90. Conociendo a mi compañera de cuarto en el nuevo internado 3

 

No importaba quien fueras dentro del internado, para las monjas que dirigen esa Casa de Estudios no importaba el apellido o cuántos ceros a la derecha tuviera la cuenta bancaria de tus padres; si cometías un error se te debía castigar de la misma forma que a las otras, sin importar incluso si eras de la sociedad de élite que conformaban algunas profesoras y alumnas. Las monjas aplicaban esa rigurosa disciplina con las que ellas eran educadas en su convento y lo hacían de tal forma que pasaban días para recién recuperar las ganas de sentarte, ya que los azotes que te daban resonaban por el viejo pasillo en dónde estaba la "sala de castigo". Afortunadamente no había entrado a esa sala aún pero entendía que llegar ahí era la recompensa de las malas acciones realizadas en el día o en una clase. Se rumoreaba que no solo habían azotes en ese cuarto sino también lo que se podría describir como tortura medieval y habían hermanas encargadas de llevar a cabo esos rituales heredados de la inquisición. Tal vez si éramos un tanto herejes o simplemente nos gustaba fantasear con nuestros demonios.

Recuerdo cómo si fuera ayer el momento en que tuve que "visitar" el cuarto de castigo por responder mal a una de las profesoras. Caminé por el viejo pasillo, cada paso que daba era eterno; entendía que debía pagar por mis acciones pero no quería que me azotaran por culpa de una incompetente que no sabe explicar la materia que imparte. Mis pensamientos no eran buenos aliados en ese momento, tampoco lo era mi respiración ya que iba un tanto agitada. Al llegar a la puerta supliqué a Dios que no fuera tan terrible el castigo que me esperaba.

Ahí estaba la Hermana Edith, quien era la encargada de imponer la justicia por parte de la dirección del internado. Era una mujer alta, esbelta; de unos cuarenta y tantos, a pesar del ancho del hábito negro y toca blanca lucía bastante bien. Entré a la oficina, al verla un escalofrío me recorrió por completo; su fría mirada me paralizó y su voz rompió el silencio: "¿Me dijeron que ha tenido actitudes que no son tolerables en esta institución?". Ahora, ya no era un escalofrío sino que verdadero miedo se instaló en mi cuerpo. "Hermana Edith, yo..." –dije, pero no se me permitió hablar. "Nos caracterizamos por ser una institución seria que inculca el respeto a las alumnas hacia Dios en primer lugar. En segundo lugar a quienes hemos dedicado nuestra vida a Su servicio y por último al cuerpo docente del internado, cómo a sí también a sus compañeras de clases. Usted srta. Undurraga incumplió una de estas partes y merece ser castigada por tal acción" –dijo lentamente. "¿Puedo decir algo?" –pregunté. La Hermana Edith me miró unos segundos en silencio y dijo: "Muy bien, pero piense bien sus argumentos". Tragué saliva y suspiré profundo, no podía hilar palabras por causa del miedo, pero estaba ahí parada y si algo aprendí fue tener en cuenta mis errores e intentar enmendarlos. "Hermana Edith, estoy consiente de mi falta, sé que fue un error responder mal a la maestra pero me siento un tanto frustrada. Hace tiempo que no recibo visitas de mis padres y eso me pone mal. Por eso, con Dios como testigo quiero pedir perdón por lo que he hecho" –le dije. Ella esbozó una sonrisa burlona y dijo: "¿Usted cree srta. Undurraga qué son suficientes las palabras? Usted está aquí para ser castigada y no para recibir absolución".

En mis adentros pensaba: "¿Cómo puede existir tanta maldad en una persona que dice ser sierva de Dios? ¿Acaso la misericordia y el perdón no son el eje de su religión?". Estaba resignada a lo que vendría y afrontaría mi suerte de la mejor manera posible. La Hermana Edith se levantó de su escritorio y se paseó alrededor de mí, yo estaba temblando pero no quería mostrar miedo, me era imposible por las señales que mi cuerpo mostraba. "Srta. Undurraga, apoye sus manos en el escritorio" –dijo en tono de orden. Obedecí sin reparos intentando asimilar el castigo que se vendría por mi imprudencia. Abrió un cajón del viejo escritorio de dónde sacó una desgastada regla de madera, se paseaba a mi alrededor como una fiera que asecha a su presa; mi corazón latía con fuerza y mi respiración estaba agitada, sabía que en cualquier momento recibiría un primer azote que me haría estremecer. "¿Tiene miedo srta. Undurraga?" –me preguntó. "Un poco Hermana" –le respondí. "Hace muy bien, el miedo puede ser causante de sensaciones un tanto incomprensibles" –dijo. Sentí como levantó mi falda y marcó con la regla el lugar donde daría el primer azote. Al fin la espera terminó y me dió un azote con la regla con tanta fuerza que me hizo gritar de dolor, automáticamente mis ojos se llenaron de lágrimas. "¿Sucede algo srta. Undurraga?" –preguntó con tono burlesco. "Nada Hermana Edith. Usted siga aplicando la justicia que merezco por mis acciones" –le dije. No me iba a quebrar delante de ella, tampoco le daría la satisfacción de sentirse ganadora por quebrar mi espíritu.

