57. Esta es mi nueva vida 1



Es una historia que no puede contarse en solo una parte. Les invito a ponerse cómodos y disfrutar de unos minutos de excitante lectura.

Era un día normal en la vida de Ángela, recorria el largo pasillo que la llevaba a la estancia en donde habia sido solicitada su presencia. "Perdón. ¿Me da usted su permiso?" –preguntó con voz tímida. "Adelante" –se escuchó en la pequeña oficina. "Buenos dias Madre Superiora. Me informaron que requería usted de mi presencia" –dijo Ángela mirando al piso. "Así es Hermana Ángela, como ya debe saber los tiempos estan cambiando y el Arzobispo quiere que toda su diócesis se modernice. Son ordenes que vienen de mas arriba" –le decía la mujer mayor mientras ella escuchaba atentamente. "Es por esa causa que nos van a poner internet. Wifi o como se llame. Para así tener comunicacion directa con los fieles y que no nos vean como algo arcaico y obsoleto" –le decía de forma pausada. "Sí, Madre Superiora, entiendo" –dijo con algo de preocupación en su tono. La anciana monja continuó: "Alguna de nosotras tendrá que hacerse cargo del computador y usted es la elegida, ya que por edad es la más joven de la congregación". La preocupación de la Hermana Ángela se hizo real y lanzó su respuesta: "Pero Madre Superiora, yo no tengo ni idea de esas cosas modernas. Crecí en el campo, alejada de la cuidad, lo más moderno que conozco es el microondas y aún así tengo problemas en usarlo". "No se preocupe, enviarán a una informática para que le imparta unas clases. Me han asegurado que no es tan complicado" –insistió la anciana. A la Hermana Angela no le quedó más que responder: "¡Como usted ordene Madre Superiora!". "Muy bien Hermana Ángela. Ahora retirese a realizar sus funciones" –dijo la anciana monja con una voz adorable. Angela respondió: "Siempre a sus órdenes Madre Superiora".

Ángela salió de la oficina cerrando la puerta tras ella para retornar a sus rutinas diarias. Si bien era cierto que de todas las que allí se encontraban enclaustradas, ella era la más joven, eso no queria decir que tuviera poca edad, pues ya tenia treinta y ocho años. Había entrado en el convento a los dieciséis años, tras morir sus padres en un accidente de tránsito, el maldito destino se encargó de reducir su familia solo al recuerdo impreso en una foto. Se había quedado sola en el mundo y las opciones que tenía pasaban por quedar bajo la custodia del estado o ingresar en el convento. Decidió tomar los hábitos ya que a su parecer le parecía menos duro que entrar en un orfelinato, ya que con su edad era muy improbable que la adoptasen.

La vida en el convento era monótona y aburrida, pero tras más de veinte años se había acostumbrado. Aunque cada vez se hacía mas dificil, puesto que las Hermanas debido a su avanzada edad iban falleciendo, y las nuevas novicias se cansaban, y abandonaban antes de tomar los hábitos definitivamente.

Un mes después de la conversacion con la Madre Superiora, el convento ya tenia internet, pero no había ninguna mujer informática disponible para enseñar a Ángela y al ser un convento de clausura los hombres no podían tener contacto con las hermanas. Ya habia sido dificil estar encerradas en sus celdas mientras los operarios trabajaban bajo la vigilancia del párroco. A Ángela solo le pudieron dar unas nociones básicas a través del torno del convento. Con estas indicaciones, pudo encender el computador y ya con el aparato encendido mediante llamadas de audio y tutoriales fue aprendiendo. Ángela aprendía principalmente a base de aciertos y errores. Lo que no consiguió aprender ni tampoco le enseñaron a poner controles a ciertas páginas, así que las ventanas iban saltando una tras otra con contenidos no aptos para monjas. Se dió la circunstancia de que la curiosidad que Ángela no tuvo de adolescente empezaba a aflorar ahora. Entre curiosa y avergonzada, veía las páginas que aparecían, y conforme los dias avanzaban la curiosidad no disminuía y la vergüenza iba desapareciendo. "Solo es información" –se decía a sí misma, y todo fue bien hasta un dia en que sintió un cosquilleo subir por su cuerpo. Había entrado en una página llamada Celdas, ella creía que sería sobre sus aposentos, ni siquiera tenía pensado ver ese tipo de páginas ese día, pero las imágenes eran tan parecidas al convento donde vivía y que no se pudo resistir.

