115. Una aventura en la playa

 


Les contaré algo que sucedió en mi adolescencia y es un secreto guardado que he querido contar por mucho. Por razones obvias, los nombres han sido cambiados para guardar la identidad de los inocentes. 

Corría el mes de diciembre. Mi Padre se había ido de juerga con unos amigos, eso significaba que estarían fuera por varios días, ya que les gustaba ir de pesca . Mi hermana estaba estudiando en un preuniversitario , y sólo quedábamos en casa mi madre y yo. Tengo 16 años, delgado, de estatura normal y moreno. Mamá más alta que yo, de 1.76 de altura, de 38 años, melena larga, delgadita pero con carnes y un pecho precioso, de medida 95 y muy bien formado, nada caído. Me llamo Manuel y ella Trini. El fin de semana, como hacía calor y en la ciudad es aburrido, decidimos ir a nuestra casa de Verano en el Litoral Central. .El Viernes llegamos. Cenamos unas Pizzas y a la noche salimos a dar una vuelta por el borde costero. Quisimos ver a las nueve de la noche la puesta de sol maravillosa de todos los pueblos costeros. Nos fuimos al puerto y nos sentamos en una escalera donde no hay casi nadie, viendo como se despedía el sol, mi madre con algunas copitas de más. Miré para ella y la vi como a una mujer atractivísima. Tenía la mandíbula marcada y un cuello musculoso, que la hacían juvenil y atractiva. Ella me miró y me sonrió. Con confianza, bajé la mirada hasta su pecho. Ella llevaba una blusa y una chaqueta algo escotadas. Recreé la vista con las tetas de mi madre. Era notorio y miró para abajo para ver lo que yo miraba. "¿Qué miras hijo?" –me preguntó. "A esto" –le contesté. De repente, impulsivamente y sin pensarlo, dirigí mi mano hacia su pecho y lo toqué por encima de su chaqueta. Eran duros y firmes. Mi madre se levantó sorprendida pero no enfadada. "¿Pero qué haces?" –me preguntó con asombro. "Perdón, me dejé llevar por la emoción y la puesta de sol" –le contesté. Ella se rió al escuchar mi respuesta. "Mira que emocionado me saliste. Anda, vamos. Mañana iremos a una playa que tú no conoces y espero que te duermas temprano para no tener problemas a la hora de salir" –me dijo. "Está bien, creo que antes de la medianoche ya estaré muerto" –le dije.

Caminamos hasta la casa, iba embobado mirándole el culo, antes no había tenido ninguna idea morbosa con ella pero estos días estaba algo obsesionado. Al llegar, nos acostamos porque la idea era salir temprano, cómo estaba algo tomada no se puso pijama así que quedó en ropa interior encima de la cama, cómo pude la acomodé para taparla, no sin aprovechar de tocar su culo y sus tetas, ella ni protestó porque no se dió cuenta. Me fui a la habitación más caliente de lo que había llegado, imaginando mis perversas manos recorriendo su cuerpo y haciendo más de alguna cosa llena de lujuria. Estaba mirando el techo dando vueltas a las imágenes en mi mente y masturbándome de la manera más agresiva, cómo nunca antes lo hice. Acabar fue exquisito, nunca había disfrutado de una paja tan intensa, lo mejor que fue en honor de esa maravillosa mujer que estaba en el otro cuarto.

No sé a qué hora me dormí. Al despertar en la mañana mi madre estaba preparando el desayuno. "Ve a bañarte para que desayunemos" –me dijo. Cómo nunca obedecí al instante, me fui a duchar. Trini usaba un vestido muy corto que dejaba muy poco a la imaginación, supongo que el bikini era igual. Mi verga estaba tiesa y palpitante, así que me masturbé otra vez pensando en ella y otra vez el orgasmo fue exquisito. Me vestí y desayunamos, decidimos ir a una playa lejana, con poca gente,pues hacía ya bastante calor. Se veía hermosa, con esa figura espléndida, alta, sin nada de grasa, y con unas tetas de revista, muy estilizado. Obviamente en la playa fue objeto de miradas pero a ella parecía no importarle, se quitó el vestido y puso su toalla en la arena. Cómo lo imaginé, su traje de baño era igual de diminuto que su vestido. 

No pude parar de mirarle en toda la tarde. Habló con una señora que estaba cerca nuestro para pedirle de favor que cuidara nuestras cosas, ella muy amable accedió. Mientras dábamos un paseo a la orilla del mar, miraba su cuerpo, no le quitaba los ojos, y la veía como a una mujer muy apetecible, olvidándome por completo que era mi propia madre, a la que llamaba mamá. Para mí era Trini, una guapísima mujer de 38 años. Decidimos ir a las rocas, donde nos sentamos a tomar el Sol. Otra vez la miré y mi mirada se clavó en su escote precioso. Ella dijo riendo: "¿Pero otra vez, cielo? ¿Dónde miras?". De nuevo le acaricié su pecho izquierdo, palpándolo, para disimular un poco le dije: "Es que las tienes muy bonitas y me gustan mucho". Esta vez duró más de los tres segundos del puerto ella no protestó. Bajó la mirada, quizá también por instinto y se clavó en mi entrepierna que mostraba una notoria erección. "¿Y tú qué? ¿No te puedo mirar?" –preguntó. Astutamente le provoqué a decir más. "¿A dónde miras?". Con su mano tocó un poco mi entrepierna y me dejaba acariciar por completo. Agarró mi pene excitado y dijo riendo: "¡Pero cómo lo tienes ! Mejor nos vamos*. Mientras nos íbamos hacia nuestro sitio, le miré a su trasero que se movía al compás de sus pasos, con esas nalgas apretadas, como había un cierto clima de confianza le acaricié el culo. Ella puso cara de sorpresa, y le dije: "Es que no te lo había tocado". Pasé adelante y ella me toma por el cuello y me dice en tono de broma: "Yo a tí te estrangulo, caradura" –mientras me agarraba y así sentía sus tetas en mi espalda.