Ella siguió azotándome, mis piernas temblaban; ya no estaban mis manos apoyadas en el escritorio, mi torso completo yacía sobre él, mientras la Hermana Edith seguía en su cometido en expiar mis culpas a base de reglazos en mis nalgas. Las sentía hirviendo, incluso había perdido la cuenta de cuántas veces me había golpeado, fue tanto que perdí el control de mi cuerpo y me oriné. Ella miro el charco que se había formado a mis pies y preguntó: "¿Cree que está bien lo que acaba de hacer?". Ni sabía que responder, solo quería que parara y me dejara salir del cuarto de castigos. "¿No dirá nada? Déjeme decirle que es una sucia" –me dijo ella con tono de asco. Se acercó al otro lado del escritorio y me ordenó levantar la cabeza, me miró a los ojos y dijo: "a mí me gusta castigar a las sucias como usted srta. Undurraga". No sabía lo que iba a suceder, solo sabía que no saldría tan pronto de ahí. Se colocó detrás mío y esta vez bajó mis bragas, no entendía lo que estaba pasando pero mi sexo estaba expuesto ante la Hermana Edith. Ahora con la regla golpeó con fuerza mi vagina; me hizo temblar de dolor pero me encantó. ¡Diablos esa bendita sensación de dolor! Sin poder contenerme un gemido placentero de mis labios se escapó, la Hermana Edith lo notó. "¿Algo que decir srta. Undurraga?" –preguntó. "No Hermana Edith, solo fue algo involuntario" –le respondí. Siguió golpeando mi vagina, está vez lo hacía rápido pero con fuerza, la maldita monja se había dado cuenta que me encantaba lo que hacía.

Estaba tan entregada que no puse resistencia cuando sus dedos rozaron mi clítoris, no sabía si era un Incubo pero sabía cómo despertar mis deseos. Con vehemencia acariciaba mi clítoris haciendo gemir de forma delirante, con su otra mano me cogía con sus dedos. "¡Oh, demonios! Hermana Edith me hace temblar" –le decía entre gemidos. Ella reía de manera un tanto enfermiza y me decía: "Sabía que eras una sucia, por eso estás aquí, para que tú alma encuentre redención". En mis adentros pensaba que forma más exquisita de ser castigada. "Quiero que expie todo el mal que hay dentro de mí, haga conmigo cuánto guste para conseguirlo" –le dije. Me jaló del cabello, mi cabeza se fue para atrás y la Hermana pasó su lengua por mis mejillas. "¡Oh, que rico!" –exclamé. Me dijo: "Veo que lo disfruta señorita". "No sé si será pecado pero sí, lo disfruto Hermana Edith" –le respondí. "La lujuria es un pecado capital srta. Undurraga, pero es difícil no disfrutarlo" –me dijo. Siguió masajendo mi clítoris mientras me desvanecía en el placer, sentir como sus dedos marcaban un ritmo delirante en mi sexo me hacía gemir sin pudor delante de ella. Se detuvo y me quitó la falda, me volteó y desabotonó mi blusa, la quitó sin problemas así como lo hizo con mi brasier, estaba desnuda ante ella; me senté en el escritorio y ella entendió la señal, se acomodó para dejar su boca en contacto con mi vagina. Su lengua se deslizaba con tal expertiz que no tardó mucho en hacer que acabara y me estremeciera en un delirante orgasmo.

