Han pasado algunos años desde el hallazgo de los
cuerpos de James y Maddy en el bosque. Nadie habla de lo sucedido no porque
fueron olvidados sino por el terror que invadía a la gente del pueblo recordar
la manera cruel con la que fueron ultimados y también por el profundo respeto a
los padres de ambos. El viejo alcalde había tomado medidas, puso hombres a
patrullar el bosque por las noches para dar con el responsable de las brutales
muertes de los jóvenes y así calmar en parte sus demonios internos al permitir
la celebración en esa trágica noche que los enlutó.
Los hombres buscaban por cada espacio del bosque
sin encontrar nada que pareciera digno de atención, no había rastro de que
alguien pernoctara entre la densa vegetación. Así ocurrió por meses; aunque una
de las medidas que tomó el alcalde de la aldea fue "Toque de queda".
Nadie podía estar fuera de su casa desde que el sol se ponía hasta rayar el
alba, tal vez una medida extrema pero brindaba ciertos aires de seguridad para
quienes querían vivir con cierta calma. Cómo siempre los reunió en medio de la
plaza principal para hacer el anuncio: "Cómo ya sabéis, la tragedia nos ha
visitado y a pesar de los años no podemos sacar de nuestra mente los hechos que
enlutan nuestra aldea. Con autorización del Gobernador de la Provincia se ha
decretado toque de queda, con el fin de mantenernos a salvo. También os anuncio
que los patrullajes en el bosque se mantendrán en la noche con el fin de
aprender al forajido que nos ha robado la paz y lo más importante, la vida de
James y Madeleine. Esta medida regirá a contar de esta noche y será desde que
el sol se pone hasta el amanecer. Volved en paz a vuestros hogares y que
tengáis un reparador descanso". Uno a uno los pobladores se retiraron y se
fueron a sus hogares.
Los primeros rayos del sol se dejaron ver y las
labores en el pueblo comenzaron de manera habitual, los hombres realizaban las
labores pesadas en sus granjas, mientras las mujeres se ocupaban en los
quehaceres domésticos. Esa mañana Florence y Samantha, dos hermanas que vivían
en una granja no muy lejos del pueblo con su padre viudo tuvieron que ir a las
orillas del río para lavar ropa, ya que se había acumulado bastante. Avisaron a
su padre que estaba en el granero acomodando el heno: "Padre, nosotras
iremos al río a lavar la ropa". "Cuidaos bien, mirad que vosotras
sois un tanto atolondradas y más de algún problema podéis ocasionar" –les
dijo riendo. "Ay Padre, sabéis que nos portamos bien, llegaremos en un
rato para preparar el almuerzo, y recordad Padre lavaros las manos antes de
comer" –le dijeron ellas entre risas. Salieron para realizar sus labores y
volver pronto a casa y atender a su Padre con un delicioso almuerzo.
Al llegar al río comenzaron su labor, reían y
jugaban en el agua aunque ambas ya superaban los 20 años y aún no habían
conocido varón. En sus afanes se descuidaron del entorno, de pronto entre las
ramas y hojas se escuchan pasos, no lo notaron hasta que alguien les habló: “¿Qué
hacéis en este lugar solas? ¿No sabéis que es peligroso?”. El miedo se apoderó
de ellas y sin más se pusieron a temblar. No quisieron demostrar su temor pero
en el tono de voz se les notaba. Florence respondió a la pregunta:
"Sabemos noble Señor, y agradecemos vuestra preocupación pero debemos
hacerlo ya que vivimos con nuestro Padre que es viudo no muy lejos de aquí.
También podéis daros cuenta que somos de origen humilde, hemos sido criadas en
las labores del hogar y es lo que hacemos ahora Su Merced". "Eso veo
y también veo que no sabéis que debéis mirar a quien conversáis cómo gesto de
educación" –dijo la misteriosa voz. Añadió: "Sin educación somos solo
animales irracionales y solo los azotes corrigen la mala educación".
Entonces el miedo se convirtió en terror al escuchar esas palabras. Se pusieron
de pie y se voltearon, sus ojos vieron a un hombre de altura considerable
vestido completamente de negro y su rostro cubierto con una exótica máscara que
imitaba las facciones de un pájaro y un sombrero. Portaba un cinturón con
alforjas, un bastón que ocupaba para apoyarse y un cuchillo con su hoja aún
ensangrentada. Ambas quedaron en silencio al verlo, quisieron correr aterradas
pero por alguna razón se sentían paralizadas; el hombre las miró de pies a
cabeza y les dijo: "Sois solo unas campesinas mal educadas que deben ser
corregidas". Señor, tened piedad de estas siervas, cómo le dijo mi
hermana, hemos sido criadas en las labores de casa y nuestra educación no es
mucha por ser como vuestra Merced dice: Solo campesinas" –dijo Samantha
con voz temblorosa. "¿Piedad? ¿Qué es eso? No conozco su significado"
–dijo él. Ambas se tiraron al piso sobre sus rodillas y clamaron por piedad
pero eso al hombre le causaba risa, resonaba cómo si el infierno se burlara de
esas dos desafortunadas almas que habían caído en las garras del demonio.
Las tomó del cabello con sus manos y les dijo:
"Si gritáis probaréis el filo de mi cuchillo". "No gritaremos,
pero tened misericordia con nosotras" –dijo Florence. "Vendréis
conmigo y sabréis por vosotras mismas que no hay nada de eso que imploráis en
mí" –sentenció. Del cabello las levantó y les vendó los ojos para que no
supieran porque camino iban, habían pasado algunas horas de camino cuando se
detuvieron.
