Las cosas no son tan simples como se piensan, a veces se debe luchar internamente con aquellas cosas que para la sociedad conversadora están mal y carecen de explicación porque son malas y punto. Se rumorea en la Arquidiócesis que en el convento de la Divina Ascensión ocurrían cosas extrañas. Por lo que el Arzobispo con autorización previa del Vaticano tomó la decisión de intervenir el convento y acallar esos rumores para demostrar que solo eran habladurías de herejes que solo buscan destruir la extensión del Reino de Dios en la tierra. Se reunió un grupo de sacerdotes para analizar la situación y buscar una forma para llevar a cabo ese plan. “Ustedes están aquí como siervos de Dios para que podamos rezar buscando una dirección y ver cómo afrontamos esta situación que trae congoja entre los fieles” –dijo el Arzobispo. Uno de los Prelados presentes dijo: “Necesitamos que nos informe Excelencia porqué ha sido convocada nuestra presencia. Tuvimos que dejar nuestras congregaciones para venir y quién sabe cuánto tiempo estaremos aquí para resolver sabe Dios qué asunto”. El Arzobispo respiró profundo y dijo: "Obispos, se han recibido rumores que en las paredes del Convento de La Divina Asunción ocurren actos que son dignos de aberración, la lujuria y el desenfreno se pasea por aquella casa como si el infierno mismo estuviera presente. Por eso que con la venia de Su Santidad estamos reunidos para buscar una solución ya que nos afecta a todos y el buen nombre de La Santa Iglesia Católica". “Es una cosa que no se puede tolerar” –vociferó uno de los Obispos. “Por eso debemos primero averiguar qué tan ciertos son los rumores y de resultar ciertos buscar la forma de extirpar el pecado” –dijo el Arzobispo.
Al son de la campanilla se arrodillaron pidiendo a Dios sabiduría en silencio. Fueron horas de ruego incesantes, hasta que nuevamente sonó la campanilla y se pusieron de pie, se les entregó un papel en que los veinte Obispos reunidos debían expresar su voto sobre el asunto. Los depositaron en una urna y el secretario de Arquidiócesis los contó a viva voz. Fue descrito en el acta de la reunión que no hubo acuerdo en la primera oración del día. Tal como el Colegio Cardenalicio se reúne para elegir al nuevo Sumo Pontífice y no hay acuerdo, “no hubo humo blanco” entre los presentes. La segunda citación para el encierro y nuevo conteo de votos se llevaría a efecto a las seis de la tarde. Un grupo de Obispos más conversadores se paseaban en el patio de la Arquidiócesis fumando un cigarrillo y buscando unir fuerzas para que el convento fuera intervenido y que se debía mandar un sacerdote para que impusiera orden por mandato del Arzobispo. Fue así que sumaron adeptos a la consigna y dejarían su posición en claro en el segundo llamado.
“Seguimos en la búsqueda de
claridad sobre el asunto que nos convoca, por lo que procederemos a elevar
nuestro rezo para saber qué hacer” –dijo el Arzobispo. Entonces uno de los
Obispos se puso de pie y dijo: “Con su permiso Su Excelencia, pero creo que
demorar el asunto no es lo ideal. Hemos hablado entre todos y tenemos una
solución. En nombre de Dios pedimos que escuche nuestra voz. La mejor solución
es enviar a un sacerdote para que con la autorización suya se haga cargo de una
investigación y se remita a entregar un informe después de un tiempo
determinado y saber si solo son rumores infundados o ciertos, de resultar
fidedigno el rumor proceder a un juicio canónico en contra de quien esté
involucrado y sea excomulgado o recluido a una vida de oración y penitencia”.
La propuesta pareció bien al Arzobispo y pidió a los presentes expresen su voto
a mano alzada, siendo todos quienes levantaron la mano en señal de aprobación.
Quedó consignado en el acto que la moción propuesta fue ratificada por “unanimidad”.
Ahora, la preocupación del Arzobispo era ver quién sería digno de confianza
para llevar a cabo tan noble misión y fuera riguroso a la hora de establecer
las penas que ameritaban esos comportamientos. Al cabo de tiempo de meditación,
la responsabilidad recayó sobre el Padre Wybe Terrand de la Iglesia de La
Santísima Trinidad, conocido como un hombre implacable e intolerante al pecado,
a sus 50 años era alguien que contaba con el respeto de muchos de los
Presbíteros cercanos a su Diócesis, por lo que la misión no le presentaría
mayores problemas.