Me quedé tumbada sobre el escritorio intentando recuperar el aire pero no lo conseguí ya que los labios de la Hermana Edith se juntaron con los míos; ella metió su lengua con lujuria en mi boca. Nos fundimos en un beso apasionado que despertó más el deseo en mi interior. Me susurró al oído: "Esto no termina aún srta. Undurraga". En mis adentros pensaba que más podría ocurrirsele en su perversa mente. ¿Sería otro castigo? ¿Me torturaría con más placer? ¡Mierda! Eso me calentó más. Caminó alrededor del escritorio y abrió un cajón. En sus manos tenía un dildo gigante y grueso, mi corazón se aceleró al máximo al verlo y ver la perversa sonrisa que se dibujó en sus labios. "Usted fue testigo de algo que sucede aquí y cómo entenderá estoy al tanto de todo lo que sucede. ¿Quién cree que dirige este internado?" –me preguntó. Me quedé pasmada con la pregunta, no sabía que responder. Sin ser parte de "hermandad" no podía develar la existencia de ésta porque había hecho el juramento de no hacerlo. "Ustedes" –respondí titubeante. "Esa no es la respuesta que quiero" –arremetió. Me dió una bofetada que dejó mi mejilla ardiendo. "No sé a qué se refiere Hermana Edith" –le dije. Entonces me tomó fuertemente del cabello y me dijo: "Sabe perfectamente a qué me refiero" –me dijo frunciendo el ceño. "En verdad Hermana Edith, no sé de qué me habla" –le dije con temor. "Puedo ver el miedo en sus ojos. Sé que esconde algo" –me dijo. Me bajé del escritorio y me tiré de rodillas ante ella, le dije que no sabía y que se apiadara de mí. No se conmovió en lo absoluto. "Súplica por tu alma perra sucia" –me dijo. Se quitó el hábito y me dijo mírame. Recorrí su cuerpo con mis ojos, se veía exquisita, sentí como mi vagina se empapó. "No solo estás aquí por el castigo, también estás aquí para mí aprobación y no te quebraste" –me dijo. ¿Qué mierda? ¿La Hermana Edith es parte de la "hermandad"? Miré está vez con detenimiento y pude ver qué en uno de sus muslos llevaba la marca, la misma que ví cuando en estábamos en la cueva en la noche en que marcaron a la Maestra como parte de su aceptación. "¿Te sorprende zorra?" –me dijo. La verdad, no tenía palabras, intentaba articular una frase completa pero balbuceaba. "Hace más de veinte años formamos esta hermandad, primero con las monjas que vivíamos en el monasterio. Después que la Diosesis nos encargó hacernos cargo del internado fuimos agregando más miembros, con el cuerpo docente y posteriormente las alumnas" –me dijo. Recién cuando pude recuperar un poco de cordura, entendí que estaba ahí por la aprobación, pero ¿Por qué de la Hermana Edith?

Colocó el trasero en la puerta y mirándome de frente me dijo: "Acércate sucia perra y muéstrame como le lames la vagina a Juliet". Cómo una perra me dirigí a ella, gateando por el piso hasta llegar a esa húmeda vagina. Al sentir mis labios la Hermana Edith se retorció y comenzó a gemir, lo hacía de manera tan sensual que me provocaba mucho más. Oírla detonaba en mi una exquisita sensación en mi vagina y también el hecho que supiera de Juliet, eso me calentaba mucho más. La monja separaba sus labios para darme más acceso a su vagina. "Vamos sucia perra, mete tu lengua" –me decía. Obediente comencé a penetrarla con mi lengua, sus gemidos cada vez eran más fuertes y la muy caliente hundía mi cabeza para ahogarme con sus fluidos que salían a raudales. Mi lujuria era tal que ya de manera automática dejaba mi boca pegada a su sexo para embriagarme por completo con sus fluidos. Sentí la necesidad imperiosa de tocarme, al soltar sus caderas recibí otra bofetada y me dijo: "¡No lo tienes permitido! ¡Ni siquiera lo intentes!". Entendí que no tenía control en nada y que solo debía ser obediente; rápidamente volví a tomarla con mis dos manos de las caderas y dejar que mi clítoris siguiera palpitando reclamando atención. Estaba presa de la excitación, no sabía cuánto tiempo podría resistir las ganas de tocarme, pero obedecía a sus órdenes no por el temor a ser rechazada en la "Hermandad" sino porque quería que viera lo buena perra que soy para complacer sus deseos.

