Cuentan las antiguas leyendas, que yo no osaré contradecir; que en un pueblo de una región de Chile, de cuyo nombre nadie sabe dar fe; pero fue en el tiempo de la colonización Española cerca en el año 1786, cuando reinaba con opulencia Carlos III y era el Virrey del Perú Su Excelencia Teodoro De Croix; que un clérigo barrigón y de naturaleza colérica, se encendía como una antorcha cuando una chica sonreía. Decía el cura que el demonio habitaba en las entrañas de las mujeres alegres y que él estaba dispuesto a exorcizar a toda aquella mujer a la que el maligno intentase perder. Eran famosas en la comarca las homilías que desde el altar lanzaba a los atribulados campesinos que ya veían caer sobre ellos el ardiente azufre del infierno.
Ocurrió entonces que un matrimonio joven llegó al pueblo para hacerse cargo de la humilde herencia del padre del varón. Era esta herencia una casa no tan ostentosa y con varias hectáreas de buen terreno que proporcionaba sus buenos quintales de centeno. El joven se llamaba Luis Enrique y su tierna esposa atendía al nombre de Floriselda.
El matrimonio resolvió quedarse allí a vivir para labrar la tierra que La Providencia les había regalado. Eran jóvenes pero Dios nuestro señor no había querido todavía bendecirlos con vástagos que continuasen el apellido a pesar de los incesantes intentos de los esposos. Cosa que podían atestiguar las vecinas a tenor de los gemidos y jadeos que decían se podían escuchar cada noche cuando el trabajo en el campo había acabado. Tal vez celosas ya que la mayoría de sus esposos eran hombres bebedores y adúlteros que frecuentaban las casas de mala reputación que habían, buscando descargar sus ansias de un poco de cariño con meretrices que a cambio de dinero les concedían esos favores, ya que ellas no eran capaces si quiera encender la mecha de una vela con su apariencia de mujeres puritanas.
Los domingos el joven matrimonio acudía puntual a los oficios religiosos y cuando el pecunio se lo permitía no dudaban en dejar limosna. Esos gestos los hacían gratos a los ojos del buen sacerdote y de los vecinos del pueblo que veían como ambos jóvenes eran de buen trato, generosos con los menesterosos y cristianos cabales a pesar de las murmuraciones de las viejas que decían oír jadeos lujuriosos en su casa a la caída de la noche. Cosa extraña pues la dichosa casa estaba apartada del pueblo como a un tiro de piedra y es bien sabido que el oído de las viejas no es de fiar.
Más quiso la mala fortuna que al poco tiempo de llegar al pueblo, cuando todavía la cosecha no estaba en sazón para la siega, los alguaciles del Rey nuestro señor pasasen por el pueblo haciendo leva para los ejércitos reales que debían partir a pelear con los herejes indígenas que no aceptaban el catolicismo ni someterse a La Corona para llevarles la fe verdadera.
Se fijaron los alguaciles en el buen porte de Luis Enrique y sin atender a los ruegos de Floriselda que invocaba la necesidad de la pronta siega del terruño, resolvieron unirlo a la cuerda de desdichados mancebos recién alistados. Ni el llanto del virginal rostro de Floriselda, ni sus ruegos al párroco para que intercediese ante los alguaciles para que permitiesen al mozo quedarse al menos hasta pasada la siega. El buen párroco alegó que solo se encargaba de los negocios de Dios dejando los problemas mundanos a los hombres.
Partió el joven Luis Enrique a la guerra con su regimiento y quédose sola la desdichada Floriselda. ¡Ay que congoja provocaba verla de sol a sol trabajando la tierra! Algunos vecinos decidieron que bastante desdicha era perder un marido cuando apenas había probado las mieles del himeneo, así que decidieron ayudarla con la siega cuando llegó el momento una vez que sus respectivas haciendas quedaron atendidas.
