Hace un tiempo les conté lo que me sucedió cuando
trabajaba de profesora en un prestigioso colegio del Sector Oriente de la
capital. Cuando fui drogaba y abusada por dos alumnos, y Lucas, el Director
Administrativo del Colegio y dueño de éste. También prometí pedir autorización
de Alicia para contarles el calvario que vivió ella en manos de Lucas. Bueno,
ella accedió pero me envió un mail contándome todo lo que sucedió, así que
pónganse cómodos y lean con detalles lo que ella expone.
Mi nombre es Alicia, tengo treinta y nueve años, y mi trabajo, en la época en que se desarrollaban los acontecimientos, era como secretaria de dirección. Estábamos a finales de verano, y aún, mis compañeros mantenían la jornada laboral continua, por lo que no había nadie por la tarde, tan sólo el Director para quien trabajaba, y algún otro miembro del Consejo de Administración, que solían acudir a alguna reunión en la intimidad de la oficina. Aquel día, me sentía realmente contenta. Después de la jornada de trabajo, me iría con mi marido a unas vacaciones que me había regalado mi jefe, según él, por el buen rendimiento que había desarrollado en el último año. Para que ningún compañero se molestase, me pidió que solicitase un permiso sin sueldo, que él, antes de marcharme me pagaría los días que se me descontarían ese mes. Además, del regalo de unas vacaciones con todos los gastos pagados al Caribe.
Ese día, la mañana se desarrolló de manera normal, sólo con una sonrisa añadida en mi cara y en mis enormes ojos azules, por la proximidad de mi descanso y de mi premio. Por la tarde, yo me quedé en la oficina para terminar algunas cosillas y preparar una reunión, que me solicitó Luis, el Director. Poco antes de las 4 de la tarde, llegaron tres personas, el señor José Ángel, uno de los socios de la empresa, su hijo Lucas, amigo y compañero de clase mi hijo Carlos, y por supuesto, el Director, mi jefe directo, y quien me había regalado esas ansiadas vacaciones. Los tres hombres se metieron en la sala de juntas. A los pocos minutos me llamaron. Habían abierto una botella de champagne y me invitaron a brindar con ellos. La sala de juntas de la empresa era enorme, tenía una mesa grande de reuniones, para al menos diez personas, y luego, en un apartado, una mesa baja, que bordeaban dos sofás, también, preparados para albergar varias personas. “Señorita Alicia, tómese usted una copa en honor a mi hijo. Acaba de cumplir dieciocho años” –dijo el Señor José Ángel, entregándome la copa y procedimos a brindar.
“Señora, por favor, por edad y porque llevo casada casi veinte años” –le respondí. Observé el móvil que llevaba el chico, sin duda el regalo de cumpleaños que el padre le había hecho. No se sabía si era un teléfono con cámara o una cámara con teléfono incorporado. En cualquier caso, sería un regalo muy caro. José Ángel me llevó de nuevo a la realidad, continuando la conversación. “Recuerdo cuando se casó, era entonces casi una niña. Como pasa el tiempo, entonces mi hijo no había nacido, y hoy, Lucas, ya es mayor de edad” –dijo con una sonrisa amable en los labios. “Es cierto, tú eres un poco mayor que mi hijo, a él aún le faltan unos meses para cumplir los dieciocho” –le respondí. Tomé media copa, e hice intención de salir, pero de nuevo José Ángel, me dijo que debía beberla. Aunque no me gusta demasiado el champagne, por no ofender a una persona importante dentro de la empresa, bebí el resto de la copa hasta la última gota y regresé a mi escritorio, situado junto a la oficina de mi jefe.
Por mi trabajo, solía ir bien vestida. Ese día, una falda bordeando las rodillas, y una camisa blanca. Mi aspecto, modestia aparte, es excepcional. Soy rubia, tengo un abundante pecho, y aunque no soy demasiado alta, los hombres siguen mirándome cuando camino alrededor de ellos. También diré que soy una mujer fiel, desde que comencé a salir con Arturo, mi marido, hacía ya veintidós años, no volví a salir con ningún chico, y la verdad, es que no me han faltado oportunidades.
