73. Mi oficina, mis reglas 3

 




Ya don Ricardo estaba en la oficina, casi no hablaba porque se la pasaba metido en su computador atendiendo cosas de trabajo. De vez en cuando me llamaba para pedirme un café o simplemente gritarme un rato, eso me fascinaba porque me sentía tan caliente cuando lo hacía que no podía disimular la humedad en mi vagina. Por suerte, estaba la putita de Nancy a quien ponía a beberla en el baño de la oficina y ella gustosa lo hacía, se había convertido en una fiel puta que estaba para lo que yo quisiera hacerle. Uffff, pensar en esos deliciosos encuentros furtivos en el baño hacen palpitar mi vagina como si estuviera haciéndolos realidad. 

Era lunes y todo estaba tranquilo, por alguna razón don Ricardo se fijó en mí y me dijo: "Hoy amaneciste guapa". Me sonrojé y me humedecí por completo. Con voz entre cortada respondí: "Gracias Sr. Pueyrredón". "Tráeme un café en 15 minutos, tengo charlar contigo" –dijo. "Cómo usted ordene Señor" –fue mi respuesta inmediata. Estaba algo asustada, confundida y caliente, pensaba en lo que había pasado con Gómez y también que le haya llegado algún comentario sobre la aventura con Nancy. ¡Mierda! Esas simples palabras me hicieron temblar. Puntual a los quince minutos estaba tocando la puerta con el café servido. "Adelante Viviana" –se escuchó del interior. "Aquí está su café don Ricardo" –le dije algo temerosa. "Ponlo sobre el escritorio y charlemos" –dijo con su tono serio de ejecutivo. "Muy bien Señor" –le dije. Me quedé de pie con las manos atrás y la mirada baja, ese hombre tenía la capacidad hacerme sentir completamente su autoridad y como se lo vengo diciendo: "ME CALIENTA DEMASIADO". 

"Llevas ya tiempo trabajando en la empresa y en especial para mí, me he dado cuenta que intentas dar lo mejor en todo lo que se te ordena hacer y eso me agrada" –dijo. "También he notado ciertas actitudes tuyas cuando me ves llegar o cuando te hablo y quiero que me digas el por qué" –añadió. "¡Diablos! ¿Cómo pudo leerme si ni siquiera me mira?" –pensé. Subí un poco la vista y se veía imponente, como una montaña inalcanzable de escalar. Me quedé en silencio, no sabía que decir ni hacer; solo sentía el cosquilleo en mi vagina y en las ganas de tirarme a sus pies para adorarlo como un dios y entregarle mi alma para que sacie sus deseos. "Habla" –dijo mientras apoyaba sus manos en el escritorio. Suspiré tratando de articular aunque sea una palabra pero balbuceaba como una bebé qué está aprendiendo a hablar. "¿No me dirás nada?" –dijo. "Perdón, no es que no quiera decir nada, es que no encuentro las palabras para decir lo que me pasa" –respondí. "Entiendo. Soy un hombre muy perceptivo y sé muy bien que te pasa" –dijo mientras rodeaba su escritorio y colocarse frente a mí. Vi que su dedo apuntó el piso, no dijo nada pero entendí su gesto. Me puse de rodillas apoyando mi trasero en los talones. No entendí porque lo hice, solo entendí y obedecí. Estaba cayendo en sus redes y yo quería ser atrapada. Otro gesto indicando el cierre de su pantalón, me puse en cuatro y como una perra deseosa me acerqué; me levanté y mis dedos se deslizaron suavemente por la cremallera para abrir su pantalón. La lujuria podía percibirse en el ambiente, estaba tan deseosa por descubrir lo que ocultaba su pantalón, al sentir su erección a no daba más la calentura; estaba dispuesta a hacer cuánto se le ocurriera hacer. Cuando ya estaba a punto de sacar su verga me detuvo y dijo: "todavía no puedes hacerlo, solo quería ver hasta donde eras capaz de llegar. Ahora ponte de pie y vuelve a tu puesto". Me dejó con las ganas de demostrarle lo eficiente que podía ser, tal vez para él solo fue un juego pero para mí fue lo más excitante que pude vivir. 