En la pagina se veía a mujeres siendo atadas en cruces y azotadas en ellas, también eran obligadas a tener sexo, obedeciendo todo lo que los hombres les ordenaban. Inconscientemente la mano de Ángela descendió por su cuerpo, se levantó los hábitos y empezó a tocarse muy lentamente, acariciando su vagina mientras observaba las fotos y los videos, sin ser consciente realmente de lo que estaba haciendo se dejaba llevar por las imágenes y videos, aumentaba la forma de acariciar su clítoris gimiendo de manera intensa, hasta que finalmente explotó en un exquisito orgasmo; fue en ese momento cuando se dió cuenta de lo que estaba haciendo, asustada, miró al suelo, en donde había caído el abundante líquido que su sexo destilaba. Sorprendida, sin saber lo que había sucedido, apagó rápidamente el computador para después limpiar el suelo e irse a su celda, asustada aún por lo que había sucedido. Ángela decidió no volver a ver más esas páginas, pero el daño estaba hecho, en su mente las imágenes seguían nítidas como la primera vez, y ahora su imaginación jugaba con ellas aumentando o disminuyendo lo que había visto. Se imaginaba como la protagonista de las sucias imágenes, siendo atada, usada, humillada. Su mano volvió a bajar a su vagina y se tocó, en ese momento se olvidó por completo de la divinidad y dejó que la lujuria la invadiera hasta mojar sus sábanas.

Todas las noches repetía la misma acción, las primeras veces le costaba llegar al clímax pero con la práctica cada vez le era más fácil alcanzarlo. Todas las noches su sexo se desbordaba imaginando la manera perversa en que podía ser sometida, imaginando las maneras en que pudiera ser flagelada hasta el orgasmo. Incluso cuando estaba de rodillas rezando las imágenes invadían su mente, haciendo imposible las ganas de saciar aquellas sensaciones que no sabía describir. Ángela empezó a creer que algo malo le estaba sucediendo, tal vez estaba enferma, o peor aún poseida por el demonio. Aterrorizada ante esta idea, Ángela decidió contárselo todo a la Madre Superiora. Al siguiente día, por la mañana, fue a su oficina. "Madre Superiora. ¿Podemos conversar?" –dijo. Puede entrar Hermana Ángela. ¿Qué le aflige?" –le respondió. "Me da mucha vergüenza contárselo, pero creo que el diablo me ha poseído" –dijo con temor. "¡Dios Todopoderoso! Dígame Hermana Ángela. ¿Por que crees eso?" –le pregunto con asombro. Ángela respondió consternada: "Madre Superiora es la unica explicacion que se me ocurre". La curiosidad fue más poderosa que la necesidad de ayudar, por lo que la Madre Superiora dijo: "Por Favor Hermana Angela cuénteme todo lo que te ha sucedido". Ángela tomó aire y dijo: "Madre Superiora estaba delante del computador cuando aparecieron imágenes de hombres y mujeres desnudos tocándose. Curiosa las observé para intentar comprender lo que hacían. Verlas me producía cierta emoción y mi temperatura subía". Hubo un momento de silencio que pareció inquietar a la curiosa anciana y preguntó: "¿Qué más sucedió hija mía?". Ella tomó aire y siguió contando: "Un día entré en un sitio que parecía un convento, pero lo que allí hacian era distinto. Habían hombres que estaban azotando a mujeres desnudas y obligandolas a hacer cosas sucias. Madre, ese calor bajó hasta mi entrepierna y me fue imposible luchar contra eso, mi mano bajó sin control hasta mis vagina y mis dedos empezaron a moverse por inercia". "¿Qué más Hermana Ángela?" –preguntó a Venerable Madre. "Sentí como una especie de electricidad subir por mi cuerpo, era una sensación extraña, nunca antes la había sentido; me preocupaba ya que no podía respirar bien, lo hacía de manera agitada, trataba de hablar pero jadeaba como si me fuera imposible respirar. No sabría cómo describirlo pero era algo placentero, solo cerré mis ojos para dejarme llevar, no me di cuenta hasta que me oriné manchando el piso; lo peor de todo Madre Superiora es que ahora me toco todas las noches para tener esa sensacion. Es por eso que creo que el demonio me ha poseido" –dijo Ángela de manera angustiada.

La Madre Superiora mira los ojos de Ángela y le dice con resignación: "¡Ay hija mía! No le pasa nada malo. Ya había avisado a mi antecesora que no debería ingresar en el convento con solo quince años. Era muy joven y no había vivido". "¿Qué quiere decir Madre Superiora?" –preguntó Ángela con los ojos llorosos. Lo que usted vió Hermana Ángela es sexo, es lo que hacen los hombres y mujeres para tener hijos, o también por placer" –respondió la anciana. "¿Pero es tan salvaje siempre?" –preguntó Ángela con angustia". La Madre Superiora respondió: "El sexo tiene muchas variables Hermana y depende de cada persona como lo disfrute". Con un poco de resignación Ángela preguntó: "¿Pero entonces no estoy poseida por el maligno ni enferma Madre Superiora?". "No hija mia, pero ya no puede permanecer con nosotras" –sentenció la anciana monja. El corazón de Ángela se partió en pedazos, sintió como si su alma hubiera abandonado su cuerpo y se echó a llorar, entre su llanto pregunta "¿Qué me dice Madre Superiora? ¿Me está echando?". Ella le respondió: "Es por su bien hija, debe vivir para poder aceptar esta vida de clausura, si no, ese deseo nunca se le irá". "Pero no sabré vivir fuera de estos muros" –dijo Ángela entre sollozos. "Dios le proveerá de todo lo que necesite. Tenga fe Hermana Angela" –dijo la Madre Superiora. "Así será Madre, entiendo que es una prueba que el Señor me ha enviado" –dijo ya con resignación Ángela.

