46. Los primeros pasos de Alejandra 1




Apenas pasaba de los venti pocos años cuando conocí a Alejandra en uno de los foros que visitaba con frecuencia y en los que además de compartir información también me escribía con varias personas. Tenia mucha curiosidad acerca del mundo de la sumisión (eran tiempos de respeto y seriedad, todavía no se habia banalizado y ninguneado); no era difícil descubrir que en aquella "adolescente" de literarios fetichismos y curiosas preguntas le acabara germinando una fuerte atracción por quién tomaba interés en resolver todas sus dudas; conversaciones que pasaron de ser esporádicas a diarias, forjando durante meses de una completa confidencialidad, tan profunda como íntima. Con la llegada del año nuevo era momento de dar un paso más allá; cada verano coincidía que pasaba unos días veraneando en la ciudad, y todo estaba dispuesto para comprobar cuanto sería su grado de compromiso.

Tengo por costumbre todos los sábados, poco más tarde de la sobremesa, dedicarlos a probar los diferentes licores que el bar del hotel me ofrece, y no podía faltar. Me senté en el mismo "reservado" de costumbre siempre frente la puerta, aún a sabiendas que la evidencia de edad me delataría, pero era la primera prueba de fuego que debería afrontar. Llegó con puntualidad, miré de reojo el reloj cuando puerta chocó contra el inconfundible ruido de campanas. Un discreto café con leche acompañaba su oscuro pantalon y camiseta que pese a ser floja no dejaba esconder el tamaño del busto. Dando un sorbo terminando de repasar todo su rostro. En sus manos una de las últimas novelas que le había recomendado leer.

Nuestras miradas se cruzaron y levanté mi mano para saludarla; ella sonrió, la invité con un gesto a tomar asiento, se acercó tímidamente y le ofrecí tomar algo cuando me levanté para darle un beso en la mejilla. Su coqueto manoseo sobre su melena era sinónimo de cuanto distendida y amena estaba resultando la conversación, lejos quedaba ya los de nervios de cuando se sentó al lado mío. Los rayos de sol deslumbrando a través del cristal dibujando sobre su escote una siluetas llamaron mi atención, después de un largo y detenido exámen ya tenía planes para lo que restaba de día. Abrí el libro en una de las pocas páginas que tenía marcada con una doblez y señalando con un dedo le pedí que leyera: "Sentados en un banco del parque... (sus mejillas pálidas tornaban de color a medida que leía) "el Maestro ordenó quitar toda..." –alzó la vista mirándome, mientras continuaba: "...la ropa interior". Podía percibir el latir agitado de su corazón.

Cerré el libro y con voz severa añadí: "Si gustas puedes hacerlo aquí mismo". Nada más erótico que algo pervertido. Sus ojos abiertos como platos, con el evidente hormigueo recorriendo entre sus piernas, ofreciéndole el servicio higiénico de damas en caso de descartar hacerlo en público. Pensando en el poco ruido de la puerta se levantó entrando en los cubículos, pero su suerte cambió cuando alguien entró por la puerta, sus brazos cruzados tapando sus pechos y su pantalón a media altura era la estampa que estaba contemplando. "Desnúdate. Podrás esconder tu cuerpo de cualquiera pero nunca del Tú Maestro". A juzgar tenue luz y su pubis desprovisto de bellos, tenía todavía un virginal cuerpo con un par de senos bien erguidos pese a lo voluminoso de su tamaño. Se volvió a colocar la ropa, metiendo en mi bolsillo sus prendas íntimas. Nos sentamos otra vez pero esta vez para charlar. "Es primera vez que ando así en la calle" –me dijo. La miré a los ojos y con una sonrisa burlona le dije: "Siempre hay una primera vez, pero nunca hay últimas veces". Bajó la mirada y me dijo: "Tiene usted razón". "Ahora, quiero que me digas ¿qué esperas? ¿Por qué estás aquí?" –le pregunté. Me dijo que buscaba vivir aquellas sensaciones que se describen en los libros, que deseaba ser educada como sumisa pero también que sus miedos eran más fuertes que ese deseo. "Entiendo que usted está invirtiendo tiempo en mí y se lo agradezco pero le suplico que vayamos despacio, cuando me sienta preparada iré avanzando y seré una joya ante sus ojos" –me dijo. "Está bien, pero hoy vas a aprender obediencia, ya diste un paso pero todavía quedan más. Por ahora dejaremos la lectura hasta aquí ya que saldremos a caminar" –le dije.