Al Padre Terrand se le comunicó su nueva destinación y se le entregaron cartas de autorización para hacerse cargo de todos los asuntos del convento. Fue así que emprendió su viaje sabiendo que la voluntad de Dios se había manifestado y él debía obedecer. Al llegar fue recibido por una Hermana del Convento y él enseguida pidió entrevistarse con la superiora la Madre Angelina. Caminó por los estrechos pasillos, no se percibía nada extraño en el ambiente, incluso había monjas afanadas en sus labores pero nada que evidenciara lo que le fue previamente informado. Cuando llegaron a la oficina de la Madre Superiora, la monja que lo acompañaba golpeó la puerta. “¡Adelante!” –se escuchó del otro lado. La Madre estaba encendiendo unas velas que había puesto en la imagen de la Virgen María cómo ofrenda. Al darse vuelta ve al Presbítero de pie y le dice a la monja: “Hermana, déjenos a solas y cierre la puerta”. Obediente salió y dejó la puerta cerrada. “¿A qué debo su visita Padre? No fui informada que vendría alguien de Arquidiócesis” –dijo. El Padre extendió su mano y la Madre Angelina besó su anillo en señal de respeto. “Estoy aquí por indicación del Arzobispo y le vengo a relevar de su digna posición”. “¿Debido a qué Padre? ¡Me desconcierta tal información!” –dijo ella. “En nombre de Dios le ordeno que desista de su puesto y se encierre en su celda. Desde ahora es puesta en penitencia, pudiendo solo salir a compartir los alimentos, misas y no podrá participar del Sacramento de la Comunión” –dijo él en tono ofuscado. “¿De qué se me acusa?” No puede imponerme penitencias si no sé cuál es mi ofensa" –dijo ella calmadamente. “Por la autoridad que se me ha otorgado por La Santa Iglesia del Cordero y por Su sangre derramada en la cruz. ¡Te ordeno que desistas!” –dijo él. “Viene a mi casa a imponer órdenes y me dice que desista. Padre, creo que no entiendo” –dijo ella con una sonrisa. “In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Os conjuro por los Santos Ángeles del Cordero que desistáis del mal que habéis causado sucio engendro” –dijo el Padre Terrand y le lanzó agua bendita. “Veo que me habéis descubierto, sois astuto Padre pero no más que yo” –dijo una voz espectral. “No os resistáis más. Nuestro Señor Jesucristo te lo ordena, Su Sangre derramada en la Cruz te lo ordena, los Santos Mártires te lo ordenan, la Santísima Virgen María te lo ordena. ¡Desiste engendro de Satanás!”. La voz que salía de la Madre Angelina rió e hizo temblar la oficina. “Me ha llegado más entretención. Veremos si podéis resistir mis ataques” –dijo. El cuerpo de la Superiora tembló y adoptó una actitud de reverencia ante el Sacerdote. “Padre no esperábamos visitas” –dijo ella. “Lo sé Madre, pero por órdenes del Arzobispo estoy aquí para hacerme cargo de los asuntos del convento por un tiempo. También se me ordenó que debe ser puesta en encierro y penitencia hasta que yo concluya mis asuntos” –le dice. 2Muy bien Padre, se hará como usted dice” –dijo ella acatando lo que el Señor pedía a través de su enviado. Fue acompañada a su celda por el Padre y puesta en confinamiento.
Se instaló en una celda y pidió a las hermanas reunirse en la capilla para comunicarles el porqué de su presencia. No pasaron muchos minutos y ya estaban todas reunidas bajo un silencio sepulcral. Un total de 30 mujeres, entre monjas ordenadas y novicias lo esperaban. La puerta rechinante de la capilla se abrió y se escuchaban los pasos del Siervo de Dios por medio de la nave central, cuando se escucharon más cerca de ellas los pasos se pusieron de pie, él se inclinó ante el altar y se persignó, se volteó y les dijo: “Soy el Padre Wybe Terrand. He sido enviado en nombre de la Arquidiócesis para hacerme cargo del convento. Las razones no se las puedo comentar pero sepan que en mis años de Ministerio Sacerdotal he granjeado una reputación de ser severo. Por lo que les digo que cualquier cosa que a mis ojos sea considerada como una falta será duramente disciplinada. El autor de la Carta a Los Hebreos dice qué Dios a quien toma por hijo lo disciplina y lo azota porque lo ama y ustedes no son la excepción a esa regla”. De pronto, se oyeron murmullos, entonces el Padre dijo: “No murmuren, si tienen algo que decir díganlo ya, esta es su oportunidad”. Una joven novicia se levantó y dijo: "Padre Terrand, sabemos que así es, pero no entendemos que malo hay en la dirección de la Madre Angelina". "Hermana, entre más rápido obtenga lo que vengo a buscar la Madre Superiora retomará sus funciones. Ustedes solo deben preocuparse de servir al Señor y a los necesitados cómo hasta ahora lo han hecho". La hermana Inés se puso de pie y dijo: "Padre. ¿Podemos ayudarle nosotras en esa búsqueda? Somos hijas de Dios y Sus fieles servidoras, podemos serle de mucha ayuda". "Tiene toda la razón Hermana, pero es una misión que debo desempeñar solo. Mientras tanto solo remítanse a su labor" –dijo el Padre Terrand. Otra vez el silencio se hizo presente. "Habiendo dicho todo pueden ir en paz" –arremetió.