"Sé qué no debería decirle esto, los cristianos anabaptistas, más conocidos como amish, tienen un período de tiempo llamado rumspringa, donde los miembros de la comunidad abandonan sus costumbres para salir y conocer mundo, tener nuevas experiencias y decidir si regresar o no. Usted necesita eso, su propio rumspringa Hermana Ángela" –le dijo la Madre Superiora. Ángela le dice: "Pero Madre Superiora, acaso me está diciendo que salga del convento para tener sexo, ya no soy una adolescente" –dijo con tristeza Ángela. La anciana monja le dijo: "No hija mía, lo que me ordeno es que salga a conocer mundo, que haga lo que le apetezca durante un año, y si quiere, despues puede regresar para retomar sus votos". Con resignación Ángela preguntó: "¿Cuándo tengo que irme Madre Superiora?". La anciana respondió: "Dentro de un mes tendré todos los papeles recibidos para su marcha. Después de eso en dos días podrá salir con un nuevo rumbo". Aunque en su interior había pena, solo pudo decirle: "Si usted cree qué es lo mejor para mí así lo haré". "Está bien Hermana Angela, procure fuera de estos muro hacer el bien a todas las personas con las que se encuentre" –le dijo la Madre Superiora. Un mes después la Hermana Ángela salía del convento tras veinte años de clausura.

La vida en el convento había sido toda su existencia estando más tiempo de su vida dentro que fuera. Ahora ya no era la Hermana Ángela, era Marcela (su nombre de nacimiento). Lo primero que tuvo que hacer, fue encontrar un sitio donde vivir y un trabajo con el que mantenerse, cosa que no iba a ser fácil. Se dirigió a la antigua casa de sus padres, que según la documentación entregada por la Madre Superiora aún estaba a su nombre. Al parecer la Madre Superiora Clementina, quien estaba en el cargo cuando Marcela entró al convento, había realizado ciertos trámites para que conservara su casa, ya que habia previsto que algo así podía suceder.

Marcela tenía un lugar donde vivir, pero el dinero en el banco a su nombre era escaso, pues poco a poco fue disminuyendo, ya que se habia usado para pagar lo mínimo indispensable de la casa, así que esta estaba sin luz ni agua, y con serios desperfectos.

A Marcela no le importaba, era un techo donde dormir y güarecerse, ya estaba acostumbrada a vivir sin grandes lujos. El problema era el trabajo. ¿Dónde buscarlo?. Con su experiencia solo le quedaba el sector de la hotelería como camarera o trabajar de empleada doméstica en una casa. Ella sabía el riesgo que correría al aventurarse en un mundo desconocido pero con su edad y su falta de experiencia era rechazada en donde se presentaba a las entrevistas de trabajo. Dos meses después de salir del convento, desesperada y viviendo casi de la beneficencia.

Acudió a una entrevista de trabajo en un hotel. Cuando vió el tamaño del complejo hotelero ya sabía que no la iban a contratar. Era demasiado lujo para alguien como ella, pero si Dios la habia enviado allí sería por algo, otra prueba más en su vida.

"Buenos días. Vengo a la entrevista de trabajo" –le dijo a la sensual secretaria. "Sí. Eres la última en presentarse. El dueño del hotel realiza las contrataciones en persona" –le dijo ella con una mirada displisente. "¿El dueño?" –preguntó Marcela. "Sí, es una costumbre de esta cadena de hoteles. Ya se que no es lo habitual pero este hotel es bastante tradicional" –le respondió. Una buena noticia al menos, pensó Marcela. Un lugar con costumbres tradicionales y decentes. Las entrevistas se alargaban y las candidatas eran rechazadas una tras otra, saliendo de la oficina claramente enfadadas, otras con cara de espanto, lo que sólo producía más miedo en Marcela.

Por fin llegó su turno, antes de entrar llamó a la puerta y pidió permiso para realizar su entrevista. "Al fin una mujer que sabe como hay que entrar en un sitio" –se oyó esa frase desde el exterior del despacho. "Entre" –dijo el hombre en la oficina. "Con su permiso, me llamo Marcela y vengo por el puesto de trabajo" –habló ella titubeante. "Sí, sí, sí, ya se a lo que ha venido. Deme su Curriculum Vitae y tome asiento" –dijo el hombre en el escritorio. Le dio el currículum al hombre, sorprendiéndose de la edad que tenía, si es que veinticinco años, pero hablaba como un hombre de cincuenta. ¿Cómo podía tener ya un hotel en propiedad? Ella permaneció de pie ya que así se acostumbraba en el convento al estar frente a una figura de autoridad. "Pero esto está vacío, que ha estado usted haciendo hasta ahora. ¿Servir a su marido?" –dijo él en tono burlón. "No estoy casada con ningún hombre" –respondió Marcela. "¿Con una mujer tal vez?" –preguntó el hombre tras el escritorio. Ella respondió: "No caballero, tampoco". "Eso no seria tan raro hoy en dia, ni me importaría. ¿Es que acaso ha estado usted en coma?" –dijo él sin siquiera mirarla. "No caballero" –respondió Marcela. "¿Entonces? ¡Dígame qué ha sido de vida para presentar un currículum en blanco!" –arremetió él buscando una respuesta que satisfaciera su curiosidad. "He sido monja durante más de veinte años" –respondió Marcela; no podía esconder su pasado ni tampoco negarlo porque era parte de su fe. En ese instante el hombre levantó la vista y la miró con atención por primera vez. "Asi que monja. ¿Y que le puede ofrecer a este hotel?. ¿Qué sabe usted hacer?" –le preguntó. "Bueno, sé limpiar, cocinar, coser, planchar" –respondió. "Coser, no cosemos, pero lo otro si que lo hacemos, así que no sería un problema darle trabajo" –dijo él. "Gracias. ¿Estoy contratada?" –le preguntó. "Aún no. Tengo que conocerla mejor, mi padre no me permite contratar nuevos empleados que no cumplan ciertos requisitos" –dijo él apoyando sus manos en el escritorio. "Creí que el hotel era suyo" –le dijo ella un poco decepcionada. Él le respondió: "Si y no. Es decir, soy el dueño de este hotel en particular, pero solo es uno de los muchos que mi padre posee. Cree que poniéndome a prueba en uno, estaré más preparado para heredar los otros".

