108. La Nana y su trabajo peculiar

 


Me llamo Nazareth, en ese tiempo tenía cuarenta y cinco años, trabajaba en la casa de un matrimonio más o menos de edad similar a la mía aunque ellos son un poco menores. me encargo de mantener el aseo, cocinar y cuidar al pequeño Sebastián de 15 años. Este jovencito es un amor, siempre me está ayudando en algo y pendiente de mí por si he comido, estoy cansada o necesito algo; es agradable que se preocupen de estés bien, así que me dejo querer y recibo sus atenciones a dario cuando llega de la escuela. Llevo tres años trabajando con ellos, nunca he tenido problemas, ya sea de sueldo o convivencia. Al contrario Julio y Mariana casi no pasan en casa, salvo por la noche que llegan a eso de las siete de la tarde cuando ya me voy, paso más tiempo con Sebastián quien se está transformando en un hombrecito. Un día lo sorprendí espiandome pero no para darle información a sus padres de que hago en el día, si no que por un descuido dejé abierta la puerta del baño en dónde me cambio de ropa cada día. Me miraba como me colocaba el sujetador, jamás supo que me di cuenta de que estaba parado casi con la cabeza adentro, ya que su disimulo era el mismo que un árbol en medio del patio. Dije en mis adentros: "¡Vaya si se puso pervertido este muchacho!". Así que desde mañana las cosas cambiarían, él quería mirar, pues le daría en el gusto. 

Ya habían pasado algunos días en que había urdido mi perverso plan. Casi toda la semana hacia las labores de la casa sin sostén, solo una pequeña camiseta con tirantes pegada al cuerpo que dejaba mis pezones rozando con la tela. Me observa atento, constantemente buscando la oportunidad de ver mis pechos bailando mientras me muevo e intentan emerger por el escote cuando me agacho, como la tela se me pega a la piel por el sudor y mis aureolas y pezones se marcan perfectamente en ella. El pobre sudaba excitado. Veo su pantalón y se notaba su erección.bDe vez en cuando con la parte baja de la camiseta me limpio el sudor de la cara, y así puede ver mi abdomen y la mitad de mis pechos; sin llegar aun a ver mis pezones. Tarde o temprano terminaba desapareciendo durante un rato. No lo compruebo, pero seguro que se está desahogando en algún rincón. Más tarde vuelve y otra vez a revolotear a mi alrededor. Al menos cinco veces, en las horas que estoy allí, se alivia. Es el vigor de ser un adolescente de quince años. Todo esto me está resultando más morboso cada día.

Al otro día decidí ponerme una falda corta y la tanga más pequeño que tengo. Cuando llegó de la escuela y me vio, sus ojos parecieron salirse de sus cuencas y no pudo mantener su boca cerrada. Al parecer le gustó lo que veía. Mis muslos y casi mi culo estaban a la vista de sus lascivos ojos. ”¡Hola querido! ¿Cómo estuvo hoy la escuela?" –le pregunté con un tono sensual. "Me entretuve mucho, fue un día divertido" –me respondió. "¡Qué bien! Ve a cambiarte de ropa mientras te preparo algo para comer corazón y me cuentas" –le dije. ”¡Voy!" –dijo. Subió corriendo a su cuarto. Me fui a la cocina y le preparé un sándwich con un aderezo especial. Metí mis dedos en la vagina y aderecé su sándwich con mis fluidos para que se diera el gusto de probar el sabor de una mujer. Cuando bajó ya estaba terminando de servirle una gaseosa. Le dije: "¡Ven querido y cuéntame!". Se sentó y bebió un sorbo de la gaseosa, le dió una mordida al sándwich, masticó y tragó. "Sabe diferente" –dijo. "Es que te lo preparé con amor" –le contesté. "Me gusta, está delicioso" –me dice. En mis adentros pensaba: "Sí con el amor de mi vagina en los dedos tesoro". Me contó que una de las clases que tenía, el profesor la hizo de manera diferente, más interactiva, no solo dictar y leer, sino que los hizo participar y les hacía preguntas. Por primera que trabajo en esa casa dice que le había gustado una clase. Devoró el sándwich y le dije: "¡Tesoro! Debo continuar con los quehaceres de la casa". "No te preocupes Nazareth, yo te ayudo si quieres" –responde. Sabía muy bien que no me ayudaría, sino que buscaría la oportunidad de mirar por debajo de la falda. "Está bien, pero no te desaparezcas tanto porque siempre me dejas sola" –le dije con una sonrisa. Sebastián se sonrojó y dijo: ”Prometo no hacerlo.

