Nos conocimos en una congragacion de alabanza, ella venia al cuidado de un grupo de niños de su parroquia, ella es monja, se llama Isabel y tiene 26 años. Yo había ido invitado por una amiga, estaba bastante aburrido y ya pensaba irme cuando Diana, mi amiga, me llamó para presentarme a su amiga, la Hermana Isabel. Cuando la ví sentí una corriente que hizo al instante que mi verga se erectara. Era muy linda, cabello negro corto, no lo puede usar largo por algo relacionado con su congregación, piel blanca suave, ojos negros muy profundos, llevaba puesto su hábito que por alguna razón no le quedaba olgado, incluso diría hasta un poco ceñido a su figura. Nos saludamos y nos quedamos mirando, el resto de la tarde nos la pasamos juntos hablando de su "llamado" y como decidió convertirse en monja. En mis adentros pensaba en el desperdicio de perder una exquisita mujer que siguió su vocación. Quedamos los tres en encontrarnos el dia siguiente para seguir platicando, aunque mi intención a todas luces era otra; por mi mente pasó pervertir esa generosa alma y probar aquello que para los hombres había quedado prohibido.
Al otro dia nos encontramos por la mañana, nos fuimos a dar un paseo, lo pasamos bien, aunque el tema central de la Hermana Isabel era su labor social ayudando a niños en condiciones vulnerables; por mi mente pasaba la idea de hacerla caer en pecados antiguos pero hechos de la manera más perversa y moderna. Creo que Diana y ella notaban mis intenciones pero no decían nada al respecto, yo solo de momentos trataba de acomodar mi verga disimuladamente para que no se viera mi erección; luego, por la tarde cuando nos despedimos les propuse que me acompañaran a tomar un cafe. "Será un placer" –respondio la Hermana Isabel. Diana por otro lado dijo: "Me gusta la idea". Llegamos a mi casa, fui a la cocina a preparar las tazas y colocar a hervir el agua; observaba a las amigas hablándose al oído, me miraban y reían como si supieran lo que mi pecamiosa mente planeaba. Nos tomamos el café riéndonos y conversando animadamente.
En mi mente buscaba la forma de seducir a aquella casta mujer y que Diana se prestara para el juego, sería una larga tarea ya que no sabía si la monjita aceptaría ser parte de juegos perversos con un desconocido y con su amiga de toda la vida. La clave era incitar a Diana y ver cómo se iban dando las cosas con Isabel; el morbo y la calentura era tan grande que me perdía mirando sus carnosos labios mientras hablaba, la imaginaba haciendo esas prácticas prohibidas por la Iglesia en mi verga y hablando de la manera más sucia posible, la imagen mental era extremadamente excitante al punto que la erección ya no me daba tregua, debía apasiguar al demonio de la lujuria a como diera lugar. La hora avanzaba y si bien es cierto la conversación era agradable, el deseo seguía aumentando en mí y ya no podía contener la "buena voluntad". Decidí mover mis piezas y como un buen estratega hice mi jugada.
"¿Queres bailar?" –le pregunté a Diana. Ella rió y dijo: "Bueno, hagámoslo". Conecté mi teléfono al Bluetooth de la radio y puse Kizomba, de Daniel Santa Cruz. Tener pegada a Diana y moviéndose de manera sensual era un deleite, ya que su entrepierna se frotaba en mi muslo y me hacía respirar agitado no por la intensidad del ritmo sino por la calentura que me tenía a punto de estallar. La Hermana Isabel miraba con detenimiento esos erotizantes movimientos de su amiga al ritmo de la música, juntó sus piernas y se tomó las rodillas; en sus ojos se percibió un brillo especial. "¿Le estarán pasando cosas en su vagina?" –me pregunté. Sí así fuera, antes de monja es mujer y tampoco podía negar las sensaciones que la invadian, solo luchar con ellas para no caer en tentación. Me sentía el mismo diablo tentando a Eva en el paraíso, la diferencia es que el paraíso para mí era la entrepierna de la monja y de paso también jugar con Diana. La música nos envolvía y mi querida amiga me pregunta al oído: "¿Estás caliente? No lo niegues, se te nota". "¿Qué te puedo decir? Así me trae esa maldita monja desde ayer. Hasta ahora he mantenido la compostura porque es tu amiga, si no ya la hubiera hecho que se comiera el "fruto prohibido" y lo digo con Dios cómo testigo" –le dije. Ella rió y me dijo: "Eres un maldito pervertido". A lo que contesté: "Lo sabes, me conoces y también sabes que siempre tomo ventaja de algo para quedarme con lo que quiero". Todavía no terminaba de hablar cuando deslicé mis manos por su cintura y posarlas por completo en sus caderas. El movimiento de Diana era suave, mis manos recorrían sus caderas de manera obscena, sin pudor, sin recato. Observaba a la Hermana Isabel quien deslizaba lentamente su lengua en esos labios dulces, me imaginaba la manera sutil en que esa prohibida hembra podía hacer con esa deliciosa verga posada en mi erecto miembro. Cuando la música se detuvo, Diana besó mis labios de manera suave su a sentarse. Algo Isabel le susurró al oído y Diana sonrió de manera perversa y puso algo de lujuria en su mirada.