Marcela permanecía de pie escuchando al dueño del hotel, aunque había una silla no se había sentado, ya que su enseñanza dictaba permanecer de pie y como el hombre no insistió en que lo hiciera no tomaría la iniciativa si no se le orfenaba hacerlo. "Me ha dicho que está usted soltera" –dijo el hombre cambiando el tono de su voz. "Sí" –respondió de forma clara y firme.

"Claro, siendo monja es normal. Ahora el tonto soy yo por preguntar eso. ¿Y por qué la expulsaron del convento?" –le preguntó. "Bueno, la Madre Superiora creyó que era mejor para mí que pasase una especie de rumspinga" –respondió ella con un poco de vergüenza. Cambió la forma en que la trataba, ahora había adoptado un tono más informal, le dijo: "Eres demasiado mayor para eso". Marcela se sorprendió, normalmente no sabian lo que queria decir con rumspinga. "Así que has tenido problemas con el sexo. ¿Te masturbabas mucho o te pillaron con otra hermana teniendo sexo?" –preguntó de manera directa. "No, para nada, la mayoría de las monjas eran ya de edad avanzada. Fue lo primero. "¿A que edad entraste en el convento?" –inquirió el hombre. "A los dieciséis años" –respondió. La cara de asombro del hombre que la entrevistaba de asombro, por lo qué le comentó: "Casi una niña. ¿Eras virgen?". "Sí" –respondió. Volvió a preguntar: "¿Aún sigues siéndolo?". "Sí" –respondió ella. Se sentía avergonzada por responder a tales preguntas de manera tan directa. "¿Por qué entraste en el convento?" –preguntó él mirándola a los ojos. Ella bajó la vista y respondió: "Mis padres murieron en un accidente de tránsito y era eso o un orfelinato". "¿No tenias mas familia que se hiciera cargo de ti?" –insistió él. "No" –respondió ella. Su incomodidad era evidente, era primera vez que pasaba por un interrogatorio tan largo. "Bien. Supongo que no tendrás antecedentes penales, no queremos ladronas en nuestro hotel" –le dijo él. "No Señor, ninguno" –respondió Marcela. Se comprobará, hoy no se puede confíar en nadie. No sé si me estás mintiendo y contándome un cuento, es poco creíble lo que estoy escuchando" –le dijo el hombre en el escritorio. Si hay algo que Marcela tenía claro era su buen nombre, así se lo hizo saber: "Es la verdad Señor, puede comprobarlo si así lo desea, tengo referencias". "¿Cartas de referencias?. No creo que ni mi padre haya visto nunca una, eso es muy antiguo. Ah, ya las veo. Un hecho muy curioso, cuando se lo diga a mi padre no me creera. Es un punto a tu favor" –le dijo él. Con una leve sonrisa Marcela le dijo: "Gracias Señor".

"Bien, Ahora tengo que ver como te queda el uniforme del hotel que tendrás que llevar puesto. Aquí tenemos una imagen que cumplir y con esa ropa que llevas no sé sí cumples el perfil. En el armario hay varias tallas, toma la tuya y póntelo" –dijo él en tono serio. "Si Señor. Por favor Señor. ¿Dónde me lo pongo?" –dijo ella. "Aquí, por supuesto" –respondió él. "¿Delante suyo? –le preguntó Marcela con asombro. La miró a los ojos y dijo: "Sí. ¿Hay algun problema?". Ahora comprendia Marcela el enfado de las otras candidatas, pero ella necesitaba el trabajo, y solo era cambiarse de ropa, no había nada de malo en eso, pensó. Se quitó la ropa y se dispuso a poner el uniforme cuando oyó: "Con el uniforme no se puede llevar ropa interior, así que quítate el brasier y las bragas. Abrió los ojos sorprendida, eso era desnudarse totalmente, pero aún así obedeció, quedando completamente desnuda ante un hombre por primera vez. No tenía el cuerpo de una jovencita, pero aún así se mantenía en forma, la vida en el convento de abstinencia no le había permitido engordar y aunque no hacía ejercicio, su genética era lo suficientemente buena para que sus tetas aún no se hubieran caído y se mantuvieran firmes. Sus tetas, por otra parte de tamaño considerable, que la ropa que habia llevado siempre no dejaba apreciar. Tenía un físico que muchas mujeres de su edad envidiarían.