En mi escritorio pensaba en lo que había pasado y en las ganas que tenía, tomé mi celular, le mandé un mensaje a Nancy: "Hoy vas a almorzar vagina. Así que olvídate de ir al restaurant, vamos a aprovechar bien el horario de almuerzo". Ella respondió con emoji babeante. Todo estaba listo. No iba a quedarme con las ganas. Salimos con rumbo a un pequeño hotel que estaba cerca de la oficina, nos registramos y fuimos al ascensor. Nos besamos y yo metí mi mano entre el pantalón de Nancy, ya estaba húmeda, metí mis dedos en su vagina; ella jadeaba mientras nuestras lenguas se entrelazaban. Al abrirse la puerta del ascensor Nancy tenía su pantalón desabrochado y la blusa con varios botones abiertos. Entramos a la habitación y dimos rienda suelta a la lujuria; teníamos poco tiempo y había que sacar el mayor provecho. Bajé su pantalón y sus bragas, la tiré en la cama y hundí mi cabeza en su concha. Escucharla gemir era tan delicioso que no pude contener las ganas de tocarme sin parar de deslizar y meterle mi lengua. Se retorcía de placer, la puta si que sabía cómo disfrutar el sexo. Entonces llegó mi turno, también con la ropa a medio sacar me puse en cuatro, Nancy pasó a lengua por mi culo, sentir el solo roce de la punta de su lengua había vibrar mi interior y ponía a palpitar mi hoyito. Cuando bajó su lengua sentí una electricidad que recorrió por completo mi ser pero cuando metió sus dedos no pude evitar recordar la verga de don Ricardo erecta en mi mano y en lo deseosa que estaba de que cogiera. Mientras fantaseaba con mi ojos cerrados me entregué por completo al orgasmo, chorreando la cara de Nancy, quien gustosa bebía cada chorro que salía de mi interior. La tomé, la besé y le dije: "Me encantas que estés aquí". Ella sonrió y dijo: "Me gusta esto que tenemos, lo disfruto mucho". Con el poco tiempo que teníamos nos arreglamos y nos fuimos a la oficina.

Al fin mi concha descansaba de su fuego, hasta que apareció el Sr. Pueyrredón. "Viviana, mañana tengo una reunión con un imbécil a quien no tolero, pero es algo importante, quiero que vengas lo más sensual que puedas y me acompañes" –dijo. Mi mente voló pero a la vez también pensé en el por qué debía acompañarlo y también que me pidiera vestir de esa forma. "Cómo usted diga Señor" –respondí aún algo confundida. "Perfecto, la reunión es a las tres de la tarde. Saldremos de aquí y después te llevaré a tu casa" –dijo y entró a su oficina. Al llegar al departamento o podía quitarme de la cabeza sus palabras. ¿Me habrá tomado el pelo? –pensaba. Además, ¿qué iba a hacer yo en una reunión con gerentes? Ah, ya había entendí, el lugar al que íbamos no tendría secretaria y obviamente don Ricardo en un gesto de buena voluntad me llevaba para atenderles y causar una buena impresión.

Al llegar a casa coloqué música suave para relajarme y darme un baño, cerré los ojos, mi mente me llevó a ese delicioso momento en la oficina con don Ricardo, me sentía caliente pero con un deseo incontrolable. Mis manos se fueron a mis senos y comencé a masajearlos, mordía mis labios imaginando esa verga que pude sentir erecta y las ganas perversas de chuparla, mi boca estaba deseosa por sentir esa erección, mi lengua estaba hambrienta por envolverla y ahogarme en el placer de sentirla en mi garganta. Mis manos bajaron por mi torso imaginando sus caricias, estaba tan caliente porque mi imaginación se hacía tan real, sentía como sus manos se deslizaban por mi senos, sentía el placer de sus dedos dejan surcos en mi piel hasta llegar a mis muslos que eran separados de forma brusca. La manera en que esos dedos buscaban mi clítoris me hacía alucinar. ¿Por qué este hombre causa esas sensaciones extrañas en mí? ¿Por qué estoy tan expectante a saber de él? No tengo la respuesta pero si sé que mi cuerpo o desea con cada átomo, porque cuando aparece tiemblo, respiro agitada y me humedezco. Me encontraba al borde el orgasmo solo imaginando a mi jefe, hasta que ya no resistí y me entregué, la intensidad fue tan grande que sentí como mis fluidos se desbordaron bajo el agua, mis piernas temblaban y mi sexo estaba palpitante por la lujuria vivida. Me fuí a dormir desnuda y tendida sobre la cama esperando a encontrarlo en mis sueños, pero no apareció. Por alguna razón extraña cuando me desperté y alistaba para ir a trabajar sentí el olor de su perfume y mierda mi sexo solo se humedeció sin pedir permiso.

