Quiero contarte algo, no soy de las personas más abiertas a exponer su vida frente a los demás, ya que desde pequeño aprendí a que cada decisión es la consecuencia de nuestros pensamientos y que debemos hacernos responsables de las cosas que decimos o hacemos cuando dejamos que nuestra mente maneje nuestra voluntad. Esta historia trata sobre mi primera y única experiencia kinky y de lo mucho que disfruté con ella. Como siempre, manteniendo la privacidad, los nombres fueron cambiados para "proteger a los inocentes" o dicen en la aclaración en programas de TV: "Las opiniones vertidas en este programa son de exclusiva responsabilidad de quienes la emiten y no representan necesariamente el pensamiento de este canal".
No sé como me las arreglo pero siempre me toca estar en la cocina, quizás será porque saben que me gusta. El caso es que para hacer más llevadera la cosa, designé un par de ayudantes para aliviar la carga en las labores culinarias. Uno de ellos era mi buen amigo Mateo y a Beatriz, una amiga de mi ahijada que yo ya conocía desde hacía tiempo pero con quien no había tenido mucho trato. Salvo ocasionales holas y adioses. Hace poco alguna que otra copa juntos cuando nos reuníamos todo el grupo como en esa ocasión, no podía decir que hubiera intercambiado muchas palabras con ella; pero siempre que no estaba con su novio, podía hablar tranquilamente con ella y conocer a una bella y simpatiquísima persona.
Durante diez días los tres hablamos, gritamos,
charlamos, reímos y sobre todo bebimos, comimos y contamos intimidades. Bea
descubrió su faceta de "camionero", ya que tras días de escucharnos a
Mateo y a mí soltar burradas sobre las mujeres y sobre el sexo, ella misma
comenzó a soltar groserías por su linda boquita e incluso a tirar piropos tipo
obrero de la construcción a las otras chicas. Yo mientras tanto le decía
tonterías para hacerla enfadar o simplemente le soltaba frases del estilo de
"si tuvieras algunos años más te haría saber lo que es bueno".
"Si no fueras la amiga de ahijada verías lo pervertido que puede ser una
leyenda". Ó "Qué pena que tengas novio, que si no tendrías que
aprender a caminar otra vez". Claro con entre broma y en serio, ya que,
quien en sus cabales no querría revolcarse con esa chica aunque fuera solo una
vez.
Poco a poco fui descubriendo que Beatriz me miraba con otros ojos, que si al principio se ruborizaba con mis comentarios, más tarde comenzó a responderme de formas tales como: "Que más quisieras tú poner las manos encima de esta hembra". "Mucha palabra pero poca acción" o simplemente "No eres capaz de tocarme un pelo". Incluso mi ahijada tuvo que pararnos en esa guerra de diálogos desafiantes: "¿Hasta cuándo van a estar con esas actitudes? ¿No se dan cuenta que se ve mal las cosas que se dicen delante de la gente?". Con Beatriz nos miramos y nos lanzamos a reír a carcajadas, ella le dice a mi ahijada: "¡Ay! Pancha exageras. Solo son bromas. Además, nadie se ha quejado por nuestra forma de hablar". Por mi parte intento poner mi mejor cara de serio y le digo: "Pancha, te recuerdo que soy un hombre mayor y la que me regañaba se murió hace algunos años. Si a alguno les son molestas nuestras bromas, bueno se viste y se va; pero que vengas a decirme tú cómo debo o no comportarme es una falta de respeto". "Tío, yo sé que son grandes y que hacen lo que les venga en gana pero solo les pido que no caminen tan al borde de esos juegos porque sería algo difícil para mí de digerir, ya que los quiero a ambos y con estos juegos siempre pasa algo; y alguien termina sufriendo". "Pancha, hija. Gracias por el afecto pero no te preocupes, no hay nada entre Bea y yo" –le dije. "Si Pancha, recuerda que dormimos con Mateo en la misma habitación y son de los que ponen la cabeza en la almohada y se mueren, así que no corro ningún riesgo" –le dice Beatriz.
