95. Gritos en medio del bosque 4

 



Han pasado algunos años desde el hallazgo de los cuerpos de James y Maddy en el bosque. Nadie habla de lo sucedido no porque fueron olvidados sino por el terror que invadía a la gente del pueblo recordar la manera cruel con la que fueron ultimados y también por el profundo respeto a los padres de ambos. El viejo alcalde había tomado medidas, puso hombres a patrullar el bosque por las noches para dar con el responsable de las brutales muertes de los jóvenes y así calmar en parte sus demonios internos al permitir la celebración en esa trágica noche que los enlutó.

 Los hombres buscaban por cada espacio del bosque sin encontrar nada que pareciera digno de atención, no había rastro de que alguien pernoctara entre la densa vegetación. Así ocurrió por meses; aunque una de las medidas que tomó el alcalde de la aldea fue "Toque de queda". Nadie podía estar fuera de su casa desde que el sol se ponía hasta rayar el alba, tal vez una medida extrema pero brindaba ciertos aires de seguridad para quienes querían vivir con cierta calma. Cómo siempre los reunió en medio de la plaza principal para hacer el anuncio: "Cómo ya sabéis, la tragedia nos ha visitado y a pesar de los años no podemos sacar de nuestra mente los hechos que enlutan nuestra aldea. Con autorización del Gobernador de la Provincia se ha decretado toque de queda, con el fin de mantenernos a salvo. También os anuncio que los patrullajes en el bosque se mantendrán en la noche con el fin de aprender al forajido que nos ha robado la paz y lo más importante, la vida de James y Madeleine. Esta medida regirá a contar de esta noche y será desde que el sol se pone hasta el amanecer. Volved en paz a vuestros hogares y que tengáis un reparador descanso". Uno a uno los pobladores se retiraron y se fueron a sus hogares. 

 Los primeros rayos del sol se dejaron ver y las labores en el pueblo comenzaron de manera habitual, los hombres realizaban las labores pesadas en sus granjas, mientras las mujeres se ocupaban en los quehaceres domésticos. Esa mañana Florence y Samantha, dos hermanas que vivían en una granja no muy lejos del pueblo con su padre viudo tuvieron que ir a las orillas del río para lavar ropa, ya que se había acumulado bastante. Avisaron a su padre que estaba en el granero acomodando el heno: "Padre, nosotras iremos al río a lavar la ropa". "Cuidaos bien, mirad que vosotras sois un tanto atolondradas y más de algún problema podéis ocasionar" –les dijo riendo. "Ay Padre, sabéis que nos portamos bien, llegaremos en un rato para preparar el almuerzo, y recordad Padre lavaros las manos antes de comer" –le dijeron ellas entre risas. Salieron para realizar sus labores y volver pronto a casa y atender a su Padre con un delicioso almuerzo.

 Al llegar al río comenzaron su labor, reían y jugaban en el agua aunque ambas ya superaban los 20 años y aún no habían conocido varón. En sus afanes se descuidaron del entorno, de pronto entre las ramas y hojas se escuchan pasos, no lo notaron hasta que alguien les habló: “¿Qué hacéis en este lugar solas? ¿No sabéis que es peligroso?”. El miedo se apoderó de ellas y sin más se pusieron a temblar. No quisieron demostrar su temor pero en el tono de voz se les notaba. Florence respondió a la pregunta: "Sabemos noble Señor, y agradecemos vuestra preocupación pero debemos hacerlo ya que vivimos con nuestro Padre que es viudo no muy lejos de aquí. También podéis daros cuenta que somos de origen humilde, hemos sido criadas en las labores del hogar y es lo que hacemos ahora Su Merced". "Eso veo y también veo que no sabéis que debéis mirar a quien conversáis cómo gesto de educación" –dijo la misteriosa voz. Añadió: "Sin educación somos solo animales irracionales y solo los azotes corrigen la mala educación". Entonces el miedo se convirtió en terror al escuchar esas palabras. Se pusieron de pie y se voltearon, sus ojos vieron a un hombre de altura considerable vestido completamente de negro y su rostro cubierto con una exótica máscara que imitaba las facciones de un pájaro y un sombrero. Portaba un cinturón con alforjas, un bastón que ocupaba para apoyarse y un cuchillo con su hoja aún ensangrentada. Ambas quedaron en silencio al verlo, quisieron correr aterradas pero por alguna razón se sentían paralizadas; el hombre las miró de pies a cabeza y les dijo: "Sois solo unas campesinas mal educadas que deben ser corregidas". Señor, tened piedad de estas siervas, cómo le dijo mi hermana, hemos sido criadas en las labores de casa y nuestra educación no es mucha por ser como vuestra Merced dice: Solo campesinas" –dijo Samantha con voz temblorosa. "¿Piedad? ¿Qué es eso? No conozco su significado" –dijo él. Ambas se tiraron al piso sobre sus rodillas y clamaron por piedad pero eso al hombre le causaba risa, resonaba cómo si el infierno se burlara de esas dos desafortunadas almas que habían caído en las garras del demonio.

 Las tomó del cabello con sus manos y les dijo: "Si gritáis probaréis el filo de mi cuchillo". "No gritaremos, pero tened misericordia con nosotras" –dijo Florence. "Vendréis conmigo y sabréis por vosotras mismas que no hay nada de eso que imploráis en mí" –sentenció. Del cabello las levantó y les vendó los ojos para que no supieran porque camino iban, habían pasado algunas horas de camino cuando se detuvieron. 