Me entretuve más de la cuenta limpiando la escalera; para que pudiera verme desde abajo. Me agachaba, me ponía en cuclillas, buscaba posturas para que pudiera ver mi intimidad. Me humedecí viendo como me espiaba y que estaba comiéndome con los ojos; mis muslos, mis nalgas, mi culo donde se escondía el hilo de mi tanga y también mi vagina que prácticamente no lo tapaba el tanga, en todo caso se enterraba en ella, lo que causaba un cosquilleo excitante que me recorría por completo. ¡Jesús!, Me sofocaba, tengo calor, no tanto por el trabajo en si, si no por lo morboso de la situación. Gotas frías de sudor bajan por mis sienes, serpentean por mi cuello y bajan entre mis pechos y por mi espalda, alguna incluso llega a adentrarse entre mis nalgas. Me miraba en el reflejo de un cristal y tenía los pezones duros; necesitaba tocarme. Mi vagina estaba húmeda y seguro que él lo ha notado, ¿sabrá el realmente lo que es una vagina mojada de excitación? Tenía sed. Fui a la cocina a beber agua pero después de tomar varios vasos mi boca aún sigue seca. No es una sed que se sacia con agua, es de esa sed de sexo, de lujuria, de entregarse a los deseos al punto de perderse en la perversión. Había jugado con fuego y me estaba quemando, aunque era placentero no sabía que tanto quería seguir quemándome pero mientras ese fuego siga ardiendo mi entrepierna no tendrá paz. 

Seguía excitada. Sebastián ya había desparecido para desahogarse en algún rincón. Mi corazón late rápido. Necesito tocarme. Mis pezones piden que los pellizque. Pero aun quiero sufrir más este suplicio lleno de lujuria. Aproveché y me perdí en el baño para dejar salir mi excitación, me empecé a masturbar con todas las fuerzas de mi ser. Estaba demasiado caliente y mi vagina reclamaba placer. Perdida en mis pensamientos lujuriosos fantaseaba con el muchacho y más se encendía el morbo de saber que estaba haciendo, si lo estaba disfrutando y si yo era la musa de sus pajas. Solo fue cuestión de minutos para que acabará gimiendo y temblando pero seguía encendida. Me arreglé, bebí agua, me mojé en cabello, la nuca y el cuello pero la sensación de querer coger no cesaba. Sabía que el infierno en mi vagina se apagaría con la verga de Sebastián pero ponía mucho en riesgo al simplemente insinuarme, era mejor pillarlo in fraganti y aprovechar la situación. Decidí buscarlo. El escondite es bueno, porque no estaba en ninguna de las habitaciones. ¿En dónde se había metido? Maldito mocoso, estoy ansiosa, mi sexo destila deseo y él escondido pajeándose.

Ya había perdido las esperanzas de encontrarlo, cuando recordé el cuarto donde el caballero guarda las herramientas en el patio. Era divertido y excitante buscarlo. Por una rendija de la ventana lo veo con los pantalones abajo y haciendo movimientos frenéticos con su mano. Se estaba pajeando con desesperación. "¿Qué imagen de mi tendrá en su mente ahora?, seguro que la de mi vagina. Entro sin hacer ruido. Al verme delante de él, dio un salto del susto. Su cara se enrojece por la vergüenza de ser descubierto masturbándose. No dije nada, solo sonreí. Me paré ante él y me quité la camiseta. Mis pechos y mis pezones quedan libres a su vista. El pobre se queda pasmado al ver mi actitud. Desabrocho la falda y dejo que caiga sola. Sus ojos se fijan en mi vagina, que apenas es tapada por la tanga. Me pongo de espaldas a el y me agacho nuevamente para quitarme la prendita, despacio, para que pueda ver el hilo del tanga salir de mi culo. Lo tiene en todo su esplendor a su vista. Me entretengo un poco más para que vea mi vagina mojada y depilada. Cuando me vuelvo está aún de pie, estupefacto, con su verga erecta, con el glande rojo e hinchado. Sin decir nada me acerco a él. Me pongo en cuclillas, con las piernas separadas, mi vagina está abierta y goteando. Sus ojos recorren de mis pechos a mi vagina.