A los pocos momentos de estar sentada noté como si mis músculos flojeaban. No sabía muy bien que estaba pasando, pero sentía que mi cuerpo se paralizaba. No podía sostener el cuerpo, y terminé con la cabeza encima de la mesa. Miraba mis dedos, no podía moverlos ni siquiera ligeramente. Era como si mis fuerzas se hubieran reducido al uno por ciento. Estaba muy asustada, pensando en que pudiera haberme dado una parálisis. Intenté gritar, para avisar a los hombres que se encontraban en la sala de juntas, pero no podía articular palabra, tan sólo ligeros sonidos ininteligibles. Oí que se abría la puerta y los pasos se acercaron a donde yo estaba. “¿Alicia, se encuentra usted bien?” –dijo José Ángel sonriendo. “No te preocupes, que sólo te hemos dado algo para inmovilizarte. En pocas horas volverás a estar igual que antes, y mañana podrás irte de vacaciones con tu marido” –comentó Luis. “Vamos a celebrar el cumpleaños de Lucas, y él quería que estuvieses tú. En realidad eres su regalo” –dijo José Ángel señalando al muchacho. Me encontraba con la cabeza caída sobre la mesa. Mis músculos no respondían. Me echaron hacia atrás en la silla, y no tuvieron problema en arrastrarme con las ruedas hasta la sala de juntas. Cuando llegaron allí, entre los tres me colocaron tendida en la pequeña mesa que se encontraba junto a los sillones.
“Lucas, este es tu regalo de cumpleaños, como me solicitaste” –dijo José Ángel. “Gracias papá, era mi sueño y gracias a ustedes puedo hacerlo realidad” –dijo el muchacho con resonante alegría. “Luis, eres un hombre en quien se puede confiar. Te agradezco mucho todo lo que has hecho para que mi hijo sea feliz hoy” –dijo el hombre a mi jefe. No sabía muy bien de que hablaban, aunque pronto me iba a dar cuenta de lo que aquellos canallas se proponían conmigo. “Alicia, te explicaré lo que sucede. Como ya sabes, es el cumpleaños de Lucas y su deseo era estar con una mujer especial para él, y has sido elegida. Evidentemente, no puedes moverte, aunque eres consciente de todo lo que está pasando aquí. No nos denunciarás después de terminar, puesto que has aceptado unas cantidades y unas vacaciones pagadas, que si es necesario, diremos que ha sido en pago de tus servicios. Además, ya verás cómo te damos algún motivo más para que esto no salga de aquí” –expuso Luis. Yo me encontraba tumbada en la mesa, e intenté escupir a Luis mientras me hablaba, pero sólo conseguí acumular un poco de saliva en mis labios. “Te ha intentado escupir” –dijo riendo José Ángel. Luis sacó un pañuelo, y secó mis labios.
“Lucas, hijo, es tu regalo, y nosotros estamos aquí para ayudarte. ¿Qué quieres que hagamos?” –dijo el padre con un tono orgulloso. “Vamos a desnudarla, poco a poco, quiero disfrutarla” –dijo el chico. Dejaron mis brazos hacia atrás. Era incapaz de moverlos para adelante e intentar defenderme, si tan solo hubiese tenido un poco más de fuerza la historia no sería como pasó. Lucas comenzó a desabotonar mi blusa. Me la sacó del entalle que llevaba en la falda. Los otros dos hombres me incorporaron para que pudiera sacarla por mis brazos, dejando a su vista mi brasier. De inmediato, comenzó a tocar mis muslos, buscando el cierre de mi falda, que no tardó en encontrar. “¡Muchacho se nota que tienes experiencia en desnudar a las chicas!” –dijo Luis riendo. Entre los dos jefes, me incorporaron ligeramente para que Lucas pudiera sacarme la falda. Tenía puesta una pequeña tanga. Estaba siendo exhibida como un pedazo de carne en una vitrina, que el muchacho disfrutaba. En esos momentos, toda mi indignación pasó a convertirse en vergüenza al escuchar los comentarios de Lucas. “Alicia, siempre he deseado verte así y tenerte para cogerte. Voy a hacerte unas fotos para enseñarlas a mis amigos, entre ellos a tu hijo, pero no te preocupes, no te verá la cara. Siéntenla, este es el mejor momento, voy a quitarle el brasier” –dijo con entusiasmo.