Estaba casi al borde del orgasmo, mientras sus gemidos se hacían ensordecedores, su cuerpo temblaba, tenía los muslos húmedos por sus fluidos, mi saliva y la delgada capa de sudor que le daba el toque más erótico; para mí era una Diosa que merecía mi devoción y mi completa obediencia. No entendía como había podido dominar mis deseos de esa forma pero lo estaba disfrutando. Al fin me regaló ese exquisito orgasmo y decía: "¡Oh, Dios si qué eres una buena perra! Se nota que Juliet te ha enseñado bien". Una sensación de orgullo se apoderó de mí al saber que la Hermana Edith estaba complacida. "Ahora vamos a ver de qué estás hecha" –me dijo. "Haré lo que usted desee Hermana" –le dije. Me miró con lujuria y esa perversa sonrisa otra vez se dibujó en sus labios. Colocó el dildo en piso y me ordenó: "¡Montalo!". Era demasiado grande y grueso, no creía ser capaz de aguantar semejante dildo pero la necesidad de obedecer su orden me llevó a acomodar mi vagina sobre esa moustrocidad e intentar deslizarme. "¡Me duele!" –le decía. Ella solo guardó silencio y observaba. Me deslizaba lento intentando contener el dolor y no derramar lágrimas. "Juliet no tuvo problemas para montarse en él. Tú solo eres una putita debilucha que hace perder mi tiempo" –dijo. Respiré profundo y le dije: "No soy una puta debilucha". "Demuéstralo entonces" –dijo con autoridad. Solo me dejé caer sobre él, sentí que me iba a salir por la garganta, también sentí como si vagina se fuera a romper porque entro completo. "Ahora muévete" –ordenó. Comencé a hacerlo lento, el dolor era insoportable hasta que poco a poco se fue transformando en placer, mi vagina se estaba amoldando con facilidad a ese pedazo de plástico que la había invadido. La Hermana Edith se paró frente a mí y pudo contenerse de verme moviéndome con más facilidad que comenzó a masturbarse. Ambas gemiamos de placer y el vernos era solo un aderezo más a la lujuriosa escena. Nuestros gemidos eran casi al unisono. Hubo un momento que mis piernas temblaban por la posición en la que estaba pero ¡Dios qué placer! No pasó mucho tiempo cuando ya estaba siendo invadida por otro orgasmo que me hizo caer al piso entre temblores y gemidos. "Veo que lo disfruta srta. Undurraga" –dijo hasta que se estremeció y cayó presa de un intenso orgasmo.

La Hermana Edith me miró tendida en el piso, se acercó pero no con la intención de ayudarme a ponerme de pie, sino para poner su vagina en la boca y hacer que la lamiera, ella se tendió sobre mí para hacer lo mismo. Estábamos en el piso tiradas dándonos placer, disfrutando de esos tibios fluidos que nuestros sexos emanaban, hasta que quedamos embriagadas de placer. Ya no podíamos resistir más la lujuria y nos fundimos en otro orgasmo que nos dejó agotadas. Cuando ya nos pudimos incorporar, nos vestimos para seguir con nuestras obligaciones. Antes de salir la Hermana Edith me dijo: "Tienes mi aprobación para ser parte de la 'Hermandad'. Recuerda que nadie debe saber de nuestra existencia porqué tu vida se arruinaría por completo, ya que no estamos solo aquí, sino en muchos lugares más. En una semana más será tu ceremonia de iniciación". "Gracias Hermana Edith" –le respondí. "Una cosa más. Al ser parte de nosotras, lo serás para siempre. Cuando se te requiera venir o ir a otro lugar tendrás que acudir al llamado, sobretodo si deseo que vengas a este cuarto" –me dijo. "Entiendo Hermana, será como usted dice" –respondí. "Bien, puede retirarse srta. Undurraga" –me ordenó. Casi no podía caminar, me afirmaba de los muros, ahora entendía porque decían que no podrías sentarte en varios días después de salir de ahí. Lo único que quería era tumbarme en la cama y dormir. Cuando entré, Juliet estaba sentada haciendo una tarea que debía entregar, me tiré en la cama y ella me pregunta: "¿Cómo te fue con la Hermana Edith mi amor?". "Muy bien y me castigó de forma muy severa" –le respondí. "Ella tiene una forma un tanto exótica de castigar" –me dijo. "Sí, pero valió la pena" –le dije. "Ya veo. ¿Te aceptó entonces en la Hermandad?" –preguntó. "Sí, por eso valió la pena. Me interrogó a punta de bofetadas si yo sabía algo pero nunca le dije nada. Hasta que me di cuenta que ella tiene la misma marca que muchas acá. Supe que habían formado la Hermandad hace ya un tiempo. Bueno, el resto ya tú lo sabes. Lo que no entiendo es porqué ella es quien autoriza la entrada". "Simple, ella es la única que queda de las fundadoras" –me dijo. No sé en qué momento de la conversación me dormí, pero abrí mis ojos cuando la alarma comenzó a sonar a las 06:00 hrs. para empezar el nuevo día. 

