38. La mejor escena jamás grabada



Sala del cine. Última sesión. Es su preferida por la poca concurrencia, ruidos, aparcamiento, elección de butaca. Todo son ventajas. El día lo pedía pues la lluvia que lo ha acompañado sin dar un respiro, le ha dejado las ganas de rodearse de la inmensidad de una pantalla para desconectarse, simplemente un cine. Estudió la cartelera tan sólo unos minutos antes de decidirse. El protagonista, que era uno de sus preferidos, interpretaba a un sacerdote en apuros diplomáticos donde la Iglesia (como no) también implicada, le llevan a un sinfín de situaciones mezclando espionaje, muertes y venganzas.

Finalizada la película, al salir a la calle se sube el cuello de su suave abrigo, se enfunda los guantes. Sopla aire fresco y ese maravilloso olor a tierra mojada le invita a caminar. No quiere subir al auto todavía. Tiene tiempo y nada que hacer al llegar a casa. Da con un parque poco iluminado con farolas de luz cálida, huele a rosas mojadas. Decide ahí mismo, sentarse, no sin antes buscar algo que la proteja de la humedad del banco. Observa a su alrededor, todo está tranquilo, solitario, ninguna luz en ventanas, es tarde y seguramente todos duermen. Enciende un cigarro y empieza a analizar la sensación que le ha dejado la película. Tiene bastante en qué pensar pues ha sido muy buena. Buenas frases, buena trama, buenísima fotografía, buenos actores y ese actor que, de tan sólo recordarlo de nuevo, siente un pellizco en la boca del estómago. Caracterizarlo de sacerdote ha sido todo un acierto.

En él se centran sus pensamientos y fantasías. ¡Lo que le encantaría hacer con él vestido de cura! Cierra los ojos y deja volar su imaginación y, sin querer evitarlo, mezcla escenas de la película con su sucia y provocadora imaginación. Recuerda una de ellas, en la que su protagonista se ha quedado sólo en la sacristía tras oficiar la misa. Una misa que, por orden del guión, ha sido tensa, rápida, con fotogramas rápidos y oscuros, primeros planos donde su rictus marcaba su mandíbula, su sudor, su mirada de desesperación. Y ahí, en el escondite sagrado y otorgado por lo más divino, es donde él está intentando recuperar la calma, su aliento, su temple y estudia su siguiente paso para salvar su vida. Dos candelabros encendidos y un halo de luz que se cuela por una contraventana cerrada, es su única iluminación. Divina parece.

Es entonces cuando ella se cuela en la escena. Le observa desde la oscuridad, como una “voyeure”. En silencio. Observa su agitada respiración y no puede reprimir el impulso de querer consolarlo. Se acerca lentamente. Se da cuenta de que él levanta lentamente la mirada y busca consuelo, paz, calor. Ella desea daele todo. Todo lo que él quiere y desea. Aún sentado, inclinado hacia delante, ella se coloca frente a él. Su cabeza cae a la altura de su vientre. Ella le acaricia suavemente su cabello negro y sedoso. Sus dedos le peinan. Con sus yemas masajea su cabeza y él comienza a levantarla lentamente, recibiendo a ese ángel como caído del cielo, pero que en realidad, solamente puede venir del mismo infierno.

Ese infierno del que él lleva tanto tiempo huyendo años. Ese infierno que le empujó cuando era un adolescente a quitar vidas, a traicionar, a mentir y esconder verdades. Secretos ya enterrados, quemados, muertos. Ese infierno del que escapó por poco y, gracias a la ayuda de un gran amigo que dio Su vida por él. Se redimiría. Se lo prometió. Se lo hizo jurar sobre una biblia y así hizo. Pero la suerte, para él no existe. No existe y de nuevo la vida le pone a prueba. Cierra los ojos y maldice. La maldice mil veces.

Frente a sus ojos tiene la tentación. Una tentación vestida de blanco. Sus labios le dicen todo lo que no quiere oír. Sus manos le piden todo lo que no puede tocar. Su cuerpo le muestra todo lo que no puede poseer y sus ojos sólo le guían a donde no puede ir. Él grita por dentro, arde por dentro, corre, quiere alejarse todo lo que pueda, pero su cuerpo no responde. No le obedece. ¡Cómo no! La obediencia nunca estuvo en él. Carecía de ella. Disimuló durante todo este tiempo de entrega, pero exclusivamente por cumplir su promesa. Ahora, esa promesa pasará a un segundo plano.

