98. Resistiendo la tentación

 


Elena, había cumplido los dieciocho años cuando decidió entregar su vida al servicio religioso. Cuando les comunicó a sus padres el hecho de dejar todo por embarcarse en el servicio a Dios y a los desposeídos, la reacción de ellos fue de alegría; ya que desde muchos años en la familia Angellini Errázuriz habían habido sacerdotes y monjas, porque suponía una decisión normal. Llegó el día en que debía partir y encerrarse en un claustro que estaba alejado de su familia y del mundo.

Fue recibida por la Madre Superiora quien muy amable le dió la bienvenida, le indicó que como novicia no podría salir a las afueras del convento, que su labores empezarían antes del amanecer, asistiendo a los rezos por las mañanas, más tarde el desayuno y clases periódicas de Teología del Catolicismo, y otros deberes como estar al cuidado de una huerta que era atendida por las novicias junto con un matrimonio de granjeros que les enseñarían todo lo que tenga que ver con el cuidado de la tierra y las plantas. También la Madre Superiora le dijo al que cada tres meses era mandado algún sacerdote a entregar el sacramento de La Confesión para expiar los pecados, pero que si no podía soportar la culpa de estos podría hacerlo a través del dolor. Le entregó dos correas de cilicio y una especie de látigo hecho con cuerdas trenzadas; cosas que podría usar de ser muy grande la culpa por sus pecados.

La Madre Superiora la llevó en un recorrido por las dependencias del lugar, mostrándole cómo funcionaba la congregación y cómo las Hermanas realizaban sus labores. No habían muchas novicias ni monjas jóvenes pero era una basta congregación de al menos cien personas también la sacó al predio dónde está la huerta, sería un terreno de al menos una hectárea donde tenían sembrado de todo lo necesario para el sustento del convento como pafanhacer algunas donaciones e incluso vender para comprar algunas otras cosas. Se veía bastante organizado el sistema y Elena sabía cómo encajar a la perfección ya que siempre se caracterizó por ser alguien servicial y dispuesta a ayudar. La llevó hasta el sector donde están las "celdas" (recamaras o habitaciones) dónde pasaría las noches, también le dijo que habían celadoras que se encargaban de recorrer los pasillos con el fin de que todo se conservara en calma, ya que algunas religiosas que ya habían tomado los votos solían abusar de las novicias, y claramente las infractoras habían sido echadas de la congregación, por lo que su descanso no tendría sobresaltos. 

Desde que había entrado a la congregación, su vida ya no estaba rodeada de lujos, sino que a duras penas tenía lo necesario para su sustento. Muchas veces arrodillada al lado de su cama, imploraba a Dios y a los Santos las fuerzas necesarias para soportar su nueva vida y ser digna de realizar los votos, y así no sentir que se defraudaba a sí misma. 

Una mañana se encontraba recorriendo la huerta cuando escuchó unos ruidos un tanto extraños, sigilosamente avanzó siguiendo los ruidos, guiada tal vez por la curiosidad ya que nunca había escuchado algo así. A medida que se acercaba el sonido se hacía más fuerte, pudo distinguir que se trataba de unos gemidos; se escondió para tener una visión amplia de lo que sucedía. Se dió cuenta que era la esposa del granjero la que era follada con brutalidad por su esposo. Una mezcla de vergüenza y curiosidad se apoderó de ella, sus ojos no podían despegarse de la cara de satisfacción de la señora y el caballero que la embestía con fuerza. La vergüenza dió paso a una extraña sensación que la invadió, notó que su entrepierna se mojó y su respiración se agitó cómo nunca, un calor inmenso recorrió todo su cuerpo; mordía sus labios imaginando la sensación que sentía la mujer, ya que la cara de placer que ésta tenía la hacía imaginar cosas que en su vida jamás había pensado. Dominada por sus emociones bi se dió cuenta cuando sus manos se pasearon por su cuerpo intensificando la humedad en su entrepierna, levantó su falda que le llegaba a los tobillos y palpó su vagina, le gustó sentirla mojada y más le gustó cuando movió su ropa interior a un lado, su vello púbico estaba húmedo. Por primera vez se sentía excitada, era algo nuevo pero le estaba abriendo los ojos a la realidad de toda mujer, se sintió atraída por el sexo.