Al notar el padre la evidente tardanza de sus hijas
corrió con todas sus fuerzas al pueblo, al llegar al borde de la agonía gritó
con las pocas fuerzas que le quedaban pidiendo ayuda. Un tumulto de gente se
acercó y él dijo: "¡Por piedad ayudadme! Mis hijas fueron al río a lavar
ropa y no han vuelto". La pesadilla se estaba repitiendo, la desesperación
se apoderó de todos los que podían escuchar los gritos despavoridos de aquel
padre. Algunos hombres salieron en caballos armados con palos, cuchillos y
hoces para buscar a las jóvenes en las orillas del río. Incluso él salió al
lugar, solo hallaron los canastos vacíos ya que la ropa se la había llevado la
corriente del río.
Cuando al fin pudieron descansar Florence y
Samantha de la larga caminata, les fue quitada la venda de sus ojos. La sola
vista de aquel hombre las llenaba de miedo y con lágrimas en los ojos no
paraban de rogar por sus vidas, el hombre con enfado les dice: "¡Callad
sucias campesinas o cortaré vuestras lenguas para que se la coman los animales
del bosque!". Inmediatamente guardaron silencio pero sus almas estaban
suplicantes para que el Ser Supremo las oyera. El hombre las ató con fuerza
abrazando el tronco de un viejo árbol que su copa se perdía en el cielo. Al
verlas ya indefensas rió como loco y dijo: "¡Veamos que tenemos
aquí!". Tomó su filoso cuchillo y desgarró los humildes ropajes que
llevaban, quedando desnudas ante él; pareció disfrutarlo ya que las observó en
silencio dando vueltas alrededor, tal como lo hace una bestia que acecha a su
presa.
Por otra parte los hombres recorrieron varios
kilómetros a las orillas del río buscando a las jóvenes, siendo infructuoso su
afán, ya que era como si el río se hubiera cobrado un par de víctimas. El
llanto y el desconsuelo en el padre era evidente, su alma estaba desecha; se
cuestionaba el hecho de haberlas acompañado pero era tarde para tener esos
pensamientos. Solo angustia en su alma quedaba ya que había perdido a sus
tesoros más preciados. Resignado volvió a su casa, algunos amigos lo
acompañaron en su dolor, no quería parecer débil pero no había fortaleza en él.
¿Quién le dice a un padre que debe ser fuerte ante la perdida de sus hijos?
Nadie se atreve a decir nada, solo lo contemplan con una poco empática
resignación, mientras él derrama su alma en llanto. La fuente de su alegría ya
no estaba ni tampoco tenía fuerzas para vivir. Su vida se consumiría en la
soledad al no tener a sus mágicas princesas que lo cuidaban y le brindaban su
cálida luz en su vida. Pregunto otra vez: ¿Quién le dice a un padre que todos
estará bien cuando su mundo se cae a pedazos y Dios se hace el sordo ante sus
plegarias?
Florence y Samantha seguían siendo acechadas por su
captor, llenas de terror gritaban por ayuda pero no hay quien pueda oír, es
como si todo alrededor estaba en pausa, incluso dejó de soplar la brisa de la
tarde; todo estaba confabulado en contra de ellas. Florence le dice a su
hermana: "No sé si volveremos a casa pero tened confianza que todo esto
tarde o terminará y seremos libres como antes". Palabras de consuelo quizá
aprendidas para reconfortar a otro en la tristeza pero que para Samantha
tomaron un valor especial. Era como si la tierna voz de su madre saliera de
boca de su hermana. "Lo sé hermana, pero no sé cuánto pueda soportar, solo
le ruego a Dios que sea pronto". "¡Callad inmundas meretrices! Ya os
lo dije antes. Me tenéis harto con vuestras sucias voces " –dijo entre
gritos. Tomó una delgada vara y las azotó fuertemente en las nalgas y en la
espalda. Los gritos llenos de dolor de ambas se escuchaban como los de las
almas atormentadas en el infierno. Cada vez las azotaba con más fuerza, tanto
que tuvo que detenerse jadeante para recobrar el aire. La vara había cortado la
piel de las muchachas que lloraban por haber recibido tan brutal castigo. Rió
de manera perversa y les dijo: "De nada sirve vuestro llanto, solo me
hacéis reír por lo patéticas que os comportáis. Ya os lo había dicho que la
mala educación se corrige con azotes".
El sol se empezaba a ocultar y la angustia crecía
en Florence y Samantha, aquel hombre las desató y les dijo: "Debemos
seguir caminado". No sin antes atar sus muñecas y vendar sus ojos para
llevarlas por la oscuridad del bosque y asegurar que sus presas no huyeran.
Después de unas horas de camino el hombre les quitó la venda y las hizo entrar
a una cabaña de troncos, encendió una lámpara y se sentó. Bebió agua y ofreció
a las muchachas. "Bebed del piso como las perras que sois" –les dijo.
Acomodó dos platos en el suelo y vertió agua en ellos. A pesar de la
humillación que estaban viviendo, las hermanas estaban sedientas y se pusieron
en cuatro para saciar su sed. "Me habéis dicho que fuisteis criadas para
las labores del hogar. Ahora preparad algo para comer" –les ordenó.
"Su Merced, quisiéramos hacerlo pero tenemos miedo" –dijo Samantha.