"Da una vuelta, quiero verte bien" –ordenó el dueño del hotel. Mercela ya no se sorprendía por esas órdenes, y obedecía mansamente ya qué así la habían educado en el convento, a obedecer siempre a sus superiores. "No tienes tatuajes, era de esperar siendo monja. Hoy es más fácil encontrar a una vírgen que a una mujer sin ningún tatuaje" –dijo él. Mercela se dió la vuelta por completo y quedó otra vez frente al hombre que acababa de conocer. La miró con detenimiento y le dijo: "Veo que eres rubia natural" Asi es, Marcela poseía un rubio natural intenso que en su piel extremadamente blanca resaltaba más, sobre todo en su vello púbico que era abundante. "¿No te has depilado nunca?" –le preguntó. "No Señor, en el convento no nos depilamos" –respondió ella con sumisión en sus ojos. "Supongo que tampoco tienes depiladas las axilas. No me importa el vello púbico, es más me gusta así, pero el resto tendrás que depilarte. No te preocupes que se te hará en nuestro spa si decido contratarte" –dijo él. "Muy bien Señor, como a usted le guste" –respondió ella. Marcela sintió como sus fluidos se desbordaban y la tibieza de ellos escurría por sus muslos, cosa que el hombre pudo notar. "¿Estás mojada?" –le preguntó él. Avergonzada respondió: "Lo siento Señor". La miró un poco raro y preguntó: "¿Por qué?". "Es algo que no puedo controlar" –respondió. "¿Te excita estar desnuda ante mi?" –preguntó con una maquiavélica sonrisa. "No Señor, es decir, no sé, es lo normal en una entrevista. ¿No?" –respondió ella con timidez. El dueño del hotel miró a la Marcela sorprendido. Pensaba en su interior: Era cierto y se encontraba con una mujer inocente sexualmente en la treintena o estaba ante la mejor actriz del mundo.

El hombre se levantó de su escritorio y se acerco a Marcela mirándola a los ojos, su mano tocó la vagina de la mujer y notó que estaba incluso mas húmeda de lo que él había visto. "Separa las piernas" –ordenó. Ella obedeció, y el dedo del hombre penetró su vagina hasta alcanzar su himen intacto. "Es cierto que eres virgen. Ahora chupa tu humedad" –le dijo. El dedo del hombre se acercó esta vez a la boca de ella y se lo metió entrando y saliendo. Complacido por la obediencia y volvió a ordenar: "Ahora hazlo tú moviendo la cabeza". Marcela obedecía inconsciente todo lo que se le ordenaba. Nunca se le había ocurrido probar su propia humedad, pero le gustaba, y sentía como el calor subia por ella y se mojaba más. Él no podía disimular lo caliente que estaba al estar con una mujer virgen al frente, lo que se complementaba con la obediencia absoluta que demostraba a sus órdenes, le dijo: "Sé qué es una pregunta tonta, pero te la voy a hacer. ¿Sabes como se folla?". Ella le respondió: "He visto videos en internet haciéndolo". "¿Había internet en el convento?" –preguntó él. "Sí, ahí fue donde empezó todo" –respondió ella. "Donde se despertó tu placer. ¿Cuánto hace de eso?" –inquirió el hombre. "Menos de un año, cuando la tecnología llegó al convento. Era la encargada del computador, respondía los correos que llegaban y mantenía el Facebook actualizado con los horarios de las misas, actividades que haríamos para recaudar fondos, y bueno, fue así como sin darme cuenta empecé a visitar páginas de pornografía que me abrieron los ojos a este torrente de placer que no había experimentado jamás" –respondió ella. Le dijo: "Entiendo y entiendo el hambre de sexo que te consume". El hombre se bajó los pantalones apareciendo su verga completamente erecta ante Marcela, que no podia dejar de verla. Con descaro se masturbaba lentamente ante los ojos llenos de lujuria de Marcela, quien mordía sus labios e instintivamente deslizaba su mano para alcanzar su sexo y masturbarse ante él. "¡Detente! No tienes permiso de hacerlo, debes ganarte el derecho de tener placer" –le dijo. Ella de manera obediente detuvo su furtiva expedición a su sexo y le dijo: "Sí Señor, perdone mi falta". "¿Te gustaría tocar mi verga?" –le preguntó. Marcela no dijo nada, pero dejó que su instinto la dominará, su mano agarró la verga del hombre. La sintió dura y caliente en su mano.

