En
los días de mi adolescencia yo era una chica que entendía poco de la vida,
inocente, me encantaba todo lo relacionado al mundo cosplay, tenía muchos
disfraces y había participado en algunos concursos. Era consciente de mis
atributos físicos, me encantaban mis hermosos ojos claros, pero los muchachos
siempre se perdían mirando mis exuberantes tetas, preciosas, enormes y como dos
naranjas que apenas cabían en la mano. En mi desarrollo como mujer, tenía un
serio problema para relacionarme con los chicos de mi edad, en mi virginidad me
aterraba la idea de sentirme penetrada por un tonto miedo al dolor y para peor,
me imaginaba con una panza enorme producto de un embarazo no deseado, sola y
abandonada a mí suerte. Pero claro, yo tapaba todo eso con una falsa imagen de
‘mujercita superada’ y en mis contactos de redes sociales me vendía como una
chica inalcanzable, segura de sí misma, una imagen que distaba mucho de ser
real y fue así como muchos chicos se deshicieron en halagos sobre mis curvas y
día a día me solicitaban ver más de lo que mostraba en mis trajes de cosplay.
El día que abrí los ojos fue demasiado tarde, las redes estaban inundadas con mis fotos, las cuales pasaron de un lado a otro y se compartieron sin cesar, como a tantas chicas les sucede. Ya siendo un poco más grande, pasé por relaciones complicadas, es que yo trataba de ocultar esa parte de mí, pero tarde o temprano aparecía ese que dijerqa: “oye, mira lo que encontré en internet, ¿esta no es tu chica?”. Bueno, tenía que dar explicaciones y el final era siempre el mismo, «la putita» era abandonada. ¿Quién iba a tomar en serio a una chica que estaba siempre desnuda en web? Cambié de táctica, antes de empezar una relación avisaba: “Oye, mira, esta soy yo. Sí, estoy casi desnuda en esta foto y en muchas otras. Si te gusta bien, seguimos adelante, si no, no perdamos el tiempo, ya que es parte de mi pasado y siempre estará presente”. Cómo era de suponerse muchos pensaban que era el acceso a un mundo candente y lleno de lujuria, otros salían espantados por el tenor de las fotos.
Muchas
veces ese miedo de ser encasillada como una puta me llevó a tomar algunas
decisiones de las que no me arrepiento pero si me sirvieron para darme cuenta
del “personaje” que había creado en torno a mi imagen. Una de esas decisiones
fue cuando me entregué por primera vez a alguien. Los nervios estuvieron
presentes, mezclados con la nula experiencia, aunque sabían cómo disfrutar de
mi cuerpo, no sabía cómo complacer a un hombre en el ámbito sexual. Estaba por
cumplir 19 años cuando un hombre mucho mayor que yo llegó a mi perfil, resultó
ser un buen cliente, me compraba cosas y me hacía sentir halagada; era un
«Suggar Daddy» que cumplía mis caprichos. Se portaba como un caballero cuando
salíamos, incluso muchas veces le gritaban “suegro”, cosa que nos parecía
graciosa y nos reíamos casi a carcajadas.
Una tarde, caminábamos por el centro de la ciudad, nos detuvimos en el cruce de un semáforo y sin decir nada me tomó por la cintura y con fuerza me apegó a él para besarme; me sentí indefensa pero a la vez excitada, la forma en que su lengua se metía en mi boca era exquisita pero más exquisita era la sensación de sentir como su miembro crecía en la altura de mi ombligo, ya que era más alto que yo. La incontrolable humedad en mi sexo se hacía presente y solo me dejé llevar por ese mágico momento de placer. El semáforo cambió y seguimos caminando, llegamos a un parque, nos sentamos en una banca y otra vez sin previo aviso me besó con ese deseo que encendió otra vez mi entrepierna haciéndola hervir y mojarse de manera profusa. Eso me encantó y dejé que sus manos recorrieran mi cuerpo con libertad, estaba ansiosa, caliente y poco a poco separé las piernas para que su mano recorriera mi sexo por encima del jeans que tenía puesto. “¿Te gusta?” –preguntó. Entre gemidos contesté: “Me encanta como me toca” –le respondí. Entonces, tomó mi mano y la llevó a su pantalón. Pude sentir como su miembro erecto buscaba liberarse, no sabía si había gente mirando, solo sabía que estaba perdida entre sus besos y mi mano acariciando su sexo.