Intenté por todos los medios moverme, cerrar los brazos, pero no podía, no tenía nada que hacer más que dejar que hicieran conmigo cuanto se les ocurriera. Me tomaron por los antebrazos, mientras el chico desabrochó el brasier. Primero uno con el brazo izquierdo, y después con el derecho, sacaron los tirantes que lo sostenían en mis hombros, dejando a la vista mis pechos. “Tiene buenas tetas, ¿verdad? Siempre me pregunté cómo serían y en verdad, la realidad supera la imaginación” –dijo Lucas entre risas. Los comentarios, me molestaban tanto o más que estuvieran abusando de mí a través de una droga que me tenía paralizada. “Estoy deseando verle la vagina. Ciérrenle las piernas para que pueda sacarle la tanga” –dijo notablemente excitado. Tiró de forma rápida de mis bragas y me dejó totalmente desnuda. Lucas tenía toda la jugada pensada. Colóquenla con los brazos abiertos hacia abajo y las piernas que caigan a los lados de la mesa. Estaba a disposición de tres hombres. Mi sexo, totalmente depilado, a excepción de una línea de pelo que subía por encima. Mi vagina se encontraba muy abierta y aunque podía ver, y sentir todo, pero no podía articular movimiento. En ese momento vino a mi mente una película que mi marido me enseñó una vez, en el que una mujer era sujetada y abusada. Yo no estaba atada, pero si para los efectos era lo mismo, totalmente abierta y sin poder hacer nada para que no me tomasen.
“Un segundo, Voy a tomar unas fotos. Me parece que está
preciosa en esta situación” –dijo Lucas. Vi cómo me fotografiaba por todos
lados, oía los clics de la cámara hasta que su padre le indicó que pasara a la
acción, que no habían montado todo esto sólo para que me viera desnuda y
sacarme unas fotografías. Lucas se quitó la ropa y se acercó a mí. Notaba su
aliento. Comenzó a besarme en los labios. Después fue a mis pechos y su lengua
caminó por mis pezones, que fruto del nerviosismo y de la tensión a la que
estaba siendo sometida se encontraban duros. Su boca recorrió mi cuerpo hasta
llegar a mi sexo. Jugó con mi clítoris, lo mordió, lo lamió. Sus manos
comenzaron a acariciar mis piernas, mis muslos, hasta llegar a mi vagina, que se
encontraba totalmente abierta. Aunque no estaba lubricada, no le costó ningún
trabajo meter primero un dedo y luego dos dentro de mi vagina. Continuó
colocándose encima de mí también sobre la mesa. Intentaba meter su lengua en mi
boca. Yo la mantenía cerrada, pero le bastó con taparme la nariz para que
tuviera que entreabrirla, momento que aprovechó para que su lengua llegase
hasta mi garganta. Su pene rozaba mi sexo. Sus manos, tocaban mis pechos.
Siguió jugando con su verga, que a veces hacía intención de entrar dentro de
mí, hasta que en una de sus embestidas la sentí dentro.