El día transcurrió en cierta forma tranquilo, las hermanas se dedicaron a sus labores con devoción, él se paseaba en silencio viendo las cosas que hacían las monjas y las novicias. Cada paso que daba lo hacía de manera inquisitiva, buscando el pecado y extirparlo con sus severos castigos. Con sus manos atrás y dando pasos seguros salió al patio, se encontró con la Hermana Teresa de Jesús, que cortaba los brotes secos de un rosal pero en un descuido el velo de su hábito se cayó dejando ver su pelo. El Padre Terrand la miró y le dijo: "Deje lo que está haciendo y acompáñame". La Hermana obediente dejó sus cosas y caminó detrás del sacerdote, no sabía que castigo se le aplicaría por tal descuido pero no quedaría impune ante los ojos aquel enviado del Señor. Entraron a la antigua oficina de la Madre Superiora, él la miró con desprecio ya que su labor no requería misericordia sino justicia. "Hermana usted ha cometido una falta" –le dijo. Ella lo miró con desdén y le dice: "Lo entiendo y también sé que usted es un verdugo que se deleitará castigándome por lo que hice. Soy sierva de Dios y si eso sirve para expiar mi culpa, estoy en sus manos". "Si usted quiere considerarme como un verdugo, pues, sí. Lo soy; ya que a través del dolor el pecado es expiado. Coloqué sus manos con las palmas hacía arriba" –le dijo Terrand. Ella obedeció y adoptó la posición que le fue indicada. El Padre la miró y tomó del escritorio una regla de madera y la puso atravesando las dos palmas de la Hermana Teresa de Jesús, una demencial sonrisa se dibujó en el rostro del Sacerdote. Entonces sin mediar aviso comenzó a azotar las palmas de la Monja con inusitada fuerza, ella intentaba mantenerse impávida y no darle el gusto al inquisidor de oírla suplicar. Lágrimas resbalan por las lozanas mejillas de la religiosa pero en silencio soporta los golpes de los que era objeto.
Él no estaba satisfecho con el castigo, su "sed de justicia" no era saciada del todo. La hizo despojarse del hábito y que quedara totalmente desnuda, ella con un dejo de pudor se desnudó ante el Padre Terrand. Ahora hizo que tumbara de espalda y extendiera los brazos hacia los lados, quedando en forma de cruz. Repitió los golpes, concentrándolos en los pechos y en el sexo de la Hermana. Se notaba al borde del orgasmo, pero tenía que contenerse. Cada golpe ya no era un castigo sino un medio utilizado por ella para recibir placer, su sexo estaba inflamado por los golpes y por el placer que sentía en ese momento. En sus senos estaban las marcas de aquella regla que la transportaba a las puertas del cielo por cada certero golpe de su verdugo. Terrand al ver que la Hermana disfrutaba de su penitencia con placer dejó caer un escupitajo en la cara de la religiosa y le dijo: "¡No eres más que una sucia meretriz!". "No sabes que tan sucia puedo ser. Pídeme lo que quieras y te complaceré cómo la mejor de las putas del infierno" –respondió ella. "¿Blasfemas en un lugar destinado al servicio de Dios?" –le preguntó él. "Sí, y con toda mi alma que ha de quemarse en el infierno" –le respondió. Entonces Terrand separó las piernas de la Monja y vio la humedad que relucía en su vagina. Metió la punta de pie y su zapato salió impregnado de aquellos tibios fluidos. Él se acercó y piso su zapato cerca del rostro de la Hermana Teresa de Jesús y ella lo lamió como una perra sedienta. "¡No sabes Padre lo rico que se siente! ¡Hazlo otra vez y moja mis labios con mis fluidos!" –le decía. El Cura asqueado con lo que oía sacó su miembro y le orinó encima para acallar las blasfemias de la Monja. Ella bebió hasta el último chorro que cayó cerca de su boca y el resto se deslizaba por sus magullados senos, haciendo que tuviera espasmos parecidos a los que se sienten en el orgasmo. "¡Eso Padre, deme de beber su orina y que escurra por mi cuerpo! Es exquisita, me hace arder" –le decía. Separó se sentó en el piso y separó sus piernas, se empezó a tocar a vista y paciencia del Cura. "¿Qué hace Hermana?" –le pregunta. "No soy tú hermana, soy una puta que quiere ser cogida" –le responde. Él si quiera había alcanzado a guardar su verga después de orinarla, estaba tiesa, cómo si la invitara a degustarla. Teresa de Jesús empezó a masajear su vulva poniendo esa cara que ponen las zorras cuando cogen y gemía haciendo que el miembro del Sacerdote se hinchara más. Absorto por lo que sus ojos presenciaban, intentó apagar el fuego que consumía a la Monja y le lanzó agua bendita rezando el Ave María. "¡Así, Padre empápeme no con agua, si con su semen tibio y espeso!" –decía ella. "Deje de usar ese lenguaje profano" –le ordena él. "Si fuera profano, no estaría excitado Padre" –replica ella.