Buscó otra posición para tener mejor panorámica de la acción, sin darse cuenta estaba más cerca de lo que creía, cosa que hizo que ese intenso calor la hiciera subir esa falda hasta su cintura y comenzar a acariciar su sexo por sobre la ropa interior, nunca lo había hecho pero el roce de sus dedos en la tela húmeda hacia que gemidos suaves salieran de sus labios. No sabía si estaba bien o mal lo que estaba haciendo, ya que se imaginaba en la posición de la señora para sentir como la virilidad de ese hombre la invadía. Estaba siendo presa de un deseo incontrolable y no podía negar que los gemidos de aquella mujer eran como el canto de los ángeles. Una voz se escuchó en sus tiernos oídos: "Venga hermana Elena, no se quede ahí". Fue descubierta y estaba siendo invitada a unirse a ese acto lascivo que presenciaba. El hombre la llamaba entre gemidos. Dejó caer su falda, no sabía si salir corriendo o aceptar la invitación, pero sentía algo de culpa por estar observando un acto que a ella no le era permitido. Con esa lucha en su interior, salió de dónde estaba dando pasos llenos de dudas más que certezas, se acercó poco a poco hasta ellos. Pudo notar que los senos de la mujer estaban al descubierto y se mecian al ritmo armónico de las embestidas de su hombre, también notó con la fuerza como el esposo estaba tomado de las caderas de su mujer. "¡Así, querido! Muéstrale a esta chica lo que se perderá si toma lo votos. Muéstrale que el placer y la lujuria son el camino que Dios nos ha dado para disfrutar nuestra vida" –decía la mujer poniendo sus manos en un árbol para apoyarse.

La mujer pudo incorporarse y resistir aún más la frenética cogida que estaba recibiendo, miraba a Elena como los ojos encendidos por la lujuria y el desenfreno. "Acérquese Hermana" –le dijo. Elena más presa de los instintos que de la razón se acercó y tuvo contacto con las manos de la mujer que la llevaron a sus senos desnudos y guió un recorrido por ellos para que sintiera lo duros que tenía los pezones. El contacto con la piel desnuda de otra persona le hizo cuestionarse su estancia en el convento, ya que para ella fue algo "mágico". "Apriete Hermana, sienta y disfrute" –le dijo la mujer. Ella con su inexperiencia no sabía cómo hacerlo, así que la mujer le mostró como, ella aprendió como tocarla y apretar sus pezones. El hombre se detuvo en su faena y se quedó observando cómo su mujer se encargaba de darle esas valiosas lecciones que le servirían para descubrir su cuerpo en la soledad de la celda. "Ahora Hermana, pase su lengua por ellos" –le indicó la mujer. Ella obediente lo hizo. Su mente pensaba en que había cedido a la tentación y que su alma se perdería, pero la sublime sensación de sentir los pezones duros de la mujer la hacía rendirse a lo que estaba sintiendo y al absoluto placer que le estaba siendo presentado.

La mujer daba gemidos, cuando Elena por iniciativa daba fuertes mordízcos en sus pezones. "¡Aprende rápido esta chica, mi amor!" –decía la mujer a su esposo. Él estaba en silencio viendo la escena y masturbándose suavemente. En evidente estado de placer Elena disfrutaba al ver la verga erecta de aquel macho, el glande estaba casi morado por la erección y él jadeante viendo como su esposa llevaba por el camino de la perdición a la novicia. La mujer la llevó contra el árbol y levantó su falda. "¿Qué va a hacer señora Luciana?" –preguntó la novicia ante tal acción. "Algo que va a disfrutar Hermana, usted solo cierre sus ojos" –respondió. Elena obediente cerró los ojos y se dejó llevar por la excitación. Luciana le quitó la ropa interior empapada y la metió en la boca de Elena. Ese sabor nunca lo había sentido, para ella era algo exquisito, la mujer le separó las piernas y acarició su vulva. Entendió porque puso su ropa interior en la boca, porque al sentir las ardientes manos de Luciana pasearse con propiedad por su sexo se arrancó un gemido de su interior que fue ahogado por su calzón. La mujer sin decir nada separó los labios vaginales de Elena y lamió su hinchado clítoris. "¡Oh Dios mío! ¿Qué estoy haciendo?" –pensaba. Su cuerpo temblaba, era algo nuevo para ella, esa sensación de placer llevado al extremo la consumía por completo. De pronto, comenzó a jadear, estaba como poseída. Era algo jamás experimentado pero que la estaba llevando al borde la locura, sentía como su sexo palpitaba y se mojaba aún más, incluso su ano temblaba, en ese momento ella pensó que el cielo era real porque se sentía en las puertas de éste. Casi sin poder sostenerse se rindió a algo idílico que la hizo caer al piso y con su cuerpo lleno de espasmos parecía que su vida se iba en cada respiración. 