Mis manos lo agarran de la cintura, está temblando. Su glande está húmedo por el liquido preseminal. Mi boca busca su verga y me la meto en la boca. Él suspira al sentir su miembro entrando en mi boca despacio, sintiendo el calor de mi boca, la suavidad de mi saliva, la textura de mi lengua rozando su glande, el roce de mis dientes, dándole suaves mordidas. Mis labios apretándolo y retirando su piel hacia atrás provocando que se estire el frenillo de su glande. Con quince años, él huele a niño, pero su verga huele a macho. Me la meto toda. Me llega hasta la campanilla. Como me la meto despacio puedo controlar el que no me provoque arcadas.

Se la chupo despacio. La succiono constantemente. No dejo que salga de mi boca ni un hilo de saliva y todo el excedente de líquido en mi boca me lo voy tragando. En mi boca ya noto el gusto de su líquido preseminal; en mi lengua y mi garganta al tragar. Él intenta mover su cadera intentando follarme la boca, pero mis manos en su cintura se lo dificulta. Noto que le va a venir el orgasmo y va a acabar. Sus manos se aferran a mi cabeza. Le mamo solo el glande, quiero sentir cuando expulse todo ese semen acumulado. Le agarro los testículos y se los aprieto un poquito. Ese fue el gatillo para que su "arma" se dispare. Acaba en mi boca, mientras oigo su grito de placer. Su esperma es abundante. No dejo que se salga nada. Me trago todo mientras chupo su glande y mi boca queda con el gusto amargo y un poco salado de su esperma. Me trago su miembro entero un par de veces más. Sin soltarle los huevos, con la otra mano, lo masturbo para limpiarle su miembro y dejarlo sin ninguna gota de semen. Sigo chupando su verga. Noto que empieza a perder vigor, así que le masajeo los testículos, los acaricio. su miembro empieza a recobrarse. Mi vagina me palpita, escurren mis fluidos por mis piernas. ¡Vaya si que estoy caliente!. Su verga está dura otra vez. Lo miro a los ojos. Mi cara de sensualidad obscena lo excita más. Me tiendo de espaldas y me abro de piernas.

El chico titubea unos segundos. Pero se tira sobre mí con desesperación. Su cabeza queda entre mis pechos. Si miembro golpea mi vagina intentando meterse en ella, era divino sentir como sus intentos fracasaban por su falta de experiencia, hasta que por fin atina. Entra toda de golpe. La recibo con gran placer. Abro más mis piernas, cierro los ojos y me dejo hacer. Me coge con rapidez, con ese ímpetu de juventud, hasta el fondo. Lo acaricio con ternura, quiero que se sienta en calma para que pueda disfrutar de mi sexo que arde de deseo. Se estaba convirtiendo en un macho impetuoso y debía controlarse para hacer gozar a cualquier zorra que se cogiera después de mí. Sus manos no saben dónde agarrarse, así que le guio para que se agarre a mis tetas. Sus uñas se entierran sin misericordia, me hace gritar cuando las siento aferrarse con fuerza, quiero que se coma mis pezones. Guio su boca y lo llevo para se los coma, le digo de la forma que debe hacerlo, me ponía más cachonda sentir su lengua masajeándolos. Comenzó a darme suaves mordiscos, estaba en la gloria disfrutando de las cosas que le estaba enseñando cuando muerde uno de mis pezones y luego el otro, estaba esperándolo. El dolor le hace dar un grito mezclado con placer, aprieto su cabeza contra mi pecho, no quiero que se suelte. "¡Eso pequeñito. Sigue mordiendo con fuerza!" –le decía. Las ansias que tenía hace rato por aguantar mis ganas las descargo con un intenso orgasmo. Lo abrazo, él sigue cogiéndome, con un perversa boca sigue torturando mis pezones mientras acabo vertiginosamente envuelta en placer. Mi vagina se contrae y aprisiona su verga. Si que los ejercicios de Kegel resultan. Al sentir la presión y la forma en que estaba gozando enardece su hombría y apresura sus embestidas. Sigue mordiendo mis pezones sin compasión y el dolor es extenso pero a la vez me excita. Ya va a acabar, lo siento. Se agarra con fuerza a mis pechos mientras da las últimas embestidas a mi vagina acabando dentro de mi y gritando de placer. Cuando termina se desploma sobre mi exhausto. Yo quedo complacida, exhausta y con mi sexo palpitante de placer. Con delicadeza me lo quito de encima dejándolo a mi lado, en el piso. Nos acariamos, nos besamos de manera morbosa. Me confiesa que desde que empezó a sentir "cosas sexuales" quiso que fuera yo quien lo hiciera hombre. Sonreí y le dije: "Eres un encanto pequeño".