Se coloca de pie y camina hasta donde está él, avanza, el Padre retrocede pero su espalda choca con la pared, al estar frente a frente, la Hermana saca su lengua y la desliza por sus labios. "¡Aquí usted Padre no tiene autoridad sobre nosotras!" –le dice mientras aprisiona su miembro y lo empieza a masturbar despacio. La respiración del Sacerdote se agitó y comenzó a sentir que el sudor corría por su frente. La regla de madera cayó al piso, la Hermana otra vez pasa su lengua por los labios del Sacerdote y sonríe. "Dígame qué no le gusta y me detengo" –dijo ella. "Nada de lo que hagas demonio podrá doblegar mi espíritu" –replicó el Padre. Nuevamente esa voz espectral que oyó cuando se entrevistó con la Madre Superiora se escuchó en los labios de la Hermana Teresa de Jesús y dijo: “Intentas resistirte y te escondes detrás de tu apariencia de hombre de Dios, pero solo eres un mortal. Veré que tanto te puedes resistir a los encantos de esta puta”. Dicho esto, la Monja siguió masturbando al Sacerdote con un frenético ritmo, él jadeaba intentando rezar para mantenerse firme pero su miembro no respondía a las plegarias pero si a los estímulos que recibía. La Hermana se puso de rodillas y en silencio metió la verga del Cura en su boca, en ese momento Terrand dejó de luchar y se entregó por completo a los labios de esa joven mujer que estaba siendo utilizada por una entidad oscura. Después de mucho tiempo volvió a sentir el placer de la lujuria y solo pensaba en ser satisfecho a cabalidad ya que su conexión con el cielo se había perdido por el solo hecho de caer en la tentación el sexo.
Ya con la convicción hecha trizas el Padre Terrand dejó que todos sus instintos salieran de su escondite. Empujó a la Hermana y la tiró al piso, le ordenó abrir las piernas, ella con una sonrisa las separó, entonces él se lanzó encima de ella y ensartó su miembro en aquel encendido sexo húmedo haciendo que la Monja diera un alarido de placer, lo abrazó con sus piernas y le dijo: “Ahora Padre, demuéstreme que tan hombre es”. Terrand comenzó con furiosas embestidas que hacían bramar a la Monja, era tan brutal como despiadado, pero sin duda la Hermana Teresa de Jesús disfrutaba de esa manera, ya que hace tiempo que no había un hombre entre sus piernas. “¡Sí que sabe hacerlo bien Padre! –le decía. Cada vez más salvaje el Padre Terrand la ensartaba hasta que la religiosa soltó un alarido de placer seguido por espasmos en su cuerpo imposibles de controlar. El Sacerdote también comenzó a temblar frenéticamente y eyaculó en el interior de la monja quien con una sonrisa perversa lo besó apasionadamente. “No sabe Padre cuanto deseaba tener a un hombre en mi interior y sentir sus tibios fluidos llenando mis entrañas” –le dice. El Padre Wybe consternado con lo que había sucedido, le ordena que se coloque sus sagradas vestiduras y que salga de la oficina. Él se quedó en el interior meditando en su debilidad, quitándose la camisa azotó su espalda con la regla de madera, buscando a través del dolor la expiación de su culpa.
La hora de la comida llegó, estaban todos reunidos a la mesa, incluso se le había permitido salir a la Madre Angelina para comiera rodeada de las otras religiosas. El Padre Terrand se pone en pie y dice: “Madre. Hermanas, estamos reunidos como parte de la Familia de Dios para disfrutar de estos alimentos que en Su Gracia le plugo darnos. Les invito a elevar una plegaria al cielo y agradecer por aquella infinita bondad en que Dios nos provee”. La Hermana Rosario levanta su mano y se le concede la palabra: “Padre, ¿usted permitiría que esta sierva de Dios pudiera dar gracias?” –dice con humildad. “Pero claro que sí Hermana, puede hacerlo. Nos podremos de pie y el resto en silencio oiremos la plegaria. “Nuestro Amoroso Padre Celestial. Es con reverencia que nos inclinamos ante Ti para agradecer por los alimentos que has puesto en nuestra mesa. Agradecemos también contar con la presencia de Tú siervo el Padre Terrand para apacentar nuestras almas y con la Madre Angelina que por tantos años nos ha cuidado. Te pedimos que siempre muestres amor hacia nosotros proveyendo lo necesario para nuestro sustento, lo hacemos sabiendo que nos oyes. En el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén”. Comieron en silencio hasta que sus vientres fueron saciados; entonces la Madre Angelina dice al Padre susurrándole al oído: “¡Sé lo que hiciste maldito pervertido y lo bien que lo pasaste con Teresa de Jesús! ¿Qué pensará el Arzobispo que su hombre de confianza terminó siendo un miserable pecador?”. “No sabe lo que dice Madre, al parecer las pocas horas de encierro le han hecho perder la razón” –le dijo él con voz un tanto temblorosa. La Madre dio una pequeña sonrisa y le advirtió: “Las cosas serán como tú dices Cura pero con algunas condiciones. Te daré acceso al sótano, ahí encontrarás algunas cosas que te servirán para llevar a cabo la absurda misión que se te encomendó y podrás hacer lo que quieras con estas putas pero a mí me darás una cada noche para desahogar mi perversión”. “Eso es inconcebible” –respondió él. “Caminemos” –dijo ella. Movido por la curiosidad aceptó la invitación. Las otras Monjas desocupaban la mesa y después se reunirían en la capilla a rezar el rosario, asi que tendrían mucho tiempo para negociar.