Me vestí de la forma que él me dijo: "Sensual". Una falda corta de color negros que llegaba muy sobre mis rodillas, una blusa que se pegaba a mi cuerpo, medias de color negros sin bragas y un sujetador blanco. Los zapatos eran de tacón; cabello suelto y maquillada sin ser exagerada en las proporciones. Me miré en el espejo y me dije: "¡Estás hecha toda una puta!". Ya en la oficina el día estaba tranquilo aunque sentía la mirada de todos, algunos con deseo, había otras miradas con cierto toque de juzgarme pero algo había causado. Nancy cuando me vió, me dió un beso en la mejilla cerca de los labios y me dijo: "¡Mi amor estás divina!". Qué ganas de que sintiera que estaba sin bragas y que metiera sus dedos para darme placer pero estaban todos ahí. Sonreí y le dije: "Ya estoy caliente y quiero que me comas la concha. Prepárate que esta noche la pasas conmigo putita". "¡Qué rico mi amor!" –me dijo. "Me muero de ganas porque llegue la noche y hacer cosas sucias contigo" –añadió. Me senté en mi escritorio, esperando que la hora pasara y así salir con don Ricardo a la reunión. Seguro iba a ser esas largas reuniones en dónde hay propuestas de negocios y yo estaré sirviendo café, llevando documentación; pero no entiendo porque él quería que me vistiera de esa forma. Mi mente divagaba por un montón de posibilidades pero todas me llevaban a ese momento en su oficina. ¡Dios, se había metido en mi cabeza y yo alucinaba con tenerlo entre las piernas!

Dos de la tarde y suena mi teléfono, es don Ricardo que dice: "Te espero en el estacionamiento". Mi corazón se sobresaltó y no pude esconder mi deseo al escuchar esa voz autoritaria. Bajé al estacionamiento, estaba en su auto, fumaba un cigarrillo y me dice: "¡Súbete! Quiero acabar con esto pronto". Me senté su lado, se veía imponente como si tuviera el control de todo lo que pasaba alrededor. "Estaremos en la reunión el tiempo que sea necesario estar, estarás a mi lado y tomarás nota de todo lo que ahí se diga. Escúchame bien, no quiero que pierdas detalle de nada" –dijo. Casi sin voz le respondí: "Está bien señor. Así será". "No espero menos de tí" –dijo, poniendo un peso enorme en mis hombros. Al fin llegamos a la oficina; al anunciarse el Sr. Pueyrredón la secretaria le responde que lastimosamente la persona no lo podrá atender ya que tuvo que salir de manera urgente. La cara de disgusto de él me asustó, sobre todo cuando golpeó el escritorio de la chica y dijo: "¿Qué mierda se cree este tipo? ¿Acaso mi tiempo no es importante?". "Disculpe caballero pero..." –dijo ella, cuando un: "¡Cállate la boca!" –salió de los labios de don Ricardo. "Entiendo que no es tu culpa pero no digas nada, mira que el horno no está para poner pan" –añadió. La chica solo inclinó la cabeza y no dijo nada. "Ya que estamos aquí, voy a estar en la oficina con mi secretaria pero quiero que nos traigas dos cafés" –dijo. Ella lo miró y le dijo: "No puedo dejarlo pasar si él Sr. Mavronmati no está". "Pues, llámalo y dile que no me quieres compensar el tiempo perdido. No sabes con quién te estás metiendo y lo grave que te puede resultar no dejarme pasar" –dijo él casi a los gritos. El temor se reflejó en los ojos de la chica, quien de inmediato abrió la puerta de la oficina. Entramos, nos sentamos en el espacio para las reuniones que había en la oficina, a los cinco minutos estaba el café en la mesa. "¿Desea algo más Sr. Pueyrredón?" –preguntó la chica. "No, nada más. Solo cierra la puerta" –respondió él.