"A ver campesina ignorante, os he dicho preparad algo de comer, no os pregunté
qué sentís" –dijo el hombre. "Usted dispense a mi hermana
excelentísimo Señor, los bríos de la juventud le llevan a hablar de más"
–dijo Florence, tratando de calmar al furibundo hombre. "Di una orden
clara y precisa, preparad algo de comer y es lo que debéis hacer o ¿queréis ser
castigadas?" –dijo el hombre con rabia. "Usted descuide Señor, no
díganos dónde están los implementos y prepararemos la cena" –dijo
Florence. Les llevó un trozo de carne, agua y verduras, encendió el fuego en la
chimenea y le dijo a Florence, quedándose al lado de Samantha: "Aquí
tenéis y si intentáis algo tu hermana sufrirá las consecuencias".
"Pierda cuidado su Merced, lo haré de la mejor manera posible". Hizo
que Samantha se pusiera de rodillas a su lado y así tenerla vigilada.
Acariciaba su cabello como su fuera una perra y le hablaba con dureza:
"Aprenderás a comportarte con buenos modales y ser una perra
obediente". La chica estaba callada a su lado y al parecer le gustaba la
forma en que el hombre acariciaba su pelo. "Visteis que eres una perra
dócil, brava al principio pero que busca el cariño de alguien" –le dijo.
Ella se echó a sus pies en calma, mientras Florence preparaba la comida.
Florence había puesto a calentar el agua en el
caldero sobre la chimenea, mientras cortaba las verduras y la carne para hacer
un guiso. Samantha, estaba quieta echada a los pies de su captor, entonces él
la hizo que se pusiera a su lado sin levantarse del suelo, la acarició desde el
cabello a sus mejillas y ella solo se acercó más. Recorrió su espalda magullada
por los azotes que fue víctima en el bosque y le dice: "No tendría que
haberos azotado, pero fuistes una mala perra". Sus manos bajaron
lentamente hasta sus nalgas, pero la chica no dijo nada, solo se quedó quieta
recibiendo esas caricias morbosas. Muchas veces por las noches soñaba que era
acariciada de esa forma por algún hombre y la sensación que experimentaba le
hacía recordar esos sueños y despertaba en ella algo que no podía describir
pero que hacía que su entrepierna se pusiera húmeda. No sabía que hacer con
esas sensaciones, muchas veces al despertar de sueños se sintió así pero nunca
había llegado más allá, esta vez era diferente no podía cerrar sus ojos para
volver a dormir, sino que era algo real. El hombre lo notó y le dijo: "¿Os
gusta sentirte así?". "No sabría deciros Señor, es algo nuevo para
mí" –contestó ella. Él no dijo nada solo siguió acariciando las nalgas de
Samantha, incluso al pasar por la humedad de su sexo, sus dedos se impregnaron
de esa humedad que destilaba de aquel sexo palpitante y le dio a probar a la
chica, le dijo: "Deleitaos de este brebaje que es capaz de hacer que los
hombres se vuelvan locos por probarlo". Coloca sus dedos cerca de la boca
y le dice: "Lamed cómo la buena perra que sois". Ella obediente
acercó los labios a esos dedos impregnados de fluidos vaginales y lamió con
titubeo, pero cuando sintió el viscoso líquido y su sabor, fue un deleite para
ella; ya que por primera vez había probado ese embriagador sabor.
Florence a pesar de estar afanada preparando la
comida estaba con su oído atento a lo que sucedía y entendía lo que estaba
pasando, ya que al ser un poco mayor que su hermana había experimentado lo
mismo antes pero ella sabía cómo acallar esas sensaciones, ya que varias veces
en la noche esos mismos deseos la habían despertado y de casualidad descubrió
en la soledad de la noche que acariciando su sexo podía encontrar algo que la
dejaba sin fuerzas en la cama llamado placer. Incluso aprovechaba las noches en
que su padre bebía hasta perder la conciencia para tener algún acercamiento con
un hombre y sentir entre sus manos, incluso yendo más allá y haciendo con su
boca lo que las meretrices hacen por dinero a fin de conocer más aquellas cosas
que su cuerpo le hacen sentir. También estaba húmeda escuchando lo que el
hombre hacía experimentar a su hermana y de manera sutil posaba su sexo en la
orilla de la mesa a fin de no mostrar lo que estaba haciendo y dejarse invadir
ese exquisito deseo.
"Os enseñaré algo" –dice el hombre a
Samantha y saca su miembro erecto entre sus ropas. Añade: "Haced lo mismo
que hiciste con tu lengua antes". "Señor, no soy una meretriz, jamás
he estado con varón" –dijo ella. "No lo has sido pero ahora lo seréis
porque así lo requiero" –contestó el hombre. Titubeante la joven accedió
ante la petición que le fue hecha y deslizó su lengua desde abajo hacia arriba
del miembro de ese ser que disfrutaba de la inexperiencia de la muchacha.
"¡Oh, es exquisito! Hacedlo más lento. Tomad tiempo" –le dijo. Así lo
hizo y lentamente lamió, una y otra vez hasta que por iniciativa lo metió en su
boca, y lo engulló con placer. Florence imaginaba la escena estando de espaldas
a ellos pero escuchaba los gemidos de aquel oscuro ser y seguía restregando su
sexo en la mesa. Él la vió haciendo movimientos en la mesa, le ordenó quitar el
caldero del fuego y que fuera hasta él. "Veo que disfrutáis al igual que
tu hermana, haced lo mismo que ella y mostradme ambas que sois buenas
meretrices. Sin siquiera pensarlo lamía los espacios libres que dejaba su
hermana de aquel erecto miembro. Lo tomó de la base como ya antes lo había
hecho en las borracheras de su padre y lo empezó a mover despacio; eso
aumentaba la excitación en el hombre y jadeaba por el placer que ambas hermanas
le causaban. Cada vez su miembro se ponía más grueso y comenzaba a palpitar,
las jóvenes hermanas a pesar de su poca experiencia sabían atender las
necesidades carnales de su captor y por alguna razón disfrutaban tanto como él
de lo que estaban haciendo.