Cómo pude me levanté, fui a darme una ducha y miraba mis nalgas, las marcas que tenía después de haber sido azotada con la regla de madera. Me gustaba ver ese color amoratado en mis nalgas, se veían sensuales. Mi vagina estaba adolorida, incluso palpitaba aún pero recordar las cosas que hicimos me ponía caliente, deseosa de ir otra vez solo para que viera lo que provocaba en mis pensamientos. Dí el agua fría para apagar el deseo que encendía mi lujuria. Esa semana fue un martirio, ya que no quería tocarme a causa del dolor.

Al fin llegó la noche señalada, cuando las luces se apagaron fueron dos monjas de la "Hermandad" a prepararme para la ocasión. Me llevaron por medio de ese frondoso bosque de pinos pero está vez no s la cueva, sino que se haría al aire libre. Me desvistieron y me ataron de pies y manos a dos estacas verticales a mi derecha e izquierda. Pusieron una mordaza en mi boca y soltaron mi cabello. Se encendieron antorchas y armaron el altar de madera. A lo lejos se ve como una hilera de velas encendidas se acerca, mi corazón palpitaba con fuerza, incluso estaba húmeda al ver cómo las otras miembros de la hermandad llegaban con su túnica roja y tomaban su lugar. Alucinada y caliente recordaba la iniciación a qué me invitó Juliet y pensaba en ese exquisito dolor que sintió la maestra esa noche.

Todo estaba en silencio y la ceremonia ya estaba lista comenzar. La "Señora" sale de entre la multitud y se coloca detrás del altar, entonces dice: "Hemos recibido tu nombre por recomendación y se puso a prueba tu lealtad y obediencia. Ahora dinos ¿por qué te quieres unir a nosotras?". Una de sus asistentes quita la mordaza de mi boca y se me permite hablar: "Señora, quiero ser parte de ustedes porque estoy dispuesta a dar lo mejor de mí en todo lo que se requiera, no solo por el estatus que pueda tener, sino porque deseo estar cuando alguna de las hermanas me necesite" –le dije. "¿Estás dispuesta a renunciar a tu voluntad con tal de que te aceptemos?" –me preguntó. "No solo a mi voluntad Señora, a mis deseos y todo lo que conlleva; cediendo mis recursos y mi cuerpo a la Hermandad" –respondí. "Entonces pondremos a prueba tus límites" –me dijo.

A una orden de la Señora colocaron la mordaza y las asistentes tomaron unas delgadas varillas con las que azotaron mis muslos, nalgas y espalda a la vez. Mís gritos eran ahogados pero la humedad en mi sexo no se podía esconder, ya que no la podía esconder. Cada vez que era golpeada sentía como mi piel ardía, era un exquisito dolor que brotaba hasta hacerme perder la razón; no quería que se detuvieran, ya sentía como delgados hilos de sangre salían de cada azote. No sabía cuánto podría resistir la forma en que estaba siendo flagelada, para ser honesta poco me importaba, solo quería sentir ese dolor que me transportaba al placer. Otra vez un movimiento de la mano de aquella misteriosa Señora y las asistentes se detuvieron, se movió a mi alrededor viendo la forma en que las varillas dibujaron en el lienzo de mi piel su paso. Se acercó a mí y me susurró al oído: "Vaya, si que aguanta srta. Undurraga". La Señora era la Hermana Edith, una grata sorpresa para mí que me hizo humedecer más de lo que ya estaba.

"¡Desatenta y quitenle la mordaza!" –ordenó. Casi no podía estar en pie, caí como una muñeca de trapo a sus pies. Intentaba recobrar fuerzas cuando me tomaron y me subieron en ese altar de madera, ella caminó con pasos lentos haciendo que la tensión llenara el espacio. Separó mis piernas y tomó su regla de madera y azotó mi vulva. ¡Diablos que sensación! Era como un ardor que poco a poco se transformaba en placer y me hacía estremecer por completo. Estaba siendo presa del orgasmo sin proponermelo, era como si el placer se apoderara de mis sentidos; no había tiempo ni espacio, solo ese fuego interior que consumía mis entrañas. Vi como la Señora tomó un cuchillo y deslizó su filo por mi vientre, a su paso pequeños cortes de hacían; ella al ver cómo esos delgados hilos de sangre corrían por mi vientre pasó su lengua arrastrando mi líquido vital para saborearlo. Yo masajeaba mis tetas al ver cómo ella degustaba de mi sabré y mi piel con su lengua. Me quedé inmóvil sintiendo como su lengua se deslizaba hasta llegar a mi sexo, era una vieja sensación conocida pero que me llenaba de placer. Las otras miembros de La Hermandad estaban fascinadas de aquello que sus ojos eran testigos.