Después de un momento en silencio, me mira a los ojos y me dice: "Toma tu café. Por lo menos algo bueno tiene este estúpido y es su café" –me dijo dibujando una sonrisa. Le obedecí y sí, tenía razón, el café estaba buenísimo. "Nosotros como empresa hicimos adquisición de esta y el motivo de la reunión era para firmar los documentos y llevarlos ante el notario para que avale a transacción pero el muy pendejo tuvo que salir a resolver otras cosas" –me dijo. "Ahora, esto tendrá que aplazarse unos días porque no estoy disponible cuando a Mavronmati se le ocurra. Lo peor de todo es que le tengo una rabia que viene de mucho tiempo atrás y esta era la oportunidad de reírme en su puta cara" –añadió. No sé cuál sería el motivo de su odio hacia esa persona, ni tampoco iba a preguntar porque no quería que me gritara de la forma que lo hizo con la chica de la recepción. "Entiendo su molestia pero fue muy duro con la secretaria" –le dije. "¿Tú crees? El pendejo de Mavronmati la trata peor, yo he estado presente cuando la insulta por nada" –me dice. "Pero ya tengo mi venganza planeada por dejarme en espera" –añade. Lastimosamente mi curiosidad es tan grande que me atreví preguntar: "¿Cuál?". Su mirada cambió y me regaló na sonrisa retorcida. "Ve a buscar a la puta que está en la recepción" –me dijo. Mi corazón se aceleró y mi respiración se agitó por completo. ¿Qué estaba pasando por su mente? Cómo dije mi curiosidad era demasiado grande y quería saber que tenía entre manos. Fuí, le dije que don Ricardo la necesitaba en la oficina. Entramos, él estaba apoyado sobre la mesa de reuniones, con voz suave pero firme dijo: "Quitense la ropa". Yo quedé fría y la secretaria también, no podía creer lo que estaba pidiendo. "Acaso no escucharon. ¡Quitense la ropa les dije!" –volvió a decir. Ésta vez su voz se oyó como el rugido de un león que nos hizo temblar a ambas. Creo que obedecimos por temor y excitación, poco a poco nos desnudamos obedeciendo sus deseos. Una vez desnudas ante él, hizo el mismo gesto que en su oficina, apuntó el piso y ambas caímos de rodillas ante él.

No creía lo que estaba haciendo, tampoco el por qué, solo sabía que mi deseo era complacerlo de la mejor forma posible. Iba a decir algo y me ordenó: "Cállate la boca y ábrela despacio. Obedecí. Él, sin miramiento ninguno, introdujo su miembro entre mis labios hasta sacarme una arcada. Me encantó, al fin podía degustar del placer de sentir su verga en mi boca y tragarla por completo. "Tu zorra, lame mis testículos" –dijo a la secretaria. Ella obediente comenzó a pasar su lengua por el escroto de don Ricardo, la muy puta se veía que disfrutaba al igual que yo complaciendo a ese hombre sin modales. Cada vez que su verga abandonaba mi garganta salía cubierto de una mezcla deliciosa de mi saliva y sus jugos preseminales. El hilo pegajoso que colgaba desde mi labio inferior hasta la punta de su glande era lo único que nos unía; me calentaba cuando tomaba mi rostro y me decía: "Tienes una cara de puta, que me encanta". Lo cierto es que la situación me había mojado desde que entramos por la puerta de la oficina. Sobre todo en forma que la venganza de don Ricardo se estaba llevando a cabo. Le dió de comer su verga a la otra puta que tenía a su disposición y a mi me dijo que le comiera la concha a la puta y que no parara hasta hacerla acabar. Obediente me puse debajo de ella y empecé con mi lengua a recorrer su húmeda vagina. Desde el clítoris a su culo era un perverso viaje lleno de lujuria. Sentir como la zorrita se tragaba la verga de don Ricardo y él le decía: "Eso putita sigue así". Sus gemidos eran ahogados por el miembro de mi jefe que follaba su boca como un energúmeno.No pasó mucho tiempo y la puta de mi colega acabó en un intenso orgasmo.

Nos tomó a ambas y nos acostó sobre el escritorio de Mavronmati, no sin antes tirar todas las cosas que había sobre él. Me metió su verga de una estocada hasta el fondo haciéndome gritar de placer, sus bestiales embestidas de sentían como si quiera partirme en dos, mientras tanto a la otra chica le indicó que se tocara porque pronto llegaría su turno. Desde que lo conocí siempre quise estar así con él pero el toque de morbo que añadía estar follando en el escritorio de aquel hombre que odiaba y a la vez follándose a su secretaría era el plus de erotismo que encendía más los ánimos. En mi mente resonaban las cuatro palabras qué me dijo cuando lo conocí: "Mi oficina, mis reglas". Yo estaba obedeciendo sus reglas s cabalidad y lo disfrutaba. Sacó su verga de mi vagina, dándome algo de respiro. Tomó a la otra chica, poniéndola de espaldas y sus pies tocando el piso. Embistió su concha de la misma forma que lo hizo conmigo, ella jadeaba como perra en celo al ser cogida de manera brutal. Me masturbaba viendo cómo ese macho se cogía con ímpetu a la puta, mis pezones estaban duros por la excitación y yo los apretaba con fuerza, solo quería disfrutar el momento. Estaba con mis ojos cerrados jugando con mis dedos en mi clítoris cuando sentí una lengua deslizarse por mi intimidad, era la chica, don Ricardo la había acomodado para bebiera mis fluidos mientras él seguida dándole verga. ¡Qué exquisita sensación! Estaba en las nubes, disfrutando del sexo furtivo y perverso. La tomó del cabello y le decía: "Muy bien putita. Se nota que lo disfrutas". Ella le dijo: "Demasiado". Siguió u faena hasta hacerme caer en un delicioso orgasmo.