La voz de aquel hombre resonó por la cabaña, así
como lo hacen los truenos en la tormenta: "¡Detenemos! Es hora de saber
que tan buenas meretrices sois. Apoyaos en la mesa" –dijo en tono de
orden. Las dos jovencitas acudieron prontamente y posaron sus manos en la mesa,
inclinaron sus torsos. Él se acercó y separó las piernas de las muchachas, ya
sabía en su mente lo que haría y que se cobraría con lo más preciado que las
mujeres tienen para ofrecer. Acariciaba con vehemencia los traseros de sus
víctimas, ellas se estremecían al sentir las manos del hombre en sus nalgas, no
era miedo, era placer; él era perverso y ellas lo sabían pero estaban
dispuestas a entregarse sin miramientos a esos deseos oscuros de la insana
mente del hombre bajo la máscara. Él tenía dominada la situación y sacaría
partido de la oportunidad; entonces empezó a acariciar el sexo de las jóvenes
doncellas, quienes no hicieron más que retorcerse al estímulo de aquellos dedos
que las recorrían sin pudor, entre gemidos ahogados disfrutaban de cómo eran
envueltas por ese placer que se les presentaba en sueños pero que se había
vuelto tangible.
Cuando ya estuvo listo para cometer la vil
fechoría, escogió a Florence para comenzar, y como ya había anunciado antes sin
piedad ensartó su miembro en la vagina de la chica, haciendo que ésta diera un
despavorido grito de dolor, su himen se desgarró de una vez al ser asaltada de
esa forma y con feroces movimientos la poseía, de a poco el dolor se fue
transformando en placer y gemía de manera frenética. "¡Así os gusta sucia
perra!" –le decía mientras se tomaba firmemente de sus caderas. Florence
no podía decir nada, ya que su respiración estaba agitaba y sus gemidos no la
dejaban proferir palabras. Samantha a su lado observaba la cara de placer de su
hermana y le tendió la mano para dejarse envolver por la excitación. Ella
sentía como sus fluidos corrían por sus muslos al contemplar la escena, ya
quería que llegara su turno para vivir lo que su hermana vivía en ese momento.
El hombre seguía con brutalidad embistiendo el sexo de Florence, ésta se
aferraba con fuerza a la mano de su hermana y miraba sus ojos encendidos en
lujuria.
Entre más pasaba el tiempo el placer aumentaba su
intensidad, el morbo se apoderaba de Florence y se deja envolver por la
lujuria, acerca la mano de su hermana para que la pase por su rostro. Al sentir
ese dulce contacto hizo lo que nunca pensó hacer ni en sus más oscuros sueños,
acercó los dedos de Samantha a su boca y los comenzó a chupar uno por uno con
el mismo frenesí con el que había chupado el miembro de ese hombre. Samantha,
solo gemía al sentir en contacto de la tibia boca de su hermana. El enmascarado
se detuvo por unos momentos y dejó que la escena siguiera, quería ver hasta
donde serían capaces de llegar y si los lazos sanguíneos de las jóvenes se
romperían para dar paso al placer incestuoso de dos jovencitas que ardían cómo
leña en la hoguera. "¡No os detengáis!" –exclamó el excitado hombre.
Ya no había marcha atrás y las cosas entre ambas ya habían avanzado demasiado
como para detenerse. Florence, se lanzó sobre su hermana y asalto su sexo
haciendo que abriera sus piernas para acariciar con lujuria la húmeda vagina de
Samantha que no protestó, solo dejó que los dedos de su hermana la invadieran.
"¡Oh, hermana mía. Estoy en el cielo! ¡No os imagináis lo que me hacéis
sentir!" –dijo Samantha entre gemidos. "Y vos no sabéis cuántas
noches quise meterme en vuestra cama cuando desatabais las perversiones de
vuestros sueños y hacer con vos lo que ahora hacemos" –respondió Florence.
"Vamos a arder en el infierno por nuestros pecaminosos deseos" –dijo
Samantha sin parar de gemir; a lo que Florence respondió: "No sé si existe
el infierno o el cielo, pero esto es lo más cercano a ambos que puedo estar. Si
hemos de arder que sea ahora y siempre". Sin pensar mucho se fundieron en
un incestuoso beso que aumentó más la excitación del hombre que no perdía
detalle alguno. Las manos de Samantha empezaron a recorrer sin pudor el cuerpo
de Florence, mientras sus lenguas seguían unidas en una danza excitante llena
de lujuria y perversión. El enmascarado se masturbaba con cierta calma, cómo si
esperara el momento propicio para unirse en aquella majestuosa escena.