Hasta ahí todo bien. Francisca se quedó tranquila pero mi mente comenzó a divagar, se abrieron puertas que no debí dejar y esos pensamientos me llevaban a visualizar situaciones un tanto calenturientas. Muchas veces me descubrí, sí, me descubrí oliendo sus bragas o colocándolas entre mi miembro para masturbarme con ellas. Furtivamente la miraba en el baño cuando se tomaba una ducha y fantaseaba con sentir como su sexo le abría paso al mío lentamente o solo acabar en sus senos. En silencio y en medio de la oscuridad me masturbaba pensando cogerla hasta el cansancio o meterme en su cama para tomar con violencia su cuerpo que llevaba varios días carentes del "afecto" de una buena verga.
Una noche, estábamos en una fogata entre comidas y tragos, delante de más gente las bromas fueron a más y se tornaron en desafío cuando ella me dijo: "Tanto hablar y si fueras un hombre de verdad subirías ahora mismo a la habitación y pondrías en práctica todo lo que dices". Me asombré, ya que igual entendí que el alcohol a veces nos hace hablar de más pero después en mis pensamientos me dije: "Supiera las ganas que tengo de mostrarle lo que soy capaz de hacer". Me reí en tono irónico y contesté: "¿No me crees capaz? Además, no creo que aguantes mi ritmo". "Pues, no te creo capaz de nada y mucho menos que tengas el compás para hacer que este cuerpo se mueva a tu ritmo" –respondió ella. ¡Rayos, que buen golpe! Reí y le dije: "Se ve que a esas caderas les falta moverse de verdad, por eso no sabes de compases". Los demás, se reían y alentaban a qué fuéramos más allá pero los ojos de incomodidad de Pancha eran notorios. Lo último que dije fue: "Si te vas a la habitación sabrás lo que es bueno". Ella rió y dijo: "Veremos". "Claro que vas a ver" –sentencié.
Se levantó del piso y se fue a la habitación que compartimos con Mateo. Dejé pasar unos minutos y me puse de pie con la firme resolución de que algo pasaría esa noche. Antes de ir tras ella le susurré al oído a Mateo: “Amigo mío, parece que tendrás que buscarte otro sitio donde dormir esta noche, porque esta niña va a conocer lo que es un verdadero hombre. El resto de gente nos miró al principio atónita, sobre todo porque sabían que Bea tenía novio, pero luego consideraron que se trataba de una broma y se echaron a reír pensando que en un instante volveríamos a bajar los dos a la cocina. Cuando entré en el cuarto la luz se encontraba apagada y Bea se hallaba tumbada boca abajo sobre la cama. “Sabía que era una treta para ver hasta donde era capaz de llegar. No estoy para jueguitos de niños” –le dije duramente. “Perdona, pero yo creía que todo era una broma y ya está” –me respondió. “Además, el que se está comportando como un niño eres tú; yo me vine al cuarto porque estoy cansada y tengo sueño” –añadió. Sin saber que responder ante tan certero a la cordura, me acerqué hacia la cama y me tumbé a su lado, la mire a los ojos y le dije de la forma más valiente que pude encontrar: “No tengo problemas en aceptar jueguitos, el problema radica en que hay alguien que está en tu vida y yo no puedo competir contra eso”. “Creía que eso no era problema para ti, porque para mí no lo es. Acaso no te das cuenta que desde que te conozco he tenido ganas de tenerte entre mis piernas” –me dijo. “Yo no tengo problemas por eso, en todo caso los tendrá él, mi reputación como hombre no va a quedar en el piso” – le contesto. Ella rió y me dijo. “Eso jamás lo he puesto en duda Daniel, al contrario”.