"Hermana Isabel, ¿usted baila?" –le pregunté. Ella me miró algo extrañada pero con cierta curiosidad en sus ojos, respondió: "Si me enseñas a hacerlo podría, porque no sé". "Déjeme buscar una canción que sea digna para que sea mi alumna" –le dije. La canción Fuck, de Johnny Rain fue la escogida para despertar la lujuria en esa mujer. "Lo primero que debe hacer es rodear mi cuello con sus brazos, colocaré mis manos en su cintura y nos moveremos al ritmo de la música. ¿Le parece?" –dije seriamente hablando. "Lo intentaré" –respondió. Los primeros acordes comenzaron a sonar dando paso a mi jugada maestra. Nos moviamos lento, de manera sutil; seguía el ritmo que mis manos marcaban en su cintura a la perfección. "Para ser primera vez que baila, lo hace muy bien" –le digo. "No siempre fuí religiosa" –me dice. Miraba a Diana y creo que la escena le era un tanto perversa, ya que casi sin disimulo escabullía sus manos por su cuerpo. Hice que Isabel se girara para ver la escena de la que nuestra amiga era la protagonista, se sonrojó y un "Ave María Purísima" se escapó de sus labios. "¿Sucede algo Hermana?" –pregunté. Guardó silencio y siguió moviéndose como una diosa al ritmo de los acordes. Vi la oportunidad y de manera descarada toqué sus nalgas, se estremeció y un leve gemido salió de sus labios; la pegué hacía mí con fuerza, no opuso resistencia, lentamente y con toda la lujuria empecé a recorrer su cuerpo tembloroso; ella jadeaba y me miraba con los ojos de una presa acorralada. Me sentía poderoso viendo su reacción, ella intentaba buscar ayuda en Diana con su mirada pero nuestra querida amiga estaba extasiada viendo la morbosa escena. Ya sin escapatoria la besé de manera suave, al no haber oposición metí la lengua en su boca y la besé apasionadamente. La canción pero ya estábamos en el momento en que la razón sucumbió al instinto y dió paso a la total lujuria haciendo que la Hermana Isabel cayera en el pecado carnal siendo dominada por el deseo.
Con una musica muy suave bailamos y nos besamos con ese exquisito frenesí. Diana quiso unirse a nuestra "fiesta privada" colocándose detrás de Isabel para recorrer su cuerpo de manera impúdica, la monja me miró sorprendida pero no dijo nada, solo se dejó llevar por las caricias de Diana y por la pasión de mis besos. Tomé sus manos y las dirigí a mi entrepierna, al sentir la erección sobre mi pantalón exclamó: "¡Oh, qué rico!". "Desabrocha mi pantalón y mete tu mano" –le dije. Obediente lo hizo y dijo: "Nunca he tenido uno en mi vagina". "Siempre hay una primera vez" –le dijo Diana. Me senté en el sofá y dejé que Diana hiciera con ella lo que quisiera. Le quitó el hábito pero le dije que le dejara el velo y el crucifijo puesto para que el símbolo de fe sea profanado por la lujuria y el desenfreno; para que entendiera Isabel que el único dios que debía venerar era el dios del sexo y la lascivia. Diana me miró y me dijo: "Eres un puto hereje y si tienes razón". Al verse desnuda Isabel intentó cubrise cruzando sus manos por sus senos y entrepierna, a lo que Diana le dijo: "No vuelvas a hacerlo, hoy tú eres la virgen que será ofrecida en sacrificio y saciar la sed de lujuria en el infierno del placer".