Quiso así la fortuna que un día apareciesen de buena mañana varios vecinos y vecinas armados de hoces, guadañas y otros aperos dispuestos a ayudar a la pobre Floriselda cuando ya ella estaba afanada con la hoz segando los primeros haces de centeno. Gracias a la ayuda de los vecinos cuando el sol había llegado a lo más alto, estaba ya el grano guardado en el pajar de la casa para alegría de Floriselda. Pero, ¡ay! Cuan poco duran las alegrías en la casa del pobre. Sucedió que acabada la jornada la buena y gentil Floriselda quiso agradecer a sus vecinos el favor prestado y bajo una parra a la puerta de casa colocó mesa y mantel, allí mismo agasajó a los hombres y mujeres que la ayudaron con un queso, un poco de jamón de la última matanza y unas jarras de vino. Un poco de alegría había llegado al fin a su humilde hogar al comprobar que los vecinos, agradecidos por su generosidad habían sabido corresponder con su ayuda.
Corría el vino y comenzaban las canciones cuando quisieron los hados que acertase a pasar el clérigo por cerca de la humilde casa y al sentir la fiesta se acercó. Los más viejos del lugar al ver al cura cesaron las canciones temerosos de la ira del representante de Dios, pero la buena de Floriselda se acercó a él para invitarlo a disfrutar con su rebaño de un vaso de la sangre de nuestro Señor pidiéndole que tuviese la bondad de bendecir la mesa. Se acercó el sacerdote a la concurrencia y procedió a bendecir las viandas más se excusó con sus múltiples obligaciones antes de marchar. Iba por el camino de mal humor el cura. La osada de Floriselda se había atrevido a sonreír cuando lo invitó a compartir su comida. Había sido una tímida sonrisa, poco más que una mueca, pero sonrisa al fin. Aquella muchacha estaba poseída decidió el clérigo. Él arrancaría al maligno de sus entrañas para salvación de su alma.
Al día siguiente era fiesta, nadie recuerda en honor a que santo o santa, y tocaba por lo tanto oficio religioso. El sacerdote vistió sus mejores galas y abrió la iglesia para dar paso a su rebaño. Antes de la sagrada misa dedicó un encendido sermón a advertir del peligro cierto de arder en lo más hondo del infierno a todos los pecadores poseídos por el demonio de la lujuria. Los fieles bajaban la cabeza y buscaban en sus corazones el asomo del tal pecado. Floriselda, como los demás, oraba por su alma en los primeros bancos mientras pensaba que ese era al único pecado del que estaba libre desde que su amado Luis Enrique había partido con los ejércitos del Rey. Acabada la eucaristía, el cura dejó marchar a su rebaño en paz. Cuando Floriselda se levantó para marchar, él le ordenó quedarse para tratar un grave asunto con ella. La pobre muchacha temía que el cura tuviese malas noticias de la guerra y con su tristeza estuvo a punto de perder el sentido, más el cura le dijo que nada se sabía de la guerra. Cuando ya todos habían abandonado el templo y el sacerdote había cerrado la puerta, con gesto grave ordenó a la atribulada joven que lo siguiese hasta la sacristía. La pobre mujer siguió obediente al pastor de su alma intentando adivinar cómo habría podido ofender a Dios, pues no veía otro motivo para la gravedad que revestía el rostro del sacerdote.