 Al notar el padre la evidente tardanza de sus hijas corrió con todas sus fuerzas al pueblo, al llegar al borde de la agonía gritó con las pocas fuerzas que le quedaban pidiendo ayuda. Un tumulto de gente se acercó y él dijo: "¡Por piedad ayudadme! Mis hijas fueron al río a lavar ropa y no han vuelto". La pesadilla se estaba repitiendo, la desesperación se apoderó de todos los que podían escuchar los gritos despavoridos de aquel padre. Algunos hombres salieron en caballos armados con palos, cuchillos y hoces para buscar a las jóvenes en las orillas del río. Incluso él salió al lugar, solo hallaron los canastos vacíos ya que la ropa se la había llevado la corriente del río.

 Cuando al fin pudieron descansar Florence y Samantha de la larga caminata, les fue quitada la venda de sus ojos. La sola vista de aquel hombre las llenaba de miedo y con lágrimas en los ojos no paraban de rogar por sus vidas, el hombre con enfado les dice: "¡Callad sucias campesinas o cortaré vuestras lenguas para que se la coman los animales del bosque!". Inmediatamente guardaron silencio pero sus almas estaban suplicantes para que el Ser Supremo las oyera. El hombre las ató con fuerza abrazando el tronco de un viejo árbol que su copa se perdía en el cielo. Al verlas ya indefensas rió como loco y dijo: "¡Veamos que tenemos aquí!". Tomó su filoso cuchillo y desgarró los humildes ropajes que llevaban, quedando desnudas ante él; pareció disfrutarlo ya que las observó en silencio dando vueltas alrededor, tal como lo hace una bestia que acecha a su presa.

 

Por otra parte los hombres recorrieron varios kilómetros a las orillas del río buscando a las jóvenes, siendo infructuoso su afán, ya que era como si el río se hubiera cobrado un par de víctimas. El llanto y el desconsuelo en el padre era evidente, su alma estaba desecha; se cuestionaba el hecho de haberlas acompañado pero era tarde para tener esos pensamientos. Solo angustia en su alma quedaba ya que había perdido a sus tesoros más preciados. Resignado volvió a su casa, algunos amigos lo acompañaron en su dolor, no quería parecer débil pero no había fortaleza en él. ¿Quién le dice a un padre que debe ser fuerte ante la perdida de sus hijos? Nadie se atreve a decir nada, solo lo contemplan con una poco empática resignación, mientras él derrama su alma en llanto. La fuente de su alegría ya no estaba ni tampoco tenía fuerzas para vivir. Su vida se consumiría en la soledad al no tener a sus mágicas princesas que lo cuidaban y le brindaban su cálida luz en su vida. Pregunto otra vez: ¿Quién le dice a un padre que todos estará bien cuando su mundo se cae a pedazos y Dios se hace el sordo ante sus plegarias?

 Florence y Samantha seguían siendo acechadas por su captor, llenas de terror gritaban por ayuda pero no hay quien pueda oír, es como si todo alrededor estaba en pausa, incluso dejó de soplar la brisa de la tarde; todo estaba confabulado en contra de ellas. Florence le dice a su hermana: "No sé si volveremos a casa pero tened confianza que todo esto tarde o terminará y seremos libres como antes". Palabras de consuelo quizá aprendidas para reconfortar a otro en la tristeza pero que para Samantha tomaron un valor especial. Era como si la tierna voz de su madre saliera de boca de su hermana. "Lo sé hermana, pero no sé cuánto pueda soportar, solo le ruego a Dios que sea pronto". "¡Callad inmundas meretrices! Ya os lo dije antes. Me tenéis harto con vuestras sucias voces " –dijo entre gritos. Tomó una delgada vara y las azotó fuertemente en las nalgas y en la espalda. Los gritos llenos de dolor de ambas se escuchaban como los de las almas atormentadas en el infierno. Cada vez las azotaba con más fuerza, tanto que tuvo que detenerse jadeante para recobrar el aire. La vara había cortado la piel de las muchachas que lloraban por haber recibido tan brutal castigo. Rió de manera perversa y les dijo: "De nada sirve vuestro llanto, solo me hacéis reír por lo patéticas que os comportáis. Ya os lo había dicho que la mala educación se corrige con azotes".