Había humedad en su sexo, sus pezones estaban erectos. Diana aprovechó de pasar su lengua por ellos haciendo que se pusieran más duros, los mordió sacando un gemido intenso de placer, hizo que separara sus piernas para asaltar su vagina y probar esos tibios fluidos que destilaban profusamente. Observaba la escena con lujuria masturbándome suavemente. Diana sin decirle nada había tomado el control de la situación, llevó a Isabel al piso; tomó sus piernas e hizo que la rodeara por la cintura para estar sobre ella y besarla a su antojo. Isabel se dejaba llevar por los besos morbosos que su amiga le daba, armoniosamente en cada beso restregaban sus cuerpos, a mí me parecía como si buscaran fundirse en uno solo; solo verlas era la antesala del infierno del placer y ver cómo Isabel caía presa del pecado era un espectáculo digno de observar ya que sus creencias y sus votos estaban siendo pisoteados por uno de los pecados más antiguos de la humanidad. Las dejé jugar hasta que ambas acabaron entre gemidos y temblores, era mi turno de tomar el control. Me puse de pie y arreglé mi ropa, me acerqué directo a Isabel y la puse de rodillas, bajé el cierre de mi pantalón, le metí la verga en la boca y le dije: "Chupa, hazlo despacio". Con sus labios envolviendo mi miembro comenzó a chupar despacio. "Sí que sabes" –le dije. Diana se puso de pie y nos besamos con lujuria, mientras con una de mis manos recorria sus turgentes pechos. Mis manos se fueron a la vagina de Diana, sentir la humedad en su sexo era un lujurioso placer.
Después de un momento les dije que entre las dos me desnudaran, ya que era tiempo de romper el himen de Isabel; eso era lo más que me calentaba, ser el primero en penetrarla y quedarme con una "medalla prendida en mi pecho". Obedientes, me despojaron de la ropa; volví a hacer que Isabel se pusiera de rodillas pero esta vez no tendría "la bendición" de comerse mi verga, estaba frente a mí y con su velo y crucifijo, le dije que me mirara a los ojos, quería ver su mirada de deseo, en cierta forma quería que pidiera ser poseída al punto de perder la razón. Tomé ese pedazo de madera inerte que cuelga de cuello, hice un recorrido con él por sus labios, ella seguía su trazo como si quisiera meterlo en su boca y le digo: "¿Qué representa esto para tí?". Sin dudar respondió: "Representa mi fe y la devoción". La miré a los ojos, tomé mi verga y le dije: "Esta es ahora lo que representará tu fe, tu devoción, cada vez que quieras placer será el instrumento que usarás para satisfacer tu lujuria". Dió un suspiro y dijo: "Sí, así será. Quiero el placer que tu deliciosa verga me puede dar".
Le dije que debía ahora lamer la vagina de Diana hasta que ella acabara en su boca, hice que se recostara en el piso mientras Diana se acomodaba en horcajadas en el rostro de Isabel; ella comenzó a lamer esa exquista vagina, mientras yo hacía lo propio con Isabel. Sentía el sabor de los fluidos que ella derramaba abundantemente, mi lengua hacia que temblara de placer, así ella aumentaba el ritmo de su lengua en la vagina de Diana quien gemía de manera sublime. Aún no quería que Isabel tuviera un orgasmo, por lo que me detuve. Me puse de pie para darle mi verga a Diana, quien de una engullida la metió en su boca, era una puta salvaje mamando, no le importaba ahogarse con ella, solo le importaba devorarla entera. Entre gemidos y mamadas Diana se derramaba por completo sobre el rostro de la ya no tan celibe monja. Mi excitación estaba al borde del climax, Diana se encargaba de hacerme sentir como si mi verga fuera a explotar; estaba hinchada, palpitante, tomé su pelo y marcaba el endemoniado ritmo que debería seguir. La manera en que sus labios y su lengua envolvían mi verga me tenían casi al borde de la locura, hasta que al fin pude acabar en su boca, se bajó de encima de Isabel y la besó pasándole hasta la última gota de semen que había tragado, compartiendo la espesa leche que mi miembro le proporcionó. Recostadas ambas en el piso oriné sobre ellas, en especial sobre la Hermana Isabel y su puto crucifijo, profanando aquel emblema que ella lucía de forma orgullosa. Me pertenecían eras mis perras y lo disfrutaba de manera perversa. Disfrutaban como la orina caía sobre sus cuerpos, masajeaban sus senos de manera perversa, la castidad no se veía en los ojos de la Hermana Isabel, más bien se notaba en sus ojos lujuria, perversión y deseo. Cómo a las monjas le gusta estar de rodillas hice que se arrodillara otra vez ante mí, ahora sería para suplicar que le metiera la verga. "Dime, ¿qué quieres Isabel?" –pregunté. Hubo un momento de silencio pero respondió: "Quiero embriagarme de placer, sentir las cosas que estoy sintiendo de forma más intensa". Diana dijo: "Está puta quiere que te la folles". "Lo sé pero no lo haré" –le dije. Suplicante Isabel dijo: "Seré tu esclava cada vez que esté aquí. Podrás hacer lo que desees conmigo, solo hazme sentir mujer; dame el placer de sentir tu verga llenando mi vagina, quiero ese placer que me privé por años. Apiadate de esta puta penitente y desvirgame de una vez".
