112. El día que Maria Eugenia descubrió el infierno

 

Era un día más en la vida de María Eugenia, una bibliotecaria de cincuenta años de una pequeña ciudad. Toda su vida había girado en torno a los libros, sobre todo los autores anteriores al siglo XX, Charles Dickens, William Shakespeare, Emilio Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Frederick Marryat, Mayne Reid, Mark Twain. Una aficionada a la lectura, la que consideraba más que un pasatiempo sino una pasión. Tras casi 30 años trabajando en la misma biblioteca había visto como esas obras cada vez se iban aparcando más y más al fondo de las estanterías. Una pena ya que ella misma había comprado y donado libros de esos autores, pero los gustos cambian y en estos tiempos en las bibliotecas solo abundan estudiantes preparando los exámenes.

Su superior le ordenó que llevase esos libros al sótano para dejar espacio para más mesas y computadores, una nueva moda que según María Eugenia poco éxito iba a tener. ¿Quién querría leer en una pantalla pudiendo hacerlo en papel? Treinta años de experiencia y no había ascendido a ser la jefa, ya que siempre veía con decepción que cuando el Alcalde cambiaba llegaban a hacerse cargo de la biblioteca perfectos estúpidos, amigos del Edil en ejercicio. Muchas cosas cambiarían si ella mandase, pero era mujer y eso siempre fue un lastre para ella. Tenía un carácter muy fuerte y se consideraba una mujer independiente. En una época en que pocas mujeres estudiaban, ella sí lo hizo, no porque quisiera hacerlo si no porque sus padres tenían los medios para pagarle los estudios. Su padre había sido un hombre muy trabajador e inteligente que por circunstancias de la vida se vio obligado a ocultar lo que de verdad pensaba, cosa que maría Eugenia descubrió tras su fallecimiento y aunque lo quería nunca fue capaz de perdonarle que viviera una mentira, así que se juró que ella nunca traicionaría sus ideas, motivo este por el que nunca se casó ni tuvo relaciones afectivas de ningún tipo, ni en compañía ni en solitario, el sexo no existía para ella aunque si sabía lo que era, pero nunca le dio importancia al coito. Aunque había momentos en que debía calmar sus deseos y sus dedos se habían vuelto aliados en esa aventura de placer que la dejaba exhausta.

Una lástima ya que siempre fue una mujer muy hermosa y esa belleza aun la conservaba a pesar de la edad y de no hacer nada para mantenerla. Fijándose uno en ella, podía adivinar un cuerpo perfecto bajo su ropa, una cara agradable bajo sus gafas y una feminidad natural, pero claro había que fijarse y era difícil que alguien lo hiciera al ser poco sociable y vestir siempre de negro con ropa nada adecuada ni a su edad ni a su cuerpo. Llevaba los libros al sótano como quien lleva un perro a una perrera, sabiendo que más pronto que tarde los malvenderán o destruirán. Los compraría ella pero ya tenía la casa llena y como todo coleccionista sabe los libros si no se cuidan se estropean. El corazón le dolía cada vez que debía hacer esos viajes al sótano ya que siempre eran de ida y nunca de vuelta. Pero ese día fue diferente, uno de sus pendientes se cayó al suelo, eran un recuerdo de su madre así que debía  recuperarlo. La mala suerte hizo que se colase entre las baldosas. Bueno baldosas es muy generoso, en un edificio tan viejo, más parecían lozas de lo grande que eran. Fue a buscar una regla para intentar recuperar el pendiente y su sorpresa fue grande, ya que parecía haber un agujero debajo. Fijándose más se dio cuenta de que la loza podía levantarse, bueno, al menos podría alguien más fuerte que ella, pero no era mujer que se rindiera fácilmente y demasiado orgullosa para pedir ayuda.

Así que como dijo Arquímedes “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Fue a buscar una escoba y tras limpiar la baldosa observo que en una parte había una hendidura, con un poco de esfuerzo y usando varios libros como base, uso la ley de la palanca y con la ayuda de la escoba levanto la loza, viendo una escalera oculta, lo cual la sorprendió, no porque no supiera lo que era esa habitación oculta. Su extrañeza radicaba en que esa habitación ya había sido descubierta años antes. Pocas semanas de haber empezado a trabajar allí habían encontrado un infierno, pero era muy raro que una biblioteca tuviese dos infiernos.