Quería que se diera cuenta en cómo yo estaba y con la excitación al máximo le dije: “¡Por favor, cójame! Haga lo que usted desee conmigo pero quiero que usted sea el primero en servirse de mi cuerpo”. Me miró fijamente y sonrió, tal vez era lo que estaba esperando oír desde hace tiempo; sus ojos cambiaron y por primera vez pude ver la lujuria en un hombre, sin saber yo que terreno estaba pisando me dijo: “Muy bien, vamos”. Me hizo caminar delante de él contoneando mis caderas para su deleite, me sentía como un objeto que sería usado pero me gustaba esa sensación, él en cierta forma tenía la situación controlada para su beneficio por su experiencia. Me hizo detener mi paso e hizo que me apoyara en uno de los bancos. “Sedúceme” –dijo. Por primera vez me sentí cohibida, no sabía que hacer o que decir. “Saca lo que hay en tu interior y muéstrame quien realmente eres, no quiero ver a la nenita que se desnuda en las fotos, quiero ver a la mujer que tienes dentro; esa que puede hacer enloquecer a cualquier hombre por la sensualidad que esconde” –dijo con tono firme. Entendí que no podía fingir ante él y debía mostrarme tal como soy. Respiré profundo y me dispuse a complacerlo. Sin importar que fuera un lugar público empecé a acariciarme lentamente bajo su atenta mirada, mis manos se deslizaban por mi senos y bajaban por mi abdomen hasta acariciar mi sexo. ¡Mierda, podía sentir la tibieza de mi humedad impregnada en el jeans! Solo con mirarme hacia que esa excitación fuera más poderosa, ¿cómo? ¿en qué momento aprendió a leerme así? Me preguntaba mientras sentía unas deliciosas palpitaciones en la vagina que me hacían gemir. Me indicó que era suficiente y seguimos el camino hacia su auto. Llegamos a su departamento, ya había estado antes ahí pero ests vez la situación era diferente, ahora estaba ahí para convertirme en mujer y satisfacer a ese hombre que estaba en mi mente y en mi lujuria.
“¿Quieres beber algo?” –preguntó. “Solo agua Señor” –respondí. Sirvió mi agua y él se sirvió un whisky. Lo bebió lentamente mientras miraba por el ventanal la cuidad que ya empezaba a iluminarse, ya que estaba oscureciendo. Estaba ansiosa y con ganas de sentirlo dentro de mí. “Muéstrame lo que tienes” –me dijo pero ni siquiera me miró. No entendí lo que me dijo y le pregunté: “¿A qué se refiere?”. Esta vez si se dió vuelta para mirarme y dijo: "Lo que tienes debajo de la ropa lo conozco de sobra, pero lo que tienes debajo de la piel y lo que hay en tu ser no lo conozco, y quiero que me lo muestres”. Así como en el parque me comencé a tocar para despertar esa lujuria que él quería ver. Poco a poco adquiría mas destreza en la forma de tocarme, solo con miradas y gestos intentaba incitar su perversión para que lanzara sobre mí como una fiera hambrienta de deseo. Me desvestí despacio, quería que no perdiera detalle de lo que estaba haciendo por complacerlo, me movía lentamente imaginando el compás de música suave; desabroché mi blusa botón por botón, él solo observaba y bebía un sorbo de whisky. Me quité el brasier dejando mis senos al descubierto; como una niña traviesa jugaba con mis senos, cada vez estaba más excitada al sentir su mirada llena de perversión, apretaba mis pezones y gemía pensando en que eran sus dedos los que me provocaban ese exquisito dolor, era primera vez que lo hacía y me encantó ese estimulante dolor. Mi vagina ya no daba más y necesitaba apagar ese fuego que me estaba consumiendo y que me hacia jadear al punto de casi suplicar que de una vez me metiera su verga y me hiciera mujer.