Llegados a la sacristía, el párroco levantó una pesada puerta del suelo. Tomó después una antorcha de la pared e invitó a la pobre muchacha a seguirlo pues tenía algo importante que mostrarle. Una escalera labrada en la piedra se perdía en la oscuridad de las profundidades de la tierra. "¿Cómo osar desconfiar del buen pastor?" —se dijo la joven desechando el miedo que atenazaba su corazón. "¿Qué deseáis mostrame, padre?" —preguntó la ingenua mujer. "La salvación de tu alma, hija mía" —contestó el cura elevando un dedo hacia Dios nuestro Señor. Cuando llegaron al final de las escaleras la pobre Floriselda creyó estar en la antesala del mismo infierno. Una bóveda tan alta que la pobre luz del farol no lograba descubrir hacía resonar las palabras y las pisadas de los zapatos del clérigo con lúgubre eco. Las paredes negras se veían cubiertas de cadenas, argollas, cuerdas y mil artilugios cuya naturaleza se escapaba a su pobre conocimiento. "¿Dónde estamos, padre?" —preguntó la incauta. "Donde salvaremos tu alma de las llamas de la condenación eterna, hija" —contestó el Padre dejando la antorcha en una pared. "¿Es qué corre peligro mi alma?" —quiso saber la infortunada muchacha con la congoja propia de quien teme. "Ciertamente, hija. Ayer me sonreíste. ¡A mí! ¡A un representante de Dios en la tierra!" —aulló el cura amenazando con un dedo sarmentoso a la infeliz. "Yo solo le pedí que bendijese los alimentos y compartiese con nosotros una jarra de vino" —se defendió la pobre muchacha. "El diablo mora en tu cuerpo. Y pretendía que yo me embriagase para mofarse de un pastor ante su rebaño, Pero Dios que todo lo puede me ha dado fuerzas para vencer al maligno. Y ahora lo expulsaré de tu cuerpo" –acusó el cura.
La pobre Floriselda rompió en un inconsolable llanto pensando que había condenado su alma. Esperaba que una penitencia de varios padrenuestros y un poco de agua bendita lavarían sus pecados, más no era esa la intención del avieso sacerdote. Ácercose el cura a la desventurada mujer y la tomó de las muñecas. Agarró después unas argollas que la oscuridad del techo ocultaba a la vista y las cerró alrededor de los brazos de Floriselda. La pobre mujer al verse de esa guisa temió que no bastarían diez avemarías. El cura se alejó unos pasos y tomó un látigo de la pared. Armado con el vergajo se acercó a la atribulada muchacha que lo miraba con los ojos desorbitados por el miedo. Alzó el cura el brazo y descargó con toda su furia un golpe en la espalda de la muchacha. La pobre mujer emitió un agudo alarido de dolor al sentir las carnes laceradas por la correa. "Grita cuanto quieras Belcebú. Nadie oirá tus lamentos desde aquí" —se burló el párroco con diabólica sonrisa antes de dejar caer el brazo de nuevo para maltratar la espalda de la mujer. Cuatro latigazos bastaron para quebrar la voluntad de la pobre Floriselda que perdió la presencia de ánimo y cayó desmayada. Cuando recuperó la consciencia vio que el malvado sacerdote la había desnudado y se relamía lascivo los labios ante ella.
"¿Quieres pecar, hija de Satanás? ¿Quieres infectar con tu veneno el puro cuerpo de este servidor de Cristo?" —preguntó el cura abriendo su sotana para mostrar sus vergüenzas a la desventurada joven que no pudo evitar ver el monstruoso miembro del cura. Asómbrose la muchacha del tamaño del badajo del clérigo y tiñéronse sus mejillas de rubor obligándose a apartar la mirada. Riose el cura ante el pudor de la bella joven con una carcajada rebosante de maldad. "Este es el hisopo que bendecirá tus entrañas para el perdón de tus pecados" —amenazó ante la temerosa mirada de Floriselda.
Despojándose de la sotana tomó dos nuevas argollas y las ató a los tobillos de la asustada joven. Después maniobró con unas cuerdas para levantar el infortunado cuerpo y dejarlo paralelo al suelo, a la altura de su cintura. La pobre Floriselda quería morirse. El miedo y la vergüenza hicieron que cerrase los ojos y llorase como lo había hecho antes María Magdalena. A ella se encomendó para soportar el trance que sospechaba venía a continuación. El hereje cura metió su miembro en un calderillo lleno de lo que identificó como agua bendita y sin más dilación se abrió paso a través de la vulva de la joven que recibió el castigo con alaridos de dolor y lágrimas de vergüenza. "Protesta lo que quieras, Belcebú. Siente como mi bendito hisopo impregna de agua bendita tu maldito cuerpo para la salvación del alma de esta pobre criatura. Nadie podrá acudirte en este trance" —advirtió entre estocadas a la desdichada mujer. Siguió el cura fornicando a la pobre Floriselda entre risas e insultos al diablo y a la pobre víctima hasta que vio llegado el momento de escupir su maldita semilla. "Toma en tu vientre mi sagrada semilla que engendrará un niño limpio de pecado" —advirtió a la desdichada que se temió ya embarazada de tan maligno ser. "Recibe mi simiente para el perdón de tus pecados, desdichada y agradece a dios que me haya puesto en tu camino para salvar tu alma" –añadió con vehemencia mientras expulsaba su semen. En sus ojos había maldad y a la vez desenfreno, el que decía ser representante de Dios estaba ebrio de lujuria vaciándose en las entrañas de la pobre infeliz que lloraba en silencio pidiendo clemencia a Dios, quien en ese momento parecía no estar presente en ningún lado.