Aquel hombre que miraba en silencio se acercó y se masturbó a su lado hasta que vació su semen en la cara de Elena. La esposa, recolectó cada gota con su lengua, dejando limpio el rostro de la novicia y le dió a probar en un candente beso que la hizo vibrar por completo. Cuando el momento de lujuria cesó y la calma se apoderó de ella. Elena rápidamente corrió hasta el convento, antes de entrar se puso su ropa interior con sus fluidos impregnados, no se detuvo hasta que entró a su celda. Se tiró de rodillas para pedir perdón por tal pecado cometido y ceder tan fácil ante la tentación. Nada la hacía despejarse de esas imágenes que se repetían en su mente, la manera en que se besó con la mujer y lo mucho que había disfrutado sentir el semen del hombre en su boca. Angustiada fue hasta la pequeña mesa de noche junto a su cama y tomó las tiras de cuerda que la Madre Superiora le había entregado. Quitó su blusa y el sujetador que llevaba puesto, comenzó a azotar su espalda mientras decía: "¡Por mi culpa! ¡Por mi culpa! ¡Por mi gran culpa!". Lejos de causarle dolor y redención cada azote era como una caricia que avivaba ese fuego interior. Cada vez se azotaba más fuerte y cada vez con más lujuria sentía como su entrepierna se humedecía. "¿Por qué me siento así?" –preguntaba sin tener respuesta. Sentía como los azotes dejaban surcos en su piel, no había dolor, solo placer. En un momento de desesperación y derramando lágrimas por la bajeza de sus acciones, escuchó una voz que le dijo: "No hay nada malo en tí, lo que sientes es tan normal como respirar". Elena abrió sus ojos sin ver nadie dentro de la celda. Se asustó y buscó refugio en el rosario que llevaba en su cuello. Entonces la voz le dijo: "No hay nada que tus rezos puedan hacerme, ya que tu alma me pertenece". "¡Calla! Mi alma le pertenece a Dios nuestro Señor" –dijo ella. Una risa se escuchó que llenó toda la habitación y la voz arremetió: "¿Acaso tu Dios aprueba lo que hiciste en la huerta?". Por un instante Elena sintió como si su sangre se hubiera congelado. ¿Acaso alguien la vio en esas acciones indecorosas? "¿Quién eres? ¿Por qué sabes eso?" –preguntó con miedo. "Mi nombre es Asmodeo, soy el Demonio de la Lujuria. Por eso te digo que tú alma me pertenece, ya que hoy caíste en mi tentación y no tendrás la anhelada redención que buscas" –le respondió la voz.

Al oír esas palabras un llanto amargo salió de Elena, su alma se había perdido, había fallado en su vocación. Ya que el demonio le hablaba con tanta propiedad. Decidida a enfrentarlo sus rezos se hicieron más efusivos, pero era inútil, las imágenes en su mente eran más potentes que sus rezos. "¿Acaso crees que esas palabras aprendidas y repetitivas pueden conmigo? No han podido nunca, ya que en la soledad de sus celdas todas sucumben ante mí, incluso la Madre Superiora cae ante las imágenes que pongo en su mente" –le dijo Asmodeo riendo. "¡Déjame en paz! –le dijo ella. El demonio le contestó: "Por esta vez te dejaré ganar pero recuerda que por más que intentes huir de mí no podrás, ya que cada cosa que hagas te traerá a mi presencia y serás mi esclava".

Elena salió de su celda acongojada pensando si lo sucedido era real o producto de su imaginación. Decidida a averiguarlo fue a la biblioteca con la finalidad de tener una respuesta. Tomó un libro de demonología y buscó el nombre de aquel demonio, encontrando lo siguiente: "Asmodeo es el demonio de la lujuria según la Clasificación de demonios de Binsfeld, es quien desencadena todos los deseos sexuales en el hombre, causando que el alma sea condenada al segundo círculo del infierno, también es la entidad que disfruta de la infidelidad y la destrucción de matrimonios y/o noviazgos". Por unos segundos sintió que su corazón dejó de latir, lo que había vivido era una realidad, si existió esa conversación. Ahora con la certeza de que su alma estaba perdida encubrió su falta y no tuvo el valor de confesar debido a lo que el demonio le había dicho. 