Ya no podía resistirme más, mi cuerpo ardía de deseo, estaba en sus manos y él lo sabía. “¡Desnúdate y siéntate en el sofá!” –me ordenó. Sin pensarlo obedecí, estaba desnuda ante su mirada e impaciente para saber que más requeriría de mí. “¿Quieres placer?” –peguntó. “Lo deseo” –respondí. “Muéstrame lo que eres capaz de hacer para conseguirlo” –dijo. Separé mis piernas y empecé a estimular mi clítoris. Fue casi instantáneo, mi cuerpo comenzó a temblar, sentía como estaba vulnerable al placer; gemí como nunca lo había antes y mi corazón palpitaba a más de mil por hora. Tratar de definirlo en palabras no es simple pero ustedes saben a qué me refiero con lo que digo; mis fluidos escurrían sin control. Se acercó de manera sigilosa como un lobo que acecha a la presa y sin decir nada invadió mi vagina con su lengua, di un gemido intenso y separé más las piernas para dejarle el acceso libre a mi vulva para que bebiera cada chorro de mis fluidos que se desbordaban por él. Me hacía ir al cielo y al infierno cada vez que su lengua se deslizaba por mi jugosa vagina. El orgasmo estaba a la puerta, cada vez era más inminente; entonces dejé que el placer me envolviera y cai esas sensaciones infinitas llenas de perversión. Quedé exhausta pero con ganas de más y sabía que aún quedaba camino por recorrer.
Al cabo de unos minutos me llevó a la habitación y me tendió en su cama. Se desnudó y pude ver su miembro erecto; ansiaba tenerlo en mi boca y devorarlo, pero él tenía un mejor plan. Fue hasta un cajón en su closet y sacó dos corbatas, con una vendó mis ojos y con la otra ató mis manos al respaldo de la cama. ¡Exquisita sensación! Me sentía su prisionera y que me tomaría de todas las formas perversas que se le pudieran ocurrir, no pondría resistencia, solo me dejaría llevar por el camino que quisiera conducirme. En estaba cautiva de mis pensamientos cuando sentí que su verga se metió en mi boca, con mi casi nula experiencia hice lo mejor que pude para satisfacerlo, para mí era algo nuevo y me encantaba, ya que él me marcaba el ritmo y me decía que hacer. Se la chupaba como si mi vida dependiera de ello, ese placer que me daba al follar mi garganta, humedecía mas mi entrepierna. La sentía gruesa y palpitante en mi boca; mis labios tenían aprisionado su verga firmemente mientras el marcaba ese ritmo perverso, no quería que se saliera, solo queria sentir como cada vez palpitaba con más fuerza. Ya sabía cómo hacerlo, él solo se dedicó a jugar en mis tetas y apretarlas con fuerza, dejando un delicioso dolor a su paso.