En aquel instante me tuve que enfrentar a la cruda realidad. Por un lado temía acostarme con ella ya que era la amiga de mi ahijada y me intimidaba un poco la diferencia de edad (madurez). Por otro lado todo el mundo sabría qué habría pasado y su novio se enteraría y yo no tenía ganas de coger porque ella quería ponerle los cuernos en venganza de algo; tampoco quería llegara a los golpes con un mocoso por el culo de una mujer y por último tenía unas ganas locas de poner mis manos sobre aquel escultural cuerpo. Estaba sumido en mis pensamientos cuando ella se incorporó, se quitó la camiseta que llevaba puesta y se tumbó para luego desabrocharse el bikini y decirme: “Anda, dame un masaje que estoy adolorida”. Esas palabras fueron un estimulo no sé si a mi perversión o a que porque coloqué a horcajadas sobre su lindo trasero y comencé a masajearle la espalda. Mientras tanto ella con los ojos cerrados hacía como que dormía.
En aquel instante la puerta se abrió, se encendió la luz y Mateo se asomó a la habitación. “Ups, ¿si molesto me voy?” – dijo con cara inocente. “No, para nada” –dijo ella abriendo los ojos. “Puedes quedarte a dormir si quieres, no creo que pase nada” – exclamé sonriendo. “Solo venía a decirles que vamos al pueblo a tomar algo y aprovechar de comprar algunas cosas, seguramente volveremos cuando amanezca. ¿Pueden encargarse ustedes del desayuno que yo estaré hecho más ebrio que el vino? – preguntó Mateo. “No hay problema” – le aseguré. “Sí Mateo, anda y pásalo bien dijo Bea. Mateo dile a la gente que no hay nada raro, que no quiero que se piensen cosas que no son. “No te preocupes, lo que pasa aquí se queda aquí. De todas formas todos creen que era una broma y que no serian capaces de hacer nada. Estaban seguros de que cuando subiera los encontraría durmiendo a cada uno en su cama” –dijo él.
Tras recoger su billetera y escuchar mis súplicas de que tuvieran cuidado con la carretera, cerró la puerta. Bea me pidió que por favor apagara de nuevo la luz y que continuara de nuevo con el masaje. “¿Podrías hacerlo más fuerte?” –me preguntó con voz suave. “No quiero hacerte daño” –dije. Al principio no me resultó extraña su petición pero cuando comencé a apretar con mis manos su espalda más y más fuerte ella me pedía más, empecé a sospechar que algo raro pasaba. ¡Puedes continuar por delante si quiere” –me dijo con total naturalidad. Al principio me pilló distraido, pero luego pude balbucear que entonces se diera la vuelta. Así lo hizo. Aún estando a oscuras, la luz proveniente del exterior a través de la ventana abierta me permitió ver esas dos fantásticas tetas en su máximo esplendor. Se veían exquisitas y con unos pezones pequeños se me apetecía morder, pero en mi mente estaba el porqué estaba a punto de tocar el fruto prohibido que era la amiga de mi ahijada.
Ahora sí, nos han dejado solos” –me dijo Bea abriendo los ojos. “Creí que no te ibas a atrever a llegar hasta el final” –le contesté. “Y no iba a hacerlo, pero como te dije antes el morbo de tenerte dentro me prende, me hace desearte; son años que nos conocemos y siempre me ha calentado la idea de acostarme con el padrino de mi mejor amiga. Pero quiero aclararte una cosa. A mi me gusta hacerlo de forma un tanto ruda digamos. Sin miramientos, no sé si me entiendes. La verdad es que es una cosa que suele asustar a los poco hombres” –me dijo. No te preocupes, ya me dirás cómo según vaya haciendo” –contesté. Entonces volvió a tumbarse y colocó sus manos unidas por las muñecas sobre su cabeza, como si estuviera atada al cabecero de la cama. Poco a poco mis manos comenzaron a dirigirse hacia unos de sus enormes pechos, todavía sin poder creerme de que fuera a tocarlos. Lentamente comencé a masajearlo y al rato mi otra mano hizo lo propio en su otro seno. “Aprieta más fuerte, lo más que puedas. Me gusta así” –me dijo ella sin parar de mirarme a los ojos. Su mirada delataba algo oculto que estaba esperando mostrar. Poco a poco empecé a apretar más fuerte maravillado por la turgencia de sus senos. Luego comencé a juguetear con sus pezones delicadamente haciendo que se pusieran duros más duros. Tenia una erección que se transformaba en fuertes punzadas en el glande y la situación estaba haciendo que mi pantalón fuera a explotar. “Pellízcalos con fuerza” –me pidió. La miré con extrañeza y paré. “¿Qué pasa no te atreves?” .-preguntó. “No es eso, tal vez soy algo retrogrado en este tipo de cosas” –le respondí.