Don Ricardo me tomó del cabello y me llevó contra la pared, me hizo caer de rodillas ante él y metió su verga en mi boca para follarla de manera violenta. Estaba como un toro en celo y eso me calentaba mucho, mi sexo seguía escurriendo deliciosamente y mis fluidos corrían por mis piernas. Me ahogaba sentirlo hasta el fondo pero quería que fuera más violento en sus embestidas; él besaba a la chica de manera lujuriosa. Sin duda estábamos disfrutando ese viaje de perversión por el que íbamos. Su miembro empezó a palpitar y las embestidas frenaron, mientras su semen se derramaba a chorros llenando mi boca y desbordando por la comisura de mis labios. "Eso, llena tu boca, no dejes que caiga nada al piso, déjalo limpio y tu puta bésala y compartan mis fluidos como buenas zorras. Si lo hacen bien les daré un premio" –dijo. Me puse de pie y lo compartí con la otra puta en un beso apasionado, ambas tragamos cada gota de su semen con unas endemoniadas ganas. Nos pusimos otra vez de rodillas y ambas pasábamos la lengua por su deliciosa verga. Él, sonrió y para coronar la lascivia penetró mi culo casi de inmediato. "Eres una puta Viviana" –me dijo. "Para usted mi Señor" –respondí. Miró a la otra chica y le dijo: "Vístete, ya tuviste tu parte. No dejes que nadie entre a la oficina ni si quiera el imbécil de tu jefe". Ella obedeció, acomodó su ropa, su cabello y salió.

"¡Vaya si que eres puta!" –exclamó, mientras su verga partía mi culo. "No sé si es que te calienta hacer maldades o simplemente tienes ganas de verga". No se privó de nalguearme mientras me cogía. Pronto vio como empezaba a llegar al clímax y puso una mano tapándome la boca. Un grito ahogado es todo lo que pude hacer mientras acababa chorreando el piso de la oficina. "Ambas cosas me ponen caliente, el sexo furtivo y su verga Señor" –contesté en cuanto pude recuperarme. Eso pareció encenderle aún más. Le sirvió para reponer fuerzas y seguir dándole a mi culito sin piedad. En ese momento ya no había ni una pizca de cordura en mí, estaba completamente su merced y lo estaba disfrutando como nunca. "¿Sabes lo que viene ahora?" –me preguntó. "No Señor. ¿Me lo puede explicar?" –contesté con un tono inocente. Su verga palpitó, le gustó a forma en que le hablé. "Ahora por no estar este imbécil, en tí voy descargar mi rabia" –me dice. Le contesto como una niña inocente: "Pero yo no he hecho nada". Rió perversamente y me dijo: "Has hecho de todo, no me vengas con esas tonterías. Montate en el escritorio". Obediente me subí me coloqué de espaldas; don Ricardo me miró y dijo: "Tócate, demuéstrame lo puta que eres". Mientras tomaba su celular y me grababa. Adoraba la escena, era guiada como en una película porno por un pervertido director que despertaba todos los deseos ocultos de mi ser. "¿Así le gusta don Ricardo?" –le preguntaba. Él solo asentía y alucinaba viendo la cara de puta que tenía en ese momento. "¡Sigue, mete tus dedos en tu vagina! Quiero que pruebes tus fluidos" –me dice. Oh, ese pervertido director sabía cómo encender la lujuria en mí y me encanta esa perversión. Me gusta como se me hace sentir, ser esa puta hambrienta de su verga y dispuesta a hacer cuánto se le venga en gana pedirme. Ya estaba próxima a acabar una vez más pero no me lo permitió, me dijo que si lo hacía sin su permiso tendría consecuencias. No pensé que hablaba enserio y me dejé llevar por el placer, acabé de manera tal que chorrié el escritorio con mis fluidos. Me miró con enojo y dijo: "Te advertí lo que pasaría. Ahora tendré que castigarte por ser una perra desobediente".