Cuando encontraron el primer infierno fue el día más triste de su vida ya que fue incapaz de salvar ninguno de los libros hallados en ella. Se hizo una fiesta tras el descubrimiento y los libros fueron quemados públicamente. Libros peligrosos como “Justine o Los infortunios de la virtud” del Marqués de Sade, “La venus de las pieles” de Leopoldo Von Sacher-Masoch, o irónicamente «La seducción de los inocentes» de Fredric Werthan. Esta vez  no iba a cometer el mismo error, los tiempos han cambiado, había libertad y no se quemarían públicamente por muy indecentes que fueran, pero no estaba dispuesta a que su jefe se llevara todo el mérito por el descubrimiento, así que lo ocultaría, por lo menos de momento. Además, seguro que había libros que nunca nadie leyó y la curiosidad era demasiado grande. Por alguna razón comenzó a sentir una sensación de excitación y su entrepierna estaba húmeda así como su respiración se había agitado. Tal vez era producto de su descubrimiento o por los morbosos textos que el cuarto podría contener.

Esa noche casi no pudo dormir, su mente daba vueltas y era transportada a esa oscura habitación bajo el suelo. “¿Que se podía ocultar allí?” –se preguntaba. Cuando al fin pudo conciliar el sueño su subconsciente la llevó hasta ahí. Sobresaltada sobre la cama fantaseaba, mientras era abrazada por la excitación. Sin tocarse gemía en la cama y se retorcía de placer, su mente la estaba llevando a un nivel que jamás había llegado pero le encantaba sentirse así. Cuando al fin decidió tocar su cuerpo, sintió como si un fuego intenso que la hacía arder por completo, sus dedos eran verdaderas brasas encendidas que quemaban su piel y su sexo. La humedad en su entrepierna era tanta que sin esfuerzo sus dedos se colaban en su vagina, se retorcía de placer al entregarse por completo a su imaginación perversa, sudaba, jadeaba, sabía que su cuerpo estaba siendo gobernado por la lujuria y el deseo se hacía más fuerte. Al fin, los torrentes de placer la golpearon para entregarle el más intenso de todos los orgasmos que jamás haya tenido. Con el placer aun haciendo palpitar su vagina cerró los ojos para intentar dormir, cosa que consiguió con mucho esfuerzo.

A la mañana siguiente como nunca estaba ansiosa por llegar a su trabajo. Ahí estaba el inepto de su jefe en la recepción sentado. “María Eugenia, necesito que sigas con la tarea que te di ayer, porque en una semana llegarán los nuevos computadores y escritorios para ser instalados” –le dijo. Sintió unas ganas de putearlo pero se contuvo porque sería la oportunidad perfecta de ver que ocultaba ese infierno literario. Con una linterna bajó la escalera, con su corazón latiendo con fuerza, hasta que llego al final y la desilusión fue mayúscula. Era un cuarto mucho más pequeño de lo esperado, solo había allí una veintena de libros. Con estos pensamientos estaba cuando  sus ojos se fijaron en uno de ellos, el de mayor tamaño, con lomo dorado, que brillaba a la luz de la linterna. Lo tomó y leyó el titulo, BDSM: Si eres mujer y lees este libro te convertirás en una sumisa obediente a los deseos de cualquier hombre. Le llamó lo suficiente su atención como para ser ese el primero de los libros que se llevaría a su casa.

Antes de marcharse volvió a colocar la losa en su sitio para que nadie descubriese ese segundo infierno. Tras la jornada laboral regreso a su casa y ahí en su soledad después de cenar y hacer sus quehaceres normales empezó a leer el libro. Lo hizo por la noche, en su cama abriendo el libro por primera vez. El libro era bastante grueso pero con letras grandes y muchas ilustraciones. María Eugenia le vio un cierto parecido con El manuscrito Voynich o al menos lo poco que había visto de ese libro. El libro que ella había encontrado estaba escrito en castellano antiguo y era una traducción del latín bastante pobre o el traductor era un vago, ya que tenía partes sin traducir, cosa que no le importaba, había aprendido varias lenguas solo para leer los libros en su versión original, de la misma manera que una de sus autoras preferidas, Emilia Pardo Bazán también hacia.