 El sol se empezaba a ocultar y la angustia crecía en Florence y Samantha, aquel hombre las desató y les dijo: "Debemos seguir caminado". No sin antes atar sus muñecas y vendar sus ojos para llevarlas por la oscuridad del bosque y asegurar que sus presas no huyeran. Después de unas horas de camino el hombre les quitó la venda y las hizo entrar a una cabaña de troncos, encendió una lámpara y se sentó. Bebió agua y ofreció a las muchachas. "Bebed del piso como las perras que sois" –les dijo. Acomodó dos platos en el suelo y vertió agua en ellos. A pesar de la humillación que estaban viviendo, las hermanas estaban sedientas y se pusieron en cuatro para saciar su sed. "Me habéis dicho que fuisteis criadas para las labores del hogar. Ahora preparad algo para comer" –les ordenó. "Su Merced, quisiéramos hacerlo pero tenemos miedo" –dijo Samantha. "A ver campesina ignorante, os he dicho preparad algo de comer, no os pregunté qué sentís" –dijo el hombre. "Usted dispense a mi hermana excelentísimo Señor, los bríos de la juventud le llevan a hablar de más" –dijo Florence, tratando de calmar al furibundo hombre. "Di una orden clara y precisa, preparad algo de comer y es lo que debéis hacer o ¿queréis ser castigadas?" –dijo el hombre con rabia. "Usted descuide Señor, no díganos dónde están los implementos y prepararemos la cena" –dijo Florence. Les llevó un trozo de carne, agua y verduras, encendió el fuego en la chimenea y le dijo a Florence, quedándose al lado de Samantha: "Aquí tenéis y si intentáis algo tu hermana sufrirá las consecuencias". "Pierda cuidado su Merced, lo haré de la mejor manera posible". Hizo que Samantha se pusiera de rodillas a su lado y así tenerla vigilada. Acariciaba su cabello como su fuera una perra y le hablaba con dureza: "Aprenderás a comportarte con buenos modales y ser una perra obediente". La chica estaba callada a su lado y al parecer le gustaba la forma en que el hombre acariciaba su pelo. "Visteis que eres una perra dócil, brava al principio pero que busca el cariño de alguien" –le dijo. Ella se echó a sus pies en calma, mientras Florence preparaba la comida.

 Florence había puesto a calentar el agua en el caldero sobre la chimenea, mientras cortaba las verduras y la carne para hacer un guiso. Samantha, estaba quieta echada a los pies de su captor, entonces él la hizo que se pusiera a su lado sin levantarse del suelo, la acarició desde el cabello a sus mejillas y ella solo se acercó más. Recorrió su espalda magullada por los azotes que fue víctima en el bosque y le dice: "No tendría que haberos azotado, pero fuistes una mala perra". Sus manos bajaron lentamente hasta sus nalgas, pero la chica no dijo nada, solo se quedó quieta recibiendo esas caricias morbosas. Muchas veces por las noches soñaba que era acariciada de esa forma por algún hombre y la sensación que experimentaba le hacía recordar esos sueños y despertaba en ella algo que no podía describir pero que hacía que su entrepierna se pusiera húmeda. No sabía que hacer con esas sensaciones, muchas veces al despertar de sueños se sintió así pero nunca había llegado más allá, esta vez era diferente no podía cerrar sus ojos para volver a dormir, sino que era algo real. El hombre lo notó y le dijo: "¿Os gusta sentirte así?". "No sabría deciros Señor, es algo nuevo para mí" –contestó ella. Él no dijo nada solo siguió acariciando las nalgas de Samantha, incluso al pasar por la humedad de su sexo, sus dedos se impregnaron de esa humedad que destilaba de aquel sexo palpitante y le dio a probar a la chica, le dijo: "Deleitaos de este brebaje que es capaz de hacer que los hombres se vuelvan locos por probarlo". Coloca sus dedos cerca de la boca y le dice: "Lamed cómo la buena perra que sois". Ella obediente acercó los labios a esos dedos impregnados de fluidos vaginales y lamió con titubeo, pero cuando sintió el viscoso líquido y su sabor, fue un deleite para ella; ya que por primera vez había probado ese embriagador sabor.

 Florence a pesar de estar afanada preparando la comida estaba con su oído atento a lo que sucedía y entendía lo que estaba pasando, ya que al ser un poco mayor que su hermana había experimentado lo mismo antes pero ella sabía cómo acallar esas sensaciones, ya que varias veces en la noche esos mismos deseos la habían despertado y de casualidad descubrió en la soledad de la noche que acariciando su sexo podía encontrar algo que la dejaba sin fuerzas en la cama llamado placer. Incluso aprovechaba las noches en que su padre bebía hasta perder la conciencia para tener algún acercamiento con un hombre y sentir entre sus manos, incluso yendo más allá y haciendo con su boca lo que las meretrices hacen por dinero a fin de conocer más aquellas cosas que su cuerpo le hacen sentir. También estaba húmeda escuchando lo que el hombre hacía experimentar a su hermana y de manera sutil posaba su sexo en la orilla de la mesa a fin de no mostrar lo que estaba haciendo y dejarse invadir ese exquisito deseo.

 "Os enseñaré algo" –dice el hombre a Samantha y saca su miembro erecto entre sus ropas. Añade: "Haced lo mismo que hiciste con tu lengua antes". "Señor, no soy una meretriz, jamás he estado con varón" –dijo ella. "No lo has sido pero ahora lo seréis porque así lo requiero" –contestó el hombre. Titubeante la joven accedió ante la petición que le fue hecha y deslizó su lengua desde abajo hacia arriba del miembro de ese ser que disfrutaba de la inexperiencia de la muchacha. "¡Oh, es exquisito! Hacedlo más lento. Tomad tiempo" –le dijo. Así lo hizo y lentamente lamió, una y otra vez hasta que por iniciativa lo metió en su boca, y lo engulló con placer. Florence imaginaba la escena estando de espaldas a ellos pero escuchaba los gemidos de aquel oscuro ser y seguía restregando su sexo en la mesa. Él la vió haciendo movimientos en la mesa, le ordenó quitar el caldero del fuego y que fuera hasta él. "Veo que disfrutáis al igual que tu hermana, haced lo mismo que ella y mostradme ambas que sois buenas meretrices. Sin siquiera pensarlo lamía los espacios libres que dejaba su hermana de aquel erecto miembro. Lo tomó de la base como ya antes lo había hecho en las borracheras de su padre y lo empezó a mover despacio; eso aumentaba la excitación en el hombre y jadeaba por el placer que ambas hermanas le causaban. Cada vez su miembro se ponía más grueso y comenzaba a palpitar, las jóvenes hermanas a pesar de su poca experiencia sabían atender las necesidades carnales de su captor y por alguna razón disfrutaban tanto como él de lo que estaban haciendo. 

