"Ave María Purísima" –se escucha del otro lado. "Sin pecado concebida" –respondió la atribulada joven. "¿Cuáles son tus pecados, hija mía?" –El Padre Marcelo formuló la pregunta con el tono monótono y un tanto funcionarial de quien está acostumbrado a repetirla numerosas veces al día. "Padre, yo…" –la joven Leyla, cohibida, dudó. No era su primera confesión, pues desde la Primera Comunión estaba acostumbrada a hacerlo cada semana. Socialmente era impensable lo contrario en la época en que le había tocado vivir, ya que su pueblo era un asentamientos militar post Golpe Militar e incluso el Gobierno de Facto había exterminado al sacerdote que estaba antes por ser considerado Enemigo del Estado por tener ideas "distintas", pero nunca se había sentido cómoda, encerrada en aquel oscuro cubículo impregnado por el olor a humedad, en eterna penumbra y hablando de sus cosas más íntimas con un hombre agazapado tras la rejilla. "Adelante, hija mía, sin miedo" –dijo Padre. Leyla pudo sentir la mirada del cura, como la había notado en otras ocasiones. Pese a su juventud, intuía las intenciones del hombre que se agazapaba tras el alzacuello, lo cual le sobresaltaba y confundía, pues no es la actitud que esperaba de un religioso al que muchos en el pueblo consideraban un santo por ser parte de las fuerzas que derrocaron al Gobierno anterior.
"¿Has tenido pensamientos impuros?" –preguntó. La pregunta parecía destinada a romper la indecisión de la adolescente. "Yo… Sí, Padre" –respondió. "¿Sobre algún hombre? Vamos, pequeña, estamos aquí para esto, para que expulses de tu conciencia tus pecados y purificar tu alma. Debes contármelo todo, sin obviar los detalles" –dijo el sacerdote. "Bueno, a veces pienso en mi novio" –respondió ella. "¿Cómo?" –preguntó el Padre Marcelo con un toque lascivo en su voz. Con algo de vergüenza continuó con su confesión: "Pues, imagino que estamos juntos". "Entiendo. ¿Se besan?" –arremetió. "Mmmm, sí y con deseo" –dijo ella embargada en vergüenza. "¿Y qué haces cuanto tienes esos pensamientos? ¿Te tocas?" –inquirió el cura. "A veces?" –contestó. "¿Te gusta cuando lo haces?" –insistió. "¡Demasiado Padre. Es una sensación que no podría describirle pero que me hace quedar exhausta" –dijo Leyla. "¿Te acaricias los pechos?" –preguntó el Padre Marcelo con morbosa curiosidad. "Sí Padre, me gusta sentir cuando mis pezones se ponen duros" –fue la respuesta. El sacerdote al otro lado no podía esconder su excitación, su manera de hablar lo delataba.
"¿Te gusta acariciártelos? ¿Tocarte los pezones? ¿Pellizcártelos? ¿Imaginar que son las manos de tu novio las que te tocan?" –dijo el Padre tratando de mantener la serenidad en el interrogatorio. "Sí Padre, las veces que lo hago son las manos de mi novio que imagino recorriéndome y me excita demasiado. Cierro mis ojos y dejo que mi imaginación me lleve a todos los lugares posibles para sentir placer" –respondió ella, ahora sí tapujos ni represión. "¿Cómo?" –Confiésamelo todo, hija, dijo el cura. "Bueno, nos besamos. Y él me toca los pechos" –respondió la chica. La temperatura en el confesionario comenzó a subir, el sacerdote estaba poseído por el demonio de la lujuria y sus preguntas fueron solo la excusa para poner su mano sobre la sotana y acariciar sobre la tela su miembro erecto ante las palabras de la joven. "¿Sobre la ropa?" –preguntó el morboso cura. "Sí Padre, ero a veces me mete la mano bajo la blusa y me toca el sostén y dentro de él" –respondió ella. "¿Y qué más? Dime todo hija, quiero saber qué más pasa" –dijo el hombre al otro lado del confesionario. "También me acaricia las piernas. Empieza por las rodillas y sube por los muslos. Luego, me toca las bragas. Mete la mano dentro y me acaricia ahí" –le dijo, entendiendo que el cura ya estaba al borde de la tentación. "¿Tu vagina?" –arremetió. "Sí