Se levanta decidido. Decidido a pecar. Si ese ángel ha venido para hacerle pecar, pecará y si su final es arder en el infierno, que así sea.

Retira de un tirón las sagradas vestiduras de la alta mesa donde en los extremos reposan los candelabros labrados en oro. Tira todo lo que hay a su alrededor. Una biblia, el cáliz, el agua y velas. Lucha contra él mismo; su deseo su miedo. Se gira y la lujuria explota en su mirada como el mismísimo fuego. Toma a su presa y empieza a besarla como aquel adolescente del demonio que fue en un tiempo. Su pulso se dispara. Hace que su corazón se acelere hasta el punto de que su respiración se confunda con jadeos desesperados, ansiosos, sedientos de sexo y de hambre. Hambre de todo.

Sube la mano por el muslo terso del “ángel-demonio”. El alzacuello le aprieta, le asfixia y se lo arranca violentamente. Ella le desgarra la sotana haciendo saltar los pequeños botones forrados, hinca sus uñas en su suave piel mientras chupa las gotas de sudor que resbalan por el sagrado cuello del pecador. Profanan la estancia y todo lo que les rodea con sus gemidos, sus ansias de sexo, gritos y palabras imperdonablemente sucias. Se poseen sin escrúspulos, sin miramientos ni decoro. Sus lenguas pecan, sus bocas pecan, sus manos, todo su ser y como dos animales salvajes, se dejan llevar con los ojos cerrados hasta el final.

Mientras él la penetra sobre la mesa, ella busca donde agarrarse firmemente para no esquivar ni una sola embestida y, al alzar sus brazos para atrás, se aferra a la cruz colgada que preside la alta mesa. Cruz fuertemente clavada en la pared y que paradójicamente, va a presenciar toda la escena. El pecador baja a lo más íntimo y prohibido. Se encarga de que el placer la inunde. Su lengua entra y sale en lo más oscuro y húmedo haciendo que se retuerza ante tal maestría. Toca con la punta de su lengua su clítoris que empieza a latir y a engordar de placer. La combinación de lamérselo, soplar y apretarlo sutilmente, la excita brutalmente. Pide más. Ella le aprieta la cabeza contra su vagina y él se esmera en su tarea. Las llamas de los candelabros bailan por las paredes, bailan al son de una música celestial, en círculos, como si fueran figuras invocando al más allá.

Él, a quien la sotana y lo poco de sagrado que le quedaba habían desaparecido de su vista, la posee de nuevo y junto con las figuras de la pared, empiezan a moverse al mismo ritmo. Al mismo son. Dos cuerpos perfectamente sincronizados bailan como si fueran un mismo cuerpo, marcando las curvas, sus brazos sujetándose mutuamente y los movimientos de caderas a la par. Sus cabezas echadas hacia atrás, implorando al cielo que no se acabe. Sus jadeos “puros” y de pleno placer, deberían ser suficientes ruegos pero no, no lo son y ellos mismos saben que arderán en la hoguera. Pero antes, arderán de placer aquí y ahora.

Puestos a pecar, no escatiman ni en tiempo ni en posturas y siguiendo los antiguos cánones, todo a su alrededor es utilizado para proporcionarse mutuamente placer. Se unen en la silla en la que él pensaba cómo sobrevivir, rato antes. Ella le monta. Él chupa sus pechos lentamente, sus pezones duros son mordisqueados. Él recorre con sus dedos su espalda que arquea con gran flexibilidad inclinándose hacia atrás, dando una visión de abandono celestial. Ella apoya sus descalzos pies en las barras que unen las patas de la silla y así, poder controlar sus movimientos. Mientras, él le agarra firme sus caderas y empiezan a cabalgar juntos, lentamente, en un claro ritmo a “eses”. Tal es la intensidad que van alcanzando, que ese dulce paseo a caballo se va convirtiendo en trote, y acompañados de dorados destellos terminan a galope. Cabalgan, cabalgan todo lo que quieren y más. No existe nada más que ellos y su deseo. Y como si de fotogramas se tratase, aparecen una cruz, caballos, luz, sangre, fuego, bailes, una mujer, demonios, ángeles, velas, cáliz. En esa sagrada estancia sólo se respira deseo y sexo impuro. Sí, auténtico, deseado y disfrutado y, si eso les lleva a arder, si eso es lo que enseña la Iglesia, entonces sí, entonces serán dos pecadores sin perdón ni redención, pero para ellos, en ese mismo momento están tocando las puertas del cielo y juntos abren las puertas.

