62. Mi oficina, mis reglas 2


 

Ya comenzaba el día en el trabajo, estaba ansiosa por saber lo excitante que sería. Ya habían instalado la computadora, estaba en YouTube oyendo algo de música cuando apareció el Sr. Pueyrredón. Un seco buenos días salió de sus labios. Solo oírlo hizo que mi corazón palpitara a un ritmo acelerado y poco a poco mi entrepierna se humedecía. "Viviana, comunícate con Gómez" –me dijo. Oírlo decir mi nombre fue el detonante a los recuerdos de la noche anterior, tuve que cruzar las piernas debajo del escritorio porque sentí como escurrían mus fluidos por los muslos. A los pocos minutos Gómez llegó caminando como cordero que es llevado al matadero, por la expresión que traía en sus ojos mostraba miedo, sabía lo que ocurriría si es que al Sr. Pueyrredón no le gustaba su respuesta. En cierta forma la situación me excitaba, ya que mi jefe no es de los hombres que habla bajo y que no pasa desapercibido por su estampa imponente.

“¡Te dije que quería ese problema resuelto a la brevedad!” –gritó. Esa voz sonó como el poderoso rugido de un león macho, creo que se escuchó en toda la oficina. Yo tenía mis bragas empapadas y apretaba mis piernas bajo el escritorio para que mis fluidos se detuvieran, quería que me cogiera de una vez y viera lo puta que soy pero mi cordura me detenía de hacer una locura de la que tal vez me arrepentiría. La voz de Gómez casi no se oía porque era opacada por esa potente voz. Al fin salió Gómez después de cinco minutos de ardua reprimenda; minutos más tarde sonó mi teléfono: “Viviana, necesito que vengas aquí enseguida” –me dijo y colgó. Entendí que no había tiempo para acomodar nada, dejé mis cosas y fui a su oficina. “Sr. Pueyrredón, ¿qué requiere de mí?” –dije con la voz temblorosa. “Necesito un café cargado con tres de azúcar” –respondió. Corrí a prepararlo mientras mi mente tejía escenas perversas y lujuriosas que me hacían palpitar la vagina de excitación. Al cabo de unos minutos ya estaba con el café sobre el escritorio. “¡Como puedo estar rodeado de gente tan inepta!” –exclama. No sabía si hablar o quedarme callada pero le dije: “La gente no es perfecta Sr. Pueyrredón, tiende a equivocarse o tal vez nosotros podemos en muy en alto las expectativas en una persona específica” –dije. “Tal vez tengas razón Martínez y puede ser decepcionante cuando vez a alguien con potencial caer por estupideces que se podrían solucionar fácil” –dijo mientras daba un sorbo al café. “Puedes retirarte” –me dijo con esa voz autoritaria que me hace alucinar. Fui a mi escritorio y decidí por ese día dejar de pensar tanto en lo que hasta ahora no ha ocurrido, pero la sensación de mis bragas húmedas era difícil de disimular.

En mi hora de almuerzo fui a un lugar que otras secretarias frecuentan ya que debía sociabilizar con las chicas de la oficina y así entender el por qué este hombre despertaba esas sensaciones en mi vagina. Me encontré con Nancy, la secretaria de Contabilidad; me invitó a sentarme con ella y así platicar. “¿Sabes que tu puesto tiene fecha de vencimiento?” –me dijo. “Supongo, ya que como en todo lugar es así” –le respondí. Se rió y me dijo: “No tontita, me refiero que las que han sido antes de ti duran poco en su puesto porque no soportan a don Ricardo. Es un tipo que se ha ganado la reputación de despiadado e incluso es de esas personas que se enfadan muy rápido si no tiene una solución pronta a lo que él requirió”. “Sí, algo he escuchado pero es recién mi segundo día por lo que no me puedo hacer una opinión en tan poco tiempo. Lo que si he visto es eso que dices, se molesta muy rápido si no tiene una solución a sus requerimientos pero también supongo porque es el jefe y como tal requiere soluciones y no problemas” –le dije.