"Tienes dos opciones: Mi cinturón o mi mano. Eso me da igual. Una de dos, o te azoto o te nalgueo. Tú decides" –dijo. Dudé un momento chupando mi dedo y haciéndome la tonta. "No me pongas cara de inocente, porque de inocente no tienes nada" –dijo. Continué con mi papel. "Cómo no me dices nada te azotaré hasta cansarme" –dijo. Apoyó mis manos en el escritorio, quitó el cinturón de su pantalón y dijo: "Solo así aprenderás a ser una puta obediente, vas a contar cada azote y dirás: No debo desobedecer al Sr. Pueyrredón. Así cada vez. ¿Está claro?". "Sí Señor" –respondí. Uno a uno los azotes se hacían sentir en mis nalgas, contaba y repetía la frase que él me había dicho. Había una mezcla de dolor y placer que me recorría por completo; los alaridos de dolor se iban transformando en placenteros gemidos, el corazón parecía que se me saldría del pecho porque cada vez esos gemidos eran más intensos. Cuando llegué al número 30 se detuvo y sonrió de forma endemoniada. ¡Por Dios que me calentó oír esa risa! "Por lo que veo aprendiste la lección" –dijo. Yo casi no podía articular palabra, me sentía casi en otra dimensión, sentía como si mi cuerpo se desvanecía y mis piernas temblaban punto de casi caer al piso. Él me tomó n sus brazos y de me dejó recostada sobre el escritorio. Por un momento se comportó de forma tierna, me acarició el resto y el cabello, me susurraba: "Respira lento, estoy aquí para cuidarte, no te pasará nada si estoy a tu lado. Solo respira lento hasta que te sientas en calma". Poco a poco empecé a recuperar las fuerzas y me encantó que estuviera ahí para cuidarme.

Me besó en los labios con ternura y me ordenó vestirme, mientras el terminaba de arreglar su corbata. Salimos de la oficina y la chica al vernos se puso de pie, se acercó a ella y la besó también, le dijo: "Nos volveremos a ver pronto". Ella no dijo nada, pero en su silencio se veía que en sus ojos había algo distinto. Nos dirigimos a mi casa. Al llegar me dijo que me bajara y tomara un baño, ya que mañana iba a requerir de mí temprano. "Estaré gustosa de atender cada requerimiento suyo" –le dije. Me miró y me regaló una sonrisa. Para luego marcharse. Me tiré en la cama y cerré los ojos, por un momento me dormí; pero algo me hizo saltar de la cama, me había dicho que me diera un baño y debía obedecerlo aunque no estuviera presente. Además, había quedado con Nancy para que viniera a verme y jugar en la noche pero no sé si tenga fuerzas para seguir de manera intensa. El baño fue un relajo, envuelta en la toalla me senté al borde de la cama y pensaba si lo que había vivido había Sido cierto o uno más de mis fantasiosos sueños, pero el dolor en mis nalgas por los azotes del cinturón eran reales. Pasaron cinco minutos y sonó el timbre, era Nancy quien al verme me quitó la toalla y me llevó a la cama entre besos, con caricias indecentes invadió mi cuerpo, el que reaccionó al instante; la deseaba y ella también a mí por lo que nos dejamos llevar por la lujuria y tuvimos una tanda de sexo alucinante. Tras varios orgasmos seguidos sentía mis tibios fluidos escurrir y la boca de Nancy beberlos perversamente. Mi vagina palpitaba y yo me desvanecía de placer. Esa noche dormí como una bebé y al despertar estaba mi putita Nancy acariciándome y besándome para empezar el día de la manera más caliente posible.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. ⛓️Fiorella De Mr. P⛓️9 de junio de 2022 a las 4:52 p.m.

    Un maravilloso y muy excitante relato como siempre mi amado perverso 💋
    Esperare el siguiente😈🔥

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  2. Increíble relato ubico en verdad tiene esa perversión que me fascina felicitaciones Caballero

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  3. Con exquisitos detalles que hacen revivir sensaciones, gracias por este relato Mr.P

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  4. Me encantó como siempre súper excitante caballero

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