Ya en la calle podía notar la inseguridad que tenía en su cuerpo al andar. Entramos en uno de los centros comerciales que más personas transitan; directos a una tienda de ropa femenina para dar vistazo general. Tomé un par de faldas para que las probara, su enfado no puedo hacerse más que evidente en su rostro antes de entrar con ellas al probador por los tamaño que habia seleccionado, el menos corto apenas serian unos centímetros por debajo de su ingle y el otro poco más pero casi trasparente. Agarré otra y con tono pausado le ofreci la única alternativa qué tenía: –Obedecer o despedirnos–. Su estupor no podía ser más grande y sin derecho a réplicas fue y la vistió. Nada más salir del probador su cara de espanto era latente y no en vano sabría que sería más que observada. Levanté los hombros y le dije: "Las insolencias se pagan muy caro". No conforme con el nuevo atuendo seguimos caminando como quien lleva de paseo a su mascota aún todavía por adiestrar. A su paso adolescentes y maduros la miraban como objeto de deseo hasta el punto que alguno buscaba en el brillo del suelo el inexistente reflejo, subimos un par de pisos y pude comprobar la cara libidinosa con que algún pervertido se deleitaba con su caminar. Con su pantalón metido en la bolsa de compra entramos en otra tienda en busca de una blusa que realzara sus deliciosos senos. Tras un par de prendas la agarré de la mano y la metí en los probadores. A su falda negra una blusa blanca sería el perfecto complemento. "Ponte esto" –le dije. Ni ella era a estas alturas una cria ni yo era un buen samaritano. Ante mí y bajo una luz mas intensa unos pecho de gran tamaño se mostraban de color palido que se difuminaba con el color rosaceo de la areola y unos tímidos pezones que querian crecer. Con descaro meti una mano en el bolsillo acomodando mi miembro que se presionaba sobre el pantalón, con descaro no perdió detalle en mirar lo que hacia; le dí un tiron en un pezón, lo que ella agredeció con un dulce alarido. Ombligo al descubierto y escote mostrando lo que la pálida tela terminaba de dibujar salimos a concluir nuestro dia de compras.

En el boulevard contiguo hay una heladeria artesanal, el dueño es don Camilo, amigo y confidente. Nos sentamos en la terraza consciente de que seria nuevamente foco de miradas y comentarios. Sin tiempo a que se acomodará le susurré con voz melosa y sutil: "Quiero que te masturbes". Giró el rostro de izquierda a derecha, moviendo el cuello hacia todos los ángulos para visualizar la cantidad de personas que en ese momento habría a su alrededor y cuando se perfilaba a réplicar puse la cámara de mi celular. "No digas nada. Ya sabes" –le dije. Sus mejillas nuevamente parecían acompañar a su batido de fresa, pero esta vez no había baños cercanos y con la amenaza de abandono levantó la piernas posando su pies al borde de la silla y comenzó acariciando el clitoris muy suave evitando que sus movimientos pudieran delatarla. Había un viejo sentado en un banco a lo lejos, quien desde que llegamos la estaba siguiendo con su mirada. Sus pezones comenzaron a crecer con fuerza, abultandose sobre la blusa, sus ojos casi cerrados y tras una fuerte convulsión los abrió como quien regresa de un estado hipnótico. No tardó en acabar, lo mismo hizo el viejo que para evitar ser visto se cubrió con una chaqueta. Era perceptible el fuerte e intenso olor a flujo vaginal se sentía alrededor de nuestra mesa. Tenía la grabación de ella, la que compartí a su WhatsApp; sus grandes ojos se abrieron dejando ver su asombro. "Eres un pervertido" –me dijo. Reí y le dije: "Tú una hermosa puta". Me puse a su lado y tomé una foto juntos, con disimulo otra vez jalé uno de sus pezones y volvió a gemir de manera sutil, esta vez me dijo: "Deja de hacerlo porque me provocas cuando tiras mis pezones". Reí otra vez y le dije: "Ya es hora de irnos". A lo lejos un grupo de adolescentes no dejaban de mirar y contemplar el final del acto, sus rostros eran de sombro y yo pensaba en lo afortunados que eran de ver el espectáculo en directo, sin dejar de voltear mirando con descaro, puse la ropa interior sobre la mesa le ordené que se regalara a don Camilo, él había sido mi tutor cuando me inicié en el final arte del BDSM y era una forma de retribuirle su transferencia de conocimientos, y los consejos que me daba para seguir avanzando. Fue hasta él y le dijo que aceptara la ofrenda que ponía en sus manos, el sonrió y con un gracias le dijo que volviera a la mesa. De regreso a la mesa nos tomamos otra foto: "Guardala" –le dije, es un buen recuerdo de su primer día.