Nancy era una hermosa chica, casi de mi porte y con su cabello largo hasta la cintura, soltera pero tenía un hijo de dos años. Esa conversación me contó algunas cosas de ellas y también cosas relacionadas con el trabajo para realizar de manera más eficiente mi labor. La hora de almuerzo terminó y volvimos a nuestras labores con la promesa de seguir chismeando cosas de la oficina, y porque no también desquitar mis ganas con una deliciosa vagina en la boca (perdón, fue un pensamiento). Cuando volví me di cuenta que el Señor Pueyrredón no estaba en la oficina, a los pocos minutos llama diciendo que no estará por una semana y que debía tener ordenada su agenda para cuando volviera; porque hay una reunión importante que no se puede posponer. Le dije: “Pierda cuidado, estaré aquí para lo que requiera. Además, si lo desea puede llamarme a mi celular si necesita algo urgente”. “Te agradezco Viviana, sé que estoy en buenas manos” –me dijo. Escucharlo decir fue como que una corriente eléctrica recorrió por completo mi entrepierna e inevitablemente me mojé una vez más. Lo trágico de esto, es que don Ricardo no estaría y debía frenar mi perversión por unos instantes, cosa que veía un tanto difícil, ya que siempre había algo que me haría recordar su imponente presencia.

Al cabo de unos días ya no podía controlar mis ansias de sexo, cada vez se me hacía insostenible; llegar a casa y saciar mis deseos era una rutina diaria que si bien disfrutaba, no era lo mismo sin él en la oficina. Me hice amiga de Nancy, salíamos a diario a almorzar juntas, pasábamos el tiempo hablando de cosas sin sentido, incluso caminábamos juntas a tomar el metro. Llegó el viernes y le dije: “¿Te parece si vamos a beber algo?”. “Claro, seria genial que compartiéramos mas tiempo” –me dijo. “Nos vemos a la salida del edificio, conozco un lugar cerca de mi casa y si se nos hace tarde te quedas conmigo” –le dije a modo de sugerencia. Me dijo: “Me parece perfecto. A las 6 PM nos encontramos en la salida”. La tarde pasaba lento, como si el reloj se detuviera en instantes. Al fin, llegó la hora de salida y como habíamos acordado nos juntamos en la salida del edificio; nos dirigimos camino al bar cercano a casa, íbamos en el metro conversando, no podía quitar la vista de sus labios mientras mi mente imaginaba las mil y una formas en que podría disfrutar de su sensual boca, solo pensar hacia que mi vagina se mojara y sintiera un cosquilleo intenso en el interior. “¡Ay Dios mío! ¿Qué puedo hacer con esta calentura que me consume?” –me preguntaba en mis adentros.

Salimos del metro y nos dirigimos al bar, no estaba tan concurrido así que nos sentamos en la barra, pedí un whisky y Nancy pidió una Corona. La conversación fluía de lo más tranquila, pero mis ojos se perdían contemplando cada detalle del cuerpo de Nancy, sentía unas ganas locas de hacerle las proposiciones más indecentes que me pasaban por la mente; mi deseo era cada vez más evidente. Mi vaso se vació y pedí otro whisky, pausadamente bebía para aprovechar mejor el tiempo y mantenerme cuerda para no cometer una locura por adicta al sexo. “Vengo enseguida” –le dije a Nancy. “Espérame, te acompaño” –dijo con una sonrisa. ¿Sabía lo que planeaba? ¡Dios! ¿Por qué me hiciste tan caliente? Quería ir al baño y apagar el horno de lujuria que sentía en mi entrepierna. “Bueno, vamos, así no me siento tan sola” –le dije riendo. Al entrar, rápidamente me metí en uno de los cubículos, levanté mi falda y me quité las bragas empapadas por mis fluidos, no aguante las ganas y mis dedos me empezaron a recorrer de forma automática; pensaba en aquel macho que me tenía extasiada con su presencia y su voz de mando, alucinaba que entrara dando un golpe en la puerta y me encontrara gimiendo como una puta en el baño y me cogiera como un loco  e hiciera conmigo cuanto se le antojara. Me di cuenta que estaba al borde del orgasmo y que mis gemidos se hacían más intensos, no me quedó más remedio que usar mis bragas de mordaza para acallarlos. ¡Diablos, estaban demasiado mojadas! El placer se apoderaba por completo de mí, mi cuerpo temblaba, mi corazón se quería escapar de mi pecho, caí en el intenso frenesí de un delicioso orgasmo que hacia palpitar hasta mi ano. Tienen razón en lo que ustedes piensan y me gusta ser puta y ustedes que me leen son unos malditos voyeristas, porque imaginan cada detalle que les escribo y se excitan incluso imaginando el tono de mi voz y el sonido de mis gemidos.