Caminaron por el patio hasta llegar a una puerta que se encontraba en un rincón escondido con cadena y candado, no era una puerta convencional, sino que estaba en el piso; La Madre Angelina buscó entre sus hábitos y sacó la llave. “¡Aquí encontrarás lo que se convertirá en tú mayor tesoro! Solo recuerda lo que te dije pervertido” –le dice con un tono malicioso. Abrió el candado y Terrand levantó la hoja de la puerta de metal. Había escaleras que iban a lo profundo de la tierra desde el piso. Bajaron las escaleras y a medida que avanzaban la luz del sol ya no entraba en el interior. Antes que el ultimo claro de sol dejara de brillar, en una especie de repisa habían unas velas y cerillos con los que siguieron avanzando. Al llegar a un lugar rodeado de penumbras, el resplandor de las velas dejó ver algunas reliquias que fueron usadas en la inquisición, como un cepo, cadenas, un potro y otros elementos de tortura. En ese momento el corazón del Sacerdote se aceleró, ya que cada cosa que veía le abría un mundo de posibilidades para llevar a cabo esa “misión divina” de cortar de raíz con esos rumores de inmoralidad dentro del convento, de los que él mismo ya era parte. Incluso había un lugar parecido a un altillo en donde se podía apreciar el centro de la sala que era coronada por una Cruz de San Andrés. “Muy bien, tu secreto está a salvo” –dijo el Padre. “No esperaba menos de un ser tan pervertido como yo” –dijo la Madre.
Él se paseaba por medio de la sala y miraba con detenimiento los utensilios dispuestos para el castigo, en sus ojos había un brillo distinto, se sentía poderoso y como un inquisidor a nombre de la Iglesia cobraría los pecados de aquellas Monjas que estaban bajo su yugo. “¿Quieres darte gusto?” –preguntó la Madre Superiora. “¡Vaya sí que me conoces! Aunque no hemos hablado casi nada” –respondió él. “Sírvete entonces del cuerpo de esta sucia meretriz del infierno y date el gusto de castigarme en nombre de Dios” –dijo ella mientras se quitaba los hábitos. Escuchar esas palabras para él fue un deleite en sus oídos e hizo que su miembro se erectara. La Superiora encendió unas antorchas para dar mejor iluminación y estando desnuda se acomodó en la Cruz de San Andrés. “Sin duda los hábitos esconden demasiado, zorra” –dijo el Cura mientras aseguraba los grilletes de la cruz en muñecas y tobillos. Ella sonrió y le dijo: “No sabes todo lo que esconde este cuerpo”. “Podría imaginarlo pero quiero saber de qué eres capaz” –dijo Terrand. “No comas ansias Cura y disfruta de tu perversión” –dijo la superiora.
“¡Dios del cielo! He aquí tu siervo dispuesto a cumplir con su divina misión. En tus manos encomiendo el alma de esta meretriz de Satanás” –dijo él. La Superiora rió y le dijo: “Más bien tu perversa misión. ¿A caso no sientes lo que pasa bajo tu pantalón?”. El elemento escogido para empezar con la sesión de tortura fue una fusta con la que recorrió los senos de la Madre y se deslizó por cada espacio de su piel, la miraba a los ojos y sonreía al ver como la Superiora daba leves gemidos de aceptación. “¿Te calienta puta?” –preguntó el Padre. “¿Tú qué crees? Pasa tu mano por mi vagina y te darás cuenta” –le respondió ella. El Cura desliza su mano por la vagina de la Superiora y nota la humedad que se impregna en su mano, con lujuria pasa su lengua y saborea los fluidos de la Madre. Con los demonios exacerbados le da un golpe en el seno izquierdo que la hace dar un grito de placer. “¡Hazlo más fuerte! Quiero que me marques” –le dice. Terrand entonces despliega su experiencia como verdugo y fustiga cada espacio de la piel de la Superiora, senos, abdomen, muslos incluso su vulva, La Madre Angelina gemía al sentir el azote del cuero en su piel. A él le excitaban esos gemidos placenteros y la aceptación de la penitente al ser fustigada por “La mano del Señor”, sentía como si Cristo mismo le indicara donde y de la manera que debía dar el azote. “Me tienes caliente Cura, pero sé que tienes más para dar” –le decía la Superiora encendida en lujuria. La liberó de los grilletes solo para colocarla de espaldas y volverla a apresar. Dejó la fusta y tomó un flogger trenzado de treinta colas, cada cola tenía tres trenzas, por lo que su apariencia era como si tuviera diez. Era cómodo y cumpliría su propósito, flagelar el cuerpo de Angelina. Empezó de manera suave, para ir aumentando la intensidad de a poco, la piel de la Madre Superiora se laceraba cuando los abrazos de las cuerdas se enredaban en su espalda. “¡Eres un maldito sádico Terrand, por eso arderás en el infierno” –le decía la Superiora. “Entonces arderemos juntos puta del infierno” –le contesta. La piel de su espalda, sus nalgas y en sus muslos se empieza a abrir, dejando salir hilos de sangre que la recorren aumentando la excitación en ella. Verla cubierta de sangre para el Padre Terrand es todo un deleite. Estaba tan caliente como satisfecho. La libera de los grilletes y las fuerzas en Angelina parecen desvanecerse. Sus piernas se doblan y cae al piso, el Cura no tiene ni un ápice de compasión y le ordena arrastrarse por el piso. Como puede se incorpora apoyándose en una vieja mesa.