Muchas partes del libro eran muy repetitivas, la frase eres una sumisa se repetía constantemente en varias lenguas, como una técnica de mesmerismo para convencer a las lectoras de que eran sumisas. Había leído “El descubrimiento del magnetismo animal”, de Franz Anton Mesmer y esas técnicas de hipnosis no iban a funcionar con ella, pero las ilustraciones eran muy explicitas a pesar de ser dibujos, por lo que la lectura dio lugar a una observación de esas imágenes que para alguien que nunca había visto un hombre desnudo era algo asombroso, sobre todo las imágenes de mujeres atadas y siendo azotadas, algo que la mente de María Eugenia no concebía pero sin darse cuenta su cuerpo reaccionó y su mano empezó a acariciar su vagina por encima de sus bragas. Inconscientemente seguía acariciándose mientras leía y observaba las imágenes y los comentarios que ahí venían María Eugenia sintió una descarga eléctrica en su vagina y se dio cuenta de que se estaba tocando, pero no se detuvo, siguió acariciándose. Estaba gritando y gimiendo, no se daba cuenta, hasta que estalló de placer teniendo un  orgasmo más intenso que el de la noche anterior. No entendía muy bien lo que le había pasado pero si se dio cuenta de lo mucho que disfrutó. Aún estaba con las piernas abiertas jadeante y pensó como el libro había despertado esos demonios dormidos en su interior, y como fue conducida por el placer de manera inconsciente.

Esa noche durmió plácidamente con el libro a su lado. No sabía lo que le ocurrió esa noche, pero no se atrevió a volver a abrir el libro que permanecía guardado, oculto en su casa. Sin embargo, no podía dejar de tocarse todas las noches, lo cual se convirtió en una obsesión, que fue en aumento ya que de una vez al día paso a dos, siendo el segundo en el trabajo, y aun con miedo a ser descubierta seguía tocándose aguantando sus gemidos para no ser oída. Debía detener eso, debía volver a leer el libro ya que ningún orgasmo fue tan intenso como esos en la soledad de su casa, primero pensando en lo que estaba oculto y segundo al leer ese libro, pero no se atrevía, tenía miedo a que fuera peor volver a leer el libro. Pensó que solución habría a su problema. Ir a un médico y explicarle lo que le pasaba le daba vergüenza y decírselo a su confesor era más vergonzoso aun. Follar y estar con un hombre por primera vez, tal vez esa fuese la solución. ¿Pero quién sería el elegido? Esa opción no podía ser, ni hablar, no porque no le gustaran los hombres sino por miedo a la poca delicadeza que podría tener al momento de tomarla; ya que en algún recóndito lugar de sus pensamientos esperaba que su primera vez fuera con alguien que amase y a la amara a ella. Había algo muy importante que también era digno de consideración, todos los hombres de esa pequeña ciudad los conocía desde siempre y se caracterizaban por ser a sus ojos unos niños que no saben lo que quieren. ¿Un sustituto tal vez? Hacia un par de meses que abrió un sex shop en la ciudad, ahí podría comprar un consolador, tal vez eso apaciguara su calentura. Sí, esa era la mejor opción

Al día siguiente se dirigió al sex shop, tuvo que buscar la dirección en la guía telefónica. El local estaba en una calle poco céntrica, oculto a simple vista. “Johnny Club” era su nombre. Ese día no se atrevió a entrar, el miedo y la vergüenza la superaron. Durante un mes después del trabajo regresaba siempre pasando por esa calle. Cada día estaba más cerca de entrar, pero siempre había algo que se lo impedía, el local parecía tener éxito, no era raro ver entrar o salir gente de él. Uno de esos días tenía casi la mano en la manilla de la puerta cuando esta se abrió, un cliente salía y sin saber qué hacer, pillada en ese amago, entró. Tras bajar la escalera se tranquilizó, aunque estaba roja por la vergüenza, observó los artículos que se exhibían. Los pocos clientes la atemorizaban, pero ver también a mujeres la tranquilizó un poco. Paseando por el local vio una zona con las palabras BDSM, el título del libro que lo empezó todo. Pudo ver látigos, esposas, cuerdas, videos y otros artículos que no sabía lo que eran ni para que servían, pero no había venido a eso, venia por un consolador y los encontró. Claro que verlos en ilustraciones no era lo mismo que verlos en persona y no podía creerse que semejante aparato pudiese caber en su vagina.