 La voz de aquel hombre resonó por la cabaña, así como lo hacen los truenos en la tormenta: "¡Detenemos! Es hora de saber que tan buenas meretrices sois. Apoyaos en la mesa" –dijo en tono de orden. Las dos jovencitas acudieron prontamente y posaron sus manos en la mesa, inclinaron sus torsos. Él se acercó y separó las piernas de las muchachas, ya sabía en su mente lo que haría y que se cobraría con lo más preciado que las mujeres tienen para ofrecer. Acariciaba con vehemencia los traseros de sus víctimas, ellas se estremecían al sentir las manos del hombre en sus nalgas, no era miedo, era placer; él era perverso y ellas lo sabían pero estaban dispuestas a entregarse sin miramientos a esos deseos oscuros de la insana mente del hombre bajo la máscara. Él tenía dominada la situación y sacaría partido de la oportunidad; entonces empezó a acariciar el sexo de las jóvenes doncellas, quienes no hicieron más que retorcerse al estímulo de aquellos dedos que las recorrían sin pudor, entre gemidos ahogados disfrutaban de cómo eran envueltas por ese placer que se les presentaba en sueños pero que se había vuelto tangible.

 Cuando ya estuvo listo para cometer la vil fechoría, escogió a Florence para comenzar, y como ya había anunciado antes sin piedad ensartó su miembro en la vagina de la chica, haciendo que ésta diera un despavorido grito de dolor, su himen se desgarró de una vez al ser asaltada de esa forma y con feroces movimientos la poseía, de a poco el dolor se fue transformando en placer y gemía de manera frenética. "¡Así os gusta sucia perra!" –le decía mientras se tomaba firmemente de sus caderas. Florence no podía decir nada, ya que su respiración estaba agitaba y sus gemidos no la dejaban proferir palabras. Samantha a su lado observaba la cara de placer de su hermana y le tendió la mano para dejarse envolver por la excitación. Ella sentía como sus fluidos corrían por sus muslos al contemplar la escena, ya quería que llegara su turno para vivir lo que su hermana vivía en ese momento. El hombre seguía con brutalidad embistiendo el sexo de Florence, ésta se aferraba con fuerza a la mano de su hermana y miraba sus ojos encendidos en lujuria.

 Entre más pasaba el tiempo el placer aumentaba su intensidad, el morbo se apoderaba de Florence y se deja envolver por la lujuria, acerca la mano de su hermana para que la pase por su rostro. Al sentir ese dulce contacto hizo lo que nunca pensó hacer ni en sus más oscuros sueños, acercó los dedos de Samantha a su boca y los comenzó a chupar uno por uno con el mismo frenesí con el que había chupado el miembro de ese hombre. Samantha, solo gemía al sentir en contacto de la tibia boca de su hermana. El enmascarado se detuvo por unos momentos y dejó que la escena siguiera, quería ver hasta donde serían capaces de llegar y si los lazos sanguíneos de las jóvenes se romperían para dar paso al placer incestuoso de dos jovencitas que ardían cómo leña en la hoguera. "¡No os detengáis!" –exclamó el excitado hombre. Ya no había marcha atrás y las cosas entre ambas ya habían avanzado demasiado como para detenerse. Florence, se lanzó sobre su hermana y asalto su sexo haciendo que abriera sus piernas para acariciar con lujuria la húmeda vagina de Samantha que no protestó, solo dejó que los dedos de su hermana la invadieran. "¡Oh, hermana mía. Estoy en el cielo! ¡No os imagináis lo que me hacéis sentir!" –dijo Samantha entre gemidos. "Y vos no sabéis cuántas noches quise meterme en vuestra cama cuando desatabais las perversiones de vuestros sueños y hacer con vos lo que ahora hacemos" –respondió Florence. "Vamos a arder en el infierno por nuestros pecaminosos deseos" –dijo Samantha sin parar de gemir; a lo que Florence respondió: "No sé si existe el infierno o el cielo, pero esto es lo más cercano a ambos que puedo estar. Si hemos de arder que sea ahora y siempre". Sin pensar mucho se fundieron en un incestuoso beso que aumentó más la excitación del hombre que no perdía detalle alguno. Las manos de Samantha empezaron a recorrer sin pudor el cuerpo de Florence, mientras sus lenguas seguían unidas en una danza excitante llena de lujuria y perversión. El enmascarado se masturbaba con cierta calma, cómo si esperara el momento propicio para unirse en aquella majestuosa escena.