En su perversa mente estaba jugar con mis emociones y hacer que lo desee al punto de suplicar que me cogiera. “¡Por favor, Señor, ya no resisto!” –le decía. Él solo parecía entretenerse con mi desesperación. Volvió a follarme la boca pero esta vez de forma más violenta haciendo que casi me ahogara al sentir como su miembro se adentraba en mi garganta. Separó mis piernas y se acomodó de tal forma que podía sentir el roce de su verga en la entrada de mi hambrienta conchita. Su glande se deslizaba y rozaba mi clítoris, estaba a su merced, pero se tomaba su tiempo; yo estaba jadeante y expectante, incluso seguía sus movimientos para que su miembro se encajara de una vez y me tomara con lujuria. En esa lucha llena e frenesí y deseo, al fin sentí como mis labios abrieron paso a su deliciosa verga, faltaba que me penetrara y mi himen se rompiera; una suave embestida detuvo su avance pero ante su sapiencia él sabía qué hacer. Empujaba no con mucha fuera pero de manera firme, lo hizo como tres veces hasta que sentí como mi himen se rompió y le permitió el acceso sin límites. No miento al decir que dolió pero la experiencia era única, por primera vez estaba haciendo algo no para darle en el gusto a alguien sino porque yo lo quería y lo empezaría a disfrutar. Ya ese dolor inicial disminuía y me comenzó a invadir el placer. Tomo mis piernas y las puso en sus hombros, sentía que entraba completo, me penetraba lento para luego ir aumentando el ritmo. Esa manera violenta de hacerme sentir placer era exquisita, me gustaba sentir como mis tetas revotaban y su miembro parecía chapotear en la humedad de mi vagina.
Les puedo asegurar que la mañana nos sorprendió cogiendo, mi vagina no daba más de tanto placer, estaba roja, hinchaba y goteando sus fluidos y los míos. Después de esa noche no tuvimos más contacto, no sé si fui una medalla en su pecho por quitarme la virginidad, pero si sé que fue un hombre que me enseñó a entender el sexo, disfrutarlo y hacer lo que me viniera en gana al estar en la cama. De mis otras experiencias prefiero no hablar porque ninguna está a la altura si quiera de ser mencionadas.
Pasaron los años y me casé por el civil cuando tenía veintiséis años recién cumplidos, Mateo era un chico con el cual compartíamos nuestros gustos por el cosplay y nos habíamos cruzado por azar en más de un encuentro, recuerdo que cuando le mostré “las otras fotos de mi pasado” el solo dijo: “¡Creo que ahora el cosplay me gusta más que antes! El hecho que no le molestara, sino que, por el contrario, me animara a seguir adelante, fue como quitarme un peso de mis hombros, aunque sea porno o erótico, Mateo veía mi desnudez como parte de un todo y fuimos felices en esos días.
Fuera de toda esa historia, en esos tiempos ambos trabajábamos por nuestra cuenta, teníamos un modesto local de alimentos balanceado para mascotas, situación con la que no nos haríamos millonarios, pero nos permitía vivir dignamente. Fue cuando conocí a Gustavo, no era solo otro cliente del montón, él además era muy amigo de mi marido, se conocian de la infancia, por lo que muchas veces se quedaban al otro extremo solo hablando sus cosas de hombres. Todo iba muy normal en mi vida, hasta que una noche, en la cama, en esos momentos que se apaga la luz, justo antes de conciliar el sueño, mi marido aprovechó la clandestinidad de la oscuridad para ponerse perverso; eso me prendió demasiado y dejé que me recorriera con sus manos y usara mi cuerpo para satisfacerse. Sus manos se perdían debajo de mi camisón, acariciaba mis tetas y mi culo, por instinto abrí mis piernas y dejé que sus manos hurgaran mi vagina que se empezaba a mojar, él metía sus dedos y me follaba con ellos. Me di vuelta y bajé su bóxer en la oscuridad, mi boca sabía perfectamente donde buscar; encontré su miembro y comencé a chuparlo. Se sentía tibio y palpitante; por alguna razón me puse a pensar en el amigo de mi esposo y en lo deliciosa que tendría su verga, la chupaba con más ganas al imaginar la escena de tenerlo en mi cama y darle esa mamada que disfrutaba Mateo. No sabía por qué pero el solo pensarlo me ponía más caliente y deseosa; mientras degustaba la verga de mi esposo él disfrutaba y gemía. Tomaba mi pelo y me marcaba el ritmo.