De pronto, vio que cada vez había más gente en el local pero la puerta no había hecho el ruido característico al entrar un nuevo cliente. Preguntándose de donde salían, vio una escalera con un letrero encima que decía. “cabinas de video”. María Eugenia era muy curiosa y bajó por unas segundas escaleras sin darse cuenta de que últimamente bajar escaleras no le había traído suerte, al fondo de la escalera había un pasillo con cubículos a cada lado, algunos cerrados y otros abiertos, la gente salía y entraba de ellos. Entró en uno y cerró la puerta que tenía un pestillo automático para dar privacidad. El sitio no era más grande que un baño público, con un sillón enfrente de un monitor de televisión, el monitor estaba apagado. Recorriendo con sus ojos el pequeño lugar vio una papelera y encima de ella un rollo de papel higiénico que no podía adivinar cuál era su finalidad. Notó que el suelo estaba algo pegajoso, que tenía un olor muy fuerte que no era capaz de reconocer, y que el papelero estaba casi lleno.

En una de las paredes vio las instrucciones de uso. El monitor funcionaba con monedas y tenía dos botones que servían para cambiar de canal. Buscando en su bolso encontró unas monedas que introdujo y por primera vez vio imágenes de hombres y mujeres desnudos follando, haciendo cosas impensables, felaciones, bukakes, penetraciones anales. No sabía que se podían hacer todas esas cosas pero saltando de canal en canal apareció una película de BDSM con una mujer atada al techo siendo azotada. María Eugenia notó la humedad en su sexo y empezó a comprender para que era el papel y que hacia la gente en las cabinas.

No lo pensó, se subió la falda y se bajó las bragas empezando a tocarse. No cambió de canal e imagino que cada azote que recibía la actriz lo recibía ella y empezó a gemir. Se dejó llevar pensando que el ruido de las demás cabinas acallaría el suyo. Estaba a punto de tener un orgasmo de la misma intensidad como los otros que  había tenido cuando alguien llamó a la puerta. Asustada, se detuvo y no sabía qué hacer cuando un papel se deslizó por debajo de la puerta. Lo recogió y lo abrió, decía: “Cuando salgas de acá, te espero en los baños del centro comercial”. Temblaba con el papel en la mano. Eran las ocho y media, el monitor se pagó y ya no le quedaban monedas, su orgasmo se había interrumpido y no podía volver a empezar. En ese momento ella no sabía que pensar, se sentía atribulada y confundida, por un lado era invadida por la curiosidad y por otro lado el temor, caminó sin un rumbo fijo buscando decidir si irse a su casa o ir al centro comercial, el tiempo corría y la hora estaba cerca pero sus pasos se encaminaban al lugar de encuentro. Era algo instintivo que no podía entender.

Al llegar se acerca a un guardia de seguridad y le pregunta por los baños, él le indica que se encuentran en el piso menos uno, cercanos a la puerta de los estacionamientos. Cuando llego bajo la escalera que la llevaban al destino, seguía sin darse cuenta que las escaleras no le traían buena suerte. Cuando llegó al final de las escaleras se dirigió a los baños con pasos firmes y decididos. El lugar estaba casi vacío, ya que pocos locales abrían ahí a pesar de ser los más baratos. Cuando llegó a los baños se dio cuenta de que el papel  no decía si eran los baños de hombres o mujeres. Otra vez estaba contrariada porque no sabía si tomar la iniciativa o esperar a que algo pasara, estaba batallando con sus pensamientos cuando una venda cubrió sus ojos. “Así que la putita blanca ha venido a que la coja” –se escuchó. María Eugenia se asustó, no solo por la venda, que la llamase putita blanca significaba que quien le había vendado los ojos era de raza negra. No es que  fuese racista ni que supiese que los negros suelen estar más dotados que los blancos, es que nunca se había relacionado con un negro más allá de decirle hola y adiós, y por la educación recibida subconscientemente pensó que sí era algo racista. “Vas a venir a mi local. Vas a tener una noche dura y ajetreada” –le hizo saber la voz. Era cierto que la mayoría de esos locales estaban alquilados por migrantes. Cuando ella entró en el local se le quitó la venda de los ojos y reconoció al negro como uno de los clientes del sex shop. Había una diferencia de tamaño entre ambos muy llamativa además de ser veinte años más joven que ella.