En ese instante comprendí como seria el encuentro. A ella le iba el estilo kinky hasta su últimas consecuencias y me estaba pidiendo que colaborara en ello. Nunca he permitido que se le haga daño a una mujer delante de mí y aquello rompía mis esquemas, pero siendo ella la que me lo pedía y sabiendo que siempre podía parar en cualquier instante me lancé al ataque. Con los dedos índice y pulgar de ambas manos tiré fuertemente de sus pezones hacia arriba y ella contestó con un gemido mezcla de dolor, sorpresa y placer. Luego continué pellizcándolos de un lado a otro y retorciéndolos sin compasión un buen rato. Bea mientras tanto disfrutaba como una loca y entrecerraba los ojos por el placer y el dolor causado. “¡Muérdelos!” –me pidió con voz entrecortada. Mi boca se lanzó rápidamente hacia sus maravillosas tetas y comencé a pasar sus pezones por mis afilados dientes, mordiendo de vez en cuando, tirando de ellos hacia arriba y lamiendo sin parar el resto de sus senos. Entonces me dijo algo que volvió hacer algo que me parara en seco: “¡Pégame!”. “¿Cómo?” –pregunté incrédulo. “¡Que me pegues! ¡No seas maricón!” –gritó. Seguí mirándola con sorpresa hasta que me dio un bofetón que hizo virar la cara de lado a lado. En ese instante algún resorte saltó en mi cabeza y sin pensármelo se lo devolví sin miramientos. Ella sonrió y me miró de forma maliciosa, cosa que yo acompañé con una nueva bofetada, no muy fuerte, para no dañarla ni hacerla sangrar, pero contundente al fin y al cabo. A este segundo guantazo le siguieron un número indeterminado más de ellos a los que Bea siempre contestaba con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces paré y comencé a besarla en la boca de manera salvaje, cosa que ella respondió de igual manera. Nuestras lenguas se buscaban de forma violenta y nuestras bocas comenzaron a buscar nuestros cuellos y nuestras orejas. Los mordiscos y los chupetones no tardaron en aparecer en escena sobre todo por mi parte.
A duras penas conseguí quitarme la camiseta mientras ella me paseaba las manos por la espalda arañándome con sus uñas, y más difícil aún fue desabrocharle los pantalones y poder bajárselos junto con el tanga. Entonces me coloqué a su lado y le puse las manos como al principio pero esta vez yo se las sujetaba con una de las mías. Mientras tanto con la otra mano separé bruscamente sus piernas y pude observar su vello púbico que cubría su entrepierna y que ocultaba su caliente vagina. Con los dedos bien extendidos pasé desde las yemas a la palma de mi mano por su caliente vagina, notando lo húmeda que se encontraba. Sin entrar en regodeos empecé a frotar fuertemente la palma de mi mano contra sus labios vaginales y su clítoris. Ella me miraba con ojos entreabiertos y gemía consumida por el placer, deleitándose cuando incliné de nuevo mi cabeza y continué mordiendo sus pezones y estirándolos con mis dientes. Mis rápidos movimientos dieron paso a la penetración de su caliente vagina, primero con un dedo y enseguida con otro más; de forma rápida y continuada mis dedos horadaban aquella concha cuyos olorosos flujos empezaban a inundar mis sentidos. Haciendo que mi palma chocara contra su clítoris cada vez que mis dedos se introducían en su cavidad y a la vez que mordía sus enormes tetas consiguió llegar al orgasmo de manera salvaje y con convulsiones propias de una epiléptica. Entonces la agarré del pelo e hice que levantara la cabeza, dejándola a la altura del cierre de mi pantalón. Enseguida supo que estaba esperando y mientras me bajaba la cremallera y buscaba entre mi boxer mi verga a punto de estallar, yo me saqué el cinturón del pantalón y lo arrojé sobre la cama a la espera por si me atrevía a usarlo. Beatriz sin embargo, parecía no pensar en nada más que en comerme de forma glotona toda la verga que pudiera tragar. Su boca se abrió de forma desmesurada e introdujo casi completamente mi polla en su garganta, llenándola de saliva y tragando los fluidos que de ella salían. Mis manos solamente podían agarrarla por la cabeza y acompañarla en sus movimientos salvajes. Unos movimientos que me estaban volviendo loco.