"Arrodíllate y empieza a chuparla como hiciste antes con tu dedo" –le ordenó a Marcela. Obediente, se puso de rodillas y empezó a chupar la verga que se le ofrecía. Él solo gemía al ver lo rápido que había aprendido a realizar esos trabajos reservado solo para expertas putas. "Usa tu lengua tambien Marcela" –dijo él. Obedecía todas las órdenes, lamiendo y succionando la verga del dueño del hotel. Los gemidos del sorprendido hombre se hacían más intensos, incluso sus piernas temblaban por el placer que la boca de Marcela le brindaba. "Coloca las manos detrás de la espalda, usa solo tu boca" –le dijo él casi sin poder hablar. Marcela seguía chupando y lamiendo, lo hacía con tal habilidad que cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el tranquilo vaivén que ella misma impuso. "De verdad aprendiste bien Marcela o tal vez Dios está contigo y te dió un don nato para ser puta" –le dijo el hombre entre gemidos. Ella no decía nada, seguía de manera automática la orden que le fue entregada para satisfacer a ese perverso hombre del hotel.

Marcela sintió el calor que siempre le subía por su cuerpo, y no pudo evitarlo. Gemía sin sacar la verga de su boca hasta qué su vagina explotó y sus gemidos mojaron el suelo. "Perdón Señor, siempre me orino cuando estoy muy excitada" –le dijo excusándose. "No te he ordenado que hables, mucho menos te he ordené que pares de chupar" –le dijo él. "Lo siento, ahora sigo" –dijo Marcela continuando con su faena. "Eso, sigue así. Quiero ver cuan puta puedes ser. Ahora tragala entera, hasta el fondo" –le dijo. Marcela lo intentaba, pero volvio a ocurrir lo mismo. Volvió a chorrear hasta el piso pero menos intenso esta vez. "Perdón Señor, ya le he dicho que no puedo evitar orinarme" –le dijo de manera asustadiza. "No te estás orinando, estás teniendo un squirt" –le dijo él acariciando su cabello. "¿Qué es eso Señor?" –preguntó Marcela de manera inocente. "Un orgasmo, más intenso que el de muchas mujeres" –le respondió él "Perdón Señor, sigo sin entender" –dijo ella con ese tono inocente en sus labios. Él mirándola al piso le responde con calma: "El clímax de tu placer. ¿Cuando te masturbas en que momento te detienes?". Ella respondió: "Cuando me orino"."Te dije que no es orinarte encima" –comentó ofuscado. "Perdone usted Señor. Cuando tengo el squirt, otras veces siento como cosquillas en mi vagina y esta empieza a temblar sin control, ahí tambien paro" –dijo ella. "Eso son orgasmos. ¿Te gusta tenerlos?" –le preguntó el dueño del hotel. Ella respondió: "Se siente bien al tenerlos, pero no sabria decirle".

"¿Te gusta estar de rodillas y chupar mi verga? –le preguntó él sin pudor alguno. Ella le respondió: "Sí, eso sí. Siento calor que va subiendo por mi cuerpo y cuánto más se la chupo más calor siento". La tomó de la mano y la puso de pie, le dijo mirándola a los ojos: "Ninguna de las otras candidatas al puesto hicieron lo que tú. Dijeron que eso sólo lo hacían las putas. Dime Viviana. ¿Eres una puta por estar de rodillas chupándome la verga?". "No. Sí. En realidad no ol sé" –fue la respuesta de Marcela. "Dí qué eres una puta" –le ordenó. "Soy una puta" –dijo ella obedeciendo. "Marcela. ¿Te gusta obedecer?" –le preguntó. "Es lo que siempre he hecho Señor" –contestó con prontitud. "Dilo otra vez" –le ordenó. "Soy una puta" –respondió ella sin pensar". "¿Que sientes al decirlo?" –preguntó el hombre. "Mucho más calor subiendo por mi cuerpo, y esa sensación de humedad en mi sexo, Señor" –respondió. La miró sin contemplación y le dijo: "Voy a desvirgarte Marcela, y no voy a ser delicado. Quiero destruirte como mujer, convertirte en una zorra obediente a tu macho. ¿Lo deseas?". Ella le dijo: "Si es lo que usted desea. Sí, también lo deseo". "Muy bien. Súbete al sofá y ponte a cuatro patas, voy a follarte como la perra que eres" –le dijo. "Sí, Señor" –Marcela respondió. Ella obediente se subió al sofá y se puso como se le ordenó, esperando ser follada por primera vez, por un hombre que recién había conocido, y por alguna extraña razón, eso la excitaba demasiado. Cuánto peor la trataba más caliente se sentía. Las manos del hombre se colocaron en sus caderas y Marcela notó la verga de ese hombre acercarse a su vagina, acariciar sus labios, frotar su clítoris. Todavía no la poseía aún y ella gemía con un placer exquisito; jadeaba como la mejor de las putas y él lo notaba. Marcela estalló en otro squirt que chorreó la verga del dueño del hotel, él usó esos fluidos para penetrarla de un solo golpe. "Ay!" –gritó Marcela, pero con tal intensidad que debió oírse hasta el primer piso del hotel, pero el hombre no paró de cogerla. Al contrario para él sus gritos mezclados con sollozos eran un afrodisíaco, sobretodo al ver sangre en la base de su miembro al haber roto el himen de la mujer inexperta. Marcela gemía cada ve que el la ingle furiosa del hombre golpeaba en ella, el dolor del principio se estaba convirtiendo en un placer que nunca antes había experimentado, no se comparaba a esas noches furtivas en la celda del claustro cuando recordaba las imágenes que la computadora le mostraba, era algo sublime, algo mejor que estar de rodillas implorando a la imagen de aquel hombre colgado en la cruz. Era la presa de un animal salvaje que se saciaba de su inexperiencia para el placer y regocijo de él mismo, ella disfrutaba de las migajas de placer que ese avaricioso hombre dejaba caer.