Temblorosa salí del cubículo y Nancy estaba ahí esperando a que saliera, sonreí y me quedé en silencio, mojé mi cara y mi cabello, no sé si ella se habrá dado cuenta de lo que pasó, yo creo que sí pero en fin, total soy una mujer adulta que necesita apagar sus fuegos interiores y desatar a sus demonios. Esos perversos demonios estaban sueltos y me incitaban a la lujuria; me acerqué y tomé su rostro, sin pensarlo le di un beso en sus labios al que ella correspondió. “Creo que es hora de que nos vayamos” –le dije. Salimos del bar y caminamos a mi departamento; al cruzar la puerta la lujuria se apoderó de nosotras, casi sin decir nada nos estábamos besando con pasión, sus manos se deslizaban por mi espalda y se posaron en mis nalgas; las mías hicieron el mismo recorrido pero osadamente levantaron su falda, tenía puesta una tanga que apenas cubría su culo. Nos besábamos, a tal grado que ya no existía razón ni cordura; nos comenzamos a desnudar casi de inmediato, era un frenesí de locura y pasión. La deseaba, quería tenerla en mi cama sin reservas ni condiciones, aunque a esas alturas la cama es solo cliché; desnudas, envueltas en llamas empecé a lamer sus deliciosos senos, sus pezones estaban erectos y la humedad de su sexo encendía más aun la llama de la lujuria. Mi deseo estaba en probar sus exquisitos fluidos, así de manera perversa mis dedos se posaron en su deliciosa concha y los unté con la calidez de su sexo. Los metí en boca y le dije después de saborearlo: “Eres exquisita”. Sonrió perversamente y volvió a besarme con lujuria, era como si sabía lo que quería que hiciera. ¿Tan evidentes eran mis ganas de estar con ella? ¿Cómo podía leerme tan bien?

Me llevó al piso y separó mis piernas hasta no poder más, su lengua se deslizó con suavidad por mi vulva haciendo que mis labios se separan y tuviera acceso a mi más que lubricada vagina. Sentir como su rígida lengua estimula mi clítoris hace que mi cuerpo se retuerza de placer, mis manos de forma instintiva se dirigen a mis pechos, los aprieto con fuerza a causa del placer, jalo mis pezones con la misma fuerza; tiemblo cuando la muy puta mete su lengua en mi sexo y su sed de deseo se calma al probar mis tibios fluidos. ¡Vaya que sabe hacerlo! Cerré mis ojos y solo me dejé llevar por la placentera lujuria. De pronto, mi vagina es invadida por un par de dedos candentes que me penetran; sin dejar que su lengua se moviera furtivamente en mi clítoris era follada de una manera sublime. “¡Eso, sigue; por favor no te detengas!” –le decía entre mis gemidos. Ella no decía nada, solo se dedicaba a hacer su excelente trabajo. “Me tienes tan caliente Nancy” –le decía casi sin poder hablar, el placer era tan grande que mi cuerpo temblaba. “Me tienes casi al borde de la histeria puta” –le decía. Quería que supiera que me estaba haciendo tocar el cielo.  Mi alma pendía de un delgado hilo que estaba a punto de cortarse. Al fin el orgasmo llegó y me desbordé en su boca, ella bebió hasta la última gota de mi placer, deleitándose en aquella tibieza que escurría por su boca.

