43. Perversa lectura

Un día más, con más calor que los anteriores, o simplemente en el que la desidia se había apoderado de mí, se hacía tarde y había quedado en ir a una reunión del grupo, pero ¿Por qué ir tan lejos? ¿Dónde iba a estacionar? Estaba bien en casa, podía hacer miles de cosas que no implicaban mover el auto y ¡qué diablos! Era un buen día para un libro y puedo estar tranquila. Estaba en el sofá deleitándome con un libro antiguo sin título, con sus hojas amarillas y toscas por el paso del tiempo; eso para mí era alucinante e incluso algo excitante. Me inquietaba saber que había plasmado en sus hojas y hasta donde me transportarían sus letras. Fui por un vaso con jugo y comencé mi lectura con calma; poco a poco me fui adentrando en la narrativa y quedé prendada con cada palabra. Era un libro prohibido por las mentes puritanas de la edad media pero narraba la forma brutal en que los burgueses hacían sus reuniones clandestinas en las mazmorras de sus palacios, como las doncellas eran maniatadas, torturadas y abusadas por aquellos mismos que repudiaban esas cosas cuando eran publicadas. Estaba impactada al ver como las hijas de los campesinos eran así tratadas y como sus padres guardaban silencio ante la magnitud de los hechos que el autor describía. 

Bebía lentamente mi jugo mientras leía: “¡Traedla acá!” –gritó con fuerza. Fue lanzada a sus pies la virginal doncella. En el piso alzó la cabeza y suplicó: “Por piedad Señor, no me hagáis daño”. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona, mientras en los ojos de ella se notaba el miedo, no entendía porque la llevaron a esa oscura mazmorra y porque sería tratada como un penitente. “Estáis aquí porque así me ha placido, no tenéis derecho a hacer reclamo alguno porque he pagado un alto precio para hacer con vos lo que así disponga y cuando lo disponga” –le dijo con tono de enfado. Con una señal de su mano los otros que se encontraban ahí la desnudaron y con otra señal la dejaron otra vez a sus pies, el despiadado Señor dijo: “Ha llegado la hora de dar comienzo, de vos depende encontrar placer o dolor, pero recordad a quien pertenecéis y para que fuisteis adquirida”. No niego que mi corazón se aceleró y pude sentir como mi entrepierna se mojaba al leer, había algo que me hacia excitarme pero no entendía lo que era, solo deseaba seguir leyendo para saber en que terminaría aquella escena. Seguí leyendo: “Colgadla” –ordenó. Sus débiles brazos fueron encadenados y levantada para el deleite de aquel perverso ser; él reía al ver como sus retorcidas órdenes eran cumplidas a cabalidad y al ver como la doncella suplicaba piedad por su vida. Rezó con desesperación pero los cielos estaban cerrados, no había quien atendiera a esa alma en apuros; tal vez en ese momento aquel Dios que ella pedía clemencia estaba ocupado haciendo otras cosas más importantes, ya que tampoco atendió a los ruegos de aquel hombre que estaba colgado en una cruz y que se hacía llamar Su Hijo. Sobre una vieja mesa había implementos que serian utilizados por aquel hombre para flagelar a la joven y que él sabía utilizar a la perfección. En ese momento mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza, mi respiración se agitó y mi entrepierna llena de fluidos se sentía hambrienta. No entendía por qué, hace tiempo el sexo se había vuelto algo mecánico, lo hacía casi por inercia pero esta vez estaba presa de la lectura al igual que la chica entre cadenas. Sin darme cuenta tenía mis dedos acariciando mi clítoris de manera suave mientras me deleitaba en lo escrito. Hace tiempo que tampoco me masturbaba pero esta vez era distinto, era una necesidad tener mi mano en la vagina mientras avanzaba en la lectura. Ya no importaba el jugo ya que mi sed era saciada por mis propios fluidos cuando lamia mis dedos. ¡Mierda! Necesitaba más de esa lectura. Proseguí: Tomó una delgada varilla y le dijo a sus sirvientes: “¡Mirad! Vosotros seréis testigos de lo que esta noche pasará aquí. Disfrutad de los gritos agónicos con los que serán deleitados vuestros oídos”. Se escuchó el sonido de la varilla cortando el aire y golpeando la delicada piel de la humilde muchacha, sin duda el dolor se apoderó de ella dando un grito angustiante que se podía escuchar en todos los rincones de aquella oscura y húmeda mazmorra. La varilla dejaba marcas en su piel y ella suplicaba que se detuviera pero él no hacía caso, incluso reía al escuchar los lamentos de la doncella. El color de su piel cambiaba, ya que la varilla dejaba profundas marcas que la laceraban y dejaban ver como la sangre fluía por cada azote. 