Padre, incluso saca su mano mojada por mis fluidos y lo lame, me mira con ojos de deseo. Eso me gusta porque me pone caliente" –le respondió. El rostro circunspecto, pero tenso y sudoroso del religioso mostraban que su morbo estaba casi en descontr. Con la mirada fija en la silueta de Leyla medio oculta por la celosía, disimulaba la forma en que acariciaba su miembro por encima de sus ropas sacerdotales. Además, la chica poseía una voz sensual y un tomo algo agitado al ir contando lo que vivía. "¿Y tú, hija? ¿Tú también lo tocas?" –preguntó sobreexaltado. Sí padre. A él le gusta que tome su miembro y lo acaricie. Paso mi mano de arriba a abajo, deslizando la piel de su prepucio sobre el glande. Lo maturbl una y otra vez, él gime y me dice lo mucho que le gusta. Incluso, lo hago en casa cuando me va a visitar y aprovechamos cuando mamá está haciendo las cosas de la casa. Le gusta que lo haga sabiendo que no estamos solos, hasta que alcanza el clímax y él se desborda, lanzando un chorro de su semen en mi mano" –le contó. "¿Y tú qué haces?" –pregunto con lujuria. "Lamo mi mano hasta dejarla limpia". Ya el Padre Marcelo apenas podía hablar a casusa de la calentura, pero lanzó: "¡Esto, esto es muy grave, pequeña! ¡Tu alma se halla en peligro mortal por culpa de tu lujuria!". Tal vez lo dijo a causa de lo que él mismo estaba sintiendo pero debía mantener los pies en los estribos para no caer en la tentación.
"Padre, yo ¡lo siento!" –La congoja cerró un nudo en la garganta de la joven. "Quiero enmendarme Padre, no quiero seguir en pecado" –dijo Leyla suplicando la misericordia del cielo. "Muy bien, hija mía, tranquila. Aún no es tarde. Si tu arrepentimiento es sincero nuestro Señor sabrá ser Magnánimo en su infinita misericordia. Ahora, acompáñame a la sacristía para que te imponga tu castigo" –dijo él. Esas palabras devolvieron en la joven la esperanza de ser absuelta por sus pecados y así alcanzar la benevolencia de Dios para no ser consumida en el infierno.
Salieron ambos del confesionario, acompañados por el fuerte eco de sus pisadas en el amplio y vacío espacio de la iglesia. El Padre Marcelo cedió el paso a la chica y desde atrás repasó con ávida mirada la joven anatomía que esa vez lo tenía enloquecido. El rostro aún de niña de Leyla, casi angelical, contrastaba con un curvilíneo cuerpo de mujer, aunque con pequeños y firmes pechos, cintura estrecha y caderas potentes que dibujaban un culo redondo, erguido, apetitoso. La fuerte erección del religioso, disimulada por la amplia tela de la sotana, se reforzó de manera casi dolorosa sólo con mirar a la chica. El sacerdote sintió como el líquido pre seminal comenzaba a gotear y casi suspiró imaginando su verga entre aquellas deliciosas nalgas que se bamboleaban graciosamente bajo el ligero tejido del ajustado vestido al caminar.
En el interior de la sacristía el Padre se sentó y miró rigurosamente a su cohibida feligresa. Ella evitó su mirada, observando nerviosamente la recargada decoración de la sala, adúltera combinación de iconos religiosos y símbolos militares. "Has sido una niña mala. Voy a tener que aplicarte un justo castigo. Pero recuerda que lo hago por tu bien. ¡Recuestate sobre mis rodillas!" –ordenó el cura palmeándose los muslos. Leyla dudó, pero la implacable mirada del sacerdote la incitó a obedecer. Se aproximó a él y se tumbó boca abajo sobre sus piernas. La mano del cura se deslizó por el culo de la chica hasta alcanzar el borde de la falda. La subió hasta la cintura, dejando a la vista los blancos muslos enfundados en las usadas medias sujetas con ligas. La tela de la braga se adhería a los glúteos redondos, temblorosos bajo la mano del sacerdote. Deslizó suavemente la delicada prenda y sintió un escalofrío de placer al tacto de la suave piel. Elevó entonces la mano y le dió una nalgada.