De pronto, la puerta de la oficina se abre, era la secretaria que estaba afuera de la oficina. "Perdón Señor, oí un grito. ¿Ocurre algo?" –pregunta la secretaria. El hombre siguió haciendo lo suyo como si no importara la presencia de la otra mujer. "No te preocupes Ofelia. Estoy follándome a esta puta candidata al puesto" –le responde. Así lo veo Señor. Su padre estará orgulloso, ya no le molesto más" –dijo cuando cerraba la puerta. "Espera Ofelia, cuando acabe de follarla llevala al spa para que la depilen, no quiero quedar mal con los huéspedes" –dijo él. "Como usted ordene Señor" –respondió la secretaria, cerrando la puerta. Cuando la secretaria salió, el hombre empezó a follarla más violentamente, con rabia la agarró de su pelo deshaciendo su recogido. "Vaya, pensé que las monjas llevaban el pelo corto y tú lo llevas bien largo" –le dijo. "Eso era antes Señor, ahora nos dejan llevarlo como queramos" –respondió entre gemidos. "Vaya, así que la monja era vanidosa, presumiendo de melena" –le dice sin parar de embestirla hasta el fondo de su húmeda vagina. "No Señor, no es eso. Solo es que ya no hay tantas restricciones como antes" –respondía ella, su voz era apagada por los intensos gemidos que brotaban de su interior.

"¿Cuál era tu nombre de monja?" –le pregunta mientras se detiene. "Ángela Señor" –respondió Marcela. Él le dijo: "Bien, a partir de ahora te llamaré Ángela porque ahora yo soy tu único Señor. Solo a mí te inclinarás cuando lo requiera y estarás a mi servicio. ¿Que soy Angela?". "Es usted Mi Señor" –respondió Ángela. Pensó que nunca volvería a usar ese nombre, pero volvería a usarlo; esta vez de forma pagana y vulgar. Sería su nombre de puta y ese hombre sería quien lo profanaría cuando sus ansias lo requiera. "Ahora eres mi sierva Ángela y me vas a obedecer en todo lo que te ordene" –le dijo él mientras la subía encima suyo para seguir dándole verga por su chorreante vagina". "Si Mi Señor, asi lo haré" –respondió la rebautizada Ángela. Él le marcaba el ritmo jalando su cabello y dándole nalgadas. Ángela gemía con fuerza, sentía las gotas de sudor corriendo por su frente y en ocasiones sus gemidos eran acalorados por la lengua del tipo que se metía en lo profundo de su garganta. De pronto, sintió como esa verga explotó dentro de ella, llenando sus entrañas con ese tibio semen que se mezcló con sus fluidos. Ambos acabaron casi a la vez. "Eres toda una puta Ángela, para ser primera vez que follas, lo has hecho a la perfección" –le dijo él mientras su verga se ponía flácida. "Muchas gracias Mi Señor, no sabe cómo me complace escuchar eso" –le dice ella entre los jadeos que le ha dejado esa deliciosa follada.

"Tengo que decirte que no estas contratada para trabajar en el hotel" –le dijo mientras Ángela se vestía. "Como usted quiera Mi Señor" –dijo ella sin preguntar el por qué de esa decisión. "Trabajaras en mi casa" –dijo. "¿En su casa?" –preguntó ella con asombro. "Sí, vas a ser mi puta sirvienta. ¿Hay algún problema con eso?" –dijo él en tono serio. Ángela respondió: "No Mi Señor, ninguno. Al contrario, será un honor estar a su disposición las 24 horas". En ese momento tomó el teléfono y dijo: "Ofelia. ¿Está listo el spa?". "Si Señor. Dentro de quince minutos la llevare allí". "Necesito que vengas ahora" –le dice. Ofelia entra a la oficina, la ve de pie y con la vista al piso. El dueño del hotel le dice a Ángela: "Dime. ¿Has chupado vagina alguna vez?". "No Mi Señor, aunque en el convento después que pusieron el computador tuve muchos pensamientos de esos, pero nunca lo hice por miedo" –respondió Ángela. Ofelia, la secretaria solo observaba en silencio pero en sus ojos y la forma que su lengua recorría sus labios se notaba la excitación, era algo evidente porque el hombre frente a ella conocía sus más recónditos deseos. "Entiendo. Hoy también será la primera vez que te comerás una vagina. Ofelia ¿Estás caliente?" –dijo él. "Sí Señor, muy caliente. Mi vagina palpita solo con escuchar lo que pasa por su mente" —respondió ella.