Me encontraba en éxtasis, incluso cerca del orgasmo. Imaginaba cada golpe, cada corte en la piel que dejaba la varilla en ese cuerpo. Hace mucho tiempo que la lujuria estaba presente por eso disfrutaba aún más de aquella pecaminosa lectura, sabía que no estaba bien disfrutar del sufrimiento pero mis sentidos disfrutaban como si fuera yo la que estaba siendo flagelada. No resistía las ganas de acabar profusamente pero mis ganas de continuar con la lectura también eran demasiadas. Emborrachada de placer seguí la lectura: “Esto no ha terminado aún. Bajadla y traedla ante mí” –dijo el perverso Señor. “¿Habéis encontrado placer o dolor?” –le preguntó a la ensangrentada doncella. No podía responder a esa pregunta ya que el dolor la hacía solo suplicar a buena voluntad del hombre que tenía en frente. “¡Respondedme campesina sucia!” –dijo él. Con ojos llenos de lágrimas y su voz entre cortada susurra: “El dolor está presente en mi cuerpo, mi Señor pero el placer inunda mi sexo, si vos queréis podéis comprobar cómo está inundado y desbordado de placer”. Él observó y sonrió complacido, ella estaba a la altura de lo que la perversión en su corazón requería. Él dijo que aún no había terminado y ordenó atar de pies y manos sobre una mesa a la doncella. Tomó un par de uñas de gato y las colocó en sus manos. Lentamente comenzó a deslizar las filosas puntas por los senos de la muchacha, desgarrando su cuerpo y dejando marcas tan intensas como la varilla. En sus senos se notaba como las puntas habían penetrado y la sangre inundaba su pecho. Ella se retorcía y gritaba: “¡Parad, por favor parad! Su Merced si de verdad en su pecho hay un corazón que palpita os suplico que os detengáis”. Con una mirada de él un sirviente entendió que debía callar la boca de la campesina y la amordazó para que ya no pudiera decir nada. Siguió deslizando las filosas uñas de gato por el abdomen y bajó por sus muslos, para él era un deleite ver cómo la piel se abría y dejaba salir la sangre. La sonrisa dibujada en los labios era motivada por la perversión, era motivada por el Sadismo que brotaba por sus poros. En su posición de Noble se escudaba detrás del nombre de sus ancestros pero en la oscuridad era un pervertido dominado por el morbo de ver a sus víctimas suplicar hasta desfallecer.

Pensaba en mis adentros: “Es un despiadado sin alma pero me gustaría experimentar esa sensación de vulnerabilidad”. Mi vagina destilada mis fluidos de manera profusa, no podía contenerme más, así que me dejé llevar por el momento y acabé de manera intensa hasta quedar casi sin fuerzas. Sentía como mi cuerpo temblaba y como mi respiración agitada se mezclaba con mis gemidos de placer; fueron minutos en los que sentía que mi vida pasaba ante mis ojos, mi corazón estaba tan acelerado que sentía que saldría por mi boca. No sé cuando mis ojos se cerraron y quedé con mis piernas abiertas en el sofá y todo el piso mojado por el placer, como pude me levanté y me di una ducha para despejar mi mente pero era imposible; mis dedos se deslizaban solos a mi sexo y causaban estragos en mi clítoris. Tomé el shower y lo puse en mi sexo. ¡Se sentía delicioso! Mi perversión estaba al máximo y debía hacer algo para apagar el incendio en mi vagina. El agua de la ducha y mis dedos no eran suficientes, debía buscar una opción real.

