendo; se veía hermosa con su piel adornada por las marcas que la fusta había dejado. Se puso frente a ella y de una bofetada la despertó. "No es tiempo de dormir puta". –le dijo. Ella al verlo intentó hacer patéticos intentos para dar descansó su maltrecho cuerpo, cosa que su instinto de sobrevivencia le indicó. Otra bofetada la hizo entrar en razón y se rindió con un suspiro, le entregó una sonrisa y le dijo: "Pensé que se había olvidado de mí". Él solo la observó en silencio y quedó asombrado con la genuina alegría que notó en sus ojos. Cortó el pelo que había utilizado para atar sus manos. Algo sin precedentes ocurriría, pero una esclava no puede tener orgullo; todo su cuerpo y su ser es para uso y disfrute de su Amo y así sería conocida de ese día.

Con cuidado la colocó en el suelo del granero aún amordazada y atada. Sacó la verga delante de ella, sus ojos se abrieron en totalidad contemplado aquello que tenía adelante. Ahora comprendió el por qué de su dolor en la vagina cuando llegó a ese lugar. Incluso sintió compasión por aquellas putas con las que el hombre se había acostado y suponía que jamás volverían a repetir esa experiencia. Esa verga nauseabunda, incluso flácida inspiraba verdadero temor a cualquier mujer que pusiera sus ojos encima de ella. Le quitó la mordaza y la obligó a chuparla, poco a poco se iba colocando tieza al sentir la cálida lengua de la pequeña zorra. Ahora estaba dura y erecta como nunca. La tumbó en el piso y se la clavó hasta el fondo sin miramientos ni preambulos. Un mete saca de un ritmo tan brutal que la chica incluso sin estar agotada, no podía seguir. Ahora tenía lo que había deseado toda su maldita vida: La vagina de una sensual joven su merced, lo estaba gozando de manera pervertida sabiendo que destrozaba en cada embestida la entrepierna de la muchacha. Cuando notó que las ganas de eyacular eran insoportables paró. Había decidido acabar en su cara y así lo hizo. Acercó su nauseabunda verga, ahora llena de fluidos, a la cara de su mascota y terminó salpicando de semen todo su bello rostro. No conforme con esto, inmediatamente comenzó a orinarse dentro de su boca. Esto ya era demasiado. La perra intentó protestar pero no podía. Lo único que logró fue recibir una bofetada que le dió vuelta la cara. Ante la incapacidad de tragarse toda la orina terminó escapándose por la comisura de sus labios empapando su pecho.

Riendo maliciosamente la observaba y disfrutaba de ese bello panorama, ardía en perversión al ver cómo la puta había resistido de la mejor manera, aunque debía aprender algunas lecciones más. En ese momento su Mastín decidió que era la oportunidad para hacerla suya. No lo tenía previstó y dudó si apartar al perro, pero viendo como disfrutaba embistiendo a la puta decidió que al final las hembras están para el uso y el disfrute de los machos. Miraba escuchando los gemidos intensos que la chica emitía cada vez que el can la embestia con fuerza brutal. Ella no entendía porque disfrutaba de tal manera, solo sabía que su cuerpo reaccionaba al sentir la firmeza con que las patas delanteras del animal aprisionaban sus caderas. Él decidió ir tranquilamente a buscar los otros tres perros que hacía tiempo que no cataban hembra. A todos ellos tuvo que atender esa chica, hacía mucho que había sobrepasado su límite de fuerzas. Cuando todo acabó, sus muslos y vagina estaban impregnados de semen canino y a saber Dios que más. El hombre metió los dedos dentro de ella y se los acercó a su boca; ella los lamió como si estuvieran huntados de la mejor miel del mundo.

El hombre acarició su cabeza de la misma forma en que un amo acaricia a su perro, la miró a los ojos y le dijo: "Eres una buena perrita". Le colocó el collar y la correa, juntos salieron a caminar por la basta hacienda. Amo y perra juntos en la soledad; ella se comportaba como si supiera exactamente lo que era: Una perra.




Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Muy buen escrito siempre un placer leer lo que escribe caballero,hace viajar la imaginacion

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  2. Ufff excelente escrito ser tratada xomo una perra en celos dispuesta a complacer a su Dueño en lo que mande y ordene y ser su zorra delicioso

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  3. Excelente descripción, y exitantes momentos

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  4. Muy buen relato me gustó mucho morvo pero bueno

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