Lloraba en silencio, no podía contener mis lágrimas. Me sentía sucia, pero sobre todo humillada. Nunca me había gustado Lucas como amigo de mi hijo, pero jamás pensé que pudiera llegar a violarme de esta manera. “¿Quiere probarla alguno de ustedes?” –preguntó el chico. “Es tu cumpleaños, disfrútala tú” –respondió su padre. “Yo si quiero acariciarla al menos, tanto tiempo teniéndola tan cerca y sin poder tocarla” –dijo Luis. Lucas se levantó, no había acabado todavía y dejó su lugar a Luis. Comenzó a tocarme la cara, bajó hasta los pechos donde se entretuvo acariciándolos con sus manos, bajó por mi estómago, mis caderas, mis muslos, hasta que al final, con una de sus manos alcanzó mi sexo. “Tíratela si quieres” –dijo Lucas. “Como ha dicho tu padre, es tu cumpleaños, disfrútala tú, después ya veremos” –respondió Luis. “Tengo los testículos a punto de reventar” –dijo el muchacho. De nuevo volvió a colocarse encima de mí. Besaba mi cuello, jugaba con mis pechos, y comenzó a mover su pene junto a mi sexo. Enseguida lo introdujo, pero a diferencia de la vez anterior, ahora se afanaba por meter su miembro lo más dentro posible y notaba como su verga iba creciendo a ritmos agigantados, al igual que sus jadeos y sus besos. Sabía que acabaría en breves momentos. Mi humillación era total, abierta, expuesta y sometida ante dos hombres económicamente poderosos y a un muchacho que podía ser mi hijo, y que era uno de los mejores amigos de él. Cuando se incorporó, tomó de nuevo la cámara de su teléfono móvil para hacerme unas fotos, sin duda, de su última adquisición o mejor dicho, el último capricho que le concedía su padre. Habría sido sencillo, sólo con la mitad de mi fuerza, haberle dado una bofetada y haberle tirado al suelo, pero no la tenía, no podía moverme, y ellos tampoco habían empleado la violencia, sólo me habían drogado, para que manteniendo mi consciencia, mi cuerpo no pudiera responder a sus abusos, pero que mi mente si pudiera vivir el sometimiento.
Lucas había vaciado su miembro en mi interior y pensé que
mi tortura había terminado, pero nada más lejos de la realidad. “Quiero que la
pongan de rodillas, apoyando su cuerpo encima de la mesa” –dijo el chico. Los
dos hombres me colocaron como Lucas había dicho, mis tetas se apoyaban en la
mesa y temí lo peor. Iba a ser sodomizada, algo que tan sólo una vez había probado,
ante la insistencia de mi marido, y que juré que jamás repetiría. Luis
aprovechó el momento para acariciarme por atrás, mi pelo, mi espalda, mi culo. De
nuevo Lucas, quiso quedarse con unas fotos de la situación, enfocando mi culo,
mi espalda, con su cámara. “Otra vez se me puso dura y ahora quiero probar su
culo. La verdad es que pocas chicas he visto que tengan este cuerpazo y sobre todo este culito tan respingón. Les
tengo que agradecer que hayan hecho posible esta gran fiesta. Sin duda, no la
olvidaré nunca” –dijo Lucas con notoria emoción. Se colocó de rodillas. Noté su
pene, que de nuevo volvía a estar rígido. Intenté gritar, pero no creo que
lograse pronunciar más que un gemido. Aunque perforó mi ano de forma lenta, el
dolor fue terrible, aunque ninguno llegó a enterarse de mi sufrimiento físico.
El muchacho comenzó a perforarme de forma cada vez más
rápida, Notaba que mi esfínter se dilataba amoldándose a su verga.
Afortunadamente, no tenía mucho aguante, en breve noté que un cálido líquido
invadía mi trasero, a la vez que su miembro se desinflaba. “Papá, por qué no la
tomas tú? Tenemos tiempo aún, antes que despierte” –le dijo. Yo negaba con mi
mente, porque la cabeza no respondía.. Por favor, déjenme pensaba, gritaba en
mi cabeza que terminasen. “¿Saben? Siempre he deseado que esta zorra me la
chupe” –dijo él. Ahora fue José Ángel quien dio las órdenes a los demás para
que me colocasen a su gusto. Pidió a sus dos compañeros de juerga que me
colocasen encima de la mesa de reuniones con el cuerpo hacia abajo y la cabeza
un poco por fuera. El Directivo se bajó los pantalones y sacó su miembro que
colocó junto a mis labios. Afortunadamente, no podía abrirlos pero eso no fue excusa,
puesto que por las malas separó mis labios y me la metió hasta la garganta. Me
tenía fuertemente agarrada por el pelo, y con sus movimientos le estaba
haciendo una felación en toda regla. En este caso no era como su hijo, aunque
su polla era también enorme, aguantaba mucho más, hasta que por fin acabó en mi
boca. Quería escupir, expulsar su semen, pero mi cuerpo no me respondía y sólo
pude después de varios intentos, tragarme todo su tibio semen, algo que me daba
un tremendo asco y ni siquiera lo hacía con mi marido.