En el local solo había un colchón en el suelo. El negocio no funcionó bien y el moreno vivía ahí. María Eugenia empezó a llamarlo africano ya que le parecía menos racista. “Desnúdate” –dijo él. La orden fue un grito en los oídos de ella, pero fue incapaz de cumplirla. Entonces la voz de su captor resonó: “Te desnudas tú o lo hago yo”. Seguía sin moverse, pero el africano no perdía el tiempo y ya estaba desnudo y con su verga preparada para la acción. Se acercó a ella y Eugenia gritó: “¡Soy virgen!”. El africano se detuvo. “¿Virgen a tu edad?” –preguntó con asombro. “Sí” –respondió entre un susurro. “¿Eres sumisa?” –preguntó el hombre. “Sí, bueno, en verdad no sé. Pero me gustaría saber qué soy y por qué estoy aquí” –dijo ella con curiosidad. Fue lo que se le vino a la mente responder, ya qué no supo porque dijo eso,  pero el libro parecía que tenía razón. El africano sonrió y le dijo: “No me gustan las sumisas, prefiero las esclavas. Durante años los negros fuimos esclavos de los blancos, ahora una blanca como tú será la esclava de un negro como yo”. Ella  escuchaba atentamente lo que el hombre le decía. “No te voy a forzar a ser mi esclava, así que puedes irte si quieres, pero si te quedas te tratare como los blancos nos trataron, una simple mercancía que usar y vender hasta que nos cansemos de ella. Si te quedas desnúdate, si no vete” –le dijo con un dejo de desinterés. Ella no sabía que hacer, ser tratada de esa manera, que la hablaran así, hizo que su cuerpo temblara y sin darse cuenta se desnudó delante del africano, sellando así su destino.

“De rodillas esclava” –dijo el hombre. María Eugenia se arrodillo ante aquel que reclamaba ser su Dueño. “¿Que has hecho en el sexo esclava?” –le preguntó. “Solo tocarme Mi Señor y eso solo desde hace un mes” –respondió. Una bofetada golpeó la cara de María Eugenia que cayó al suelo. “Recupera la posición esclava” –le ordenó. “Si Mi Dueño” –respondió. “Eres un desperdicio de mujer, vas a aprender en una noche lo que no hiciste en todos estos años” –le dijo. “Si Mi Dueño” –respondió completamente excitada. “Empieza chupando mi verga” –ordenó. A pesar del asco que tal acción le producía, María Eugenia acerco la boca a la polla de su Dueño que cansado de tanta espera la tomó de la cabeza y empezó a follarle la boca. El africano no era delicado con ella, casi vomita viendo su garganta prácticamente violada por semejante verga. El africano disfrutaba viendo las lágrimas cayendo por los ojos de ella y su saliva cayendo sobre sus tetas. “Ahora hazlo tu sola esclava”. Sin dudarlo María Eugenia empezó a lamer, besar y chupar la verga  de su Dueño. “Si no lo haces bien vuelvo a follarte tu boca” –sentenció aquel hombre. Ella se esforzó y consiguió tragarla entera. Él se sorprendió de lo rápido que aprendía.