Al fin se despega de mi vagina aun palpitante y me besa con lujuria. Ahora era mi turno, sin decirle nada se tumba en el piso boca arriba y levanta sus caderas.  “Haz lo que quieras conmigo” –me dice. “¡Oh, sí que lo haré putita!” –le digo. Ella sonríe y me dice: “Soy igual de puta que tú”. Le doy una nalgada en su culo, escuchar ese “¡Ay!” enciende a un mayor nivel mi calentura. Separo sus nalgas y al ver ese agujero que sin ser tocado palpitaba suplicante, mi lengua se fue de lleno para recorrerlo. “¡Oh, que rico!” –Exclama. Mi lengua empieza un viaje vertiginoso en su ano, gemía como una sucia puta, sola coloca sus manos hacia atrás y me regala sus nalgas para ser exploradas con mayor detalle; mi lengua se pasea por su culo que poco a poco se abre para que la punta de mi lengua entre con libertad. “¡Hazme gemir! ¡Soy tu puta!” –me dice. Poco a poco me deslizo por su culo hasta llegar a su vagina, mi lengua hacía el recorrido completo. El placer era tal que su cuerpo se estaba cubriendo de una delgada capa de sudor, jadeante, restregaba su culo en mi cara cada vez que mi lengua la penetraba. “Quiero que acabes sucia Nancy” –le digo. “¡Ay, sí, muy sucia, muy puta para ti!” –me dice. Solo algunos minutos pasaron cuando Nancy comenzó a gemir descontrolada y a sacudirse como poseída al momento de su orgasmo; era una escena tan perversa y deliciosa que sin notarlo también acabé viendo a la ella. Tiradas en el piso de la sala, jadeantes y más calientes que nunca nos besamos con pasión. “Vamos al cuarto putita” –le digo.

Entramos a la habitación, la tiré en la cama y le dije: “Bienvenida a mi mundo”. Fui a mi closet de donde saqué un dildo doble que he ocupado en alguna oportunidad con mi amiga Ximena. Nancy lo miró y vio como me acercaba lentamente chupando uno de los extremos; aun con él en la boca me subo sobre ella y gustosa recibe el otro extremo y comienza a chuparlo de manera frenética. Era alucinante ver como esta puta se manejaba con su boca; me escurría saliva por la comisura de los labios que caía como una fuente sobre la cara de Nancy, estábamos tan calientes que sin decir nada nos entrelazamos nuestras piernas y a la vez metimos el dildo en nuestras palpitantes vaginas. Comenzamos con movimientos suaves que de a poco se fueron intensificando, nuestros alaridos de placer creo que debieron escucharse por los diferentes departamentos contiguos pero no importaba, yo lo disfrutaba y ella igual, luego de un momento cambiamos la posición y nos pusimos en cuatro quedando culo con culo así como los perros cuando quedan pegados a la perra que se están cogiendo. “¡Oh por Dios, qué placer!” –gritaba ella moviéndose con más fuerza. El golpe enfermizo de nuestras nalgas era el sonido más sublime que había escuchado y esos sucios gemidos de Nancy me hacían perder la cordura. En medio de la lujuria y el descontrol ambas nos abrazamos de la manera más exquisita al placer del orgasmo, fue en verdad glorioso acabar junto con ella, al unísono nuestros gemidos se unían y quedamos tendidas en la cama unidas de ese pedazo de plástico.

 La noche aun era joven y quedaba tiempo para seguir siendo traviesas y desatar todos los demonios perversos de nuestro interior, total es fin de semana y mañana no debemos trabajar. Intentamos por unos minutos recobrar el aliento para seguir con nuestro jueguito perverso. Una vez que ya tuvimos fuerzas, seguimos besándonos, la dulce sensación en nuestros sexos seguía latente y la lujuria era quien predominaba en nuestros pensamientos. Le dije a Nancy que se pusiera boca abajo, obedeció y suspiró. Tener otra vez su culo a mi merced era un regalo existo. Me puse sobre sus piernas y comencé a nalguearla con fuerza; esos sublimes movimientos acompañados de sus deliciosos gemidos encendían más la temperatura en mi entrepierna. “¡Eso, nalguéame fuerte, he sido una sucia puta que merece ser castigada” –me dice. Poco a poco sus blancas nalgas cambiaban de color y mi mano quedaba completamente marcada. “Me he tocado en el baño de la oficina fantaseando contigo” –me decía. “Sucia puta” –pienso en mis adentros y en las veces que la puta iba a saciar sus ganas pensando en mí, estaba caliente imaginándola encerrada en el baño a puertas cerrada masajeando su clítoris y metiéndose los dedos en la concha y me calentaba.  “Puta, me has privado de tus sucios orgasmos, mereces ser nalgueada con más fuerza” –le digo. Mi mano ardía y su culo también, ya no podía seguir nalgueándola con la misma intensidad pero ella pedía más y quien era yo para negarle el placer. Fui a la cocina y traje una tabla con mango para picar verduras y le dije: “Ahora sabrás lo que es un castigo”. “Rompe mis nalgas por ser una perra sucia” –me dice.  Se coloca de pie y se apoya en una de las paredes con los brazos en alto y las piernas separadas. “Castiga a esta sucia puta, haz que el fin de semana no pueda sentarme por el dolor que me causas por mi falta” –suplica. El sonido de la tabla impactando de lleno en las nalgas de Nancy me hace alucinar, sus gritos de dolor al sentí cada golpe, su respiración jadeante y sus suplicas envuelven la habitación por completo. 