 Se acercó otra vez con sigilo aquel hombre e hizo a un lado a Florence, tomó a Samantha y la subió a la mesa, acomodó las piernas de la joven en sus hombros y de una embestida con fuerza metió su miembro. Al igual que Florence, los gritos de la muchacha se escuchaban por toda la cabaña y él con esa rudeza mostrada al principio solo se deleitaba en hacer que Samantha gritara y gimiera desconsolada. Si cuerpo temblaba y lágrimas salían de sus ojos pero el dolor parecía no importarle, solo sentir aquel miembro invadiendo sus entrañas, sabiendo por sí misma ahora lo que hablaban las mujeres de la aldea al entregarse a un hombre. Poco a poco el dolor dió paso al placer y así lo expresaba: "Señor, me gusta la manera despiadada con la que usa mi intimidad. Disfruto lo perverso que sois con esta meretriz". Él seguía con más fuerza como si quisiera partir en dos el cuerpo de Samantha. Se detuvo por algún momento para recuperar nuevos bríos y disfrutar del cuerpo de sus víctimas.

 "¡Tiraos al piso!" –ordenó. Ambas al instante obedecieron la orden y yacían en el piso esperando una nueva instrucción. "Cómo sois unas buenas perras y unas excelentes meretrices, os daré un perverso regalo. Os daréis placer con vuestras lenguas, no limitéis vuestros esfuerzos" –dijo. Obedientes, sus lenguas comenzaron a recorrerse, esa sensación prohibida acentuaba el placer en ellas, ya que sin pudor se deslizaban por cuello y senos, parecían dos perras en celo que no podían controlar sus bríos. La lujuria se acrecentó cuando ese pervertido hombre les enseñó cómo darse placer con sus lenguas en sus partes íntimas. Les indicó cómo ambas a la vez podían degustar de sus vaginas húmedas y sangrantes al ser desvirgadas. Florence se posó sobre Samantha y a la vez degustaron de sus sexos palpitantes por el placer; ambas gemían cómo lo hacen los moribundos antes de exhalar su último suspiro, así se sentían y así se disfrutaban. Estaban casi al límite de su resistencia cuando el hombre les indicó que se detuvieran y les mostró otra forma de darse placer; hizo que ambas entrelazaran sus piernas y que sus dedos quedaran pegados el uno al otro y comenzaran a moverse para frotarlos. La sensación era indescriptible, no podían detenerse ya que el placer estaba a las puertas, él morbosamente observaba sin dejar de masturbarse frenéticamente. No pasaron más que unos minutos cuando ellas comenzaron a temblar y a gemir sin control, habían alcanzado el placer que buscaban, esa perversa forma en la que él las había instruido las hizo alcanzar el cielo y el infierno. Quedaron exhaustas tendidas en el piso, sus cuerpos sudorosos y la tierra impregnada en ellas daban cuenta de un pecado considerado mortal por algunos pero para ellas era un gratificante descubrimiento. Les ordenó colocarse de rodillas y acercó su miembro a sus bocas con el fin de dejar sus fluidos y los pudieran compartir. Así lo hizo, descargó su virilidad en ellas, recibiendo gustosas aquel premio que les había dado. Entre ambas lo compartieron y degustaron, después les ordenó sacar hasta la última gota que quedara en su miembro, Samantha fue la encargada de aquella faena y después darle a probar a su hermana. 

 La noche estaba llegando, le dijo que dormirían en el piso, ya que en la mañana siguiente deberían aprender más cosas perversas. La mañana llegó y el hombre se despertó, acomodó dos sillas, despertó a las jóvenes, hizo que se sentaran y las ató de pies y manos. Además, puso una venda en sus ojos y las amordazó para que no huyeran. Les dijo que volvería pronto ya que debía atender algunos pendientes. No pasó más de una hora, quizá menos, volvió a colocarse la máscara y las liberó. "¿Me habéis extrañado?" –preguntó de manera irónica. Su sorpresa fue grande al oír las respuestas de sus víctimas: "Sí, extrañamos a vuestra Merced". Hizo que Florence terminara la comida que quedó pendiente la noche anterior y así desayunar. Sirvió dos platos y los dejó en el piso: "¡Comed perras!" –ordenó. Después que se saciaron, tomó a Samantha y la folló con fuerza hasta llenar sus entrañas, la joven quedó tendida en el piso sin fuerzas por los bríos de animal en celo se su pervertido captor. Florence observó la escena y se sintió invadida por el deseo, iba a dejar que sus dedos recorrieran su vagina pero el hombre la detuvo. "¡No tenéis permiso para darte placer sucia perra!" –le dijo. Dicho esto la tomó del pelo y la llevó hasta la mesa, tomando un cinto de cuerdas la azotó hasta que las nalgas de la joven quedaron ensangrentadas. Le dijo: "Si os permito tener placer lo tendréis, si no requiero vuestros patéticos gemidos ni si quiera pensaréis hacerlo. ¿Os queda claro par de meretrices?". Samantha respondió afirmativamente, al igual que su hermana que lo hizo entre sollozos. Aparte de los azotes, Florence fue colgada del techo quedando solo con la punta de los dedos de sus pies como apoyo. Para ella era una tortura tratar de sostener el peso de cuerpo en esa posición perl intentó soportar de la mejor manera posible el castigo. Aunque solo fueron unos minutos para ella se volvió una eternidad. Cuando al fin la bajó se tiró a sus pies suplicando el perdón de su captor para no ser castigada. Ni si quiera una mirada, solo se quedó en silencio y se sentó para afilar su cuchillo. 