Encendí la computadora y me senté con la esperanza de encontrar “algo casual” para calmar las ansias, pero ninguno de los candidatos lograba seducir mi lujuria, fue un momento de frustración; me preguntaba ¿Cómo no habría alguien perverso que me hiciera revivir la lectura? Ya casi desistía cuando me entró un mensaje, antes de leerlo miré la foto de perfil y vi a alguien con traje negro y corbata, una máscara de cuero que dejaba ver sus ojos y sus labios, dije: “Veamos que tiene para ofrecer este tipo”. Ya que ustedes entenderán que hay personas tan carentes de emoción que siempre sin que les pidas mandan fotos de su miembro presumiendo no sé qué o salen con mensajes estúpidos: “¡Quiero cogerte!”. Como si con esas simples palabras tuvieran destilando vaginas al por mayor. En fin, abrí el mensaje y leí: “¿Estás cansada de lo mismo? Te invito a probar algo diferente. Juntémonos en el parque cercano al Museo de Arte Contemporáneo a las 02:30 AM”. No niego que me reí y pensé: “Otro pendejo que juega a ser galán misterioso”. Tampoco niego que ganó un punto al despertar mi curiosidad. No sabia si arreglarme para salir a ese encuentro furtivo o simplemente quedarme en casa; estaba debatiéndome entre dar rienda a la curiosidad o dejar pasar la oportunidad. Al poco rato otro mensaje llegó: “Espera en un banco que está frente al museo. Sabré reconocerte”. Estaba en esa lucha cuando decidí arreglarme y salir para ver lo que la noche me ofrecía. Quedé en llevar falda, en este caso un vestido de lycra negra pegado al cuerpo con la espalda descubierta y atado al cuello, sin braguitas ni tanga, y lo más peculiar: llevaría dos pinzas de la ropa, una en cada pezón y otras dos enganchadas a mi sexo, en los labios. Mi viaje no duraría más de veinte minutos en auto, al llegar puse las pinzas donde había acordado y caminé hacía el banco que me fue señalado antes; tenía algo de nervios, pienso que es normal ya que eran las 02:25 AM y estaba en el banco esperando a que él llegara. Busqué mi teléfono y mandé un mensaje: “Ya estoy aquí”. La respuesta fue: “Te vi pasar, no seas impaciente, estoy tan cerca que percibirás mi presencia”. Por alguna extraña razón mi vagina se humedeció y la presión de las pinzas causaba un placentero dolor que me tenía con el corazón acelerado. De pronto, sentí que alguien se colocó detrás de mí; sentí el embriagante olor de su perfume y su voz susurrar: “Sabía que vendrías”. La presión de las pinzas en mis pezones y en mi sexo causaban una deliciosa tortura que arrancaron un gemido de mis labios.

Noté sus manos escurrirse por los lados del vestido para tocar mis tetas, comprobó que las pinzas estaban colocadas en su sitio y tiro suavemente de ellas, apretó mis pechos entre sus manos y me susurró: “Eres una putita”. Quise darme vuelta para verlo pero su voz ordenó: “¡No me mires!”. Sus manos se abrieron camino por debajo del vestido para comprobar las otras dos pinzas. Me dijo: “Sujeta las pinzas hacia los lados. Eres una zorrita a la que la gusta exhibirse y que todo el mundo que pase vea como te masturban en el parque”. Otra vez esa sensación de fuego en mi sexo, no daba crédito a lo que pasaba; el maldito me tenía a sus pies y no podía hacer nada para evitarlo. Sus dedos entraban y salían de mi vagina una y otra vez, con fuerza. “Ahora no me podrás decir que no te gusta” –me dijo. Yo callaba, sólo gemía ahogadamente, solo disfrutaba de su perversa forma en la que me tocaba. Riendo dijo: Mira que puta sumisa he encontrado”. Metía sus dedos llenos de mis jugos en mi boca, se sentó a mi lado y dijo: “Eres una perrita, y te gusta mojarte, ¿verdad?”. Desató el vestido de mi cuello, dejó mis pechos al aire, sólo lo subía un poco si alguien pasaba cerca. “Levántate zorrita, vamos a otro lugar” –me dijo.

Me condujo a lo largo del parque, junto a la carretera donde más coches pasaban; levantó mi vestido e hizo que me inclinara hacía adelante para dejar mi culo más expuesto y alcanzar mejor a meter los dedos de nuevo en mi vagina. Estaba extasiada, sentía que sus dedos llegaban hasta el tope; mi vagina estaba tan húmeda y tan dilatada que uno a uno sus dedos entraban sin problemas. “Mira lo mojada que estás zorrita; lame tus dedos, sé que te gusta lamerlos” –me dijo. Mi excitación crecía por momentos con aquel desconocido. Hasta ese momento lo único que salía de mis labios eran gemidos incontenibles, no me importaba ser exhibida de esa forma, solo quería que siguiera haciendo lo suyo en mi sexo. “¡Dí que te gusta, perra!” –me dijo. ¡Ufff cada vez me gustaba más! Me sentía perra, me sentía puta y todo lo que él quisiera que fuera. “¡Me gusta!” – grité. Confesé al fin lo mucho que disfrutaba. Entramos en su coche, yo seguía sin mirarle, sin hablar casi; movió su auto a una zona menos transitada; me hizo bajar y sacó una bolsa del maletero. Unas bolas chinas fueron depositadas en mi vagina, con una cuerda ató mis pechos. “¿Ves lo bonito que quedan atados y lo bien que se puede atar? Mira que sensibles se ponen” –me dijo. Notaba la cuerda presionando toda la superficie del pecho quedaba muy sensible, me excitaba cualquier roce. Sus dedos se marcaban perfectamente cuando los apretaba. Volvió a masturbarme con fuerza, apoyé mi cabeza en su hombro casi sin poder contenerme, estaba al borde del orgasmo cuando se detuvo. “No voy a dejar que pienses que es tan fácil, no tienes permiso aún de acabar”. ¡Mierda, estaba desesperada! Solo quería desbordarme de placer para él y que viera lo que había conseguido, pero el maldito tenía otros planes.