Salimos de la heladería y tomamos un taxi, al subir le vendé los ojos, su respiración se agitó y comenzó a pasar su lengua por sus labios. Con un golpe suave en sus muslos entendió que debía abrir sus piernas, guié sus manos hasta su entrepierna y le dije al oído: "Damos el placer de oír tus gemidos". Ya más obediente y sin decir nada comenzó a estimular su clítoris, ella gemía suave pero de manera intensa; yo masajeaba sus senos y jalaba sus pezones. El espectáculo era majestuoso para el espectador y para mí era la confirmación de que se estaba dejando moldear. Antes de llegar a su casa acabó en un delicioso orgasmo que dejó rastros de sus fluidos en el asiento del vehículo. "Nos vemos pronto pero seguiremos en contacto para seguir con tu entrenamiento" –le dije. La besé en los labios y seguí en el taxi de camino a mi hotel.

Al entrar a mi habitación le hice una videollamada, le dije que fuera a ducharse y se tendiera sobre la cama con su cuerpo mojado. Lo hizo, le dije que acomodara el teléfono a fin de poder visualizar su cuerpo completo. "¿Quién está en casa?" –le pregunté. "Mis padres" –respondió. "Muy bien, quiero que te masturbes pero que no lo hagas en silencio sino que ellos puedan oír lo que haces" –le dije. "¿Por qué quiere que haga eso? Las veces que lo he hecho ni siquiera se han enterado. Usted es de verdad un pervertido" –me dijo. Solo la miré en silencio y fruncí el ceño. Entendió que debía obedecer, se acomodó en la cama y comenzó de manera sutil; con gemidos tenues, casi imperceptibles. Poco a poco aumentaba sus gemidos y balbuceaba como poseída, la observaba con deleite, imaginaba lo que sus padres pensaban al escuchar a su "niña buena" gemir cómo una puta en celo. Al cabo de unos minutos acabó profusamente y me dijo: "Complacido Señor". "Hasta el momento sí. Ahora duerme sobre la cama desnuda y al despertar quiero una foto tuya desnuda, arrodillada sobre la cama" –le dije. "Así será Señor" –me dijo. Me puse a descansar y pensaba en todo lo que aún le quedaba por avanzar. La remembranza del día: "MISIÓN CUMPLIDA".




Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Exquisito relato, interesante iniciación, siempre es un inmesurable placer leer sus escritos...🔥🔥🔥

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  2. Un delicioso escrito me ecanta como siempre es un placer leerlo caballero

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  3. Que rico la sensación de miedo pero de deseo que nos vuelve locos e impulsa a poder llegar a la gloria gracias MrP besos

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  4. Magnífico relato como siempre mi señor, un buen maestro sabe lo que necesita su alumna, gracias por compartirlo

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  5. Cómo te lo dije antes mi amor. El placer de la Dominación mental y el placer que da la entrega de complacer todos los deseos, muy buen relato mi Perverso eres un gran escritor siempre te lo he dicho , a tus seguidores (as) les encantan tus lecturas. Y eso es perfectamente Perverso 🔥

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  6. 🔥Por cierto mi Perverso estoy ansiosa ya sabes por cuál 😈😈😈💋😘.

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  7. Muy bueno! Imagino una iniciación y como soy muy rejega me costaría mucho hacerlo 🤔

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  8. Como siempre es un gusto leerle Caballero!!
    Y es un escrito dulcemente perverso,me hizo recordar viejos tiempos,,muchas gracias!!⚘

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