Se acercó otra vez con sigilo aquel hombre e hizo a
un lado a Florence, tomó a Samantha y la subió a la mesa, acomodó las piernas
de la joven en sus hombros y de una embestida con fuerza metió su miembro. Al
igual que Florence, los gritos de la muchacha se escuchaban por toda la cabaña
y él con esa rudeza mostrada al principio solo se deleitaba en hacer que
Samantha gritara y gimiera desconsolada. Si cuerpo temblaba y lágrimas salían
de sus ojos pero el dolor parecía no importarle, solo sentir aquel miembro
invadiendo sus entrañas, sabiendo por sí misma ahora lo que hablaban las
mujeres de la aldea al entregarse a un hombre. Poco a poco el dolor dió paso al
placer y así lo expresaba: "Señor, me gusta la manera despiadada con la
que usa mi intimidad. Disfruto lo perverso que sois con esta meretriz". Él
seguía con más fuerza como si quisiera partir en dos el cuerpo de Samantha. Se
detuvo por algún momento para recuperar nuevos bríos y disfrutar del cuerpo de
sus víctimas.
"¡Tiraos al piso!" –ordenó. Ambas al
instante obedecieron la orden y yacían en el piso esperando una nueva
instrucción. "Cómo sois unas buenas perras y unas excelentes meretrices,
os daré un perverso regalo. Os daréis placer con vuestras lenguas, no limitéis
vuestros esfuerzos" –dijo. Obedientes, sus lenguas comenzaron a
recorrerse, esa sensación prohibida acentuaba el placer en ellas, ya que sin
pudor se deslizaban por cuello y senos, parecían dos perras en celo que no
podían controlar sus bríos. La lujuria se acrecentó cuando ese pervertido
hombre les enseñó cómo darse placer con sus lenguas en sus partes íntimas. Les
indicó cómo ambas a la vez podían degustar de sus vaginas húmedas y sangrantes
al ser desvirgadas. Florence se posó sobre Samantha y a la vez degustaron de
sus sexos palpitantes por el placer; ambas gemían cómo lo hacen los moribundos
antes de exhalar su último suspiro, así se sentían y así se disfrutaban.
Estaban casi al límite de su resistencia cuando el hombre les indicó que se
detuvieran y les mostró otra forma de darse placer; hizo que ambas entrelazaran
sus piernas y que sus dedos quedaran pegados el uno al otro y comenzaran a
moverse para frotarlos. La sensación era indescriptible, no podían detenerse ya
que el placer estaba a las puertas, él morbosamente observaba sin dejar de
masturbarse frenéticamente. No pasaron más que unos minutos cuando ellas
comenzaron a temblar y a gemir sin control, habían alcanzado el placer que
buscaban, esa perversa forma en la que él las había instruido las hizo alcanzar
el cielo y el infierno. Quedaron exhaustas tendidas en el piso, sus cuerpos
sudorosos y la tierra impregnada en ellas daban cuenta de un pecado considerado
mortal por algunos pero para ellas era un gratificante descubrimiento. Les
ordenó colocarse de rodillas y acercó su miembro a sus bocas con el fin de
dejar sus fluidos y los pudieran compartir. Así lo hizo, descargó su virilidad
en ellas, recibiendo gustosas aquel premio que les había dado. Entre ambas lo
compartieron y degustaron, después les ordenó sacar hasta la última gota que
quedara en su miembro, Samantha fue la encargada de aquella faena y después
darle a probar a su hermana.
La noche estaba llegando, le dijo que dormirían en
el piso, ya que en la mañana siguiente deberían aprender más cosas perversas.
La mañana llegó y el hombre se despertó, acomodó dos sillas, despertó a las
jóvenes, hizo que se sentaran y las ató de pies y manos. Además, puso una venda
en sus ojos y las amordazó para que no huyeran. Les dijo que volvería pronto ya
que debía atender algunos pendientes. No pasó más de una hora, quizá menos,
volvió a colocarse la máscara y las liberó. "¿Me habéis extrañado?"
–preguntó de manera irónica. Su sorpresa fue grande al oír las respuestas de
sus víctimas: "Sí, extrañamos a vuestra Merced". Hizo que Florence
terminara la comida que quedó pendiente la noche anterior y así desayunar.
Sirvió dos platos y los dejó en el piso: "¡Comed perras!" –ordenó.
Después que se saciaron, tomó a Samantha y la folló con fuerza hasta llenar sus
entrañas, la joven quedó tendida en el piso sin fuerzas por los bríos de animal
en celo se su pervertido captor. Florence observó la escena y se sintió
invadida por el deseo, iba a dejar que sus dedos recorrieran su vagina pero el
hombre la detuvo. "¡No tenéis permiso para darte placer sucia perra!"
–le dijo. Dicho esto la tomó del pelo y la llevó hasta la mesa, tomando un
cinto de cuerdas la azotó hasta que las nalgas de la joven quedaron
ensangrentadas. Le dijo: "Si os permito tener placer lo tendréis, si no
requiero vuestros patéticos gemidos ni si quiera pensaréis hacerlo. ¿Os queda
claro par de meretrices?". Samantha respondió afirmativamente, al igual
que su hermana que lo hizo entre sollozos. Aparte de los azotes, Florence fue
colgada del techo quedando solo con la punta de los dedos de sus pies como
apoyo. Para ella era una tortura tratar de sostener el peso de cuerpo en esa
posición perl intentó soportar de la mejor manera posible el castigo. Aunque
solo fueron unos minutos para ella se volvió una eternidad. Cuando al fin la
bajó se tiró a sus pies suplicando el perdón de su captor para no ser
castigada. Ni si quiera una mirada, solo se quedó en silencio y se sentó para
afilar su cuchillo.