Leyla emitió un quejido pero no protestó, aceptó el castigo en silencio. El Padre descargó nuevas palmadas, alternando ambas nalgas, que fueron enrojeciendo progresivamente el blanco, casi traslucido color de la piel. El cura, cada vez más excitado, sintió como su endurecida polla se clavaba contra el cuerpo de la chica. Cesó el castigo cuando Leyla no aguantando más, rompió a llorar. "¡Basta, por favor!" –suplicó. "Debes soportarlo, niña. El sufrimiento nos acerca al Señor, porque nos ayuda a expulsar nuestro pecado y a dar un paso hacia la santidad. Te aseguro que esto me duele tanto como a ti" –le respondió acariciando sus irritados glúteos.
Su mano se deslizó en la entrepierna de la chica y le acarició el ano, sintió ese apretado orificio y se excitó aún más. Descendió con suavidad y se posó en los labios vaginales, ligeramente dilatados tras la descarga de nalgadas. Los acarició y pellizco, introdujo los dedos entre ellos y buscó la pequeña protuberancia del clítoris. Notó una evidente reacción en la chica, la vagina se humedeció, pero al mismo tiempo evidenció su incomodidad por la situación. Leyla hizo ademán de levantarse con gesto de confusión. "Padre, yo…" –alcanzó a decir cuando fue callada por la voz del sacerdote: "Tranquila, pequeña. El castigo ha finalizado, pero ahora tienes que demostrarme que vas a ser una buena chica. Si tú te portas bien conmigo, yo lo haré contigo y te absolveré, ¿de acuerdo?". La sujetó impidiéndole levantarse. Leyla asintió con gesto de poco convencimiento. El cura la liberó y permitió que se incorporara. Él se levantó y comenzó a desabotonar la negra y larga sotana. Bajo ella no había más ropa que calcetines. Su cuerpo era fornido, sin grasa, herencia de una juventud deportista y de la disciplina de su época como capellán castrense. De la velluda entrepierna se erguía el pene, cuyo glande brillaba a causa de los fluidos que ya goteaban. Después, con un gesto conminó a la chica a que se arrodillara delante de él, en aparente postura de oración. La joven lo observó con cierto estupor, clavada la vista en el duro miembro; luego elevó la vista hacia el rostro del sacerdote, con evidente temor en sus ojos y un leve movimiento de cabeza indicando su negativa. "Hija mía, hija mía. No tengas miedo. Debes confiar en mí y obedecer los designios del Señor" –le replicó él.
Leyla apartó el rostro e hizo ademán de levantarse, pero una implacable mirada del cura le hizo detenerse. "Leyla, cariño. ¿Qué te he dicho sobre ser buena? Sabes perfectamente la situación en que se encuentran tú, tu hermano y tu madre. Desde la ejecución de tu padre y la confiscación de sus bienes las cosas no les han ido bien, ¿verdad? El invierno se presenta duro. Tu madre ha pedido ayuda a la parroquia. ¿No querrás defraudarla?" –el cura le habló despacio, subrayando cada palabra, en un tono que a la chica le hizo temblar. Permaneció en silencio, mirando al suelo, a punto de llorar. Luego hizo un gesto de asentimiento. Se aproximó al falo, abrió sus labios rosados y brillantes, y los posó sobre el glande. Notó el sabor salado con que el líquido pre seminal había impregnado la estriada piel del tronco Su lengua rozó la abertura de la uretra e intentó penetrarla con la punta. El sacerdote gimió y dijo: "¡Oh, Dios mío". Palabras redundantes y herejes de los labios del representante de Dios pero que expresaban su satisfacción. "¡Sí, muy bien! Eso es. Lo haces muy bien, niña. Sigue así" –le decía mientras posaba su mano en la cabeza de la chica. La humedad de los labios de Leyla hacia que se deslizará con facilidad por cada centímetro de la venosa hasta casi alcanzar su base oculta por el abundante y rizado vello púbico. Entonces el cura dirigió sus movimientos, arriba y abajo, deslizando la suave piel de sus labios por todo ese miembro erecto, mientras la lengua de Leyla dibujaba surcos de saliva sobre la protuberante verga saturada de sangre. "¡Ah! Te estás ganando el cielo, querida. Sigue, sigue" –le decía el cura. El húmedo masaje continuó hasta que la abundante película de saliva y semen se desbordara por la comisura de los labios de Leyla goteara deslizándose hasta la base y empapando la ingle del religioso. La chica se tragó todo lo que había escurrido y lo disfrutó como disfrutaba limpiar su mano después de masturbar a su novio, apartó sus labios y tosió ligeramente al liberarse, limpiándose con la lengua sus labios y con sus dedos la barbilla para llevar a su boca lo poco que quedaba del semen del cura.