Apartose el clérigo de su víctima tras haberse vaciado en ella y se sentó a la mesa en la que tenía dispuestas unas viandas y una jarra de vino. La miraba con repulsión, de verdad creía que estaba poseída por un demonio, todo por un inocente gesto de amabilidad. Jadeaba para recuperar fuerzas y bebía vino, ese mismo que usaba para entregar los sacramentos a los fieles y devotos cristianos que acudían a la iglesia buscando paz para su alma. "Los exorcismos acaban mis fuerzas" —explicó a la joven que no dejaba de llorar su desdicha. "Pero pronto estaré presto para una nueva batalla con el maligno" –dijo el párroco del mal con una sonrisa llena de lascivia. Bebió y comió como un cerdo hambriento sin perder detalles del cuerpo casi inmóvil de la chica. Reía y vociferaba de que como representante del Todopoderoso debía erradicar al demonio y por eso ella estaba ahí. Se puso de pie y orinó a los pies de la muchacha y dijo: "Esto es lo que tendrás a beber maldito demonio".
Tras descansar unos minutos se acercó de nuevo a la muchacha con sonrisa aviesa. Tras bajarla de las cuerdas la pobre mujer quedó tendida en el suelo exánime. La obligó a beber del charco de orina que él había dejado con la excusa de un gesto de repulsión hacía el tentador. El cura la levantó como si fuese una pluma y la tendió de bruces sobre una barrica de vino. Ató después manos y pies a unas argollas que sobresalían del suelo y a continuación se colocó a espaldas de su víctima. Acarició un momento las nalgas de la joven provocando un estremecimiento de pánico. Floriselda temió que el cura la empalase como había oído decir que hacían los hombres que cometían el nefando pecado. Lujuria había en los ojos del Embajador Celestial que en cada caricia emitía suspiros llenos de perversión. Cada caricia era una invitación a la lujuria, la manera en que apretaba sus nalgas y susurraba mostraba lo oscura de su alma y que estaba abandonado a la suerte de aquel que decía odiar y expulsar. Cómo que por un momento recobró la cordura y escuchó los llantos de la manceba, hizo la señal de La Cruz y en perfecto Latín dijo: "In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti".
Se sentó en la mesa y bebió más vino. Efectivamente, el cura había recuperado su hombría y apuntaba ahora al agujero trasero de la joven. Humedeció la punta del badajo con los fluidos que salían todavía de la vulva de la mujer y sin encomendarse a Dios ni al diablo de una sola estocada entró en la cueva de la infortunada mujer. Como estremecían el alma los alaridos que profería Floriselda. ¿Quién no se habría compadecido de su alma? Porque los cielos parecían haberse oscurecido y era como si él mismo Dios se hubiera levantado de Su trono para no presenciar el dantesco espectáculo que Su representante brindaba. El maldito cura que empujaba con toda su alma hasta enterrarse hasta lo más hondo en el cuerpo de la muchacha. Floriselda solo lloraba y suplicaba piedad pero él párroco del infierno no la escuchaba, sino que cada vez era más brutal. Vociferaba: "He tap1onado el otro agujero con mi esperma sagrado. Ahora el diablo intentará escapar por detrás". Se tomó de las caderas de la chica y la embestía con fuerza, él bufaba y jadeaba. Cada vez era más violento, le dijo entre jadeos indeseables: "Una nueva descarga acabará por siempre con él". No pasaron un par de minutos hasta que al fin expulsó sus asquerosos fluidos en el culo de la muchacha que respiró con alivio.