Después de escuchar lo que quería, la recosté contra el piso, separé sus labios e introduje mi miembro en su sexo o hambriento y húmedo lentamente. Se retorcía y gemía, empecé a empujar lentamente hasta que sentí como su himen se rompió y permitió la perfecta entrada de mi verga hasta el fondo. Lo saqué cubierto de un poco de sangre, Diana pasó su lengua hasta dejarlo completamente limpio. Otra vez se lo metí, esta vez de un solo empujón, me quedé quieto por unos segundos y empecé otra vez con movimientos suaves para ir aumentando el ritmo hasta penetrarla violentamente mientras ella gritaba: "¡Oh, que rico se siente!". De manera furiosa taladraba esa recién abierta vagina, era perverso ver a la monjita jadeando y babeando mientras era follada como ella soñaba. Diana observaba y se masturbaba con vehemencia. Los alaridos de ambas resonaban en mis oídos como una sinfonía escrita por los demonios de la lujuria y el placer.
Mientras me follaba a la Hermana Isabel tomé su crucifijo, de un tirón lo arranqué de cuello y se lo di a Diana. "Quiero que lo uses de la manera más profana y blasfema que se te ocurra". Sonrió y empezó a lamerlo por completo, lo metió en su boca como si fuera una verga y lo chupaba con ganas. "Mira lo que hace tu amiga con ese trozo de madera" –le dije a Isabel. Ella miraba entre gemidos como su amiga profanaba su emblema deslizandolo por su cuerpo hasta meterlo en su vagina. Isabel gemía de manera intensa al ver cómo Diana se clavaba hasta el fondo, lo metía rápido y decía: "¡Cómo deben gozar las putas monjas siendo folladas por tan perverso instrumento!". No sé si las blafemias de Diana aumentaban la calentura en Isabel pero cada vez gemía y se retorcía de placer al verla. "Mírame puta y ve como tu Dios me folla, así mismo tiene que haber gozado la puta de María" –le decía. "¡Oh, sí. Así mismo como disfruto yo!" –decia Isabel sin quitar los ojos de Diana. "Ahora veré como tú crucifijo me abre el culo" –dice Diana. Se colocó en cuatro y buscó la entrada de su agujero, lo metió de a poco, a medida que la "santa reliquia" entraba gemía con descontrol, hasta que ya lo tuvo adentro empezó con el mete y saca frenético. Puse de lado a Isabel para que tuviera mejor visión mientras seguía metiendo mi verga en su vagina. "Somos unas putas" –decía Isabel. Ese lenguaje profano me calentaba, se la metía con fuerza para que sintiera mis testículos golpeando su entrepierna. Los tres estábamos posesos de perversión. "¡Qué rico me follas!" –me decía. "No puedo creer que haya renunciado a ser una puta come vergas por vivir una vida casta" –añadió.