Continuó con sus labores del día de la forma más normal posible, aunque intentaba concentrarse en tener pensamientos nobles Asmodeo se empeñaba en poner imágenes de sus actos impuros. Su cuerpo no daba más de la excitación, en varias oportunidades corrió a las letrinas para saciar los deseos de ese oscuro ser que la dominaba a su antojo. Cuando llegó la hora de cena el solo mirar a alguna de las monjas despertaba en ella esa sensación de lascivia que tuvo en la huerta, no sabía cómo contenerse, el silencio era su aliado aunque no servía de mucho porque su vagina palpitaba ardiente de deseo sin importar lo que ella hiciera. Terminaron de cenar y se dirigieron a la capilla para tener la última rogativa del día y después dirigirse a su encierro. Dirigió sus plegarias con toda el alma a Dios pero Asmodeo entró en su mente y le dijo: "Hay algo que quiero que veas cuando termines con este circo". Ella intentó acallar esa voz suplicando fervientemente pero arremetió: "Hay algo que quiero que veas cuando tu farsa termine". Los rezos cesaron y ella se encaminó a las afueras del convento para respirar en calma y reflexionar, pero la tentación era inmensa. Sin darse cuenta sus pasos se dirigieron al caserón contiguo al convento donde vivían Luciana y su esposo. Se paró cerca de una ventana, desde fuera se divisaba la luz tenue de las velas, se asomaba sobre el pórtico de la ventana con el pulso acelerado y allí estaban. Ambos desnudos sobre la mesa cogiendo como animales, era como si la hubieran estado esperando para que viera el espectáculo. Instintivamente su mano se metió debajo de su falda y su ropa interior, acariciaba su sexo uniéndose a los gemidos de la mujer que era ensartada por la verga se su esposo. Ya en Luciana no habían gemidos sino gritos de placer que Elena podía oír perfectamente.

Luciana parecía tener los ojos dirigidos a la ventana como si supiera que Elena la observaba, parecía sonreírle al otro lado del cristal. Él apretaba los dientes como pretendiendo partirla. La escena era alucinante, sus dedos se frotaban con fuerza frente a la ventana, ya daba igual, la habían descubierto; se imaginaba la brutalidad con la que estaba siendo cogida Luciana y su cuerpo se estremecía por completo. "¿Por qué me muestras esto?" –pregunta Elena a Asmodeo. "Sé lo que imaginas, lo que deseas y lo que despierta excitación en tí. Te dije que tus oscuros deseos te traerían de vuelta a mí y serías mi esclava. ¿Por qué sigues luchando? Ya has probado el fuego y te gusta quemarte" –contestó. "No dejaré de luchar, aunque caíga mil veces, las mil veces me pondré en pie. Soy más fuerte que tus tentaciones exquisitas" –le dijo ella. El demonio rió a carcajadas y le dijo: "¿Tan fuerte que estás aquí parada viendo entre las sombras como se cogen a una mujer y deseando ser tú a quien se la estén metiendo?". Arremetió: "Observa lo que pasará. El hombre acabará y vendrá a la ventana a derramar su semen como si te lo estuviera dando a tí. El resto dependerá de tu fortaleza*. Una brisa fría se sintió en el aire y la influencia del ser infernal despareció. Tal como Amodeo lo indicó, el hombre se acercó a la ventana, listo para eyacular. Vertió su semen en el cristal pero la debilidad de Elena era más grande que su fortaleza, se acercó al cristal y pasó su lengua por él imaginando que bebía el tibio semen que se había impregnado. Solo se detuvo hasta cuando su cuerpo comenzó a temblar y cayó en ese éxtasis del placer que la dejó sin fuerzas. 