Estaba húmeda jugando con mi perversa imaginación, me tomó con fuerza y me puso en cuatro, sentir su verga acomodándose en la entrada de mi vagina me tenía como loca, la oscuridad era la cómplice de mi “jueguito”, sentir sus manos agarrando firme mis caderas me hacia alucinar de manera más indecente y quería ser cogida por el puto amigo de mi esposo. Hizo entrar su miembro de una certera estocada que me arrancó un gemido de placer desde lo más profundo de mi ser, sus movimientos eran tan violentos que me hacían casi perder la razón, me la metía con tanta fuerza, así como de fuerte eran mis gemidos; el solo hecho de pensar que estaba siendo cogida por otro hombre aceleró el deseado orgasmo y comencé a seguir esas violentas embestidas, ya no resistía más y me dejé vencer por la lujuria, en cosa de minutos estaba tendida en la cama con la vagina palpitante, llena del semen de Mateo pero mi orgasmo había sido para el amigo de mi esposo.
Envuelta en sudor me abracé a mi hombre, quien con sutileza acariciaba mi rostro y me dice: “Hoy tuve una charla con Gustavo, mi amigo”. Yo no respondí, no había entendido, es que siempre tenían charlas o tal vez sin querer en medio de la calentura lo haya nombrado. “¿De qué hablaron? –pregunté. “Hablamos de ti” –dijo. “¿De mí? ¿Y qué hablaron de mí?” –pregunté con curiosidad. “Sí, fue una charla interesante. Encontró en la red una de tus fotos. Bueno, varias de tus fotos” –dijo con una pequeña risa. Tragué saliva por el nerviosismo de lo que acababa de escuchar, se suponía que yo ya debía estar acostumbrada a estos temas, pero en verdad toda la situación de tener que hablarlo me dejaba un resto de vergüenza, aunque Mateo fuera mi esposo. A él parecía no incomodarlo todo lo charlado con su amigo, por el contrario, su verga se puso tiesa otra vez, me hizo tocarla para saber cuánta excitación sentía con eso. Me agarró de las caderas y me montó sobre él. Me empecé a mover como posesa, Mateo solo gemía de placer y me hablaba sucio, esas palabras me calentaban, me calentó tanto cuando rompió mi camisón y me dejó con las tetas al aire, pero más lo hizo cuando sus dedos aprisionaron mis pezones y los apretaba fuerza. “¿Imaginas a Gustavo cogiéndote?” –me preguntó mientras me balanceaba en su verga. La calentura me llevó a responder: “¡Sí, mi amor! Quiero que me la meta tan rico como lo haces tú”. “Sabía que siempre fuiste una putita y me encanta saberlo” –me dijo. ¡Mierda! Bueno, por algo decidió quedarse conmigo, porque santa no voy, al contrario soy una demonio a la hora de coger y eso a él le consta. Entre mis gemidos y la voz de mi esposo haciéndome sentir puta estaba a punto de acabar pero él quería que le demostrara lo putita que podía ser. Encendió la luz e hizo que me pusiera en cuatro, sentí sus dedos deslizarse por mis nalgas y buscó mi agujero, el cual fue invadido sin contemplación por dos de sus dedos. ¡Oh que exquisita sensación! Me calienta demasiado cuando hace eso, él notó que lo estaba disfrutando y me dio una nalgada que me estremeció por completo, casi me hace acabar de solo sentir el ardor en mi nalga. “¿Te gustaría que lo hiciera mi amigo putita?” –preguntó. Mi respuesta fue un sí rotundo. Dicho eso me metió la verga en el culo, me hizo gritar pero de placer. “¡Oh, sí! Gustavo cógeme el culo” –decía. Mateo sonreía y me la clavaba con más fuerza. “Eso, zorrita, háblale” –me decía. “¡Fóllate a esta puta! ¡Déjame el culo abierto!” –gritaba. Mateo estaba enloquecido por haber sacado mi lado puta a relucir. Me seguía dando con fuerza y nalgueando, me tenía en éxtasis, yo gritaba el nombre de su amigo. Después de jugar con nuestra perversión y sacar a luz nuestros demonios, a la vez nos entregamos al orgasmo, fue una forma lujuriosa y llena de morbo para terminar la noche.