Leyla pensaba que todo había terminado y que sería absuelta de su lujuria pero el cura tenía otro planes un poco más morbosos. "¡Quítate el vestido y apoyate en la mesa!" –le dijo. Ella dudó un poco pero ya estaba en ese juego perverso y no había pie atrás. El cura al ver la obediencia de la chica se excitó en demasía, su miembro volvió a cobrar vigor y se acercó para recorrer su cuerpo con caricias perversas. Leyla sintió que esas manos quemaban su piel pero hacían humedecer su sexo. La lujuria estaba en el ambiente y se percibía en las respiraciones agitadas de ambos, el sacerdote estaba haciendo que Leyla fuera más de las caricias indecentes, besos con pasión y masturbación; le mostraba que existe algo más de lo simple y tradicional. El Padre Marcelo embriagado por ese placer que no muchos entienden, toma unas velas que estaban encendidas para agradecer favores a los santos y comienza a verter la cera que se derretía en las nalgas de la chica, haciendo que esta de un grito por el dolor de la cera caliente que caía y se deslizaba hasta endurecerse. Se retorcía un poco por la incomodidad hasta que su cuerpo pareció acostumbrarse a ese juego perverso, el dolor pasó a segundo plano y se transformó en un exquisito placer que no podía explicar. "Te estás portando muy bien, hija, así que te mereces un premio" –dijo el cura.
Le ordenó que se tirara al piso sobre la alfombra, admiró las estilizadas piernas de piel blanca y delicada. Los muslos son algo delgados, pensó que debido a las penurias del racionamiento y a la mala situación que atravesaba la familia de la chica se encontraba más delgada de lo que es habitual. Sus manos se deslizaron por los elegantes tobillos, acariciando la suave curva de los gemelos, los húmedos huecos posteriores de las rodillas y la fina piel interior de los muslos, hasta aproximarse al triángulo de tela que cubría el pubis. Los ojos del sacerdote escrutaron las leves ondulaciones de la braga que dibujaba el delicado vello púbico y delataban la dilatación de los labios vaginales. Cuando la mano se posó sobre la apetitosa entrepierna la chica dio un respingo y su rostro delató la excitación y el temor que sentía. "Vamos. Hasta ahora has sido una buena chica. ¿No querrás estropearlo al final? Relájate. Esto te gustará. Sentirás como si te aproximaras a las puertas del cielo" –dijo el sacerdote en tono tranquilizador, con ese deje paternalista tan afín a los religiosos. Bajó las bragas de Leyla y desveló ese rizado vello negro que destaca sobre esa piel blanca como el marfil. El cura aproximó el rostro e inspiró el aroma que emanaba de la entrepierna de la chica. El gesto que cruzó su rostro le asemejó a un hambriento depredador relamiéndose ante la proximidad de una jugosa presa. Sus dedos acariciaron esa vagina y se deslizaron entre los delicados pliegues de los labios vaginales y los abrieron para acceder a las entrañas de aquella tierna flor. Juguetearon en la entrada de la vagina y ascendieron hasta descubrir el clítoris. Al tocarlo Leyla reaccionó como si le hubiera accionado un secreto mecanismo, su cuerpo se tensó y de su boca escapó un ligero gemido. Un leve sonido que parecía susurrar: "¡Siga por favor, no sé detenga Padre!". Ese delicado pero excitado tono voz que salía de los labios de la chica era una invitación a cruzar la línea del pecado.