Ya sus nalgas estaban por completo enrojecidas por cada azote recibido, pero ella lo disfrutaba. “Por favor no te detengas, necesito expiar mi culpa por negarte ver mis orgasmos” –decía jadeante. Sus suplicas eran un erótico estimulante a mis oídos. Me detuve por unos momentos, empapé mis dedos de saliva y los unté en su culo, lo hice por tres veces hasta que sentí que estaba lo suficientemente lubricado para lo que venía. Tomé la tabla y ensarté el mango en su culo, ella gritó de dolor pero no me detuve, seguí metiéndolo hasta casi el tope y la empecé a penetrar. Cada embestida hacia que mi compañera de juegos gritara de placer y la hacía ponerse de puntas de manera involuntaria. “¡Destrózale el culo a esta puta!” –me suplicaba. Me dolía la mano de tanto taladrar su culo hasta que se rindió y acabó en un delicioso orgasmo. Cayó al piso y me decía: “Gracias por castigarme. Prometo desde ahora cada vez que esté caliente pensando en ti hacerte un video para que veas lo mucho que me prendes mi lujuria”.

La ayudé a ponerse de pie, no podía si quiera caminar por la intensidad del castigo recibido, hice que se recostara boca abajo y sobé sus nalgas para mitigar en parte su dolor. Fui al baño y tomé una de las cremas, las unte en sus nalgas hasta que dejó de temblar su cuerpo. Se relajó tanto que se durmió, verla dormir era como ver a un bebé descansar en la seguridad de su cuna. Me masturbé una vez mas a su lado y cerré los ojos, no me di cuenta cuando me dormí pero al despertar Nancy estaba en mi entrepierna despertándome de la mejor manera que se despierta a una mujer, pasando su lengua en mi clítoris, al vela fue casi instantáneo el orgasmo; satisfecha la tomo y beso sus labios para probar la tibieza de mis fluidos. Pasamos toda la mañana del sábado en la cama besándonos y darnos placer. Aun con sus nalgas rojas se mete a la ducha y se viste. “Lo he pasado fenomenal contigo Viviana, eres una mujer exquisita” –me dice. Sonreí y la besé en los labios, sabía que después de esa noche la tendría cuando quisiera en mi cama.

 Llegó el lunes, y nos escabullimos con Nancy a un pequeño armario en la oficina, hay nos besamos y la toqué hasta que me regaló su primer orgasmo del día. Más tarde, la vi que iba en dirección al baño, pasaron varios minutos cuando salió, mi celular vibró y veo el mensaje que había dejado, un delicioso video de ella masturbándose y diciendo mi nombre. Me calenté tanto que tuve la misma necesidad de ella, de ir y saciar mis ganas en el baño, pensaba en ella y en el momento en que llegaría el objeto más preciado mis deseos perversos y por obedecer sus órdenes sin restricción.

 

 

 

 

Pasiones Prohibidas ®


Comentarios

  1. Uffffff!!!!!!
    Me has dejado sin aliento con este relato me encantó bueno de por sí sabes que me fascinó la primera parte pero este literal me calentó
    Que deliciosa manera de escribir tienes mi Perverso 🔥🔥🔥
    Un exquisito relato Lujurioso
    Excelente relato mi amor 💋😈

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  2. Wao que relato más interesante Caballero me a encantado todo el trama y como lo describe felicidades

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  3. Un regalo muy caliente, se encuentra en leer cada línea, imaginación a volar que te lleva a soñar, en encontrar en la oficina una querida compañera de trabajo, gracias.

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  4. Como siempre una historia llena de detalles que hacen volar la imaginación y despiertan mis sentidos, gracias por compartir Mr. P

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  5. Un excelente relato lleno de la lujuria que siempre hay en sus escritos. En cada línea hay desborde de pasión y entrega. Muchas gracias por compartir

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  6. Uff me encantó hiciste que me mojará rico sin duda un relato exquisito para fantasear y tocarse rico gracias Mr.P

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  7. Me gustó... Viví cada letra

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