Cuando se dió cuenta de lo que había hecho, corrió al convento, se encerró en la celda y se dió un baño. Nuevamente la presencia de Asmodeo se materializó esta vez no solo su voz sino una sombra con figura de hombre. "Te dije que no podrías resistirte, pero eres demasiado necia para darte cuenta que me perteneces" –le dijo. "Le pertenezco a Dios, nuestro Señor" –respondió ella. "Pues, déjame decirte que Dios no es quien controla este lugar. Abriré tus oídos para que puedas escuchar lo que sucede en las otras celdas, tómalo como un presente de mi parte" –dijo Asmodeo. Entonces sus oídos fueron abiertos y pudo escuchar los incontables gemidos cargados de lujuria y perversión de las otras religiosas. De pronto, sintió como si unas manos empezaron a recorrer su cuerpo, la forma en que lo hacían producía en ella un estado de intensa excitación, la manera en que sus pechos eran invadidos comenzaron a detonar en ella gemidos incontrolables, sentía que sus pezones eran apretados y retorcidos. "¡Por favor detente!" –dijo Elena intentando contenerse, pero Asmodeo no estaba para oír súplicas. Siguió manipulando los sentidos de la novicia, incluso ella sintió como la mano del lujurioso demonio se metió entre el agua de la tina para invadir su vagina. Sus gemidos sumado a los de las otras religiosas causaba en ella una perversa sensación de placer. Elena ya conocía el placer, lo había experimentado y le gustaba pero no reconocía su dependencia de ese infernal ser para conseguirlo, no podía asumir tal impacto en su vida, pero disfrutaba siendo un títere que era manejado al antojo de ese oscuro ser. Al fin entre sus gemidos llegó el orgasmo que la dejó temblorosa y jadeante. "Ahora ya sabes lo que digo. Dios no controla este lugar, todas esas putas que se visten de piedad y hacen rogativas a alguien que no se da el tiempo de oirlas serán putas que se usarán en el infierno para satisfacer la lujuria de muchos pero tú Elena Angellini serás la que usaré yo por toda la eternidad" –le dijo.

Salió de la tina, se puso su camisón y se tendió en la cama pensando en lo que había sucedido. No daba crédito a como pudo ser tan frágil para dejarse seducir por ese sagaz demonio y rendirse a las tentaciones que ponía. Cuando pudo conciliar el sueño, las imágenes de como Luciana era cogida por su marido aparecieron en medio de su descanso, despertó húmeda y con la necesidad de darse placer. "¡Oh, no puede ser! ¿Aún me atormentas en mis sueños sucio demonio?" –dijo. Entonces la voz de Asmodeo estremeció su cuerpo: "¿Me dices sucio a mí cuando eres tú quien se revuelca en su suciedad?" –dijo el demonio. "Eres una puta insolente y como penitencia mañana tendrás todo el día tu sucia vagina húmeda, te tocarás pero no tendrás placer. ¿Acaso olvidaste que me perteneces y que puedo hacer contigo lo que me plazca?" –arremetió con enfado. Temor causaron en ella esas palabras, por lo que no pudo volver a conciliar el sueño. Cuando la mañana llegó y después de darse un baño para empezar con sus labores sintió como su vagina se humedeció de la nada, palpitaba y sus pezones se erectaron. Asmodeo había cumplido su promesa y empezaba la cruel tortura para Elena. 

Todo el día esa imagen del granjero con su esposa rondaba su mente, aún cuando estaba en su tiempo de oración. No podía concentrase en nada, varias veces se escapó a las letrinas para intentar apagar el fuego interior que la consumía pero era inútil, la advertencia fue clara, no podría alcanzar el orgasmo. Su insolencia le estaba pasando la cuenta, ya que al parecer sus compañeras de encierro se deban cuenta de su congoja y parecían murmurar. La observaban pero ella intentaba esconder su mirada para no ser descubierta pero la excitación que sentía sobrepasaba con creces la lógica. Sus fluidos le escurrían por las piernas, su respiración a ratos era jadeante pero no había placer en ella. Las labores del día cesaron y éramos hora del encierro, corrió a su celda y se quitó la ropa, al sentir la humedad en la tela del calzón y sentir la viscosidad impregnada en ella fue testigo del día martirizante que tuvo que soportar. Se apoyó sobre la rogando a Dios que la aliviara de aquellos pensamientos, que la liberara. Encendió dos de las velas que se alzaban en la cómoda, y se quedo fija viendo su reflejo sobre los cristales de la ventana de su celda. Todavía sentía aquel palpitar en su interior. Se desvistió completamente, desnuda ante la ventana. Observó su cuerpo, el cuerpo de una mujer entregado a Dios pero que él había rechazado y entregado a las manos de ese libidinoso ser. Su mente traicionera le recordaba en imágenes lo vivido y su sexo destilaba todavía fuego, fuego impuro que había que extinguir.