Pasaron algunas horas y decidió sacarlas por los
alrededores, estaban desnudas y sucias después de los revolcones perversos que
les había dado en la noche y a Samantha en el día. Les ató unas cuerdas en el
cuello y las llevó de paseo por las cercanías de la cabaña, les acompañaba
también Winston, un Bull Mastiff negro usado cuando debía cazar para tener
carne; un rastreador por excelencia y con un ladrido potente. Las hizo
acercarse a él para que las conociera, Winston instintivamente las olió por
todas partes para así conocer a las nuevas compañías de su amo. Iban firmemente
tomados de las algas mientras caminaban, ellas lo hacían al igual que Winston,
en cuatro patas ya que su captor las consideraba solo un par de perras que no
gozaban de tantos privilegios como el fornido animal. Pasaron algunos minutos y
soltó las sogas, les ordenó que jugaran cómo perras en el campo. Además, les
advirtió que sí intentaban huir serían cazadas por Winston y por él. Las
jóvenes al ser libres empezaron a moverse como se les había ordenado, incluso
hasta se divertían mientras él las observaba no muy lejos de donde estaban. Era
una escena un tanto perturbadora pero no había testigos, solo los mudos árboles
alrededor. Ya era tiempo de volver a la cabaña pero esta vez no había sogas en
sus cuellos, tal como llegaron en cuatro patas caminaron a su lado.
Pasaron unas horas, la lujuria invadió al hombre;
esta vez sería Florence la encargada de saciar esa endemoniada sed de lujuria.
Se tendió en el piso y abrió las piernas, el hombre totalmente enajenado la
poseyó sin tener un rastro de humanidad en ese momento, solo se preocupó de
embestirla con fuerza haciendo que la joven gritara y gimiera de placer. Sus
gemidos se hacían más notorios, su excitación era comparable con las llamas del
infierno. "Su Merced permítame tener placer y disfrutar de su
hombría" –le decía suplicante. Él no le contestó ya que su afán no era el
placer de la joven, sino saciarse a sí mismo; le ordenó chupar el pico de su
máscara, lo que aumentaba la excitación en Florence, ya que imaginaba otro
miembro invadiendo su boca; no podía resistirse más, estaba siendo presa del
placer, hasta que la voz de su captor se oyó y le permitió tener ese anhelado y
placentero consuelo. A los minutos el hombre vació su virilidad fuera del sexo
de Florence y le permitió recolectarlo con sus dedos para que lo degustase.
Florence lo complace y de la manera más sucia lame sus dedos que se impregnaron
con la espesa muestra de hombría de su captor. Samantha miraba jadeante la
escena y con su sexo encendido. Por ese día las dejó descansar ya que el
siguiente día traería una nueva sorpresa.
Rayaba el alba y fueron despertadas de sobresalto,
en seguida se pusieron en cuatro para saludar a su captor y retomar el
comportamiento de perras, les colocó un plato con agua y comida a casa una para
que lo comieran del piso. Mientras él sentado a la mesa desayunaba y las miraba
comer. A un movimiento de su mano ambas se fueron a echar a su lado y jadeaban
cómo buenas perras, cada momento su humanidad se estaba desprendiendo de ellas
y estaban asumiendo que eran una perras. Cómo la personalidad de ese hombre las
podía cambiar de esa forma, de ser unas jóvenes y bellas mujeres, se estaban
transformando en animales adiestradas para cumplir los caprichos de este ser
lleno de perversión.
Los días pasaban, hasta habían dejado la costumbre
de hablar. Ahora jadeaban, gruñían y hasta ladraban para expresar su afecto
hacia ese desalmado captor que las había moldeado a su antojo. Por horas eran
sometidas a largas sesiones de sexo duro, también eran castigadas de manera
cruel cuando cometían una falta; quedando a veces atadas a un costado de la
cabaña sujetas por una soga a pleno sol sin agua ni comida. En sus mentes solo
tenían presente que eran unas perras que estaban al servicio de un hombre que a
pesar de ser severo, les brindaba cuidado y un techo donde guarecerse.
Una de esas mañanas, siguiendo la rutina del paseo
con Winston, Florence y Samantha; el enmascarado notó algo diferente, su
sabueso estaba más inquieto que de costumbre; de un silbido llegaron los tres a
su lado. Él sacó su miembro y se puso cerca de las jóvenes y sin decir nada
ellas abrieron su boca y él orinó en ellas como si fueran una letrina en donde
dejar sus desechos, después que ambas recibieron aquel líquido que les fue
ofrecido procedieron a limpiar el miembro del hombre, lamiendo y chupando cada
centímetro. Él degustaba de ese inmenso placer de tener a sus perras a
disposición y ocuparlas para todas las cosas que su mente perversa dictaba.
Winston era un jadeante testigo de la escena, aunque esta vez era diferente, se
podía asomar entre sus piernas aquel falo lleno de venas, grueso y goteando; se
tiraba al suelo y lo lamia pero al parecer no era suficiente, ya que hace
tiempo no había tenido oportunidad de estar con una hembra para descargar sus
instintos, su amo lo sabía bien pero no podía acordar con nadie, ya que estaba
afanado en el entrenamiento de sus dos víctimas y había olvidado a su sabueso
en ese aspecto tan primario que reclamaba una solución. Les dijo a las
muchachas: “Mirad a Winston, hoy seréis sus putas”. Desde hacía tiempo no
habían dicho nada, pero Florence le dijo: “Su Merced, nosotras atendemos
vuestras ordenes sin demora y ponemos toda dedicación en ello; pero lo que nos
pide es imposible, ya que Dios nuestro Señor no permite tales aberraciones con
animales”. En ese momento la voz del hombre resonó con enojo y les dijo: “No me
importa lo que diga ese ser débil y flacucho que cuelga de una cruz, vosotras
sois mis perras y haréis lo que os mando”. Sacó su cuchillo y blandió ante los
ojos asustados de las jóvenes rehenes, y añadió: “Yo soy vuestro Dios, no os
habéis dado cuenta que gracias a mi tenéis casa y comida, tampoco os percatáis
que gracias a mi estáis con vida. Sois unas perras mal agradecidas; debería en
este momento degollaros y esperar a ver si ese ser que llamáis Dios baja de su
cruz para evitar que os desangréis”. Entonces el miedo se apoderó de ambas y
Samantha le dijo: “Será un honor complacer a vuestra Merced y a Winston, pero
no nos hagáis daño”.