Quitó la cuerda que aprisionaba mi pecho, sacó las bolas chinas, “vístete y sal, ya volveremos a vernos” me ayudó a atarme el vestido al cuello. “Gracias” –susurré. Me dio una fuerte bofetada y me dijo: “Gracias ¿qué?”. Entendí lo que quiso decir, así que respondí: “Gracias Amo”. En ése momento me permitió mirarle, una sonrisa plena llenaba su rostro, triunfante, me dio un beso dulce en la mejilla y me llevó a una Iglesia que reconocí al instante. Me ordenó pararme en la puerta y masturbarme en el umbral. Creerán que estoy loca si les digo que a las 04:20 de la madrugada caminaba hacia la puerta de aquella iglesia que me había visto crecer, donde me bautizaron e hice la comunión, donde me confirmé e incluso estuve dando catequesis. Al pararme en el umbral de las gigantes puertas de madera y masturbarme pensaba que diría el anciano cura al verme, creo que se enfadaría como una de sus ovejas se daba placer de la forma mas morbosa en la entrada o bien guardaría silencio y se quedaría viendo el espectáculo, en realidad no sé cuánto tiempo pasó pero el desconocido me miraba con ojos de lujuria y al fin pude encontrar ese delicioso orgasmo que me había sido negado. Se acercó y me ordenó ponerme de rodillas, sacó su verga y la metió en mi boca; la chupé completa, lamí sus testículos como una verdadera puta hereje, perversa y condenada a un infierno tormentoso de placer. Al llenar mi boca con su semen y yo saborearlo hasta la última gota, me puso de pie y me llevó a su auto para dejarme en el lugar de encuentro, caballerosamente se bajó y abrió la puerta; metió sus manos bajo mi vestido y sacó las bolas chinas de un solo tirón, el muy cabrón me hizo acabar otra vez al hacer eso. Sonrió perversamente y me dijo: “Nos volveremos a ver”. “Si mi Señor” –respondí. Agregó: “¿Ves como sólo hay que calentarte un poco?”. Sonreí, él sabía que hubiera hecho cualquier cosa que me pidiera en ése momento y lo mejor es que no lo hubiera hecho porque volviera a masturbarme, sino por ver ésa sonrisa de satisfacción en su rostro. 

Se fue con rumbo desconocido y subí a mi auto para volver a casa, la luz del sol ya comenzaba a asomarse, el trino de los pájaros se escuchaba en el parque y mi sexo estaba satisfecho por esa deliciosa experiencia.

Al llegar a casa vi mi celular y tenia un mensaje de él, decía que más pronto que tarde volveríamos a estar juntos y tendría una experiencia distinta a la ya vivida. 




Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Mmmmmm me encanta!! Tan delicioso tan endemoniadamente Perverso 😈🔥🔥y esa parte final solo pensé como te lo digo siempre 😈😈Vente...😋😋💋

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  2. Realmente complacida con su relato Caballero!!
    Como siempre un placer perderme en tan deliciosa lectura⚘

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  3. Realmente complacida con su relato Caballero!!
    Como siempre un placer perderme en tan deliciosa lectura⚘.

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  4. Esa lujuria y esa perversión que su historia transmite es sin lugar a dudas una delicia, invita a volar la imaginación y a dar rienda a los instintos que piden ser satisfechos...
    Gracias por compartir tan exquisita historia.🔥🔥

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  5. Uffff delcioso dar rienda suelta a ese placer endemoniado incleible lo felicitó Caballero delcioso felicitaciones

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  6. Ves como si podría ponerse más interesante mi señor. Magnífico como siempre, en tu letras encuentro el placer que me encanta sentir

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  7. Me encantan tus relatos. Gracias por compartir amigo.

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  8. Mmmm encantadoramente excitante y deliciosamente perverso

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  9. Uff que divino MrP me humedeci divinamente sin duda jugaré con mis dedos imaginando todo lo que has escrito que rico

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