De repente separé su cara de mi entrepierna y la obligué de nuevo a besarme, pudiendo yo también entremezclar mi saliva con toda la amalgama de fluidos que había en su boca. Acto seguido la empujé contra la cama de nuevo y volví a separar sus piernas para seguir calentándola con mis dedos, mientras que con mi dedo pulgar le apretaba su clítoris con fuerza. Así estuve hasta que ya no pude contener mis ganas de deslizar mi lengua por su vagina y hundí mi cabeza en su entrepierna. Al igual que con sus pezones no dude en mordisquear sus labios vaginales, pasar mis dientes por su clítoris y morder con fuerza sus muslos; mientras ella se retorcía con ambas manos sus pezones gemía y gemía de forma descontrolada. Al final volví a introducir mis dedos en ella y subí hasta sus tetas para morderlas; la zorrita estaba aguantando el orgasmo hasta que ya no pudo más y volvió a acabar de forma espectacular. Tomé un poco de respiró mientras me ponía un preservativo y volví a la carga. Me tumbé sobre ella y la penetré fuertemente, hasta el fondo. Ella me recibió con largo gemido acompañado de un apagado "sí, fóllame". Mis embestidas no eran nada delicadas y como podía seguía mordiendo sus tetas y besándola en la boca. Incluso llegué a tirar tan fuertemente de sus labios, el sabor cobrizo de la sangre llegó a mi paladar. Sin contemplaciones, de forma grosera, mis empujones hacían que su cadera recibiera un trato doloroso y más aún el interior de su vagina. Beatriz sin embargo no se quejaba, gozaba con todo aquello. ¿Quién me lo iba a decir? Al cabo de un rato tomó mis manos y me las puso sobre su cuello, haciéndome señas entre gemidos de que apretara sin compasión. Fue así como casi al borde la asfixia llegó a su tercer orgasmo. Pero yo aún no había acabado.
Hice que se girara y tumbada boca abajo le até las manos a la espalda con mi cinturón. Como si de un profesor que castiga a su alumna traviesa comencé a darle nalgadas que sonaban de forma plausible. Su lindo culito enseguida adquirió un tono rojizo (o al menos a oscuras así parecía) en algunas marcas pero a ella no parecía importarle la situación. Con los ojos cerrados parecía disfrutar con cada golpe como si de un pequeño orgasmo se tratara cada uno de ellos. Le quité la correa de las muñecas y la tiré al suelo, no sin antes propinarle dos latigazos en la espalda con la lengüeta de la misma. Para finalizar la coloqué a cuatro patas y nuevamente de forma directa y brusca se la metí mientras seguía nalgueándola al estilo de las películas porno (bendita Mia Khalifa). Mis testículos chocaban contra su vulva en cada nuevo empuje, pero Bea solo gemía y disfrutaba. Al poco rato tomé su pelo enmarañado con una mano y comencé a tirar para atrás de él para que así levantara la cabeza y pudiera yo ver como gozaba de la situación. Eso hizo que me pusiera más caliente aún, así que acabé agarrándola de los hombros y empujando con todas mis fuerzas mi verga en su interior. “Eres una sucia puta” –le decía mientras le daba con más fuerzas, en algunos momentos me sentí como un violador que entre las sombras abusa de su victima indefensa. Rápidamente, salvajemente, hasta que ambos tuvimos sendos orgasmos acompañados de gritos de desahogo y placer.