La vagina de Leyla comenzó a secretar sus jugos, con los cuales el cura mojó la yema de su dedo medio para mejor estimular el erguido clítoris. Lentamente la chica fue relajándose, arqueando su espalda y echando la cabeza hacia atrás, dejándose mecer por las oleadas de sensaciones que desde su entrepierna se expandían por el bajo vientre hasta hacer vibrar todo su cuerpo. A continuación el sacerdote abrió los labios de la vagina, aproximó su rostro e introdujo la lengua en la humeda fisura. Recorrió toda la suave piel de la vulva antes de centrarse en el palpitante clítoris. El ramillete de terminaciones nerviosas que en él enraizaban vibró como las tensas cuerdas de una guitarra, provocando que Leyla se dejara arrastrar por la incontenible corriente de sensaciones que desembocó en un inevitable orgasmo. Sus gemidos fueron apagándose despacio, mientras su agitada respiración elevaba ambos pechos entre los que retumbaba un corazón desbocado. Con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, mantenía la cabeza echada hacia atrás. El Padre Marcelo acarició las caderas de la chica y notó como brillaban a causa del sudor y la entrepierna también brillaba a causa de los fluidos que la inundaban. "Te ha gustado, ¿verdad, niña?" –dijo el religioso. Leyla como única respuesta cambió el gesto de su rostro, mostrándose avergonzada y haciendo ademán de cubrirse sin llegar a hacerlo, confusa por la situación y por sus propios y contradictorios sentimientos. "Tranquila, hija mía. No hay nada malo en ello. Como párroco soy el mentor espiritual de la comunidad y tú, como feligresa, debes dejarte guiar por mí hacia el camino correcto" –continuó diciendo el sacerdote.
Dicho esto, le quitó el brasier e inclinó el cuerpo de la chica hasta ponerla en cuatro. Él se situó a su espalda, colocó las manos sobre las caderas e hizo que Leyla elevara las nalgas. "¡No, por favor! ¡Padre, aún soy virgen y quisiera reservarme para el matrimonio!" –dijo ella angustiada. "Claro, hija, claro. Lo entiendo. No seré yo quien le niegue ese derecho a tu futuro marido. Por eso voy a utilizar tu otro agujerito" –le dijo el cura. Al decir esto situó su dedo en el ano de Leyla. Ella dio un respingo. "¡No! ¡Por ahí no!" –exclamó asustada–. "¡Oh, vamos! Tranquila, pequeña. No te haré daño. Piensa que es por tu bien. Si te mancillara, ¿crees que algún hombre querría casarte contigo? Además, estoy seguro de que te gustará" –dijo él con tono un tanto perverso.
Humedeció su dedo con saliva y comenzó a estimular la entrada del ano. Apretado y negándose a abrirse tenía una labor titánica para dilatarlo. Las expertas caricias del religioso lograron ir abriéndolo poco a poco, hasta que fue capaz de introducir el dedo. Leyla respiraba con agitación, aún aprensiva, pero era evidente que el masaje le estaba haciendo disfrutar. Un segundo dedo siguió al primero en su exploración y así, uno detrás de otro la mano entera logró desaparecer por completo en el interior del dilatado orificio. Era un doloroso placer para la chica, nunca había experimentado tal cosa; en sus adentros pensaba como era posible que tal cosa fuera posible y como el cura sabía aquellas cosas. Entonces el Padre Marcelo, extrajo lentamente su mano y colocó su pubis contra el culo de la chica. Empujó y la dilatación facilitó la penetración, pero al sentir el miembro Concha se asustó y contrajo los músculos de su ano. "Pequeña, aguántate mi mano completa dentro, ahora deja que mi verga disfrute de tu culo. Si empujas será peor. Relájate y deja que entre" –le dijo. "Usted me ha tomado y controlado a su antojo, solo tengo miedo de lo que pasará" –le contestó ella. El cura, sin atender a las súplicas, empujó, logrando entrar. Leyla emitió un quejido, pero la polla penetró hasta que el vello púbico de él acarició la suave piel de las nalgas. "¡Ah, qué rico!" –exclamó ella con evidente placer. "¿Lo ves? No fue tan difícil" –dijo el cura.