"Bien. Durante quince minutos después que haya salido, Ángela te comerá la vagina. Procura enseñarla bien, ya que es su primera vez y no tiene experiencia" –le encargó. Lo que usted ordene Señor, así se hará" –respondió Ofelia. "Cuando acabe la depilación me la envías a la oficina del segundo piso" –ordenó. "Sí Señor, personalmente la dejaré allá lista para ser usada por usted" –le respondió. Al salir dijo: "Ángela te quedas con Ofelia, disfrutala". No hizo más que cerrar la puerta y Ofelia le dice a Ángela: "Tenemos quince minutos zorra, asi que empieza a comerme la vagina". Ofelia se levantó el diminuto vestido, dejando ver su húmeda vagina. Ángela a cuatro patas se acercó a ella para empezar a lame como una perra pero retrocedio cuando vio una W marcada en su pubis. No era un tatuaje, si no como una quemadura. "¿Te ha asustado la W putita?. Todas las empleadas del hotel la llevamos, es la marca del dueño, su inicial, W de Walter. Tu tendrás la de su hijo, serás su primera puta marcada, solo habrá que darle la vuelta al hierro ya que se llama Melkart. Con el conocimiento teológico que poseía, Ángela entendió que se trataba de un dios pagano de la cultura fenicia en la antigua ciudad de Tiro. En realidad, eso no le importaba mucho, pero estaba asustada y tambien excitada por lo que iba a pasarle, ya que las marcaban con hierro al rojo, como si fuesen ganado. "Ya has perdido mucho tiempo. Quiero acabar ya. No tengo muchas oportunidades de hacerlo, ya que me lo tienen prohibido" –dijo Ofelia. "Ven y lame mi vagina ahora puta" –replicó. Ángela obedeció y lamió, chupo por primera vez una vagina. Ofelia estaba en las nubes. "Sí, así puta, vas a hacer que acabe rápido. Estás hecha para ser una puta" –le decía. Ya no podía contenerse, se ahogaba entre gemidos al sentir como la lengua de Ángela se movía de manera furtiva en su hinchado clítoris. Alaridos de placer salían de su interior mientras sus piernas se doblaban sucumbiendo al éxtasis del orgasmo.

Tras acabar Ofelia bajó rápidamente su vestido y llevó a Ángela al spa. Al ver que nunca antes se habia depilado las encargadas del spa se rieron de ella humillandola por su aspecto. Lejos de ofenderse, esa humillacion excito mucho mas a Ángela y de manera instintiva tuvo un orgasmo delante de ellas. Al darse cuenta de su orgasmo las encargadas siguieron riéndose de ella y humillandola. La depilaron conforme a las órdenes que Melkart había dado, solo rebajaron un poco el abundante vello púbico para resaltar la humedad de su vagina cuando fuera requerida para apagar el ímpetu de su Amo. Una de las chicas le dijo: "Tienes una vagina deliciosa puta, apuesto que siempre la tienes la tienes húmeda". Quiso meter uno de sus dedos pero Ofelia la detuvo. Estaban envidiosas por la facilidad que tenia Ángela para acabar y sobre todo en squirt, las muchachas insistieron en que era mejor depilarla por completo, y tal vez cortarle tambien la melena de pelo que le llegaba hasta el culo. Ya tenian la tijera en la mano para hacerlo cuando Ofelia gritó una sola palabra: "¡Walter!". Después señaló a la cámara que lo estaba grabando todo. "Informaré este comportamiento al Señor Merkalt. No tienen derecho a sobrepasar sus órdenes ni menos maltratar Su propiedad" –dijo ofuscada. "No, por favor, perdonanos" –suplicaron las empleadas. "Ustedes saben las reglas del Amo. Saben que solo el Amo Walter o el Señor Merkalt pueden disponer de nosotras como estimen conveniente y también saben que el Amo Walter es severo en sus castigos". Temblorosas por el miedo, terminaron de hacer su trabajo en silencio. Ya depilada, y tras acabar la jornada laboral, Ángela acompañó al hombre que la habia desvirgado a su casa, donde conoceria a su padre, el hombre llamado Walter al que todas temían.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Me encanta mi señor... ​tan Perverso tan sutil y profano , tras seguir detenidamente la lectura permite vivir cada detalle y tener mil ideas a la vez una deliciosa trama Espero la segunda parte...
    Excelente relato mi amor 😈💋🔥🔥

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  2. Excelente relato Mr. P, como siempre lleno de imágenes que incitan a la imaginación y al deseo

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  3. Excelente y muy excitante relato caballero, como siempre tienen un don especial para que sus historias nos envuelvan y nos lleven al límite del placer.

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  4. Wao que tremendo relato deja alucinar totalmente y con la curiosidad de q mas le haran a Angela felicitaciones Caballero

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  5. Excelente relato lleno de lujuria y perversión, haciendo que nuestra imaginación vuele hasta hacernos casi los protagonistas, esperamos con ansias la segunda parte, siempre es un placer leerlo

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  6. Cómo en todos los relatos
    Calor y deseo
    Muy buen relato ������

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  7. Es otro de mis favoritos caballero. Excelente 👏👏👏

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