Entonces se fueron donde Winston que dejaba ver
todo el esplendor de su miembro, Florence y Samantha se acercaron con sigilo ya
que no querían sobresaltar al animal para que las atacase, ni tanto querían
hacer enojar más a su captor. Florence lo tomó despacio y le dijo a su hermana:
“¡Vaya si es grande!”. “Sí, demasiado pero mi intimidad se siente ardiendo al
veros con el miembro de Winston en la mano” –respondió Samantha. “¿Cómo hacemos
para darle placer?” –preguntó Florence. Samantha no sabía que decir, ya que al
igual que su hermana era la primera vez que se encontraba en esa situación;
tampoco se atrevían a preguntar al enmascarado. Florence, lo metió en su boca y
comenzó a chuparlo, al principio hizo arcadas porque sintió que de una llegó a
su garganta pero cuando ya se acostumbró a lo largo y grueso esa sensación
despareció. Winston jadeaba y se tiró de espaldas como si entendiera lo que
estaba pasando. Ambas hermanas ya estaban familiarizadas con el falo de Winston
y lo engullían a vista y paciencia del hombre que se masturbaba con vehemencia.
Les ordenó que se pusieran en cuatro para que Winston tuviera acceso a esas
vaginas que rebosaban de fluidos. Obedientes así hicieron y se colocaron en
cuatro para que el animal pudiera hacer lo que se antojare con ellas. El
sabueso se acercó y olió las vaginas de las mujeres que estaban a su
disposición, despertó la curiosidad en él y también su ímpetu; como un vil merodeador
de daba vueltas luciendo su miembro que goteaba y palpitaba frente a ellas. Se
acercó a Florence quien recibió un lengüetazo desde su ano hasta su vagina, eso
la hizo estremecer por completo ya que fue asaltada por sorpresa, él siguió con
su faena haciendo gemir a la joven de manera descontrolada, esa ancha lengua la
recorría con tal propiedad que abarcaba por completo su intimidad. De no ser
por la soledad reinante, los gemidos de Florence se hubiesen escuchado en casi
todo ese espacio de bosque.
Winston ya con su instinto al máximo se paró en sus
patas traseras y se tomó firmemente de las caderas de la joven y comenzó con
ese movimiento característico para meter su miembro en esa vagina que lo
esperaba lista para desahogar su pasión. Bastaron solo unas cuantas embestidas
para abrirse paso y entrar en lo profundo de ese sexo húmedo. Los gritos de
Florence eran alucinantes, primero por el dolor de ser invadida por aquella
bestia que al igual que su dueño no tenía compasión alguna a la hora de
saciarse. “Tenéis permiso para tocaros pero no podréis tener placer” –le dijo
el hombre a Samantha. Ella agradeció a ese despiadado ser y comenzó a explorar
su intimidad con sus dedos dejando salir exquisitos gemidos que se cruzaban con
los de su hermana. La bola de Winston entró por completo en Florence, quedando
unidos por el retorcido placer de ser literalmente una perra. Jadeaba como lo
hacen las perras en celo esperando que el animal liberara su sexo, mientras que
Samantha ya no podía resistir el placer de ser invadida por sus dedos;
suplicaba entre gemidos que se permitiera explotar ya que sus fluidos se
desbordaban, el hombre se acercó y le dijo: “Aun podéis resistir más” y puso su
miembro erecto en la bica de ella para que chupara, su misión era hacerlo eyacular
antes que Winston se despegara de Florence. La muchacha puso todo su empeño en
conseguirlo, lo chupaba y masturbaba con vehemencia haciendo gemir al
enmascarado ser; entre conseguir que le hombre acabara pronto y contener su
orgasmo la tarea resultaba casi imposible de realizar, pero ella estaba
dispuesta a sacrificar su placer por el placer de aquel perverso hombre.
Al fin, la faena de Samantha estaba cumplida, ya
que el hombre acabó en su boca sin previo aviso, ella tragó hasta la última
gota de ese semen derramado en su boca, ya estaba acostumbrada a ese delicioso
sabor que la transportaba a las puertas del infierno y se deleitaba saber que había
aprendido bien en complacer a su perverso captor. No pasó mucho tiempo después y
Winston se despegó de Florence, haciendo que esta cayera desplomada, con su vagina
desbordando el semen del animal. Entonces el hombre ordenó a Samantha: “Vais a
lamer la intimidad de tu hermana y sacareis los fluidos de Winston, y le daréis
en sus labios a la perra”. Obediente fue y comenzó a lamer la vagina de su
hermana, haciendo que ésta gimiera de placer, con su lengua recolectaba el
semen del perro con una perversión delirante; estaba en esos menesteres cuando
sintió que Winston se posó sobre ella y sin mucho esfuerzo la penetró, su
vagina había sido asaltada por la brutalidad del animal quien se movia
furiosamente. “¡Oh, su Merced, qué exquisito!” –dijo ella al comprobar el frenesí
de su canino animal. Él no dijo nada, solo observó. Cuando la bola entró el
perro se quedó inmóvil sobre ella, jadeaba, babeaba y arañaba sus caderas;
siguió gustosa devorando la vagina de Florence, ambas no demoraron en acabar,
ya que el deseo era tan evidente que no hubo mucha resistencia.