“Luis, es tu turno, es mi cumpleaños y quiero que participes en la fiesta” –dijo Lucas. “La verdad es que quiero follarla. Quiero tener en mi recuerdo el haberme follado a esta sucia puta” –dijo. “¿Cómo la quieres? ¿Dónde quieres hacerlo?” –le preguntó el muchacho con los ojos llenos de morbo. “Encima de la mesa estará bien. Sólo hace falta que la volteen. Eso sí, quiero que nos saques unas fotografías mientras lo hago” – le respondió. Entre los tres, me dieron la vuelta en la mesa, y me colocaron mirando al techo. Mis manos las extendió José Ángel hacia atrás, mientras que el propio Luis separaba mis piernas para follarme como un demente. Lucas cumplió con su cometido de fotografiarme. Se acercaba para sacar la escena de mis brazos hacia atrás, mis piernas separadas, mi vagina totalmente abierta y la verga de Luis dentro de mí. También Luis se contuvo, cálculo que estaría jugando conmigo más de quince minutos, disfrutando cada poro de mi cuerpo hasta que de nuevo un chorro de semen dio por finalizado el capítulo, en este caso de Luis, que llenó lo más profundo de mi ser. “No nos queda mucho tiempo, Lucas, ¿quieres algo más?” –preguntó su padre. “Sólo recuerdos, me gustaría hacerle fotos en situaciones eróticas, sólo para tenerlas, para recordar este día” –respondió. De nuevo, los dos hombres se pusieron a disposición del muchacho. Marcos fue dándoles órdenes. “Colóquenla en el sofá, sentada con las piernas muy abiertas y los brazos caídos” –les dijo.
Después ordenó otra posición: “Pónganla encima de la
mesa, con el culo hacia arriba”. No oía lo que decían, pero a los pocos
segundos vi que tenían mi ropa junto a mí. Pensé que ya terminaría mi suplicio,
pero cuando me colocaron el sujetador y el tanga, vi que estos estaban rotos. Me
pusieron el sujetador, pero habían cortado la tela donde descansan los pechos
para que quedaran al descubierto. Con la tanga pasó lo mismo, si ya era pequeño, ahora
le habían quitado la mayor parte de la tela delantera. De nuevo dio la orden de
volverme a colocar en el sofá, piernas abiertas y brazos caídos, y los dos
obedecieron al anfitrión. De vez en cuando, colocaban mis manos junto a mis
pechos y vagina para que pareciera que me tocaba. Cuando se cansaban, volvían a
dejarme totalmente desnuda. Ahora me pusieron la blusa, eso sí, sin abrocharla,
para que pudiera fotografiarme a gusto. Me colocaban las manos de forma
sugerente, siempre dejando ver mis senos y mi sexo.
Me colocaron la falda, y cerraron uno de los botones de mi camisa para que pudieran subir la falda hasta arriba, dejándola levantada, abrochada con un botón y eso si, siempre enseñando mi vagina. Mi cabeza, afortunadamente, aparecía agachada, puesto que no podía aguantarla, aunque a veces, me colocaban algún dedo próximo a mi vagina, simulando una masturbación. Otras veces me tumbaban un poco más para poder fotografiar mi cara. No siempre llegaba a mantener los ojos cerrados. No sé, pudieron hacerme cientos de fotografías, todas ellas dignas de la revista más erótica del mercado. “Alicia, quiero que sepas, me voy a llevar tu tanga como recuerdo. Aunque está un poco maltrecho, quiero guardarlo como trofeo” –dijo Lucas. “Como puedes ver, después de esta última exhibición de fotos, nadie creerá que has sido obligada a algo, incluso, en muchas fotografías, sales con los ojos abiertos” –dijo Luis. Ahora sí, me colocaron mi maltrecho sujetado y de la mejor forma que sabían me volvieron a vestir, dejándome tumbada en el sofá. A los pocos minutos, mi cuerpo empezó a reaccionar. Lloraba desconsoladamente, sólo quería tranquilizarme un poco para tomar las medidas correspondientes. Según me tranquilizaba, me daba cuenta que no podría denunciar la situación, aunque tampoco podría volver a desempeñar mi puesto de trabajo y ver la cara a los hombres que habían abusado de mí.