Recogimos nuestras cosas y nos fuimos a la casa riendo y cantando en el auto. Llegó la noche y hacía mucho frío, y no teníamos frazadas a mano. Entonces, nos levantamos y sólo había una bolsa de agua caliente allí olvidada. Me dijo: "Mira, dormiremos en mi cama, que sólo hay una bolsa y no tenemos porque agarrar un resfrío por una tontería así. Además, eres mi hijo y no es tampoco nada del otro mundo que durmamos una noche en una misma cama. ¿Te parece bien?". Yo encantado. Estábamos los dos cara arriba, ella a mi derecha. Se incorporó un poco para dejar el celular con la alarma puesta la mesilla de mi izquierda, lógicamente puso su pecho encima del mío, mientras su pelo me acariciaba las mejillas, con lo que me excité enseguida. "Quédate así, por favor, mami" –le dije. "¿Eres un travieso?" –me dijo, mientras mordisqueaba mi cara y me hacía cosquillas. 

"Si, pero ¿A que no te atreves a besarme?. Eres muy liberal y moderna pero seguro que eso no lo haces" –le dije retándola. "¿A que lo hago?" Nunca desafíes a una mujer a hacer algo porque te puedes llevar una sorpresa" –me dijo. Acto seguido, metió toda su lengua en mi boca. ¡Era un exquisito beso con mi madre! Chupé su lengua como si fuera un caramelo y chocamos muy cariñosamente los labios, mientras ella acariciaba mi pelo. "Uy, cielo, hemos llegado muy lejos. ¿En dónde puede acabar esto?" –me dijo. "Mamá, lo estamos pasando bien, ¿No? Además, quedaste en la playa de enseñarme hoy tus tetas" –le dije con la calentura a mil. "¿Yo? ¡Mentiroso! ¡Eres un tramposo!" –respondió. ¡Por favor, sabes que ya los toqué!" –le dije. ¿Pero tantas ganas tienes de verlas?" –me preguntó. "Mamá, varios de mis amigos ven a sus madres al salir de la ducha y lo ven como algo normal y natural" –le dije. "Bueno, tampoco veo nada malo en ello. A ver si así dejas si dejas de mirarme todo el día" –dijo sonriendo. 

Se desabrochó un poquito su pijama y sacó por encima del sostén su blanco y redondo pecho, con ese pezón rosado precioso. Sin permiso se lo acaricié lentamente y con ternura, ella cerró los ojos y gimió sutilmente. "Bueno, ya me conoces a mí. ¿Y yo qué?. Tendré que conocerte a tí. Hace ya seis años que no veo tus partes. Me pica la curiosidad para ver cómo han crecido" –me dijo con voz picarona. Me saqué la verga, que estaba a punto de explotar, llevé yo su mano hasta mi pene. Ella comprobó su dureza, le toqué otra vez su pecho, jugando consu carne, apretándolo suavemente con mis dedos. Seguramente por instinto o por su excitación, mamá me estaba acariciando la verga y le supliqué: "¡Por favor, no pares! "¡Sigue así, mami!". "Pero si está durísima y ardiendo. Oye, yaa sé hasta dónde quieres llegar" –me dice. Lanzó una sonrisa picarona y maliciosa, desviando su atención a mi pene pues seguro que le encantaría ver cómo eyaculaba su hijito. De repente, ya no podía aguantar mis ganas de acabar, se acomodó y puso mi verga entre sus tetas. Sin previo aviso salió un chorro de semen que le llegó a sus hermosas tetas. "¡Vaya hijo! Si que tenías mucho guardado" –me dijo, mientras con sus dedos jugaba con mi semen y lo lamía. "¿Ahora puedo llamarte cariño, Mamá?" –le dije. Ella me respondió: "Durmamos, cielo. Este será un secreto que mantendremos hasta el último día nuestra vida".