 Pasaron algunas horas y decidió sacarlas por los alrededores, estaban desnudas y sucias después de los revolcones perversos que les había dado en la noche y a Samantha en el día. Les ató unas cuerdas en el cuello y las llevó de paseo por las cercanías de la cabaña, les acompañaba también Winston, un Bull Mastiff negro usado cuando debía cazar para tener carne; un rastreador por excelencia y con un ladrido potente. Las hizo acercarse a él para que las conociera, Winston instintivamente las olió por todas partes para así conocer a las nuevas compañías de su amo. Iban firmemente tomados de las algas mientras caminaban, ellas lo hacían al igual que Winston, en cuatro patas ya que su captor las consideraba solo un par de perras que no gozaban de tantos privilegios como el fornido animal. Pasaron algunos minutos y soltó las sogas, les ordenó que jugaran cómo perras en el campo. Además, les advirtió que sí intentaban huir serían cazadas por Winston y por él. Las jóvenes al ser libres empezaron a moverse como se les había ordenado, incluso hasta se divertían mientras él las observaba no muy lejos de donde estaban. Era una escena un tanto perturbadora pero no había testigos, solo los mudos árboles alrededor. Ya era tiempo de volver a la cabaña pero esta vez no había sogas en sus cuellos, tal como llegaron en cuatro patas caminaron a su lado.

Pasaron unas horas, la lujuria invadió al hombre; esta vez sería Florence la encargada de saciar esa endemoniada sed de lujuria. Se tendió en el piso y abrió las piernas, el hombre totalmente enajenado la poseyó sin tener un rastro de humanidad en ese momento, solo se preocupó de embestirla con fuerza haciendo que la joven gritara y gimiera de placer. Sus gemidos se hacían más notorios, su excitación era comparable con las llamas del infierno. "Su Merced permítame tener placer y disfrutar de su hombría" –le decía suplicante. Él no le contestó ya que su afán no era el placer de la joven, sino saciarse a sí mismo; le ordenó chupar el pico de su máscara, lo que aumentaba la excitación en Florence, ya que imaginaba otro miembro invadiendo su boca; no podía resistirse más, estaba siendo presa del placer, hasta que la voz de su captor se oyó y le permitió tener ese anhelado y placentero consuelo. A los minutos el hombre vació su virilidad fuera del sexo de Florence y le permitió recolectarlo con sus dedos para que lo degustase. Florence lo complace y de la manera más sucia lame sus dedos que se impregnaron con la espesa muestra de hombría de su captor. Samantha miraba jadeante la escena y con su sexo encendido. Por ese día las dejó descansar ya que el siguiente día traería una nueva sorpresa. 

 Rayaba el alba y fueron despertadas de sobresalto, en seguida se pusieron en cuatro para saludar a su captor y retomar el comportamiento de perras, les colocó un plato con agua y comida a casa una para que lo comieran del piso. Mientras él sentado a la mesa desayunaba y las miraba comer. A un movimiento de su mano ambas se fueron a echar a su lado y jadeaban cómo buenas perras, cada momento su humanidad se estaba desprendiendo de ellas y estaban asumiendo que eran una perras. Cómo la personalidad de ese hombre las podía cambiar de esa forma, de ser unas jóvenes y bellas mujeres, se estaban transformando en animales adiestradas para cumplir los caprichos de este ser lleno de perversión. 

 Los días pasaban, hasta habían dejado la costumbre de hablar. Ahora jadeaban, gruñían y hasta ladraban para expresar su afecto hacia ese desalmado captor que las había moldeado a su antojo. Por horas eran sometidas a largas sesiones de sexo duro, también eran castigadas de manera cruel cuando cometían una falta; quedando a veces atadas a un costado de la cabaña sujetas por una soga a pleno sol sin agua ni comida. En sus mentes solo tenían presente que eran unas perras que estaban al servicio de un hombre que a pesar de ser severo, les brindaba cuidado y un techo donde guarecerse.

 Una de esas mañanas, siguiendo la rutina del paseo con Winston, Florence y Samantha; el enmascarado notó algo diferente, su sabueso estaba más inquieto que de costumbre; de un silbido llegaron los tres a su lado. Él sacó su miembro y se puso cerca de las jóvenes y sin decir nada ellas abrieron su boca y él orinó en ellas como si fueran una letrina en donde dejar sus desechos, después que ambas recibieron aquel líquido que les fue ofrecido procedieron a limpiar el miembro del hombre, lamiendo y chupando cada centímetro. Él degustaba de ese inmenso placer de tener a sus perras a disposición y ocuparlas para todas las cosas que su mente perversa dictaba. Winston era un jadeante testigo de la escena, aunque esta vez era diferente, se podía asomar entre sus piernas aquel falo lleno de venas, grueso y goteando; se tiraba al suelo y lo lamia pero al parecer no era suficiente, ya que hace tiempo no había tenido oportunidad de estar con una hembra para descargar sus instintos, su amo lo sabía bien pero no podía acordar con nadie, ya que estaba afanado en el entrenamiento de sus dos víctimas y había olvidado a su sabueso en ese aspecto tan primario que reclamaba una solución. Les dijo a las muchachas: “Mirad a Winston, hoy seréis sus putas”. Desde hacía tiempo no habían dicho nada, pero Florence le dijo: “Su Merced, nosotras atendemos vuestras ordenes sin demora y ponemos toda dedicación en ello; pero lo que nos pide es imposible, ya que Dios nuestro Señor no permite tales aberraciones con animales”. En ese momento la voz del hombre resonó con enojo y les dijo: “No me importa lo que diga ese ser débil y flacucho que cuelga de una cruz, vosotras sois mis perras y haréis lo que os mando”. Sacó su cuchillo y blandió ante los ojos asustados de las jóvenes rehenes, y añadió: “Yo soy vuestro Dios, no os habéis dado cuenta que gracias a mi tenéis casa y comida, tampoco os percatáis que gracias a mi estáis con vida. Sois unas perras mal agradecidas; debería en este momento degollaros y esperar a ver si ese ser que llamáis Dios baja de su cruz para evitar que os desangréis”. Entonces el miedo se apoderó de ambas y Samantha le dijo: “Será un honor complacer a vuestra Merced y a Winston, pero no nos hagáis daño”.