Ahora, estaba en sus manos, y con las fotos, no podía saber lo que podría pasar más adelante. Obviamente no fuimos a ese maldito viaje, tampoco volví a esa puta oficina. Lo que menos quería era saber el poco hombre de Lucas hasta que el destino nos volvió a juntar, aunque quise huir de él, solo verlo me paralizó. Cuando me vio me saludó como si nada hubiera pasado, incluso besó mi mejilla y me abrazó. El asco me invadió y los recuerdos tortuosos de ese día. “Te conservas bien y sigues siendo una sensual zorrita” –me dijo mirándome con ojos libidinosos. Le contesté: “Sigues siendo un maldito asqueroso”. “Tal vez tengas razón pero aún conservo esas fotos que te tomamos el día de mi cumpleaños y vaya que pajas me he hecho recordando ese momento” –me dijo con un tono indiferente. Me dieron ganas de darle un par de bofetadas pero mantuve la compostura, porque aunque me costó sanar las heridas, él no era importante para mí. “Solo confirmas lo anterior, sigues siendo un asqueroso” –le dije con resentimiento. Se rio con desprecio y me dijo: “Si no quieres que esas fotos lleguen misteriosamente a manos de tu marido y tu hijo harás cuanto a mí se me antoje, pero te recompensaré por lo que hagas”. “¡No seré tu puta!” –le respondí. “Serás quien quiera que seas y harás lo que a mí se me ocurra. ¿Sabes lo fácil que es difundir las fotos de una secretaria caliente que se vendió por dinero a sus jefes y que fue el regalo de cumpleaños de un chico que recién era mayor de edad?” –dijo Lucas.
Me llevó a su auto, me obligó a chupar su asquerosa verga en el asiento trasero hasta tragar su sucio semen, después me hizo masturbarme para el con la palanca de cambios del carro, metiéndola en mi vagina. Me grabó y tomó fotos para tener “material nuevo” y así chantajearme. Una vez que se cansó me hizo bajar del carro y lanzó un fajo de billetes al piso. Me pidió mi número y me dijo: “¡Ese es el pago por tus servicios puta! Está atenta al teléfono para cuando te requiera”. Así fue como te conocí porque ya tenía un plan similar al que usaron conmigo y debía ser quien te ayudara y transportara a tu casa cuando todo terminara. Sé lo que pasaste, también sé que las heridas sanan, aunque habrá veces que dolerá pero puedes contar conmigo para ayudarte cuando sientas que el miedo y dolor te superan.
Pasiones Prohibidas ®

Muy interesante lo que el miedo puede llegar a provocar que una víctima se convierta en cómplice las emociones de por medio abre un amplio catalogo de posibilidades para la continuación...
ResponderBorrarComo siempre un Excelente relato Mí Señor
Da gusto leer sus relatos. Llenos de descripciones y detalles para ponerse en situación y disfrutar al máximo de la lectura. Otro relato 🔥🔥
ResponderBorrarQue difícil situación debe ser vivir algo así, no solo por los recuerdos si no también por el temor de ser exhibida y que las explicaciones no basten, además del daño psicológico, uuufff , en cuanto a la narración Mr. P siempre cuidando los detalles, gracias por compartir
ResponderBorrarUna violacion es lo peor del mundo y mucho cas quedarse callada porque los recuerdos se vuelven pesadillas y sufres miedo,ansiedad y no puedes hacer tu vida con normalidad.
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