Fue hacia la mesa de noche y tomó la tira de cuerdas y un frasco con aceite. Se tumbó en la cama y extendió el liquido dorado por su vientre, por sus piernas, por sus pechos. Levantó hacia el cielo las cuerdas y las dejo caer con fuerza sobre su vientre. El ruido del impacto sobre su piel fue tenue, una oleada de dolor le recorrió su cuerpo. Volvió a alzarlas y las dejo caer esta vez con mas fuerza. Mordió la almohada para evitar dejar escapar un grito de dolor. Su piel empezaba a tornase rojiza pero su vahina muy lejos de redimirse se humedecía cada vez más. Con cada golpe sus pezones se endurecían más, su sexo ardía, y sus ganas de gritar crecían ya no de dolor ahora eran de placer. La sancion había sido levantada y disfrutaba con cada azote. Apretaba sus muslos para contener el río que brotaba de su sexo e imaginaba al despiadado demonio como la sometía, con su pene estriado que la desgarraba por dentro. Lo veía llenándola con su semen sintiendo el olor de azufre impregnando las sábanas.

Alargó la mano hasta la mesa de noche, tomó una de las velas que se consumían. Dejo caer sobre su pecho la cera líquida que contenía el plato. Esta vez un alarido de placer salió que ahogó cuando apretó los dientes mientras la cera se solidificaba sobre sus pezones, cogió la vela todavía caliente y la apretó contra su coño. Sintió como los restos de cera se pegaban a su clítoris hinchado. Abrió las piernas y comenzó a frotarse con las cuerdas ensangrentadas. La sangre se mezclaba con su flujo y manchaba las sabanas. Ya no podía mas, su vagina ardía en carne viva, su estado de excitación no le abandonaba, todo lo contrario con cada tortura a la que sometía a su cuerpo este reaccionaba deseoso de más. El poder de Asmodeo era tan real como los fluidos que brotaban de su sexo. Ya no podía resistirse más, volvió a tomar la vela que yacía sobre las sabanas húmedas por su flujo y se la metió entera dentro de su vagina, su mano libre se dirigió hasta uno de sus pezones recubierto de cera y lo retorció clavando las uñas en él. Sentada sobre la cama comenzó a moverse sobre el objeto que profanaba su virginidad. Mientras las cuerdas volvían a azotarla esta vez en la espalda.

Imaginó a aquella bestia, con su verga como la obligaba a someterse, como la sodomizaba y la ensartaba. Elena disfrutaba de cómo se estaba entregando al Demonio de la Lujuria, gozaba de la tentación, gozaba de cómo la había convertido en una sucia y sometida esclava. Antes de caer en el orgasmo dijo: "¡Me entrego a tí, rindo mi alma, mi cuerpo y placer a tu servicio! Pero por favor no me castigues más negándome sentir este placer". De repente, una explosión en su interior le hizo soltar esta vez un alarido de placer inmenso que debió. El flujo brotaba de sus entrañas como un río, volcándose sobre las sabanas, mezclada con la sangre que manchaba su monte vagina y su cuerpo a causa de los azotes. Cayo de espaldas, rendida, mareada. Su cuerpo ensangrentado, flagelado eran la evidencia misma que se había rendido al pecado. Le ardían las heridas, pero eran las muestras del placer recibido. Se había marcado para demostrar su rendición a Asmodeo.

Durmió hasta que el sol entró por la ventana, arregló su celda. Se acercó a la ventana y dió gracias a su Señor Asmodeo por el placer que le hizo sentir por la noche. Al terminar sus palabras sintió como si un hierro caliente profanara su piel, una marca había quedado en una de sus nalgas que fue hecha por el mismísimo demonio, sintió el olor de la piel quemada, señal que él la había aceptado. asmodeo la poseía y sería su esclava por toda la eternidad.



Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Mmmm me encantó...
    Bello y delicioso relato Mi adorado perverso 🔥😈
    Cada detalle es tan vibrante
    Una lectura muy excitante
    Y la historia me pareció genial
    Excelente relato Mí Amo 💋😘

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  2. Waooo que relato más exitante y endemoniado me encanto ufff ser una puta caliente de ese placer q embarga hasta lo último todos llevamos un pedacito de es eplacer inmenso que a veces por la sociedad no lo dejamos salir cuando deberíamos hacerlo y ser presas de ese delicioso placer

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  3. Excelente como siempre, me encanto

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  4. Excelente relato caballero 👏👏👏👏

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  5. Wow, te deja sin aliento pensando en la magnitud de esos orgasmos, buen relato gracias.

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  6. Exquisito como relatas cada sensacion Mr. P, tienes la habilidad de despertar pensamientos y sensaciones que mojan bragas y calientan el cuerpo, gracias por compartirlas.

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  7. Espectacular relato muy excitante

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  8. Demasiado excitante...imaginar cada escena fue sublime

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