Escudado en la muy manoseada religión y ser parte de la Corona Española, ahora proclamó en nombre de Dios nuestro Señor y de nuestro venerado Rey, nuestro Señor Carlos III que la desdichada Floriselda debía ser ejecutada por pecados contra la moral y en incitar a uno de los representantes de La Corona a hacer el mal. La tiró al piso y la piso de rodillas frente a su asqueroso miembro para tapar así con su semen el último agujero por el cual el demonio podía escapar, la hizo abrir su boca y éste mal nacido metió su putrefacto miembro hasta la garganta de la muchacha. Maldecía y la obligaba a qué juntarse sus labios e hiciera movimientos copultarorios, ya estaba perdido en la perversión, el verdadero poseso era él, parecía un animal guiado solo por su instinto, la razón lo había dejado. Reía como un enfermo mientras la boca de Floriselda era sometida a la humillación de este hereje ser, incluso lanzaba chorros de su nauseabunda orina para "calmar la sed de lujuria" del demonio. Profería insultos a la pobre muchacha, mientras su miembro se hinchaba indicando que si hombría explotaría en cualquier momento. "Se nota que disfrutas de los placeres carnales engendro del demonio, ya que hacéis un buen trabajo con esa boca que está consagrada a la lujuria" –le decía mientras jalaba de su pelo.
Tan ocupado estaba con el "exorcismo" que no logró oír los pasos a su espalda. Tampoco Dios lo advirtió del garrote que se cernía sobre su cabeza. Un certero golpe en la tonsura lo dejó inconsciente. La muchacha al verse libre de beber del sucio esperma del clérigo, también cayó al piso desvanecida. El salvador de Floriselda la levantó con dulzura para luego dejarla sobre la mesa donde el vil ser había estado antes, luego se encargó de amarrar al sacerdote para evitar que escapase del infierno que viviría. Un rato tardó Floriselda en abrir los ojos. Cuando lo hizo pudo ver a su amado Luis Enrique, pues no era otro si no él quien había acudido en su ayuda. Vistió la pobre muchacha con los jirones que habían quedado de sus ropas. El joven esperó que el sátiro recobrase el conocimiento. Despertó al cabo el cura y al verse suspendido en el aire protestó: "¿Quién osa atacar al enviado de Dios nuestro señor?". Gritó: "¡Suéltame al instante o no respondo del destino de tu alma!". "No sé dónde acabará mi alma, paternidad. Pero sé que la vuestra arderá en los infiernos hasta el fin de los días" –contestó Luis Enrique acariciando una daga damasquina. "¿Cómo me habéis encontrado? Nadie sabe de este lugar" –dijo el sacerdote. "Al llegar de una licencia corrí a mi hogar con la esperanza de encontrar a mi esposa, al no encontrarla pregunté a los vecinos, ya que mi corazón desfallecía al no saber dónde estaba; entonces me dijeron que había venido a la Casa del Señor para rezar y tener la esperanza de que volviera con bien, pero que no había cruzado los dinteles de la puerta para volver a casa" –dijo el joven esposo. Añadió: "el único motivo que me hacía pelear con vehemencia no era la honra de La Corona, sino reencontrarme con la mujer que amo. Corrí hasta aquí, ya que en mi entrañas sabía que algo malo sucedía y encuentro a vuestra Merced flajelando la honra de mi esposa". Entonces el pervertido ver volvió a gritar: "¡Qué me sueltes te ordeno, aborto de Satanás" —mienytas rugía peleando para romper las ataduras. Más Luis Enrique era diestro en nudos y cuanto más peleaba más se cerraban a su alrededor.