Terrand está detrás de ella
sonriendo perversamente. Se toma de las caderas de la Madre Superiora y
restriega su erección entre las nalgas, ella le pregunta: “¿Quieres follarme Párroco
del infierno?”. “Sí y de la forma más indigna en que se folla a una sucia puta
como tú” –le respondió. “¿Me vas a romper el culo infeliz?” –vuelve a
preguntarle. Con las manos ensangrentadas el Sacerdote baja el cierre de su
pantalón, saca su verga y se la mete de una embestida en el culo a la Madre
Superiora. Ella da un grito de dolor que se mezcla con placer. “Dame fuerte
Cura, rómpeme el culo y sacia tu maldita lujuria” –dice la Madre Angelina. El Padre
Terrand le da brutales embestidas, haciendo que la religiosa se tenga que
aferrar con las pocas fuerzas que le quedan en la mesa. Gemía, jadeaba y rogaba
que la verga del Padre siguiera torturando su culo de manera brutal. Angelina
intentaba mantenerse en pie, ya que sus piernas temblaban, su respiración era
cada vez más agitada y el dolor de su magullado cuerpo le dificultaba soportar
la brutalidad de Terrand.
En el placer de la agonía por acercarse al orgasmo la Madre Angelina grita: “¡Métela con fuerza Terrand! Cógeme hasta que ya no me pueda sostener”. Pareció que esas palabras fueron detonantes para aumentar la brutalidad del Sacerdote, ya que cada segundo que pasaba era más despiadado en la forma de cogerse a la Superiora. Con sus últimas fuerzas la Madre Angelina se entregó al placer y desfalleció en un orgasmo tan intenso que su cuerpo quedó desplomado en la mesa, sus ojos parecían perdidos, pero en sus labios se dibujaba una perversa sonrisa. Los ojos de la Madre Superiora se cerraron y cayó al piso, su cuerpo cubierto de sangre fue una ofrenda de perversión en el altar de las Pasiones Prohibidas que fue aceptado con gusto por aquellos demonios lujuriosos que poseían su cuerpo y los del Sacerdote. Pasó un tiempo cuando pudo recobrarse, Terrand estaba a su lado con la actitud de haber cumplido su deber de purificar el alma de quien ha caído en los brazos del pecado. “¡Vístete, sucia puta!” –dice el Padre. Ella toma sus hábitos y se viste, mira los ojos del Sacerdote y le dice: “Te dije que podemos servirte como las mejores putas que arden en el infierno desde que el mundo es mundo. Ahora, eres un preso más de la perversión y la lujuria que domina estas paredes, eres un súbdito más del infierno, un demonio que solo busca saciar su sed de sadismo escondido en votos sagrados para llevar a cabo sus fechorías”. El Sacerdote sonrió con malicia y le dice: “Qué así sea entonces”.
Salieron del sotano y caminaron por el patio, ella se tomó del brazo del Padre, quien la acompañó a su celda y ella no salió si quiera para cenar ya que debía recuperar fuerzas. La mañana siguiente las labores empezaron temprano en el convento. Terrand salió al pueblo a comprar algunas provisiones y aprovechó de llamar a la Arquidiócesis para entregar un reporte al Arzobispo sobre la situación que lo había llevado a convivir con las Religiosas. “Su Excelencia, el informe es simple. No hay nada de qué preocuparse. Las Hermanas casi no salen del convento, lo hacen solo para comprar suministros una vez al mes; el resto del tiempo solo están enclaustradas cumpliendo sus labores y dando a los necesitados alimentos y a los pobres de espíritu les entregan el mensaje de esperanza” –dice. “Es un alivio Padre Terrand, sabía que es usted era el indicado en desempañar esta misión, su reputación de implacable no solo eran habladurías; veo que hice bien en confiar en usted” –dice el Arzobispo. “Agradezco por esa confianza Excelencia. Una de las cosas que me llama la atención es de donde pudo salir ese rumor; recomiendo que se me permita quedarme en el Convento, ya que junto con la Hermana Angelina podemos hacer más. Además, en el pueblo no hay si quiera una capilla, las personas tienen que viajar a otros pueblos para recibir la Comunión, el bautismo y los otros sacramentos” –dijo el Padre. “Me parece una excelente sugerencia. Me comunicaré con el Nuncio Apostólico para que se puedan destinar fondos para la construcción de una capilla y así acercar el cielo a las personas allá” –dijo el Arzobispo con emoción.