"Asi, dame" –me decía mientras pasaba sus dedos por la vagina hasta casi acabar. Se subió sobre mí y se movía hacía adelante y atrá, yo jugaba con sus apetitosos senos y apretaba sus pezones, empezó a cabalgarme de una forma salvaje, sentí quenel mundo se perdia ante mis ojos, solo estaban ella y Diana gimiendo con locura, la tomé por la cintura para seguir ese ritmo endemoniado. Mi verga palpitaba y tuve un espasmo, acabé en su interior mientras ella gritaba y también acababa derramando sus jugos sobre mi al compas de un orgasmo. Diana también cayó sin fuerzas, jadeaba de manera brutal, su culo estaba abierto, su respiración era profunda y pausada. Los tres estábamos envueltos en sudor y con ganas de más.
Tomamos tiempo para recobrar fuerzas, tendidos en el piso nos besábamos y disfrutábamos. No sé cuánto tiempo había pasado pero ya estaba oscuro. Alguien dijo que en la noche es cuando los demonios se manifiestan con más fuerza y lo estábamos experimentando, ya que la misma excitación del principio se estaba haciendo presente. Mi verga se puso otra vez dura y ambas comenzaron a chuparla, se besaban cuando llegaban a la punta enredando sus lenguas con una precisión lujuriosa. Le dije a Diana que siguiera "jugando" con el crucifijo tendida en el piso y puse a Isabel a lamerle la vagina a su amiga, gustosa disfrutaba de los jugos que expulsaba y a la vez Diana le metía el crucifijo en la boca para pudiera sentir cuán impregnado estaba. Tomé a la hermana Isabel por la cintura e hice que levantarse las nalgas, quedando con su culo a mi entera disposición; pasé minlengua por su agujero para dejarlo mojado con mi saliva, ella estaba agónica lamiendo la vagina de Diana mientras yo acomodaba mi verga en la entrada. Poco a poco se lo metí, ella dió un grito de dolor y placer, exclamó: "¡Me vas a romper el culo!". Le di un par de nalgadas que la hacían gritar más: "¡Eso, golpea mis nalgas, soy tu puta!". Se lo metí con fuerza, otro grito salió de sus labios pero su ano ya se había acostumbrado a la violencia de mis embestidas por lo que ya solo había placer, entre gemidos ambas amigas se dejaron envolver en el orgasmo mientras yo descargaba en ese culo que había sigo profanado por mi verga. Exhaustos quedamos tendidos en el piso, una a cada lado con la cabeza en mi pecho nos dormimos. A la mañana siguiente nos dimos un baño en dónde seguimos con la perversión y después retomamos nuestras actividades. Isabel se puso su hábito y colgó su crucifijo en cuello impregnado con el olor del pecado. Diana salió rumbo a su trabajo y yo me quedé en casa con la imágen vívida de lo sucedido esa noche. Recibí en el transcurso del día una llamada de Isabel y me dijo: "Mi querido y perverso demonio en un par de semanas estaré por allá para arreglar unos asuntos en la diócesis, así que tendremos tiempo para dar cabida a la perversión junto con Diana".
Pasiones Prohibidas ®

Me encanta... tan Perverso tan indecente tan irrespetuoso una rica y muy sucia lectura mi amado Demonio 💋💋🔥
ResponderBorrarIncleible todo lo vivido en ese cuarto ser llevada hasta el extremo de la lujuria perversa ser una puta obediente que quiere ser cogida y que la rompan todo exquisito con ese fuego muy buen relato Caballero
ResponderBorrarQue rico relato mi señor, muy excitante, me dejas sensaciones en el cuerpo difíciles de dejar pasar
ResponderBorrarDeliciosamente excitante, sin lugar a dudas un placer perderme en sus escritos que invitan a volar la imaginación.
ResponderBorrarExelente como siempre Caballero!!
ResponderBorrarUn placer leer tan exquisitos relatos⚘
Siempre logra humedecerme con sus letras...
ResponderBorrarAlgo fuerte para mi gusto MrP
ResponderBorrarQue gusto leerle MrP
ResponderBorrarExelente relato
ResponderBorrarExcelente relato
ResponderBorrarQuisiera estar en el lugar de La amiga para comerla toda
ResponderBorrarMe gustó pero quería mas
ResponderBorrarFabuloso caballero 👏👏👏
ResponderBorrarExquisito, la excitacion y lujuria envuelven el momento, para disfrutar al maximo.
ResponderBorrarLa lujuria es lo más poderoso en cuanto a emociones se trata, me encantaría ser parte de estás historias
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