Al día siguiente, le dije:"Como hoy nos iremos y tardaremos muchísimo en estar juntos solos, por favor, ¿podríamos ducharnos juntos como despedida?". "Pues mira, por mí no hay problema. Nos hemos permitido una aventurilla para conocernos mejor, cielo. Total, nos conocemos cada poro. ¡Venga!". Nos metimos en la ducha. Verla desnuda obviamente causó algo inevitable. "Vaya, ya la tienes parada. Me tocó un hijo fogoso. La verdad, no saliste a tu padre, Manuel. Rocé mi pene erecto, pegándolo a su culo. pero ella me decía: "¡Ay Manuel!, salgamos que estoy ya asustada de lo que podría o incluso puede llegar a pasar". "¿Miedo a que te gusta y te calienta" –le dije tomando su mano y poniéndola en verga. Sin pensarlo me comenzó a masturbar mientras recorría sus tetas y apretaba sus duros pezones. "¡Ay, hijo no está bien! Por favor salgamos" –decía entre gemidos. "Bueno, salgo pero si nos secamos juntos"–le pedí. "¡Chantajista! Está bien" –me respondió. Estaba cerquita de mi madre, piel con piel, con sus dos preciosas tetas pegadas a mí. Ella con su pelo largo húmedo, se veía preciosa. No pude más, y me acerqué para besar su cuello. "¡Ay pervertido! Quieto cielo, ya me tienes demasiado caliente" –me decía. Subí hasta su mentón, lo mordía suavemente, ella no paraba de suspirar, sentía como sus tetas se pegaban más a mi cuerpo. Los dos estábamos calientes, tanto qué toqué su vagina, disfrutaba recorriendo sus ya húmedos e hinchados labios, ella gimió de manera candente y separaba más sus piernas para que mi recorrido fuese más fluido. "¡Ay Manuel, eres un pervertido! Me tienes tan caliente!" –me decía entre gemidos. Mis dedos se encontraron con su clítoris, lo rocé y se le doblaron las piernas cuando al mismo tiempo arrancó un gemido intenso. "¡Maldito crío, me vas a matar!" –decía mientras seguí masajeando. Estaba con los ojos cerrados y la boca abierta, hacia un vaivén encantador siguiendo el movimiento de mis dos dedos que le daban placer. 

"Ven, cariño, vamos a la cama" –me dijo. Húmedos todavía por el agua, me acosté boca arriba y se ella se puso sobre mí, su cuerpo se frotaba junto al mío. Sentía lo dura que estaba mi verga y bajó para ponerla entre sus senos y frotarla con ellos, pasaba su lengua por mi glande, su cara con lujuria me calentaba demasiado, sobretodo cuando se metía el glande a la boca. La tomé y le dije: "Ven mamita". La bese con pasión, intercambiando saliva, chupaba su lengua y mordía sus labios. Su mano acariciaba mi verga. "¡No puedo más, Manuel!" –me decía mientras se subía en horcajadas encima y rozaba su vagina en mi verga. Ambos gemiamos de placer por ese delicioso estímulo. En cada movimiento podía sentir que mi glande buscaba la entrada de su vagina. "¡Mamá me tienes tan caliente!" –le decía mientras sus tetas se movían con el vaivén candente de su cuerpo, los apreté y dirigía sus movimientos, hasta que mi verga encontró lo que tanto estaba esperando y sin mediar esfuerzo entró. Ella gimió con una cara llena de calentura, yo le decía; "¡Oh, mamá, qué rico se siente!". "Manuel, relájate, disfruta, cariño. Aguanta, para que no acabes pronto" –me decía. Mi verga entraba y salía sin problema, encajaba a la perfección con mi madre. La agarré de los hombros y la atraje hacia mí. Nos unimos del todo y nos dimos un un beso tremendo mientras tocaba yo su culo y así ponía yo el ritmo.

"¡Ah, sigue Manuel, por favor! ¡Sigue así! ¡Bésame el cuello cielo! –me decía mientras se ahogaba en gemidos. Empecé a moverme más rápido y ella también, ya nuestros gemidos se unían de manera casi sincronizada. La calentura era tan grande, el deseo se hacía cada vez más incontenible. Me pidió que cambiaramos de posición, se puso en cuatro. Su vagina estaba totalmente húmeda, acomodé mi verga en la entrada y se la metí. "¡Eso mi amor! ¡No sabes lo caliente que me tienes!" –me decía. Cada vez se la metía más rápido, tomado firmemente de sus caderas, se tumbó con el pecho sobre la cama y dejó sus caderas en pompa. "¡Dame duro Manuel! ¡Ya casi llegó al orgasmo, no te detengas!" –decía mientras gemía con más fuerza. Empezó a moverse, desenfrenada, me gustaba esa sensación, ya no pudimos aguantar y ambos a la vez acabamos. Eyaculé con todas mis fuerzas dentro de su vagina. Cuando mi verga quedó sin ninguna gota de semen, cayó desplomada tratando de recuperar el aire. Me tiré a su lado y acariciaba su pelo. "No sabes cuántas veces fantasee con este momento" –le dije. "Lo sé Manuel, no soy tonta, hace días te vi en la sala de lavado oliendo mis bragas" –me dijo.

Cuando llegamos a nuestra casa, las cosas siguieron igual pero en cada momento solos cogíamos cómo si el mundo se fuera a acabar. Fueron cuatro años de sexo intenso, de placer oculto y de desatar nuestras pasiones prohibidas, sin que nunca nadie sospechara que todo inició con una inocente salida a la playa. 



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