Abre los ojos. El frío le cala los pies y un escalofrío le sube por el cuerpo. Cierra los ojos a modo de despedida y una sonrisa picarona adorna su cara. Se frota suavemente su cuerpo. Se sube el cuello de su abrigo de nuevo, toma su bolso y se levanta despacio. Antes de abandonar su banco, el parque; mira los faroles y dice: “Sí, todo un acierto la película”. Camina con pasos seguros a su auto en el parqueadero del cine, esas sensaciones del parque aún recorrían su cuerpo al punto de hacer sus pasos lentos. Sin darse cuenta jadeos involuntarios la envuelven y siente que ella era parte de esa película. Sentía como si alguien manipulara sus pensamientos y la llevaba a la maldita escena que imaginó en el banco del parque.

La noche la invitaba a pecar y a ser una perversa embajadora de la lujuria, subió a su auto, encendió un cigarrillo y lentamente aspiraba la nicotina buscando una respuesta. Entre sonrisas se decía: "¿Cómo una maldita película causaba que su entrepierna se humedeciera?". Encendió la radio y se escuchó "Sadeness de Enigma". La melodía la envolvió y sin darse cuenta sus manos deseosas empezaron a recorrer su cuerpo hambriento de sexo. El deseo la hizo olvidar en dónde se encontraba y comenzó a dar rienda suelta a esa pervertida lujuria que la esclavizaba. Se desabrocha la blusa buscando sus senos para sentir el placer de masajearlos y apretar sus efectos pezones, sus jadeos son la melodía perfecta del placer que al igual que su sangre recorre su cuerpo por completo, cada fibra de su ser es parte de la lasciva imaginación.

Sus manos bajan por su vientre y hábilmente suben su falda, se deslizan con suavidad entre su ropa interior. Un gemido intenso salió de sus labios cuando sus dedos abrieron sus labios vaginales y pudo sentir la humedad de su entrepierna. La sensación se hacía más intensa, el placer es incontenible y hace retorcerse en el asiento; la manera en que sus dedos urgan su sexo la llevan a ese umbral en que la razón es dominada por la lujuria. Ya no existe el estacionamiento, ni algún posible mirón que disfrutara del espectáculo sino la bendita sensación de acercarse al orgasmo. Está al borde del abismo disfrutando de esa perversa sensación que la empuja, siente que cae en ese infierno del placer; las llamas de lujuria envuelven su cuerpo y el desenfreno la hace gemir intensamente como nunca antes lo hizo. Pulsaciones intensas en su vagina la hacen apoyar su cabeza sobre el volante mientras intenta regular su respiración. Al cabo de un momento su cuerpo está en calma, su excitación controlada; se mira en el retrovisor y contempla una delgada capa de sudor, ríe al sentirse sexi cuando arregla su cabello, abotona su blusa como si nada; de alguna manera sabe que más de alguien la vio masturbándose, sabe que ahora es la musa inspiradora de algún hombre que quiera hacer lo mismo que ella. Enciende el motor de su vehículo y conduce por la oscura cuidad rumbo a su casa, esperando que la escena vuelva a repetirse en la soledad de su habitación.





Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Reitero me encantan tus relatos, Mr.P
    El deleite que se provoca al leer esto es indescriptible....

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  2. Siempre es un placer leer sus escritos caballero!!
    Cada relato es diferente y mus satisfactorio.
    Buena tarde⚘

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  3. X dios que relato digno de vivirlo y ser una puta excelente para si misma siendo una lujuriosa mujer esclava de sus deseos terrenales

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  4. Este relato me encanto, la imaginación es una herramienta poderosa; como siempre mi señor se esmera en las descripciones

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  5. Excelente manera de redactar, además de una estructura muy buena del relato te mantiene envuelto y puedes visualizarlo en la mente

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  6. Excelente narración la forma como detalla cada escena es exquisita sin duda alguna logra que el lector se adentre en los personajes trasmitiendo la emoción y el placer del momento.

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