Al llegar al convento hizo correr la voz que en diez minutos las Monjas deberían reunirse en la capilla para tratar algunos asuntos con ellas. Estaba sentado en el estrado del presbiterio cuando las Monjas entraron. Se puso de pie y les dijo: “El motivo de mi estadía entre ustedes se debe a que a la Arquidiócesis llegaron acusaciones graves en contra de ustedes y pude comprobar que son ciertas”. El murmullo de las voces de las religiosas comenzó a sonar como torrentes de agua, entonces Terrand les dice: “Pueden dejar de murmurar inmundas meretrices del infierno. Sé lo que hacen, ya que su sucio secreto fue revelado por la Hermana Teresa de Jesús y por la misma Madre Angelina”. La Hermana Esperanza toma la palabra y dice: “¿Cuál es la competencia de la Arquidiócesis en esto? ¿Qué les importa al puñado de inútiles de los Obispos y al Arzobispo como nosotras hacemos las cosas aquí?”. El Padre Terrand ofuscado golpeó la mesa del Altar y dice: “¡Calla tu hocico sucia perra del demonio! ¡Deja de ladrar de una puta vez!”. El asombro era mayúsculo entre las religiosas pero entendieron que Wybe Terrand era quien tenía el control y por lo tanto debían obediencia a sus palabras. “¡Por favor Señor perdone a esta sucia perra por hablarle así!” –dijo la Hermana Esperanza y se tira al piso de rodillas. “Tendrás perdón, pero no sin antes ser castigada sucia perra” –le dice el Padre. Una joven novicia llamada Clara levanta la mano para pedir la palabra. “Por lo que veo y escucho de su parte Padre, usted no ha dado cuenta al Arzobispo de lo que aquí pasa. Entonces, ¿podemos seguir con nuestras cosas en paz, sin que la Iglesia tome cartas en el asunto?”. “Claro que no, me encargaré de mantenerlos a raya con la condición que me desde ahora para mí son unas sucias putas y qué por la noche una ustedes irá la celda de la Madre Angelina y hacer con ella lo que hasta ahora han hecho” –dice con autoridad.
Ahora había llegado de castigar la insolencia de la Hermana Esperanza. Le quitó el rosario de madera que todas las Monjas usaban y le ordena: “¡Desnúdate!”. Ella obedece al instante. Hace que se apoye sobre la mesa del altar mientras él va al Sagrario, lugar donde se guardan las hostias y el vino. La Hermana estaba con las manos en la mesa y el culo en pompa expuesta ante las demás. Eso la excitaba, se habían contenido demasiado para guardar las apariencias ante el enviado del Arzobispo, pero en su corta estadía él se había vuelto igual de perverso que ellas. “Recibirás 30 nalgadas de cada de las Hermanas presentes por tu insolencia”. “Sí Señor, así será para su deleite” –dijo la Monja. Una a una pasaron las demás, dejando las huellas de sus manos en esas apretadas nalgas. La Hermana Esperanza gimoteaba de placer, babeaba sobre la mesa del altar profanando lo que ahí había para el servicio de Dios. Sus tetas eran aplastadas por el peso de su cuerpo y su vagina destilaba fluidos de excitación. Entonces Terrand se levanta y dice: “La perra está caliente. ¿Hay alguna que quisiera quitarle la calentura?”. Le ordena que se recueste sobre la mesa del altar, le separó las piernas y vociferó mientras él estimulaba el clítoris de la Religiosa: “¿No hay alguna puta que quiera beber los jugos de esta perra?”. La Hermana Esperanza estaba descontrolada al sentir como los dedos del cura de deslizaban por su palpitante clítoris. Entonces una de las novicias se puso de pie y se acercó al altar, el Padre la miró con insipiente lujuria ya que era una chica joven que aún no había tomado los votos, en sus ojos se veía cierta inocencia, aunque su rostro estaba lleno de lujuria al presenciar la escena. Terrand le ordenó que se desnude, al igual que Esperanza, la inocente novicia obedeció y quedó desnuda ante la atenta mirada de la congregación. Terrand la miró con perversión y le dijo: “Deléitanos y has gritar a esta sucia perra, hasta que sus alaridos lleguen al trono mismo del Creador”.
Esperanza tomó del rostro a la joven novicia y la comenzó a besar con lujuria, haciendo que sus cuerpos queden unidos sobre la esa; ambas se mecían de manera sensual deleitando a las testigos de sus actos en el lugar sagrado. Terrand acomoda las hostias a un lado de la mesa del altar, y se comienza a masturbar frente a las dos Religiosas que se estaban entregando al deseo de la carne. La lascivia estaba desatada, la novicia hunde su cabeza en el ardiente sexo de Esperanza, quien solo gime al sentir como esa joven lengua recorre cada espacio de hinchada vulva. A pesar de su corta edad, la novicia sabe cómo darle placer a esa mujer deseosa de ser llevada a las puertas del infierno para arder de placer; sus gemidos resuenan como angelicales melodías celestiales, mientras Terrand sigue masturbándose como testigo en la escena misma. Se podía percibir la excitación de las demás Religiosas que solo observan silentes lo que ocurre, pero aquellos sexos empapados por la excitación dan prueba de que en el interior arden de deseo.