Comenzó a follarse el estrecho culo, empujando y retrocediendo, mientas ella continuaba gimiendo confundida por la mezcla de sensaciones que la sodomización le producía. Dolor pero al mismo tiempo una estimulación especialmente placentera. Se negaba a reconocerlo al cura, pero él sabía que ella estaba disfrutando, porque aunque apretaba labios y dientes gemía con intensidad. Ya no pudo callarlo más y dijo: "¡Oh, Padre. Me gusta como entra y sale! Amo la presión que sus manos ejercen en mis caderas. Haga que gima y que suplique por más. Eso calentaba más al sacerdote que se la metía con perversión, incluso hasta nalgadas le daba, se tomó del cabello de Leyla y le daba más rápido acelerando sus embestidas ya que estaba próximo al orgasmo. "¡Sí, eso es! Eres una puta, una pequeña puta, y voy a acabar en tu culo! ¡Ah, puta!" –jadeó el cura, mientras sus dedos de apretaban con fuerza en la piel de Leyla. Ella solo gemía recibiendo placer al oír las sucias palabras que salían de los labios del representante de Dios. En verdad no le había mentido, estaba en las puertas del cielo, el placer era infinito, la lujuria eterna, los únicos testigos de la escena eran los ojos de las imágenes religiosas que estaban en la sacristía, ella sentía que la miraban con morbo, cómo si aprobaran las palabras del cura, se sentía puta y lo disfrutaba. El chorro de semen inundó el culo de Leya, desbordándolo y goteando sobre la alfombra, mientras el cura cabalgaba desbocado sobre sus nalgas, apurando hasta el último espasmo de su eyaculación. Ambos exhaustos cayeron al piso, envueltos en sudor y abrazados por el placer. Leyla sin que el sacerdote le dijera nada, metió la verga aún dura en su boca y se la chupó hasta dejarla limpia.
Una vez recuperados, se vistieron y el Padre Marcelo acompañó a Leyla hasta la salida. Ella, sobresaltada por la cogida que recibió, caminó por la vacía y silenciosa nave de la iglesia sin hablar, mirando hacia el suelo. Al llegar a la puerta el Padre la detuvo y le dijo: " Por la autoridad recibida como representante del Señor sobre la tierra, te absuelvo de todos los pecados que has cometido". Casi irónico pero era lo que ella esperaba oir. Se colgó del cuello del sacerdote y lo beso como lo hace una mujer al despedirse de su esposo por las mañanas pero con algo de lujuria en ese beso que el religioso correspondió con la misma intensidad. Una vez en el amplio portón el cura se despidió: "Hasta luego, Leyla. Nos vemos este domingo, en la misa. Siempre que quieras ya sabes que mi puerta está abierta". Ella se alejó, murmurando una inaudible despedida. El sacerdote la observó marchar, disfrutando del contoneó de aquella bella figura al caminar, reflexionando sobre lo agradecido que debía mostrarse en sus oraciones al Señor por permitirle difundir Su obra en esta tierra de pecado.
Pasiones Prohibidas ®

Muy excitante y morboso relato Mí Señor😈
ResponderBorrarDetalles explícitos y candentes que incitan a saciar el deseo. Muy deliciosas sensaciones al seguir su Lectura Mí Amo...🔥🔥
Excelente relato Mí Perverso 💋
Me ha encantado está historia porque uno de mis fetiches es hacerlo con un sacerdote y Dios fue tan caliente leer esto que estoy muy mojada, me encantan sus historias pero está me ha gustado más que todas las anteriores
ResponderBorrarMuy buena historia caballero 👏 otra más a mi lista de favoritos
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