Lentamente se separó de mí, tomó mi rostro y me dio un beso apasionado, acto seguido me quitó el condón y dijo: “Esto no se puede desperdiciar”. La my sucia sorbió hasta la ultima gota de mi semen impregnado en el profiláctico. Después dijo: “Gracias”. Se tiró extenuada sobre la cama y comenzó a dormir. Yo no salía de mi sorpresa inicial, pero estaba satisfecho por como había transcurrido la noche. Así que tomé mi ropa y me fui a la cama esperando que Mateo no imaginara lo que había pasado. Me dormí profundamente que ni sé a que hora llegaron ni en el estado que habían vuelto. Al día siguiente Bea y yo nos despertamos antes que nadie como siempre y sin hacer ruido para no despertar a Mateo bajamos a preparar el desayuno. “Por favor no quiero que le cuentes esto a nadie. No quiero que piensen que soy un bicho raro” –dijo Beatriz. “Pierde cuidado, no pensaba hacerlo, sobre todo por el tema de tu novio. De todas formas podemos repetirlo cuando quieras” –contesté. Sonrió y seguimos en la tarea de preparar el desayuno.
Claro que seguimos disfrutado del sexo duro, nos dábamos
unas escapadas antes de que el sol se ocultara y hay entre las penumbras que
caian cogíamos como posesos y dejábamos a esos demonios de Beatriz para que
estuviera satisfecha. Ella no le contó nadie, solo a mi ahijada pero sin entrar
en muchos detalles, solo de lo bien que la pasaba conmigo en la cama. Claro que
mi ahijada se enojó y me reclamó peo también entendió que su amiga era tan
caliente que nos se iba a detener hasta conseguir su objetivo y así fue. Su
novio llegó dos días después, por razones obvias paramos unos días pero después
disfrutábamos de esas 2pequeñas palizas” (así las llamaba ella), pero al final
decidimos dejarlo ya que su novio comenzaba a sospechar que había alguien más
en su relación sobre todo debido a las marcas que quedaban en el cuerpo de
Beatriz, esas señales inevitables de que alguien estaba haciendo mejor lo que
debes hacer tú. Después del distanciamiento no seguimos en contacto pero nos veíamos
de vez en cuando en algúna reunión y no psaba más de un saludo y hasta pronto.
Luego vino la Pandemia y con mayor razón dejamos de vernos ; hasta el dia de
hoy no he sabido de ella pero aun guardo una recóndita esperanza de verla para
decir adiós como corresponde.
Pasiones Prohibidas ®

Un excitante e intenso Relato mi adorado Perverso 💋😈
ResponderBorrarDe esas experiencias que todos hemos vivido
Anecdotas lujuriosas que entre cada linea y tan finos excitantes detalles generan picardia y despierta la perversion que llevamos siempre
Excelente mi Señor😘
Woooww que rico relato
ResponderBorrarMorboso y excitante caballero
ResponderBorrarWao que excelente relato lleno de perversión y lujuria digno de alguien que ama el sexo y las cosas prohibidas
ResponderBorrarExperiencias dignas de leer, y creo que lo mejor en una relación es hablar con claridad, dando y dando dicen en mi pueblo; que detalles tan bien descritos que hasta se antoja, gracias por otro delicioso y lujurioso relato Mr.P
ResponderBorrarExcelente relato, candente y perverso.
ResponderBorrarBueno y fervoroso relato gracias por poder disfrutar de ellos
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