Me levanto y me visto. Él sigue en el suelo mirándome, sudoroso, recobrando el aliento. La tanga sigue húmedo y oliendo a mi vagina. Se lo tiro y le digo: "Dejalo como un trofeo para que pueda presumir con tus amigos". Él sonríe y me dice: "Ten por seguro que lo haré Nana". Me voy de allí, con los pezones doloridos. Aun tengo que terminar unas cosas antes de terminar mi jornada. De camino a la casa noto como sale de mi coño los fluido de Sebastián bajan por mis muslos. Seguía caliente, tuve que llegar a masturbarme pensando en la sabrosa cogida que me había dado Sebastián, al meterme los dedos aún tenía rastros de su semen, lo degusté con ansias, ese exquisito sabor mezclado con mis fluidos lo hacía perverso. Solo por morbo le mandé un mensaje con una foto de mis tetas, quería que siguiera caliente por mí, ya que fuí quien lo hice hombre y me iba a encargar de que no olvidara. Me responde: "Todavía tienen las marcas de mis uñas". "Sí, aún me duelen los pezones por tus mordidas pero es tan rico recordar que tú los dejaste así".

Me hizo una videollamada, el maldito se estaba masturbando, verlo me puso caliente de inmediato, no habían pasado muchas horas de que habíamos cogido y ya tenía su verga erecta ante mis ojos otra vez. "Así me tienes Nana" –me dijo. Me quité la ropa y quedé desnuda para él, me empecé a masturbar despacio, cerraba mis ojos para disfrutar de ese placer delicioso e imaginar esa verga metida en mi interior haciendo gemir y gritar como hace rato. Sebastián también tomaba su tiempo para tocarse. "Me gustaría que estuvieras aquí Nana para que me la chupes despacio" –me decía. "Te la estaría chupando toda tesoro" –le decía. Aumentaba el movimiento de mis dedos al masejar mi clítoris; los gemidos comenzaron a salir de manera casi explosiva. Mi mente y mi cuerpo estaban entregados a las sensaciones que me invadían. Él disfrutaba viendo mi cara de excitación y del sonido de mis gemidos, con total libertad me pedía que me tocara más rápido porque quería verme acabar, ese mocoso inexperto se había metido en mi mente y solo deseaba complacerlo. "¿Así te gusta mi vida? ¿Te gusta que tú Nana sea putita?" –le preguntaba. Ya estaba casi a punto de explotar y él lo intuía, así que en un acto de ternura y perversión tomó la tanga que había usado, la puso en su verga y se empezó a pajear rápido. Ese fue mi clímax, ya no pude aguantar más y acabé dejando mis fluidos salir y mojando las sábanas. No pasaron muchos minutos cuando él también acabó y dejó mi tanga llena de su espeso semen. "La dejaré debajo de la almohada para que la uses mañana" –me dijo. Qué sucio y pervertido se había vuelto en solo unas horas, pero era mi sucio y pervertido muchacho. "Así lo haré cariño. Ahora descansa porque te debes levantar temprano" –le dije. 

Les contaré que Sebastián se convirtió en todo un hombre, no había momento en que no me cogiera, fueron años intensos que vivimos y nos dimos placer. Ya cuando cumplió dieciocho años dejé de trabajar en su casa, no porque hayan descubierto nuestro secreto, sino para dar rienda suelta a la pasión. Ahora él viene seguido a mi casa para saciarnos. Sus padres saben que tiene algo con alguna chica pero no imaginan que la Nana es la chica que su hijo se coge cuando se pierde los fines de semana.




Pasiones Prohibidas ®

Comentarios

  1. Cómo siempre un excelente y muy excitante relato Mí Señor
    Gracias por las sensaciones que producen cada una de tus historias

    ResponderBorrar
  2. Que exquisito relato Caballero digno de fantasear con una buena cogida como puta mismo

    ResponderBorrar

Publicar un comentario