 Entonces se fueron donde Winston que dejaba ver todo el esplendor de su miembro, Florence y Samantha se acercaron con sigilo ya que no querían sobresaltar al animal para que las atacase, ni tanto querían hacer enojar más a su captor. Florence lo tomó despacio y le dijo a su hermana: “¡Vaya si es grande!”. “Sí, demasiado pero mi intimidad se siente ardiendo al veros con el miembro de Winston en la mano” –respondió Samantha. “¿Cómo hacemos para darle placer?” –preguntó Florence. Samantha no sabía que decir, ya que al igual que su hermana era la primera vez que se encontraba en esa situación; tampoco se atrevían a preguntar al enmascarado. Florence, lo metió en su boca y comenzó a chuparlo, al principio hizo arcadas porque sintió que de una llegó a su garganta pero cuando ya se acostumbró a lo largo y grueso esa sensación despareció. Winston jadeaba y se tiró de espaldas como si entendiera lo que estaba pasando. Ambas hermanas ya estaban familiarizadas con el falo de Winston y lo engullían a vista y paciencia del hombre que se masturbaba con vehemencia. Les ordenó que se pusieran en cuatro para que Winston tuviera acceso a esas vaginas que rebosaban de fluidos. Obedientes así hicieron y se colocaron en cuatro para que el animal pudiera hacer lo que se antojare con ellas. El sabueso se acercó y olió las vaginas de las mujeres que estaban a su disposición, despertó la curiosidad en él y también su ímpetu; como un vil merodeador de daba vueltas luciendo su miembro que goteaba y palpitaba frente a ellas. Se acercó a Florence quien recibió un lengüetazo desde su ano hasta su vagina, eso la hizo estremecer por completo ya que fue asaltada por sorpresa, él siguió con su faena haciendo gemir a la joven de manera descontrolada, esa ancha lengua la recorría con tal propiedad que abarcaba por completo su intimidad. De no ser por la soledad reinante, los gemidos de Florence se hubiesen escuchado en casi todo ese espacio de bosque.

 Winston ya con su instinto al máximo se paró en sus patas traseras y se tomó firmemente de las caderas de la joven y comenzó con ese movimiento característico para meter su miembro en esa vagina que lo esperaba lista para desahogar su pasión. Bastaron solo unas cuantas embestidas para abrirse paso y entrar en lo profundo de ese sexo húmedo. Los gritos de Florence eran alucinantes, primero por el dolor de ser invadida por aquella bestia que al igual que su dueño no tenía compasión alguna a la hora de saciarse. “Tenéis permiso para tocaros pero no podréis tener placer” –le dijo el hombre a Samantha. Ella agradeció a ese despiadado ser y comenzó a explorar su intimidad con sus dedos dejando salir exquisitos gemidos que se cruzaban con los de su hermana. La bola de Winston entró por completo en Florence, quedando unidos por el retorcido placer de ser literalmente una perra. Jadeaba como lo hacen las perras en celo esperando que el animal liberara su sexo, mientras que Samantha ya no podía resistir el placer de ser invadida por sus dedos; suplicaba entre gemidos que se permitiera explotar ya que sus fluidos se desbordaban, el hombre se acercó y le dijo: “Aun podéis resistir más” y puso su miembro erecto en la bica de ella para que chupara, su misión era hacerlo eyacular antes que Winston se despegara de Florence. La muchacha puso todo su empeño en conseguirlo, lo chupaba y masturbaba con vehemencia haciendo gemir al enmascarado ser; entre conseguir que le hombre acabara pronto y contener su orgasmo la tarea resultaba casi imposible de realizar, pero ella estaba dispuesta a sacrificar su placer por el placer de aquel perverso hombre.

 Al fin, la faena de Samantha estaba cumplida, ya que el hombre acabó en su boca sin previo aviso, ella tragó hasta la última gota de ese semen derramado en su boca, ya estaba acostumbrada a ese delicioso sabor que la transportaba a las puertas del infierno y se deleitaba saber que había aprendido bien en complacer a su perverso captor. No pasó mucho tiempo después y Winston se despegó de Florence, haciendo que esta cayera desplomada, con su vagina desbordando el semen del animal. Entonces el hombre ordenó a Samantha: “Vais a lamer la intimidad de tu hermana y sacareis los fluidos de Winston, y le daréis en sus labios a la perra”. Obediente fue y comenzó a lamer la vagina de su hermana, haciendo que ésta gimiera de placer, con su lengua recolectaba el semen del perro con una perversión delirante; estaba en esos menesteres cuando sintió que Winston se posó sobre ella y sin mucho esfuerzo la penetró, su vagina había sido asaltada por la brutalidad del animal quien se movia furiosamente. “¡Oh, su Merced, qué exquisito!” –dijo ella al comprobar el frenesí de su canino animal. Él no dijo nada, solo observó. Cuando la bola entró el perro se quedó inmóvil sobre ella, jadeaba, babeaba y arañaba sus caderas; siguió gustosa devorando la vagina de Florence, ambas no demoraron en acabar, ya que el deseo era tan evidente que no hubo mucha resistencia.