Una vez que Winston calmó sus impulsos con las
vaginas de las muchachas, regresaron a la cabaña, él las observaba al verlas
tendidas en el piso. “Habéis sido unas buenas perras para mi sabueso, así como
lo sois conmigo. Mañana tendréis un premio” –les dijo. Ambas sonrieron y
estuvieron ansiosas todo el día. ¿Cuál sería ese premio? ¿Qué recibirían por
ser obedientes? La mañana llegó y como siempre el hombre estaba despierto antes
que ellas. “Ya es hora” –dijo el enmascarado. Como cuando las trajo a la
cabaña, vendó sus ojos y las llevó atadas de las manos para que caminaran. Al igual
que el primer día, las ató a un árbol, se tomó todo el tiempo necesario,
entonces comenzó a azotarlas con fuerza. ¿Ese era su premio? ¿Ser flageladas? Esta
vez no fue una vara, era como un atado de cuerdas que envolvía sus cuerpos
hasta marcarlos y hacerlos sangrar. Se escuchaban llantos, suplicas y gritos en
medio del bosque que no eran escuchados. “Por vuestra culpa había olvidado mi misión,
soy un hombre sin alma encargado de eliminar la peste del y vuestra peste es la
mala educación, la lujuria y el pecado que os consume. Sois unas meretrices del
infierno escondidas bajo la piel de dos dulces mujeres” –les dijo con repudió. “Su
Merced…” –intentó decir Florence, siendo su voz acallada por un duro azote que
hizo doblar sus piernas. Los cuerpos de Florence y Samantha estaban
ensangrentados, el despiadado ser las miraba y reia como un loco al verlas. “¿Os
arrepentís de vuestras faltas? –les preguntó. Samantha pidió permiso para
hablar y le fue concedido. “No os arrepentimos su Merced, ya que vos habéis sido
el causante de nuestra lujuria y desenfreno; os recordamos que antes de vos no habíamos
estado con varón. Vos fuisteis quien se llevó lo más valioso que teníamos para
entregar, si hemos de ser consideradas meretrices, pues, lo somos, pero
vuestras; entonces vos sois el infierno en que hemos ardido de placer”. El hombre
soltó una carcajada al oírla y le dijo: “¿Me culpáis a mí? Si vosotras no
fuerais meretrices no hubierais accedido a mis manipulaciones para hacer salir
vuestra naturaleza. Ahora volveréis al infierno del que no debisteis escapar”. Tomó
el cuchillo de su cinto y sin aviso cercenó el cuello de Florence, quien al
sentir el filo cortante abrió sus ojos y comenzó a ahogarse en su propia
sangre; el grito angustiante de Samantha resonó. “¡Sois una bestia! ¿Qué habéis
hecho por el amor de Dios?” –dijo buscando una respuesta. La vida en los ojos
de su hermana se apagaba, así como sus esperanzas. “¡Callad sucia perra!” –le dijo.
El llanto de la joven era desconsolado. “No lloréis perra, os encontrareis con
vuestra hermana en la puerta del infierno” –le dijo. Se quitó la máscara y le
dio un lengüetazo en las mejillas. Entonces añadió: “¡Miradme bien, para que me
recordéis y sepáis que fuisteis las que más tiempo sobrevivieron. También para
que cuando me veáis en el infierno recordéis que seré vuestro verdugo por toda
la eternidad”. Con su cuchillo desgarró la piel de Samantha y cortó su garganta
despacio para tener vista privilegiada de como la sangre dejaba su cuerpo a
borbotones y la vida de extinguia en sus ojos.
Para añadir más castigo a los cuerpos sin vida, las
violó en repetidas ocasiones hasta que el ocaso llegó y se marchó. Al cabo de
una semana un solitario jinete sintió un fuerte hedor y se encontró con los
cuerpos en descomposición de ambas jóvenes ni siquiera los animales del bosque
tuvieron compasión, ya que habían sido algunas partes devoradas. Apresuró el
galope a la aldea y dio la noticia. Al llegar a los oídos del padre de las
muchachas otro grito angustiante se oyó en el bosque y el dolor desgarró hasta
la última fibra de sus ser. En el mismo lugar en el que fueron encontradas se
les dio sepultura, siendo ese el lugar para el descanso de sus cuerpos. Se dice
que el padre perdió la razón y en medio del granero fue encontrado colgado de
una viga y de ese miserable hombre sin alma jamás se supo.
Pasiones Prohibidas ®
Muy interesante relato amor
ResponderBorrarAsombroso 😲
Me encanta tu narrativa!!🖤
Genial la verdad me encantó
Cada detalle es espectacular
El giro que da la historia tremendo
Te felicito mi Perverso
Tú talento es excepcional 👏👏👏
Uffff q fuerte castigo pero a la vez delicioso ser tratada como una puta de los deseos de su captor excelente relato
ResponderBorrar👏👏👏👏
ResponderBorrarMe encantó la historia, ese giro fue brutal. Estupendo caballero 👏👏