Cuando notó que estaba a punto de acabar se detuvo, lo que provocó una tortura a mis sentidos de tal forma que no podía controlar los espasmos en mi vagina. Mandó a que se me ataran las manos en unas argollas que tenía el altar y mis tobillos. Sabía lo que venía pero quería disfrutar de la tortuosa espera, cuando ví que era traído a la ceremonia ese maldito dildo que casi me dejó sin caminar por una semana. Estaba decidida a aguantarlo para ser considerada digna, así que cerré mis ojos y esperar lo inevitable. Esta vez no fue mi vagina el blanco, sino que lo dirigió directo a mi culo, el dolor fue insoportable eso que aún ni siquiera entraba por completo. Sabía que debía aguantar pero el dolor era tan intenso que un grito desgarrador salió de mis labios. La Señora no tuvo compasión, siguió insistiendo hasta lograr su cometido; lentamente lo hizo entrar hasta que al fin mi apretado agujero se amoldó y pudo resistir.

No recuerdo cuanto duró la tortura pero mi ano era estimulado por aquel pedazo de plástico bestial que se metía hasta mis entrañas. Minutos más, minutos menos pero mi culo ya se acostumbró al dolor y dió paso al placer, ya los gritos no eran de dolor sino de ese infinito placer; no quería que se detuviera, sino que me cogiera y que se sintiera orgullosa de lo puta que estaba siendo. Ya mi cuerpo no resisitia las duras embestidas, al fin el orgasmo llegó y me dejó sin fuerzas, si no fuera que estaba atada hubiese caído al piso. Se me concedieron alguno minutos de descanso hasta la Señora dijo: "Has soportado bien, incluso fuiste más allá de tus límites. Eres digna de ser considerada una de nosotros y te has ganado tu marca". No sabía si llorar o reír, las emociones del momento fueron muchas; solo quería sentir ese hierro ardiente marcando mi piel. Me preguntó dónde quería llevar la marca, al instante le respondí: "En mi muslo derecho". El mismo lugar donde la tenía ella. Quitaron el hierro ardiendo de la forja y se lo dieron a la Señora, le dió solo un par de minutos para que se enfriara y procedió con el ritual. ¡Oh el olor de mi piel quemándose y ese placentero dolor! Por un momento perdí la conciencia, desperté en cuarto con todas las señales de lo vivido la noche anterior. Juliet estaba a mi lado cuidándome, la dirección nos había otorgado un permiso para ausentarnos de las clases por algunos días mientras la herida de mi muslo sanaba y mi culo se cerraba porqué estaba demasiado abierto después de lo que le tocó pasar. 

Recuerdo con alegría aquellos años en el internado. Ya que hubieron muchas cosas que aprendí de la Hermandad y los momentos placenteros que vivimos en las reuniones que teníamos en dónde saciabamos nuestras más oscuras perversiones. Ya han pasado varios años y como la Hermana Edith me dijo, muchas veces se me ha requerido ir en auxilio de alguna de aquellas que forman esa familia de las sombras y también he tenido que volver cuando hay alguna nueva candidata para ser iniciada, y obviamente paso al cuarto de castigo para "ver" a esa perversa representante de Dios y recibir algún placentero castigo de su parte.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Que delicioso relato
    Me encantó que forma tan exquisita de despertar ricas sensaciones con descripciones tan precisas
    Delicioso.. muy excitante
    Me encanto la historia morbosa y pervesa

    Un excelente relato mi adorado Perverso 😘
    Sabes cómo despertar mis Demonios
    Con sed de lujuria 😈💋

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  2. Exquisito relato con detalles muy exóticos, gracias por compartir tu talento Mr.P

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    1. Excelente relato como siempre Caballero ya q despierta placer y lujuria

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  3. Usted es un excelente escritor, con sus letras nos hace sentir cada una de las sensaciones por las que pasan los protagonistas de sus perversas historias. Siga así de bueno caballero.

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  4. Una exquisita continúacion de esta historia, sin duda alguna usted es un maestro en eso de hacer volar la.imaginacion...
    Gracias por compartir su talento

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