 Una vez que Winston calmó sus impulsos con las vaginas de las muchachas, regresaron a la cabaña, él las observaba al verlas tendidas en el piso. “Habéis sido unas buenas perras para mi sabueso, así como lo sois conmigo. Mañana tendréis un premio” –les dijo. Ambas sonrieron y estuvieron ansiosas todo el día. ¿Cuál sería ese premio? ¿Qué recibirían por ser obedientes? La mañana llegó y como siempre el hombre estaba despierto antes que ellas. “Ya es hora” –dijo el enmascarado. Como cuando las trajo a la cabaña, vendó sus ojos y las llevó atadas de las manos para que caminaran. Al igual que el primer día, las ató a un árbol, se tomó todo el tiempo necesario, entonces comenzó a azotarlas con fuerza. ¿Ese era su premio? ¿Ser flageladas? Esta vez no fue una vara, era como un atado de cuerdas que envolvía sus cuerpos hasta marcarlos y hacerlos sangrar. Se escuchaban llantos, suplicas y gritos en medio del bosque que no eran escuchados. “Por vuestra culpa había olvidado mi misión, soy un hombre sin alma encargado de eliminar la peste del y vuestra peste es la mala educación, la lujuria y el pecado que os consume. Sois unas meretrices del infierno escondidas bajo la piel de dos dulces mujeres” –les dijo con repudió. “Su Merced…” –intentó decir Florence, siendo su voz acallada por un duro azote que hizo doblar sus piernas. Los cuerpos de Florence y Samantha estaban ensangrentados, el despiadado ser las miraba y reia como un loco al verlas. “¿Os arrepentís de vuestras faltas? –les preguntó. Samantha pidió permiso para hablar y le fue concedido. “No os arrepentimos su Merced, ya que vos habéis sido el causante de nuestra lujuria y desenfreno; os recordamos que antes de vos no habíamos estado con varón. Vos fuisteis quien se llevó lo más valioso que teníamos para entregar, si hemos de ser consideradas meretrices, pues, lo somos, pero vuestras; entonces vos sois el infierno en que hemos ardido de placer”. El hombre soltó una carcajada al oírla y le dijo: “¿Me culpáis a mí? Si vosotras no fuerais meretrices no hubierais accedido a mis manipulaciones para hacer salir vuestra naturaleza. Ahora volveréis al infierno del que no debisteis escapar”. Tomó el cuchillo de su cinto y sin aviso cercenó el cuello de Florence, quien al sentir el filo cortante abrió sus ojos y comenzó a ahogarse en su propia sangre; el grito angustiante de Samantha resonó. “¡Sois una bestia! ¿Qué habéis hecho por el amor de Dios?” –dijo buscando una respuesta. La vida en los ojos de su hermana se apagaba, así como sus esperanzas. “¡Callad sucia perra!” –le dijo. El llanto de la joven era desconsolado. “No lloréis perra, os encontrareis con vuestra hermana en la puerta del infierno” –le dijo. Se quitó la máscara y le dio un lengüetazo en las mejillas. Entonces añadió: “¡Miradme bien, para que me recordéis y sepáis que fuisteis las que más tiempo sobrevivieron. También para que cuando me veáis en el infierno recordéis que seré vuestro verdugo por toda la eternidad”. Con su cuchillo desgarró la piel de Samantha y cortó su garganta despacio para tener vista privilegiada de como la sangre dejaba su cuerpo a borbotones y la vida de extinguia en sus ojos.

 Para añadir más castigo a los cuerpos sin vida, las violó en repetidas ocasiones hasta que el ocaso llegó y se marchó. Al cabo de una semana un solitario jinete sintió un fuerte hedor y se encontró con los cuerpos en descomposición de ambas jóvenes ni siquiera los animales del bosque tuvieron compasión, ya que habían sido algunas partes devoradas. Apresuró el galope a la aldea y dio la noticia. Al llegar a los oídos del padre de las muchachas otro grito angustiante se oyó en el bosque y el dolor desgarró hasta la última fibra de sus ser. En el mismo lugar en el que fueron encontradas se les dio sepultura, siendo ese el lugar para el descanso de sus cuerpos. Se dice que el padre perdió la razón y en medio del granero fue encontrado colgado de una viga y de ese miserable hombre sin alma jamás se supo.

 

 

 

Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Muy interesante relato amor
    Asombroso 😲
    Me encanta tu narrativa!!🖤
    Genial la verdad me encantó
    Cada detalle es espectacular
    El giro que da la historia tremendo
    Te felicito mi Perverso
    Tú talento es excepcional 👏👏👏

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  2. Uffff q fuerte castigo pero a la vez delicioso ser tratada como una puta de los deseos de su captor excelente relato

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  3. 👏👏👏👏
    Me encantó la historia, ese giro fue brutal. Estupendo caballero 👏👏

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