En adelante, todo iría cambiando poco a poco en juegos perversos de palabras y seducción. Cada día era algo nuevo por hacer y disfrutar. En uno de esos juegos Mateo me dijo que le había dicho a Gustavo si quería cogerme, la respuesta de su amigo fue que sí. Me sorprendí pero me calentó demasiado esa idea. Por alguna razón Gustavo sabía que yo sabía, y yo sabía que él sabía, y, por si fuera poco, mi marido no hacía más que jugar tanto con la perversión de su amigo, como con la mía. Es loco, pero yo le pasaba fotos a él y él a Gustavo. Todo se me hacía peligrosamente adictivo, los juegos de palabras, las miradas indiscretas de Gustavo, la idea de mi marido haciéndome usar escotes cada vez más provocativos y osados y ciertamente yo no era de madera, mi sexualidad con Mateo estaba bien pero esos juegos fueron un detonante para no dejarnos envolver por la rutina de la monótona convivencia, y este juego, solo me parecía tentador y peligrosamente adictivo. Ciertamente Gustavo era un cliente que a cualquier chica le hubiera gustado dejarse seducir. Para estar cercano en esos tiempos a los treinta, era alguien que se preocupaba de su estado físico y apariencia. Siempre estaba bien vestido y el olor de su perfume era atrapante.
Era miércoles, esa tarde hacía más calor que el de costumbre, más para ser un día de fines de otoño, tenía un sostén de esos armados los cuales suelen levantar los pechos en una forma muy sugerente, me había puesto una polera negra muy ajustada, con mangas cortas y un escote redondo bastante profundo, cortita, pasando justo por la línea de mi ombligo, por debajo en pantalón de jean ajustado en color azul oscuro y unas zapatillas de lona rojas, esas típicas Converse, nada especial, como cada día.
Gustavo llegó tarde, por casualidad, o tal vez, no, ya estaba por cerrar el negocio y había quedado con Mateo encontrarnos en casa, ya que él solía cada tanto hacer algún recorrido por la ciudad visitando clientes y entregando pedidos telefónicos. “¿Qué haces tan tarde por aquí? Ya estoy a punto de cerrar” –le dije con una sonrisa un tanto nerviosa. “No te preocupes, haz lo que tengas que hacer y me atiendes, claro si no tienes inconveniente” –me respondió. No dije nada, pero mientras bajaba las persianas que daban a la calle, era consciente de lo que estaba haciendo en ese momento, me metía en la boca del lobo y lo estaba disfrutando. Cuando terminé, quedamos a solas, Gustavo estaba muy concentrado con su móvil, entonces me miró y fue directo al grano, enseñándome lo que estaba mirando me dijo: “Francisca, ¡estoy loco por tus tetas!”. Me vi a mí misma en una de las tantas fotos con mis pechos desnudos, me causó una disimulada excitación y respondí tratando de sonar casual: “¡Guarda eso Gustavo! Mira si justo ahora llaga mi marido ¿qué le diríamos?”. “Mateo no diría nada, ya que él mismo te ofreció para que te cogiera” –me respondió. “¡Estás loco!” –Exclamé tratando de esconder mi calentura. “¡No juegues conmigo! Él me dijo que tú sabias y que incluso te había calentado la idea. Tambien me contó de los jueguitos que tienen por las noches en mi nombre” –dijo sin reparo. En todo el intercambio de palabras calientes la mirada de Gustavo estaba clavada en mis tetas y fue imposible que no se marcaran mis pezones en forma más que sugerentes, al mismo tiempo puede ver como en su pantalón se había marcado hacia un lado su verga; él notó que yo miraba entre sus piernas y dijo mientras empezaba a tocarse por sobre la ropa: “¿Te gusta? Dale, muéstrame esas tetas por favor.