Aun Esperanza no quiere dejarse llevar por el orgasmo, tiene la oportunidad de ser traviesa, sabe que el Padre Terrand no se negará a un espectáculo de sexo en todas sus proporciones. Le dice a la novicia que baje de la mesa y se poye en ésta, dejando su culo expuesto. Ella obedece, y la Hermana esperanza le abre las nalgas para contemplar la bella imagen de esa vagina húmeda y ese culo palpitante. Dicen que la experiencia no se compra, sino que se adquiere y en ese momento Esperanza hizo valer su experiencia, recorriendo desde el culo a la vagina de la novicia, ella sintió como si una corriente eléctrica se paseara por todo su ser, haciendo que gima de manera intensa. “¡Oh, Dios mío! Hermana Esperanza” –dice ella entre gemidos. Con su hábil lengua Esperanza hurgaba el interior de la novicia, haciendo que su cuerpo tiemble por causa del placer. El Padre Terrand aumenta los movimientos de su mano frenéticamente, gimiendo y bufando al masturbarse. Los gemidos de la novicia se hacían más intensos, sin duda ya estaba por alcanzar el orgasmo, las otras Religiosas miraban atentas con los ojos llenos de deseo, fue cuando el Padre las hizo ponerse de pie para que pudieran recibir esa ofrenda que era entregada en el altar, el delicioso orgasmo de una joven que estaba disfrutando en plenitud del sexo más excitante que podría alguna vez vivir.
Ya sin poderse resistir, la novicia se dejó abrazar por la pasión, hasta que cayó en ese precipicio de placer y el orgasmo invadió cada lugar recóndito de su ser. Sus fluidos destilaban de como lo hace la miel en el panal, impregnando sus muslos y haciendo estremecer su cuerpo. De igual forma él estaba a punto de acabar y ordena a Esperanza que tome el plato con las hostias de la mesa y lo ponga a la altura de su miembro porque iba a bendecirlas con su semen para que todas las presentes tuvieran la oportunidad de participar del Sacramento profanado por la lujuria. Se coloca de rodillas al lado de Terrand y le ayuda a masturbarse y así cada hostia seria empapada por el esperma del Sacerdote. El Padre bufaba, ya estaba próximo a verter su semen, la Hermana Esperanza lo nota y le dice: “Padre, demos a probar de la tibieza de sus fluidos para saciar nuestra sed de lujuria”. El perverso ritual ya estaba a punto de completarse, la verga de Terrand explotó de placer, dejando caer grandes chorros de semen los que fueron recibidos en el plato, llenando el montón de hostias que ahí habían. La hermana Esperanza aprovechó de dejar sin rastro de semen la verga del Sacerdote, limpiándola con su boca y tragándola por completo, pasando su lengua por la base y por el glande.
Terrand ordena a las Religiosas que hagan una fila y pasen a recibir el Sacramento, la novicia y la Hermana Esperanza estaban de rodillas al lado del Padre sosteniendo el plato, una a una las Religiosas pasaron y les fue dada la hostia, la que tragaron con deleite, después fue el turno de las putas que estaban a su lado. “Aún no he terminado contigo” –dice Terrand a la Hermana Esperanza. Nuevamente se le ordenó quedarse con las manos en la mesa del Altar y apoyarse, dejando arqueada su espalda. Terrand la miró y dijo: “No puedes irte sin experimentar la pasión de nuestro Señor”. Entonces tomo el rosario de madera y con las cuentas azotó el cuerpo de la Monja. El dolor y el placer eran la mezcla perfecta que se manifestaba en alaridos. Los gritos eran de tal magnitud que formaban eco en la capilla del convento. “¡Eso Padre! ¡Castigue a esta perra del infierno por su insolencia! Ponga mi cuerpo como ejemplo” –le decía la Hermana. Terrand cada vez era más despiadado y severo en sus azotes, haciendo que el cuerpo de la Monja quede marcado por el paso de las cuentas del rosario. No contento con eso, metió las cuentas del rosario en la vagina de la Hermana y el ancho crucifijo perforó el ano de la Religiosa, desatando en ella perversos gemidos y su cuerpo retorciéndose por completo. Al cabo de unos minutos son retirados de una vez por el lujurioso Sacerdote, haciendo que la Hermana Esperanza caiga al piso víctima de un intenso orgasmo que la corrió hasta el fuero más íntimo de su ser.
Terrand ordena que sea ayudada para cubrirse con su hábito y coloca otra vez el crucifijo en su cuello, también dice que se le de beber agua y sea llevada a su celda para que tome un descanso. El reinado de terror del Padre Terrand y la Hermana Angelina continuó por mucho tiempo, recibiendo ella las atenciones de alguna Hermana o novicia en su celda y él deleitándose en su sadismo en el sótano del convento o en la capilla de éste. La Arquidiócesis recibió dinero desde el Vaticano para construir la Iglesia en el pueblo. Terrand se volvió el “pastor” de aquel rebaño y nunca nadie se enteró de los pecados ocultos que había en las paredes del Convento de la Divina Ascensión.
Pasiones Prohibidas ®

Una historia pecaminosa y excitante. Me gustó mucho.
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ResponderBorrarUfff Mi Perverso que rico...
Una obscena y muy Deliciosa historia🔥
Con ese morbo lujurioso que transmite exquisitas sensaciones
Excelente relato Mí Amo 😈💋
Vaya que rica experiencia ser una puta es delicioso y al menos saber con quien ufff exquisito relato me encanto muchas gracias Caballero
ResponderBorrarQue placer más pecaminoso es leer cada una de sus historia, caballero, espero con ansias otra sus historias 🔥👏
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