"¡Ten piedad de un pobre pecador!" —imploraba ahora el clérigo apelando a la bondad del joven soldado. "¿La qué vos habéis mostrado a mi esposa?" —se burló Luis Enrique. "Hay veces hijo mío que se tienen que hacer cosas en nombre de Dios que son incomprensibles a los ojos de los demás" –apeló el cura. "Mejor haríais pidiendo perdón a Dios, ya que usáis Su nombre para encubrir vuestras fechorías, aunque pronto podréis hacerlo en su presencia. Si es que Él se digna miraros" –dijo el joven esposo. "Más bien será el mismo diablo quien lo reciba" —se oyó detrásla ronca voz de Floriselda, rota por el llanto. La mujer pasó al lado de su esposo y torció la cabeza para contemplar el cuerpo colgado del malvado cura. Acarició la mano de su salvador y después tomó la daga de su mano. Luis Enrique soltó la daga de buen grado sabiendo lo que planeaba la bella Floriselda. Acercose la mujer al cura y acarició el miembro del prisionero con desprecio para ver si respondía a los estímulos. Este, incapaz de controlar sus impulsos, no pudo evitar que su virilidad lo descubriese. En ese momento Floriselda pasó bajo el cimbel la daga y mientras tomaba el miembro con una mano, con la otra de un solo tajó cortó el colgajo del sacerdote mientras sonreía como habría de hacerlo la misma Némesis. "Aquí tiene usted al verdadero diablo, Padre. Lo he cazado para usted. No permita que se escape" —le dijo mientras escupió su cara y metía el despojo en la abierta boca del aterrorizado cura. El joven arrancó un trozo de la sotana para amordazar al cura y que no pudiese soltar la presa y tras tomar a su esposa en brazos comenzó a subir escapando de aquel infierno, dejando a su suerte a aquel despiadado ser.
Nadie supo nunca más de los esposos. Unos dicen que vendieron su hacienda y emprendieron rumbo a Santiago de la Nueva Extremadura donde vivieron felices. Tampoco se supo nada más del cura hasta que en tiempos de Carlos IV un nuevo cura quiso reparar el suelo y descubrió la infracripta. Un esqueleto con una mordaza en la calavera colgaba de unas cuerdas. Una gran mancha de color pardo aparecía a sus pies. Aquel despiadado hombre había sufrido una dolorosa y lenta muerte en retribución a los pecados que había cometido escudado en la religión. En las paredes descubrieron gran número de nichos. En cada uno de ellos, un esqueleto de mujer lloraba todavía por la maldad del sacerdote maldito. Aquel nuevo sacerdote le dió cristiana sepultura al cuerpo de la mujer encontrada y la absolvió de los pecados que pudiera haber cometido, ya que el confinamiento y el dolor sufrido era el pago suficiente para ganarse su entrada al cielo. Del esqueleto del hombre, se supo que no recibió perdón de sus pecados y fue lanzado en una fosa con los cuerpos de los herejes expatriados del Cielo y no se le concedió perdón por sus pecados y su alma quedó condenada a la tortura del infierno.
Pasiones Prohibidas ®

Waooo que tremenda historia Caballero me encanto algo fuera lo de común que escribe y es cierto muchos sacerdotes se escudan en el.catolcismo para hacer sus fechorías y saciar su lujuria y a veces no pueden ni con ellos mismo y atrapan a jóvenes inocentes y las violan malditos como siempre felicitaciones Caballero
ResponderBorrarMagnífico relato Mi Señor
ResponderBorrarCada línea con intriga y suspenso
De principio a fin.
Muy interesante y diferente
Me gustó mucho Mi Amo.
Cuidadosamente detallado👏
Excelente mi Perverso
Tienes un gran talento Mi amor 😘
Los extremos siempre son malos y aun entre aquellos que se dedican a la vida ecleciastica existe la maldad.
ResponderBorrarAfortunadamente Dios existe y le mando a su salvador.
Excelente narrativa como siempre Mr. P, gracias por compartir tu talento.
Excelente relato caballero, estoy sin palabras, es algo un poco diferente a lo que estamos acostumbrados pero sin duda nos sorprendió.
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