Le dio otra bofetada que la colocó en cuatro  y de la forma más vil  la desvirgó en esa posición sin considerar para nada si ella lo disfrutaba o no. Solo se oyó un grito desgarrador de parte de María Eugenia, ella si estaba disfrutando de la brutalidad de su Amo, era la primera vez que estaba con un hombre y sentía como en cada embestida el dolor formaba parte de un placer que  nunca había experimentado. Ya no había gritos, solo existía el placer, sentía que su cuerpo desfallecía y su respiración era más tenue. María Eugenia sabía lo que era un orgasmo pero nunca pensó vivirlo  así, con un hombre que apenas había visto y mucho menos considerarse esclava. Los dedos del africano encontraron su clítoris  mientras seguía follándola. La sensación era indescriptible, su pecho explotaría y también lo haría su vagina. No pasó mucho hasta que acabó profusamente,  su cuerpo temblaba mientras se deshacía en gemidos. “Puta no te he ordenado que acabases” –le dijo el africano con rabia y desprecio. “Perdón mi Dueño”-dijo ella aun jadeando. Pero él no hizo caso y deshaciendo su moño, la agarró del pelo empezó a follarla más violentamente. Ella creía que la primera vez le había metido la verga entera pero solo le entró la mitad, ahora sus testículos chocaban contra su vagina, creía que la estaba rompiendo en dos. A ella no pareció importarle y siguió acabando  varias veces más. Entonces el africano sacó su verga de la vagina, sin contemplación empezó a atacar la entrada de su culo. El dolor fue insoportable para María Eugenia, pero solo los primeros cinco minutos, después oleadas de placer subieron por su cuerpo. Ya había perdido la cuenta de los orgasmos que estaba teniendo. Acostumbrada a tener solo uno cada vez que se tocaba esto era el paraíso tras haber encontrado el infierno.

El africano salió de su culo y acabó en la cara de María Eugenia que saboreó cada gota de su viscoso semen, sin dejar una sola gota. Por primera vez había hecho lo que siempre quiso hacer, sentirse usada y ser cogida con inusitada fuerza, y que la hiciera sentir como una puta. “Eres una puta que no hace más que acabar y  por eso recibirás cincuenta azotes” –le dijo el hombre con tono severo. “Si mi Dueño. Soy una sucia puta que disfruta de su verga y que solo sabe disfrutar de sus atenciones” –le decía. La tomó del cabello y la llevó hasta una pared, le ordenó que permaneciera inmóvil; tomó unas cuerdas y ató sus muñecas, y la dejó con los brazos en alto mientras colocaba las cuerdas en una viga del techo. Atada al techo del local los azotes cayeron sobre la espalda de María Eugenia uno tras otro, pero al llegar al número veinticinco volvió a acabar y con cada azote tenía otro orgasmo. Treinta y cinco azotes, y llevaba diez orgasmos uno por cada azote. “Eres una puta blanca que no deja de acabar, eso habrá que corregírtelo. El africano cambio de posición y el primer azote iba a caer sobre sus tetas. Gimió de manera que casi quedó sin fuerzas al sentir ese placentero azote que la acarició.

 

De pronto, un golpe a la realidad. Se despertó con la respiración agitada. Todo lo que había vivido era un puto sueño. Su cama estaba empapada por los orgasmos que había tenido y a su lado el libro: “BDSM: Si eres mujer y lees este libro te convertirás en una sumisa obediente a los deseos del hombre que reconozca tu esencia”. Se dijo: “Hubiera jurado que el titulo era diferente la primera vez que lo leí”. Eso no pareció importarle en nada; en su mente había un montón de preguntas que no tenían respuesta, pero sin duda fue parte de un placentera historia a causa de ese infierno lujurioso que se escondía en el sótano de su trabajo.

 

 

 Pasiones Prohibidas ®


Comentarios

  1. El Delicioso e inmenso placer del Infierno Lujurioso😏
    Reconozco esos placeres de esas Pasiones Prohibidas...😁

    Me gustó mucho será el inicio de una travesía candente
    Que rico es ser cogida de esa forma🔥😈
    Bueno, tu bien lo sabes Mí Perverso 😈 un excelente relato Mí Amo 💋

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  2. Vaya!! lo que se esconde en los lugares más inesperados, esperemos que sea el inicio de una deliciosa aventura

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  3. Un excelente y perverso relato caballero, felicidades cada vez uno se ve inmersa en cada una de sus letras 👏👏👏🔥

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  4. Ufff tremendo relato una manera de ser cogida tan inmensamente así con esos delicioso placeres y esos recorridos tan exquisitos.

    Como siempre encantada de leer estos relatos Caballero

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  5. Un relato que merece continuidad, ya que la mente y curiosidad desean más, gracias como siempre admiro su destreza para escribir y plasmar sus ideas.

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