Me hizo sentar en una silla, noté que ya no tenía voluntad para resistirme y tampoco tenía deseos de hacerlo. Acaricié entonces mis pezones por sobre la ropa, como me tocaba al masturbarme y el sacó su verga entre el cierre, estaba dura y sentí mojarme con todo esto, porque yo era la culpable y eso me encantaba. Me quité la polera y el sostén, dejando mis tetas desnudas ante sus ojos y pregunté: “¿Satisfecho? ¿Te gustan? Gustavo se masturbaba con fuerzas, su sexo estaba a centímetros de mis ojos, me mordí los labios por contener mis deseos de chupárselo porque me encantaba que se estuviera tocando por mi culpa, pasé saliva por mis dedos y acaricié sutilmente mis pezones en pequeños círculos, me sentí agitada y disfruté la forma en que mi conchita se inundaba poco a poco, me sentía sucia, caliente, el glande de mi casual amante lucía brilloso y mi mirada se concentraba más y más en ese agujerito de la punta, esperando que explotara, mi entrepierna se contraía una y otra vez por causa de la excitación. Sin que Gustavo lo notara llegaban pequeños orgasmos que me arrancaban contenidos gemidos difíciles de disimular.
Fue cuando me advirtió que estaba por acabar, acomodé mis tetas y de pronto recibieron la explosión de su hombría, él eyaculó sobre ellas, sentí su viscosidad impregnando todo y fue tan rico. Mis dedos embardunados se quedaron jugando en mis pezones, en algo que se me hizo muy erótico. Gustavo tomó su celular y me hizo posar así como estaba para tomarme un par de fotos, y me dijo: “¡Listo! Ya se las envío a tu esposo”. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios. “¡Estás loco Gustavo! – le dije en tono de reproche, aunque no me molestó que lo hiciera. Él parecía muy contento con lo realizado y me sorprendió que no fuera por más, seguía chateando, asumo que con Mateo y pareció desentenderse de mí; me quedé con cara de ¿qué onda? mientras sentía el semen que dejaba de escurrir y empezaba a pagarse en mis pechos. “¿Eso es todo? ¿Solo una paja para acabar en mis tetas. Pensé que querías cogerme” –murmuré con cara de desprecio. Él me miró con fiereza entonces, supe que había golpeado fuerte en su orgullo masculino, dejó el móvil a un lado y vino por mí, me hizo parar casi a la fuerza; supe en ese instante que mis palabras habían tenido el efecto deseado, pero igual traté de zafarme de sus manos como intentando negarme a algo que deseaba y yo misma había provocado.
Luché, me resistí pero era parte del juego que quería tener; obviamente él con su ego herido ejercia más fuerza tomándome de las muñecas e intentando doblegar mi voluntad, dejé que tuviera una pequeña victoria dejando que desabotone mi pantalón, fue muy erótico. Le decía que no, que me soltara, que no quería, pero mis palabras tenían el sabor de la mentira, lo único que deseaba era que me la metiera y me hiciera gritar. Al fin mis pantalones habían caído hasta mis rodillas, junto con mi tanga, me dio una rica nalgada y me empujó delicadamente contra el mostrador de atención al público. Comenzó acariciando mi culo con suavidad, hasta que sentí como su palma se posaba con fuerza, el cabrón me nalgueaba y me decía que era una sucia perra por haberle hablado así; me calentaba tanto la forma en que me nalgueaba y me hablaba que no podía parar de gemir de solo sentir como su mano marcaba mis nalgas. Me humedecía y disfrutaba de ese castigo que me aplicaba como aquellos verdugos de la inquisición.
Cuando sintió que la justicia fue satisfecha, empujó mi espalda hacia adelante y mi culo quedó expuesto e indefenso, solo lo dejé hacer. En segundos empezaba a penetrarme con fuerza, hasta hacer tope su vientre contra mis nalgas, gemí de placer aferrándome a ese mostrador como un náufrago se aferra a una balsa, es que me daba muy rico y sentía mis propios jugos chorreando por mis piernas. Las pobres patas del mueble chirreaban en cada embestida, él pasó las manos hacia adelante aferrándome con fuerza por las tetas y solo empezó a jugar con sus dedos en mis pezones. ¡Mierda! ¡Él si sabía jugar el juego! “¡Basta Gustavo! no tenemos protección” –le dije como implorando. Es que era cierto, no estábamos usando preservativo, pero íntimamente no me importaba, es más, deseaba sentir su semen en mi interior y cuando el apretó mis tetas con fuerzas supe que no había retorno. Acabé dando un concierto de gemidos y espasmos incontrolables en mi vagina. Estaba envuelta en sudor y con mi vagina rebosando con mis fluidos, hasta que sentí su glande explotar en esos segundos de placer perfecto, la tibieza y viscosidad de su esperma me invadían y mi sexo hambriento le daba la bienvenida muy adentro. En verdad fue muy rico.
“¿Satisfecha?” – preguntó mientras sacaba su verga extenuado. Nos miramos cómplices, dueños de nuestros pecados, él acomodó su verga entre la ropa y yo me subí la tanga y el pantalón antes que naturalmente el semen escurriera desde lo profundo de mi conchita. Con un trapo húmedo limpié lo que había quedado impregnado en mis tetas y solo nos despedimos como buenos amigos, segura de que le había encantado mis tetas.
Una hora
después estaba sentada frente a frente con mi amado Mateo, narrando con lujos
de detalles lo que terminaba de pasar con Gustavo, incluso mirando varias fotos
más que él le había mandado. Era todo muy loco porque mientras hablaba
plácidamente con el hombre que amaba, sentía al mismo tiempo mi concha inundada
por los jugos de mi ocasional amante. Todo se potenció para una renacer de la
relación explosiva, entre nosotros, esposa y marido, para terminar,
reventándonos en la cama como hacía rato que no lo hacíamos. Cuando terminamos,
eran más de las dos de la mañana, nos quedamos en silencio, abrazados,
reflexivos, con los ojos bien abiertos mirando la oscuridad absoluta del cuarto,
Gustavo había sido un granito de arena demasiado explosivo y había valido la
pena jugar el juego. Sabíamos muy bien que nos habíamos sacado las ganas de
tantos pensamientos inconclusos, pero también sabíamos que había un punto final
y que ya no habría otra oportunidad. Ahora se preguntarán ¿Valió la pena? Pues,
Sí, cada puto segundo tuvo ese plus. Solo les dejaré la incognita de que si
hubieron más encuentros con Gustavo de los que mi marido no se enteró. Bueno,
eso queda sujeto a lo que ustedes puedan imaginar.
Pasiones
Prohibidas ®

Ufff🔥🔥🔥🔥
ResponderBorrarQue relato tan rico, me encantó
Esos detalles tan Excitantes que permiten meterse en el personaje identificarse ciertamente y vivir cada momento de principio a fin
Deliciosamente excitante...😈
Maravilloso relato Mi adorado Perverso 💋🔥😘
Una excelente historia caballero, llena de lujuria y perversión. 👏 Siga así, felicitaciones.
ResponderBorrarIncreíble relato lleno de lujuria y pasión y pues es cierto lo q dicen siempre llega a nuestra vida alguien q no acepta como es gracias Caballero x este exquisito relato
ResponderBorrarExquisitas descripciones como siempre, vaya que siempre hay un rato para un descosido, cuando hay ese entendimiento y compenetración es una buena relación, gracias por comparti tu talento Mr.P
ResponderBorrarUuuuy
ResponderBorrarSin palabras pero con grandes sensaciones, cómo siempre un deleite leer sus relatos, esa habilidad suya que invita a la mente a volar a sitios perversos no tienen comparación.
Gracias por deleitarnos con estos candentes relatos caballero
Me ha encantado su relato Señor, siempre logra hacer maravillas con sus palabras, estoy casi segura de que esté es mi nuevo favorito
ResponderBorrarP.D. un gran relato siempre acompañado de una maravillosa foto, gran elección una sexy Kitten😍
ResponderBorrarFelicidades de nuevo